2.2 Studying Policy Implementation
2.2.2 Various approaches to studying policy implementation
Praxis y acción 191
Acción y conducta
La acción en bruto está perfectamente determinada; en una ac- ción en bruto no existe ninguna vaguedad o indeterminación zo. La acción en cuanto que se aproxima a la pura secundariedad es singular y antigeneral; pone de manifiesto lo que Duns Scotus llamaba hic et nunc. He hablado de la acción en tanto que se aproxima a la pura se- cundariedad porque hemos de tener en cuenta que los elementos dife- renciados por las tres categorías se manifiestan en cada experiencia.
No existe nada que sea una experiencia de la acción pura y desnuda o de la secundariedad, pero en cambio sí hay un elemento de inmedia- tez («bruteness») que puede ser abstraído y separado en el análisis de la experiencia. «No hay nada que sea un elemento absoluto de con- frontación; a pesar de lo cual es completamente verdad que el ele- mento de confrontación está continuamente fluyendo sobre nos- otros» (7.653).
La conducta, como distinta de la pura acción, es esencialmente general. Mientras la acción en bruto es singular, la conducta es un género o clase de actividad. La conducta está estrechamente rela- cionada a la noción, central en Peirce, de hábito. «(La disponibilidad) para actuar de cierta manera bajo circunstancias dadas, cuando uno
cha semejanza con los argumentos antirreduccionistas de muchos filósofos analí- ticos contemporáneos. Esta semejanza la ilustra Rorty cuando escribe: «Se puede explicar qué es lo que hace de una masa de datos sensoriales un gato, diciendo que eso significa un gato para alguien, o bien que alguien tiene intención de tomarlo por ún gato, o bien que alguien sigue una regla en cuyos términos eso representa un gato, o que alguien tiene la costumbre de decir "gato" cuando lo encuentra, o que alguien está en la expectativa de mantener las leyes usuales en la descripción de la conducta de tales datos sensoriales. Lo central en Peirce es que todos los términos en cursiva que anteceden son nombres de la terciad- dad, y que consecuentemente cualquiera de ellos puede ser analizado en términos del otro, pero que ninguno de ellos puede ser reducido ni a datos sensoriales (primarios) o relaciones puramente diádicas que se establecen entre los datos sen- soriales (por ejemplo, secundarios, como la proximidad espacio-temporal o la pura semejanza). Cualquier "reducción" de gatos a masas de datos perderá, por ello, la referencia a un intérprete lógico que hace del gato un gato. Habrá per- dido el mismo tipo de realidad que se pierde cuando "reducimos" el dar a entre- gar y tomar.» «Pragmatism, Categories and Language», The Philosophical Review, 70 (1961), 202-203. Mientras que la ilustración anterior muestra la semejanza de la terciaridad de Peirce con propuestas epistemológicas recientes, la estrategia de Peirce se refleja también en discusiones contemporáneas de la acción, especial- mente en los conceptos de «práctica» y «regla». Cf. John Rawls, «Two Concepts of Rules», The Philosophical Review, 64 (1955), y Wilfrid Sellars, «Some Reflec- tions on Language Games», en Science, Perception and Reality.
20 Para una discusión del significado «generalidad» («generality») «vaguedad» («vagueness») e «indeterminación» («indeterminateness»), ver 5.446 y ss.; 5.505 y SS.
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relación diádica seguida de otra. No es necesario ningún movimiento de la cosa donada. Dar es transferir el derecho de propiedad. Pero el derecho es asunto de la ley, y la ley es asunto de pensamiento y signi- ficado» (1.345). Es imposible ofrecer una consideración adecuada del concepto de dar describiéndolo en términos de yuxtaposición física (y aun mental). Lo característico acerca del dar es que existen deter- minadas convenciones, reglas y costumbres en cuya virtud un acto es dar y no un mero desplazamiento físico. Estas convenciones, reglas y costumbres son constituyentes esenciales del tipo de acción o conduc-
ta que se designa propiamente como «dar». Dar es una forma de con- ducta y no podremos entenderla si nos limitamos a analizarla en tér- minos de primariedad o secundariedad. Consideremos cuidadosamente el ejemplo de A que hace un contrato con C. «Decir que A firma el documento D y C firma el documento D, sin tener en cuenta el conte- nido del documento, eso no es un contrato. El contrato radica en la in- tención. Pero ¿qué es lo que se intenta? Que ciertas reglas condiciona- les rijan la conducta de A y C» (1.475).
Podemos obtener una base de captación más firme de lo que Peír- ce sostiene si advertimos una semejanza entre sus discusiones de la terciaridad y la filosofía analítica reciente. La distinción entre el suceder y el hacer, o entre el movimiento y la acción, que ha estado tan en primer plano en las investigaciones analiticas recientes, está reflejada en la distinción de Peirce entre secundariedad y terciari- dad 18. Aunque Peirce utiliza el término «conducta» para lo que los
filósofos recientes denominan «acción», se trata de la misma distin- ción básica. La razón por la que «dar» o «firmar un contrato» ejem- plifican la terciaridad es que dichas prácticas existen solamente en la medida en que existen reglas, hábitos, normas, que nos proveen de criterios para identificar y clasificar ejemplos de dichas prácticas. Si uno se limita a dar una consideración de «firmar un contrato» en tér- minos de movimientos físicos o psíquicos (secundariedad), no sería capaz de comprender la actividad implicada. Un ejemplo específico de firmar un contrato no tendría lugar sin los supuestos de «reglas con- dicionales» que definen la práctica en cuestión. Y los elementos gene- rales que la constituyen no pueden ser analizados en términos de secundariedad. Desde luego esto no es negar que en la firma del con-
trato ocurran movimientos físicos, sino insistir en que los movimien- tos físicos cuentan como un caso de actividad, práctica o conducta,
debido al papel que desempeñan".
18 Cf. la discusión entre acción y movimiento en la parte IV, pp. 268-270. 19 El tipo de análisis triádico que presenta Peirce de «dar» (giving») y «fir-
mar» («signing») un contrato se generaliza y aplica a una extensa gama de cues- tiones epistemológicas y metafísicas. Las afirmaciones de Peirce presentan estre-
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gencia consiste en «actuar de cierta manera» (6.286) y que «todo pen- samiento... debe necesariamente existir en signos» (5.251), muchas de sus tesis más interesantes y sugestivas encajan juntas en una pers- pectiva más comprensiva y coherente.
La misma máxima pragmática apunta primariamente a la conduc- ta, a la conducta deliberada, no a las acciones en tanto que sucesos discretos o separados. En su forma originaria establece Peirce la má- xima como sigue: «Consideremos qué efectos concebimos que con- lleva el objeto de nuestra concepción, que concebiblemente pueden tener consecuencias prácticas. En ese caso, nuestra concepción de di- chos efectos es el todo de nuestra concepción del objeto» (5.402). En fecha posterior, comentando lo que pudiera parecer una formulación tosca hace notar que
... el emplear cinco veces derivados de concipere puede haber tenido un pro- pósito. De hecho tenía dos. Uno era dejar claro que yo estaba hablando del sig- nificado en ningún otro sentido que no fuera el de contenido intelectual. El otro consistía en rehuir cualquier peligro de ser -
interpretado como que intentaba explicar el concepto por perceptor, imágenes, esquemas o cualquier otra cosa que no fueran conceptos. Con ellos no quería decir, desde luego, que los actos, más es- trictamente singulares que nada, pudieran constituir el sentido o la interpretación propia y adecuada de cualquier símbolo... El pragmatiscismo hace consistir el pen- samiento en la viviente asimilación inferencial de símbolos cuyo sentido está en resoluciones condicionales generales a actuar (5.402, n. 3).
Peirce identifica el contenido intelectual o significado de una pro- posición con los hábitos y la conducta, y. éstos son esencialmente gene-
rales y condicionales n. La Máxim'a del pragmatismo está pensadapara escoger entre «miríadas de formas a las que puede ser traducida una proposición... aquella forma en que la proposición se hace aplicable a la conducta humana» (5.427). En la aclaración del significado de su pragmaticismo Peirce es agudamente consciente de la diferencia cate- gorial entre la terciaridad y la secundariedad y con mucho cuidado tra- ta de encontrar la manera de diferenciar su posición de la de aquellos que intentan caracterizar el significado de una proposición en términos de una colección de actos discretos, observaciones o hechos. «Decir que yo sostengo que el sentido o interpretación última y adecuada de un concepto está contenida, no en cualquier acto o actos que serán realizados alguna vez, sino en un hábito de conducta o determinación moral general que puede llegar a realizarse por el procedimiento que
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Cf. George Gentry, «Habit and Logical Interpretant», Studies in the Philo-
sophy o/ Charles Sanders Peirce, ed. por P. Wiener y F. Young; y John F. Boler,
«Habits of Thought», Studies in the Pbilosopby of Charles Sanders Peirce,
Second Series.
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Richard J. Bernstein
ha sido afectado por algún motivo, es un hábito; y un hábito delibe- rado o autocontrolado
es precisamente una creencia» (5.480). Aun cuando Peirce habla aquí de
hábito en un contexto apropiado para
referirse a
«motivo» y «control», la noción de hábito desempeña un papel más amplio en la filosofía de Peirce.
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Sostiene que cualquier cosa, animada o inanimada, manifiesta hábitos. «Hábito», en
su sen-
tido más amplio, «denota tal especialización originaria o adqiiirida, de la naturaleza del hombre, o del animal, o de una planta, o
de una
sustancia química cristalizable, o de
cualquier otra cosa, que actuarán,
o tenderán a actuar, de un modo susceptibl
e de ser descrito en térmi-
nos generales en cualquier ocasión(
o en una considerable proporción de
ocasiones) en que puede presentarse el mismo bajo un carácter susceptible de ser descrito en general» (5.538). La tesis de Peltre de que cualquier cosa manifiesta hábitos —d
o que llamamos una cosa
es un manojo habitual de reacciones» (4
.157)--- es un modo de llamar la atención sobre el hecho de que todas las cosas del universo están dirigidas por o expresan leyes, y esta legalidad es lo que ha de enten- derse en términos de la generalidad condicional característica
de la
terciaridad. También llama la atención sobre la continuidad que según Peirce se manifiesta
en toda la naturaleza. Hay diferencias sustancia- les entre los hábitos que muestra una sustancia química cristalizable y los que muestra una conducta racional, pero también existe conti- nuidad en esta legalidad manifestada a través de la naturaleza.
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