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Esta conceptualización transformativa del conflicto sirve para abordar los procesos de transformación urbana que se han ido produciendo en las ciudades e interpretarlos como transformaciones en el marco referencial de la convivencia y dinámica comunitaria. Es decir, la planificación y gestión es fuente del conflicto urbano en tanto en cuanto determinará la cultura de la comunidad y marcará las tendencias de desarrollo y crecimiento de la ciudad.

A su vez, el urbanismo neoliberal se produce bajo cuatro dimensiones a la vez: la gubernamental, que privatiza y mercantiliza el lenguaje de la transformación social; la económica, que otorga un papel protagonista a la financiarización y la competitividad productiva; la territorial, mediante la reconfiguración de los espacios urbanos y la planificación mediante el mercado; y la social, a través de los desplazamientos marginales o turísticos que aumentan la pobreza, la pérdida de identidad y la exclusión social (Hernández Cordero, 2016, págs. 92-93)

La Carta Mundial del Derecho a la Ciudad otorga legitimización de acción y organización de los grupos vulnerables para alcanzar el nivel de vida adecuado. Lejos de cumplir este objetivo, las tendencias actuales de la ciudad mercantilizada hacen que crezcan las desigualdades y se compliquen los procesos de transformación de las ciudades, que responden más a una deriva economicista de la plusvalía del espacio urbano que a un proceso de mejora de la vida de las personas que la habitan.

El crecimiento desordenado y su consiguiente aumento de la contaminación así como el aumento de la violencia urbana provocada por la aglomeración, la des-financiación de la asistencia social y la pérdida de valores colectivos dan como resultado procesos perversos de recolocación de capitales, tanto económicos como humanos, dentro de la ciudad que responden a intereses privados de una élite financiera (Harvey, 2012, pág. 229).

Esta élite financiera responde a intereses más cercanos a la producción capitalista como la del automóvil o el consumo de bienes efímeros o de empresas multinacionales; lo que ha dado lugar a una transformación de las ciudades donde los coches tienen más derecho a permanecer que los ciudadanos y se ha globalizado la

forma de vivir y de consumir las ciudades en detrimento de las identidades tradicionales locales.

Para David Harvey, la gentrificación es también una sustitución de grupos en función de un poder económico dominante, la define como “el poder de cualquier grupo con recursos superiores que logra expulsar y destruir comunidades locales en un determinado lugar” (Marti & Salazar, 2017, pág. 247)

A nuestro entender ese proceso de gentrificación se produce en cualquier ámbito urbano que se intente intervenir y esa intervención no sea gestionada por y para la comunidad. Es por culpa de una mala gestión pues, que la población local es desplazada y sustituida en el espacio por otra de mayor nivel social o por turistas que harán uso estacionario de la ciudad, independientemente de su clase social.

Como centros de producción económica dominante de los servicios, las ciudades y su intercambio de excedente de capital social generan una competencia entre las diferentes urbes a escala global que obstaculizan el buen gobierno de las ciudades para emplazar a las administraciones globales a trabajar en atraer capitales del circuito global, cambiando el rol de estas a un trabajo de mercadotecnia que ponen en valor sus “infraestructuras, empresas transnacionales, población calificada, calidad de vida, cultura, creatividad, innovación, conocimiento, etc.” (Hernández Cordero, 2016, pág. 93), sin importar los cambios que se producen en la población local, su mercado y su identidad.

Es la universalidad del conflicto la que nos permite aproximarnos a la escala de los conflictos urbanos a través del conflicto social o comunitario y la violencia estructural, cultural o directa. Desde el paradigma marxista del derecho a la ciudad propuesto por Lefebvre (1972)y continuado por David Harvey (2008)se pone en entredicho la tendencia urbanizadora expansiva del posmodernismo y su repercusión en las ofertas de ocio y aprovechamiento de los recursos turísticos de las ciudades, por centrar la atención de la vida urbana en la organización y planificación global frente a las cuestiones relacionadas con el hábitat de la ciudad.

La contradicción de la función urbana de socialización de la sociedad frente a la segregación generalizada de la periferia respecto a los centros de poder determina el tratamiento del conflicto urbano, que comenzó Lefebvre en su manifiesto de El

derecho a la ciudad, y ha seguido siendo tema central dentro de la geografía urbana y el urbanismo social.

El antropólogo y geógrafo David Harvey (2008) amplía referenciando que el crecimiento urbano -producido por el miedo a la devaluación del excedente de capital de la producción urbana- se ha experimentado a nivel global y condiciona el devenir actual con la trayectoria de ese crecimiento que determina de manera abstracta nuestros destinos y fortunas, dictando quiénes y qué somos y cómo deben ser nuestras ciudades.

Este crecimiento está basado en la mercantilización y financiarización de cualquier hecho urbano, lo cual, acompañado de la tendencia aperturista de los mercados a nivel global y el respaldo ideológico de las políticas públicas privatizadoras del FMI y BM, ha supuesto un ajuste estructural a favor de los poderes financiaros en cuanto a la toma de decisiones dentro del proceso de transformación urbana. El empuje al mantenimiento del buen clima para los negocios, el control disciplinario de la fuerza de trabajo y la disminución de servicios sociales ofertados por las administraciones locales marcan las tendencias de intervención urbana en las ciudades actuales (Harvey, 2008, pág. 27).

Como hemos comentado anteriormente, el ámbito de actuación del conflicto urbano es universal por lo que también puede ser aplicado en comunidades que estén consideradas ya desarrolladas. Tal y como hemos expuesto anteriormente, la capacidad de transformación de los conflictos sirve de palanca tanto para modificar la estructura urbana -el caso de París y Haussman expuesto por Harvey (2008) es ejemplificador- como para prevenir riesgos sociales y naturales.

Se puede considerar pues los procesos de deslocalización industrial y demás conflictos generados por la desigualdad competitiva que supone la globalización para estas ciudades que han experimentado un crecimiento urbano conducido por la elitización o gentrificación del espacio urbano y el abandono del paisaje rural y periférico. Tal y como recoge Harvey, el problema de la reubicación de los excedentes de capital es crónico en el neoliberalismo.

El papel de la expansión urbanística ha sido de estabilizador de las diferentes crisis del capitalismo globalizado, poniendo de manifiesto el poder real que tiene actualmente el sistema financiero global respecto a la vida cotidiana de las personas y la configuración

de las ciudades. La respuesta de las instituciones políticas neoliberales se ha realizado en forma de evasión de responsabilidades, en lo que el autor denomina la privatización de lo público (Harvey, 2008).

El objetivo de desarrollo industrial es la causa y motor de la incorporación del concepto de desarrollo a la planificación territorial en los países del sur. Este concepto de desarrollo está orientado a la capacidad de posicionamiento en un entorno global competitivo, siendo la pobreza, el desempleo y la exclusión de comunidades autóctonas los detonantes de la adopción de políticas públicas encaminadas correctamente al desarrollo y no al crecimiento económico.

En Latinoamérica, destaca el programa de Desarrollo y Gestión Local del Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH), donde se ha puesto de manifiesto la necesidad de abordar el concepto de desarrollo desde la escala local en vez de la nacional, y, por otro lado, el Programa de Pueblos Mágicos de México (Velázquez García, 2013), donde el turismo y los procesos artesanales de producción se conjugan para dinamizar políticas públicas para el desarrollo de localidades rurales.

Por su parte, ha sido la visión antropológica la que ha estudiado las repercusiones que tiene el turismo sobre el propio desarrollo. Desde la antropología social se han estudiado los cambios que tienen las sociedades bajo el efecto del fenómeno turístico, no suponiendo siempre un incremento en las condiciones de vida y llegando en ocasiones a suponer un aumento en la desigualdad social (Martínez Mauri, 2015, pág. 353).

Siguiendo con el análisis sobre el turismo urbano, en cuanto al estudio de la gentrificación conducida por la industria del turismo, la turistificación que se produce en el espacio urbano tiene diferencias respecto a la gentrificación propiamente dicha. Por un lado, autores como Judd (2003, pág. 52) hacen referencia a la fracturación que se da en los espacios urbanos al aparecer nuevos los enclaves turísticos, no solo mediante un control autoritario del espacio urbano, cambios en el consumo o pérdida de identidad local, sino que también suponen un nuevo tipo de impacto en el paisaje urbano, generación de diversidad y diferencias dentro de la ciudad, la gentrificación se ha dado gracias a la iniciativa pública de desarrollar el turismo urbano y el aumento de la financiación.

Como elemento principal en un espacio urbano turistificado es que la población que viene a sustituir a la población tradicional es estacionaria.

Este tipo de turismo se ha visto facilitado por la aparición de tecnologías que dinamizan el alquiler de alojamientos poniendo a disposición de población no necesariamente de clase superior a la que estaba antes, pero sí a una población capaz de pagar durante un periodo corto de tiempo espacios habitacionales tradicionales a precios de espacios turísticos.

Otra aproximación al espacio urbano se realiza desde la perspectiva sociológica de la teoría del conflicto comunitario y con carácter eminentemente práctico y también activista. En este caso, se atiende al objeto del conflicto urbano desde el marco interpretativo de la programación neurolingüística, aplicando a escala local las líneas de investigación y análisis del fenómeno conflicto sintetizado por Entelman (2002) de la teoría del conflicto (Nató, Querejazu, & Carbajal, 2006).

Desde este punto de vista y partiendo de la premisa de la neutralidad de los conflictos (Galtung, 2010) y la capacidad transformativa de estos (Lederach, 2003), el estudio del conflicto en el escenario social urbano se establece desde el estudio de las relaciones sociales que se dan en situación de conflicto. Ello tiene como objetivo final la transformación pacífica de los conflictos.

Es desde esta perspectiva que se da justificación a la intervención comunitaria desde los MASC y en concreto la mediación comunitaria. Como elemento neutral, la mediación comunitaria intervendrá en conflictos a diferentes escalas, espaciales y temporales. Los conflictos en la comunidad, haciendo referencia a aquellos conflictos que de forma general se dan en una comunidad específica y donde las relaciones interpersonales adquieren un peso significativo para la interdependencia de las partes y el deseo de mantener la relación es implícito se intervienen en el propio espacio de la mediación comunitaria, a modo de mediación entre partes donde no es necesaria la representación de todos los actores comunitarios

Para el segundo tipo de conflictos que atañen a la comunidad, los conflictos públicos, aquellos que, por su relevancia en cuanto a número de actores e intereses tendrán repercusiones en el conjunto social también serán atendidos a modo de mediación entre dos partes afectadas, pero será necesario garantizar en todo momento la transparencia y la preservación del orden público. Por último, los conflictos

interculturales referidos a aquellos conflictos causados por diferencias culturales, las cuales requieren un tratamiento formativo e informativo de la comunidad así como una facilitación por parte de la mediación comunitaria para llevar a cabo planes y proyectos comunes, que intervengan de forma intercultural para la transformación de esos conflictos urbanos.

El abordaje de los conflictos en el espacio social urbano propuesto por Nató (2006) hace referencia al universo simbólico de la actividad humana y a todas las representaciones que se producen en las relaciones sociales dentro del espacio urbano definido. Al tratarse de una concepción compleja del conflicto, el acuerdo final del proceso queda relegado a un segundo plano frente al papel transformador de la realidad de la mediación comunitaria.