que Peirce
denomina «voluntad de ser». Decir que una
persona o una cosa tiene
un hábito significa que «actuaría
(o, usualmente actúa) de cierta ma- nera siempre que se diera determinad
a cas (.380). Aunque la
conducta, los hábitos o la «voluntad de o
ser» seión» re
8
suelvan en acción, «ningún conjunto de sucesos reales puede nunca agotar completamen- te el significado de la «voluntad de ser» (5.467). Podemos compren- der ahora por qué insiste Peirce en que la teraridad encierra una referencia al futuro. Mientras que el pasado es
e l «almacén «almacén del conoci-
miento», y «siempre que nos disponernos a hacer algo, "
e
sobre", apoyarnos nuestra conducta en hechos ya conocidos» ( .460, las leyes, hábitos y tipos de conducta que tratamos de conocer no s)
e agotan en regularidades pasadas ni siquiera futuras. La generalidad condicional de la terciaridad no se agota en un conjunto finito
de su-
cesos pasados, presentes o futuros. Más aún, «los hechos futuros
roa
que únicos que de alguna manera podemos controlar
; y cualquier cosa
que pueda existir en el futuro que no esté sujeta a control está entre las cosas que seremos
capaces de inferir, o lo seríamos bajo circuns- tancias favorables» (5.461). Cuando Peirce añade que el pensamiento mismo es un «género de
194 Richard J. Bemstein
sea, no es más que decir que soy pragmaticista» (5.504). Podemos ver ahora con más claridad por qué Peirce se denomina a sí mismo prag- maticista: porque entre su posición y las variedades más comunes de pragmatismo y positivismo hay profundas diferencias. El prag- matismo «vulgar» y el positivismo han creído identificar sin éxito el significado de una proposición con algún conjunto determinado de consecuencias u observaciones: en este aspecto estas posiciones han sido nominalistas. Pero Peirce se denomina a sí mismo realista esco- lástico (y algunas veces scotista). También sostiene que el realismo y el pragmatismo se implican uno a otro (cf. 5.453, 5.470, 5.503)2-2.
No podemos examinar en profundidad lo que entiende Peirce por realismo, pero una valoración exacta del mismo sería decir que son reales las leyes, lo general, los hábitos —más brevemente, la tercia- ridad. El pragmaticismo se apoya en la afirmación de que hay gene- ralidades que son irreductibles lógicamente a elementos singulares, y tales generalidades constituyen el auténtico significado de los concep- tos 23.
Control racional y crítica
En nuestra discusión de la conducta humana hemos comenzado a ver la importancia de la conducta controlada. Hay aspectos de la ex- periencia que están más arriba o más abajo del nivel de control. El shock o sorpresa de una experiencia es algo sobre lo que no hay con- trol. «La "dureza" del hecho está en la insistencia del percepto, su
22 Cf. John F. Boler, Charles Peirce and Scholastic Realism. 23
A la luz de la reciente discusión del realismo, se puede perder con facili- dad lo esencial de Peirce y confundir su posición con la que ataca críticamente. En discusiones recientes, el «realismo» ha sido interpretado con frecuencia como una doctrina de alguien que admite «entidades abstractas» como parte de su ontología. Más precisamente: si se admiten «entidades abstractas» como valores del campo de variables de un sistema conceptual articulado, en ese caso tal siste- ma está comprometido con esas entidades abstractas; esto es «realismo» o «plato- nismo» en el nuevo sentido de la palabra. Con frecuencia se piensa una entidad abstracta como algo que tiene un carácter determinado, como un ser particular o individual. Este es el tipo de punto de visto que Peirce denomina «platonismo»; afirmaba que identificar realismo con platonismo lleva a las más graves equivoca- ciones. Lo terciario, para Peirce, no son entidades bien perfiladas; son, esencial- mente, vagas e indeterminadas. Lo terciario no es una variación de lo secundario; la terdaridad es una categoría diferente e irreductible. El realismo de Peírce pretende ser una crítica al tiempo que una alternativa a todas las formas de platonismo. Para una investigación trabajada y detallada de las implicaciones del realismo en Peirce y sus semejanzas con los desarrollos recientes de la filosofía analítica, ver Rorty, «Pragmaticism, Categories and Language», The Philosophical
Review, 70 (1961), pp. 204 y ss.
Praxis y acción 195
insistencia completamente irracional —el elemento de secundariedad
que hay en ella» (7.659). Más aún, «aun después de que se ha for-
mado el percepto», hace notar Peirce, «tiene lugar una operación que a mí me parece completamente incontrolable. Se trata de juzgar qué es lo que la persona percibe» (5.115). No debemos extraer con- clusiones equivocadas de esta afirmación y otras parecidas. Una de las intuiciones más brillantes de Peirce es la cuidadosa distinción entre autoridad y coacción. Un fallo en esta distinción nos llevaría a las paradojas del intuicionismo donde la insistencia de un percepto, juicio perceptivo o creencia se toma erróneamente como evidencia de su incuestionable validez. Una consecuencia de este embrollo de con- ceptos es la conclusión errónea de que hay episodios epistemológicos básicos, infalibles y autoautentificados que funcionan como funda- mento del conocimiento. Peirce sostiene que este es el error que co- rroe por dentro el intuicionismo moderno, ya se trate de la variedad racionalista o empirista 24. Peirce nos advierte que «todos sabemos
demasiado bien lo terriblemente persistente que puede ser una per- cepción; y por todo esto, aún en los grados de mayor insistencia pue- de ser completamente falsa —esto es, puede no adaptarse a la masa general de la experiencia» (7.647). Y aun las proposiciones y creen- cias que son indubitables y que «no podemos por menos de mirar como perfectamente verdaderas y perfectamente ciertas» puede resul-
tar que sean falsas (5.498).
A pesar de que existen operaciones mentales incontrolables, y ver- daderamente lógicas y exactamente análogas a inferencias, la inferencia misma «es esencialmente deliberada y autocontrolada... El razonar en tanto que deliberado es esencialmente crítico, pero es inútil criticar como bueno o como malo algo que no puede ser controlado» (5.108). «Criticar como lógicamente correcta o incorrecta una operación de pensamiento que no puede ser controlada no es menos ridículo de lo que sería pronunciarse por la cualificación moral, buena o mala, del crecimiento del cabello. La ridiculez en ambos casos está en que el juicio crítico puede ser intentado pero no realizado con claridad de pensamiento, por lo cual el análisis aparecerá absurdo» (5.109). Pero ¿qué se controla al razonar? Nuestros hábitos de conducta. Razonar implica hacer uso de la lógica y «en cualquier caso que un hombre razona, piensa que está derivando una conclusión tal que estaría justificada en cualquier caso análogo» (5.108). Más en concreto, todo razonar implica el uso de lo que Peirce llama principios «prime-
24 Cf. Karl Popper, «On the Source of Knowledge and Ignorante», Conjectu- res and Refutations; y Wilfrid Sellars, «Empiricism and the Fhilosophy of
Praxis y acción 197
y esto, a su vez, debe estar controlado por un ideal estético acerca de lo que es puro. Ciertamente existen más grados de los que yo he mencionado. Tal vez su número sea infinito Los brutos desde luego son capaces de más de un grado de control; pero me parece que nuestra superioridad sobre ellos se debe más a nuestro mayor número de grados de autocontrol que a nuestra versatilidad (5533).
Este rico pasaje nos proporciona una clave para entender una de las sugerencias más tentadoras de Peirce, a saber, que hay una jerar- quía de las ciencias normativas tal que la lógica depende de la ética y la ética de la estética. Pero antes de pasar a la consideración de la jerarquía de las ciencias normativas, quedan otras cuestiones que plantear acerca del tipo de autocontrol característico de la raciona- lidad.
¿En qué condiciones estamos para analizar el autocontrol? ¿Cuá- les son sus estructuras distintivas? El autocontrol «consiste (por men- cionar solamente los constituyentes rectores) en primer lugar, en com- parar nuestras actuaciones pasadas con las reglas establecidas; en segundo lugar, en la deliberación racional acerca de cómo ha de actuar uno en el futuro, lo cual es de suyo una operación muy complicada; en tercer lugar, en la formación de una decisión; en cuarto lugar, en la creación, sobre la base de la decisión, de una determinación fuer- te, o modificación del hábito» (8.320). El autocontrol exige una auto- crítica constante que es la «auténtica vida del razonar» (2.123). Pero la autocrítica no arraiga en el vacío; la autocrítica exige una activa comunidad de investigadores, una comunidad no identificada con ninguna de las existentes, sino una comunidad «sin límites definidos, y capaz de un incremento determinado de conocimiento» (5.311). La comunidad de investigadores, que en último término es la base para distinguir lo real de lo irreal y lo verdadero de lo falso, funciona como un ideal regulador en el esquema filosófico de Peirce (ver 5.311).
Peirce enfatiza siempre el carácter social del individuo. La ver- dadera naturaleza del individuo viene determinada por las formas de participación en la vida de la comunidad. «Una persona no es en ab- soluto un individuo. Sus pensamientos son lo que él "se está diciendo a sí mismo", esto es, se lo está diciendo a otro yo que justamente está viniendo a la vida en el curso del tiempo. Cuando razona, está inten- tando convencer a ese yo crítico; y todo pensamiento, sea como sea, es un signo, y es en su mayor parte de naturaleza lingüística» (5.421). La afirmación de que el pensamiento es una forma de diálogo in- terno, y de que el diálogo presupone una comunidad en la que impe- ran patrones efectivos y normas de discurso, es uno de los principios fundamentales de Peirce. La conclusión de su teoría de kos signos es que toda significación, que incluye todo lenguaje y todo pensamiento,
196
Richard J. Bernstein
ros» o «reguladores». «Aquello que nos determina a derivar una infe- rencia y no otra de premisas dadas, es algún hábito mental... El es- pecial hábito de la mente que orienta esta o aquella inferenci
a puede
ser formulado en una proposición cuya verdad depende de la validez de las inferencias que el hábito determin
a; y tal fórmula se denomina
un principio-guía
de la inferencia» (5.367). Estos principios-guí
a pue-
den ser formales esenciales para todo razonar o bien materiales fun- damentados
en la experiencia. Por otra parte, estos principios-guía están implicados en la justificación de la transición desde las premisas a las conclusiones, independienteme
nte de que el tipo de razona-
miento sea deductivo, inductivo o «abductivo», término que usa Peir- ce
científicos.
ce para la forma de razonar que nos lleva a ideas nuevas y a descubri- mientos esta concepción de la racionalidad como conducta autocontro- lada, nos acercamos al núcleo de la filosofía de Peirce. El concepto de conducta autocontrolada nos proporcion
a el eslabón de enlace entre
las dicotomías tradicionales de teoría y práctica, pensamient
o y acción.
El hombre como cognoscente o investigador es visto como un agente que debe y puede controlar sus hábitos y no es un espectado
r pasivo
de la realidad. La misma realidad es caracterizad
a como aquello que
corresponde a los juicios verdaderos logrados por una comunidad ideal de investigadores. No disponemo
s de un acceso directo, intuitivo y
cognoscitivo a la realidad. Aunque existe una fuerza de choque en la realidad (secundariedad) que limita y condiciona la investigación, nuestros enunciados cognoscitivos acerc
a de la realidad están justifi-
cados por el proceso autocorrectiv
o de la investigación, no r una
apelación directa a lo que
está inmediatamente delante de nosotros. «Una persona racional... no sólo tiene hábitos, sino que también
ejer- ce
una cierta dosis de autocontrol sobre sus acciones futuras» (5.418). Ejerce este control dando forma y modificando su conducta que en ocasiones propicias se expresa en acciones específicas. El autocontrol no es cuestión de «todo o nada»; hay grados de autocontrol.
Existen inhibiciones y coordinaciones que escapan enteramente a la concien- cia. Existen, en segundo término, modos de autocontrol que parecen completa- mente instintivos. Luego, existe un género de autocontrol que se consigue por entrenamiento. Después, un hombre puede ser entrenador de sí mismo y
de
esta manera controla su, autocontrol. Cuando esto último se lleva a ciertos ex- tremos, el entrenamiento se puede dirigir a la imaginación. Cuando un hombre se autoentrena, controlando de esta manera el control, puede tener alguna regla moral como perspectiva, por particular e irracional que pueda ser. Pero en segui- da él puede intentar perfeccionar esta regla; esto es, ejercer un control sobre su control del control. Para realizar esto debe tener en perspectiva algo más ele- vado que
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198 Richard J. Bernstein
es esencialmente social por naturaleza. Este énfasis en la naturaleza social o comunal del hombre refleja las fuertes tendencias antisubjeti- vistas de Peirce. Si todo razonar, aun cuando está internalizado en el individuo, tiene un carácter social intrínseco y la verdadera vida del razonar es la autocrítica, entonces podemos apreciar con claridad por qué la crítica constante, el conflicto entre hipótesis y teorías alternati- vas, es de tan vital importancia para lograr creencias justificadas me- diante la investigación. El modo como Peirce entiende la naturaleza y el papel de la comunidad que se autocritica prefiguran el racionalismo crítico desarrollado por Popper 25.