Con el objetivo de construir paz territorial en nuestra sociedad, se pone de manifiesto el papel trascendental que han tenido las ciudades como marco de relaciones de la vida urbana además de los procesos creativos de urbanización en la historia de las ciudades y las regiones, así como de la propia libertad de la ciudad (Harvey, 2008). Tal y como recoge la Carta Mundial por el derecho a la ciudad, el derecho a la ciudad es un derecho colectivo que abarca el derecho a vivir un hábitat que beneficie a las relaciones sociales, el derecho al sentido de pertenencia, el derecho a la vida digna, a la convivencia a la igualdad y al buen gobierno de la ciudad (Mathivet, 2011)
En este sentido, la identificación y concienciación del conflicto urbano en general; entenderlo desde su papel transformador, supone una oportunidad en cuanto al comienzo de procesos comunitarios, creativos, transparentes y participativos, donde el
empoderamiento, el diálogo y el reconocimiento de las partes será la premisa para guiar la transformación de esos conflictos que permita la generación endógena de una cultura pacífica de convivencia y de gestión de recursos, en este caso, del conflicto urbano.
Para entender el conflicto social desde de la lucha de clases es muy fácil delimitar cuáles son las partes y sus intereses respecto al conflicto. Por otro lado, para entender cómo actúan cada una de las partes en el conflicto social respecto a las relaciones sociales de producción, Marx parte de entender las características de cada clase en función del modelo dicotómico de enfrentamiento de clases (Montaña Tijerina, 1991) La identidad de clases será reforzada por el mutuo referente de las clases enfrentadas, así como por el proceso histórico de la lucha de clases, ya que cada clase se auto determinará como clase política para defender sus intereses de clases frente al otro antagónico.
Esta perspectiva del conflicto social pone de manifiesto que la capacidad de afrontar el conflicto social por cada parte requiere a su vez de una conciencia de clase. Además del refuerzo que supone para la reflexión sobre el proceso de desarrollo social, es en esta escala que Marx pone reafirma la importancia del sentimiento de pertenencia de clase en tanto supone una organización política que va a defender los intereses culturales y simbólicos de la clase, desde una visión consciente de la transformación social.
Es en este sentido que el conflicto urbano tiene una componente de clase en el sentido marxista de que la propiedad medios de producción, y la redistribución del capital generan un conflicto social de clases, que estará ligado, en este caso, a la escala internacional del fenómeno turístico urbano como principal industria de las regiones urbanas, a la gestión del excedente de capital urbano, con la consiguiente presencia de multinacionales del ocio y el turismo, que harán una competencia agresiva a las empresas locales y al mercado inmobiliario.
Siguiendo el pensamiento de Marx y desde una perspectiva más historicista que sociológica, la dimensión práctica de la construcción de la paz en el pensamiento de Thompson (Jiménez, 2008) supone un cambio en cuanto al activismo en el actuar y pensar del científico respecto a las injusticias sociales.
Existen tres ámbitos que en menor medida han vinculado el pensamiento de Thompson con la irenología y son: género, medioambiente y diálogo intercultural. Aunque no lo enfrentase directamente el tratamiento del conflicto sigue la aplicación de la matriz dialéctica marxista de Hegel a la reinterpretación de la historia propuesta por este autor incorporando también la orientación científica desde la defensa de los valores humanistas y devenir en la responsabilidad del científico respecto al activísimo político.
Este pensamiento se materializa en la asunción del compromiso con valores frente a la equidistancia que supone separar hechos de valores en el análisis científico. El tratamiento del individuo como agente histórico determinante supone una epistemología posibilista que acerca el humanismo a la ciencia, en este caso a la historia y a la investigación para la paz. Para Thompson (Jiménez, 2008), la dialéctica intersubjetiva universal sirve como marco de una ética de la justicia: teniendo en cuenta que el saber que construimos conjuntamente como ciencia y desde el sentido comunitario de conciencia, el conocimiento deja de ser una relación entre sujeto y objeto y se convierte en una relación entre sujeto y sujeto, ambos con percepción subjetiva donde las implicaciones éticas cobran mayor peso.
La no-violencia es, además de un medio de resolución de conflictos, una fórmula de construcción social, es decir, superar el rechazo a la violencia para convertirse en una alternativa política basada en la teoría y práctica de los estudios para la paz y la intertextualidad como forma de construcción del conocimiento. Para ello es necesario percibir la reconstrucción como un instrumento de análisis y estudio de la historia a partir de la investigación para la paz.
Esta reconstrucción, del tejido social a partir de la transformación de la función, estructura o forma urbana hacia la paz que en el entorno de las ciudades requiere de implementar las actitudes recomendadas por Galtung (2010): empatía, no-violencia y creatividad. Desde esta óptica, el conflicto urbano se reflejará en función de la participación ciudadana y el acceso de la población a participar en el diseño de las estrategias y proyectos territoriales, para ello será necesario entonces tratar con empatía los intereses y necesidades de todas las partes, generar un ambiente de no violencia y potenciar la creatividad de todos los interesados para lograr una solución tanto aceptada como consensuada.
Las teorías funcionalistas en su origen no contemplan el conflicto más allá de una distorsión o desorden del sistema. La evolución del pensamiento de esta corriente dio lugar al funcionalismo relativista de Merton (Cadarso, 2001), el cual introduce la interpretación funcionalista del concepto conflicto a partir del concepto función latente, como aquellas actividades que eran necesarias para mantener el orden del sistema sin manifestarse o alinearse con un solo agente social.
De esta concepción del conflicto latente aparece el proceso de acción social como referente para la funcionalidad del conflicto. Desde esta perspectiva el conflicto se interioriza dentro del sistema social como una herramienta de refuerzo innovador del sistema normativo, como un refuerzo de la cohesión social al compartir intereses y, por último, como un elemento de adaptación de los individuos al status quo del sistema social (Cadarso, 2001). Finalmente, el papel de la teoría funcionalista respecto al estudio del conflicto en tanto en cuanto a la incorporación de la teoría de juegos propuesta por Parsons, supuso una reformulación metodológica a partir de los tres principios de comunicación entre las partes del sistema, argumento por el cual podríamos valorar la mercantilización del espacio urbano como una suerte de juego económico de la oferta y la demanda sin tener en cuenta la visión transversal de la ciudad e interpretar su forma y cómo repercute en su cultura.
Desde esta perspectiva significativa del conflicto han surgido diferentes estrategias para afrontar la intervención en los conflictos. En este sentido destaca la propuesta de Lederach (2003), que desde la cultura de paz plantea la necesidad de tratar el conflicto desde el enfoque transformativo en vez del resolutivo o la gestión de conflictos, a la vez que elabora una propuesta de intervención bajo el marco interpretativo de la transformación de conflictos.
Entendiendo la paz como intrínseca a la justicia primero y al definir el conflicto como inherente al ser humano después, el conflicto cumple con la función de motor de transformación social. La transformación de conflictos se convierte en un concepto más preciso epistemológicamente y más comprometido éticamente al incorporar una visión clara respecto al objetivo de las ciencias sociales de construir realidades más saludables a partir cambios constructivos que se generan gracias a comprender y afrontar el conflicto pacíficamente.
En contraposición a la resolución de conflictos, la transformación supone una visión integral y holística del conflicto. Más allá del episodio puntual, afronta el contexto del conflicto desde el punto de vista relacional con el objetivo de promocionar procesos de cambios constructivos en vez de acuerdos puntuales. Para ello, Lederach (2003) propone descomponer la transformación de conflictos en tres componentes de estudio para su intervención: el conflicto actual, el contexto y los patrones, así como la estructura social.
Para la intervención se parte de la exploración de la situación actual del conflicto, de las personas, del contexto y la historia del conflicto y las posibles soluciones objetivas u horizonte futuro para comenzar a explorar, en última instancia, las posibilidades para plantear un proceso de cambio que de soluciones al conjunto de necesidades, relaciones y patrones, que están vinculados en cuatro dimensiones, la personal, relacional, cultural y estructural (Lederach, 2003).
Para la viabilidad de este proceso como plataforma de cambio o marco para la transformación, es necesario estudiarlo desde la concepción de estructura-proceso propuesta por Margaret Wheatley como aquello que mantiene la forma a través del tiempo y que, sin embargo, no tiene rigidez estructural (Manucci, 2017), de tal manera que permita desarrollar prácticas personales necesarias para su aplicación.
Es en este sentido que se recogen las capacidades necesarias para aplicar el modelo transformativo, que según la propuesta de Lederach necesita tener capacidad de observación y empatía a la hora de analizar el momento puntual del conflicto, capacidad de generar estrategias a corto, medio y largo plazo, capacidad de reconocer la complejidad de los conflictos a la vez que se aprovecha esa complejidad para obtener más opciones generadoras de procesos de cambios.
Además, como competencia obligatoria para la intervención transformativa de los conflictos aparece la capacidad de escucha y de creación de las identidades a través de la inclusión, para lograr tener en cuenta la mayor parte de los intereses de la forma más respetuosa posible.