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Coetello y Janiszewski (1990) estudian una muestra de niños hasta 11 años derivados por pediatras de atención primaria y otros que son derivados por unidades hospitalarias. Ambos grupos son comparados a su vez con un grupo de control, que se ha seleccionado con características parecidas a las de la muestra. Los resultados indican que el diagnóstico psicopatológico no parece razón suficiente para que un niño acuda a tratamiento.

También pmvienen de las indicaciones de tratamiento que vienen acompañando a los niños, no encontrándolos significativos ni discriminativos. De hecho subrayan que se aprecia que los pacientes estudiados presenten más problemas de aprendizaje que el resto de los niños, ni sean menos competentes o con mayores problemas de adaptación. A pesar de que los trastornos escolares parecerían precipitadores de la demanda, en sus mediciones no aprecian la necesidad de intervención escolar entre los pacientes tratados en el estudio, por lo que concluyen que probablemente no aumenta la demanda en salud mentat aunque el fracaso escolar era el doble entre los pacientes tratados que en la muestra no tratada.

Los derivantes parecen haberse dejado influir más por el impacto de los trastornos emocionales y los problemas de conducta sobre los profesores y padres, que por la impresión acerca de como están las habilidades para resolver las tareas propias de la infancia, como las tareas escolares y el funcionamiento adecuado tanto en sus grupos sociales, como en casa o en la escuela. Es bastante preocupante que sea éste y no un criterio más objetivo, el que permita acceder a un niño a tratamiento psicológico.

Capítulo ¡II ConceptosMetodológicos

Si bien se suele considerar que un adulto que cumple los criterios de diagnóstico psiquiátrico no es un paciente, hasta que sus síntomas no le lleven a buscar tratamiento, lo que resulta un argumento algo flojo, más aún lo es en el caso específico de la infancia, dado que en la práctica casi nunca son ellos mismos los que se derivan a tratamiento.

Por ello se hace totalmente imprescindible que las decisiones, para estudiar las derivaciones, como para organizar programas de atención dentro de los servicios públicos, se basen en los datos aportados por estudios longitudinales de evaluación e investigación. Mordock (1993), en su trabajo sobre los aspectos ocultos en los Servicios de Atención en Salud Mental para Niños y Adolescentes, hace una detallada exposición de los programas que este tipo de dispositivos llevan a efecto y sus sistemas de derivación, lo que coincide en líneas generales con la organización asistencial que se analiza en este trabajo.

Hace Mordock referencia al coste del trabajo sobre la infancia, que requiere contacto con los derivantes, la atención sobre la admisión más que sobre la readmisión, el tipo de evaluación realizada, los casos derivados por vía judicial y el gran volumen de contacto que requiere la escuela. Define los tiempos de atención por acto clínico en 30 minutos para atención con el paciente y 60 para la atención a los padres o a la familia. Variados argumentos le hacen concluir a este autor que es un craso error evaluar los programas con niños y adolescentes contrastándolos con los procesos de adultos.

Prestando especial cuidado a las formas específicas del enfermar de los niños y su expresión visible por los adultos, pero más importante aún es prestar atención a las señales que permitan una pronta percepción y derivación, lo que es aún más imprescindible, ya que necesitaría de campañas de información a los especialistas y a la población general.

Capítulo III Conceptos Metodológicos

En el estudio de Ontario, Canadá, (Offord, Boyle, Szatmari y col. 1987) toman una muestra amplia de una comunidad con recursos de todo tipo. Una vez revisada la fiabilidad de las escalas aplicadas en su estudio, Boyle, Offord, Racine y col, en una posterior publicación de 1993, comunican que los niños varones tienen un 50% de posibilidades más de ser tratados que las niñas, cuando hablamos de edades inferiores a los once años.

En cambio son superiores los índices de frecuentación cuando se trata de niñas hasta los 16 años, en que son las más atendidas (Offord, Boyle y col. 1989). Las cifras coinciden más o menos para otros adolescentes, según Costello y Janiszewski, que también coinciden con el resto de los estudios por ellos analizados, apuntando hacia un 25% más de posibilidades de los niños sobre las

niñas para ser atendidos, en edades bajas nos referimos.

Nos hacemos eco de nuevo de sus preguntas, ya indicadas en algunos lugares de esta investigación, en lo referente a si será porque la psicopatología de los niños es más perturbadora que la de las niñas para los padres y los profesores. O si será porque, quizás, tengan mayor probabilidad de responder mejor a los tratamientos. Ellos incluyen la raza y el nivel socioeconómico como otros factores

predictores de la atención psicopatológica.

Merece la pena destacar que entre los resultados de este interesante estudio al seguimiento, publicados en Offord, Boyle, Racine y col. (1992), se informa que se puede predecir que habrá uno o varios trastornos psiquiátricos entre los niños de nivel socioeconómico bajo, que no tenían trastornos de salud mental cuatro años antes.

En Inglaterra Shepherd, Oppenheim y Mitchell (1966), citados por Costello y Janiszewski <1990), estudian también una muestra de una comunidad

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determinada, la de Buckinghamshire, encontrando pocas diferencias entre grupos, excepto la de que las madres de los niños en tratamiento tienden a preocuparse más y a considerar a sus huos más irritantes y exasperantes.

Otros aspectos de dicho estudio no se pueden obtener por la falta de homogeneidad en las muestra y en el diseño, a causa de su antigoedad. Hay que destacar, no obstante, que sostiene la hipótesis por la que los pacientes vistos en un espacio clínico especializado no necesariamente reflejan la curva de distribución de los niños con trastornos de la misma comunidad.

En términos generales encuentran que las consultas se enfocan hacia los trastornos de conducta o los trastornos depresivos, dentro de la clasificación diferencial de trastornos en extemalizados o internalizados. Ellos van aún más lejos y plantean, completamente de pasada, que desde que informaron a la comunidad sobre su investigación, desde ese mismo momento, la demanda se sesgó hacia los trastornos anteriormente referidos, disminuyendo o dejando de derivar otros tipos de trastornos de los que son habituales en la consulta de las instituciones públicas.

Hay razones políticas y científicas suficientes para incrementar el conocimiento de la psicopatología infantil, más allá de la que se trabaja en encuadres terapéuticos. En multitud de ocasiones los trastornos psicopatológicos infantiles están asociados con múltiples factores de riesgo. Si estimaciones del poder predictivo de tales factores se fundan, exclusivamente, en los datos aportados por la población tratada, se pueden dar significativas desviaciones, por tratarse de características que están causalmente relacionadas con la selección para el tratamiento, más que con el trastorno en sí mismo.

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