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Chapter 4. Results

4.9 Stage 2 Analysis

Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca.

Raoul Vaneigem

La vida humana no es más que una sucesión ininterrumpida de cotidianeidad; nuestra vida toda equivale a la vida cotidiana, se identifica con ella. La esfera del trabajo no se

le opone porque se halla inscrita dentro de lo cotidiano. Cuando los situacionistas hablan de una revolución de la vida cotidiana se refieren a esta acepción, es decir, a esta categoría totalizante de la existencia. “Todos los proyectos comienzan en la vida cotidiana y todos los acontecimientos retornan a ella para adquirir su verdadero significado. La cotidianeidad es la medida de todas las cosas (Knabb, 92).” Por ello mismo, para los miembros de la IS, la única liberación interesante es la liberación de la vida cotidiana. Si bien los situacionistas insisten desde sus inicios en la importancia de pensar lo cotidiano como un espacio susceptible de transformación y de incidencia política, la perspectiva holística34 desde la cual abordan el problema les viene de los

trabajos sociológicos que emprendiera Henri Lefebvre35 a partir de la década de los

cuarenta.

Lefebvre es reconocido por la tradición filosófica francesa como un obsesivo pensador del espacio. En efecto, a lo largo de su obra, la urbe y sus disposiciones espaciales se convierten en objeto predominante de investigación filosófica. Sin embargo, mucho antes de sus escritos sobre estos temas (El derecho a la ciudad, 1968; La revolución urbana, 1970; o La producción del espacio, 1974), Lefebvre ya había captado la urgencia y pertinencia de pensar la vida cotidiana, hasta entonces despreciada por el pensamiento académico. Los volúmenes de su Crítica de la vida cotidiana pueden leerse como una reivindicación de dicho ámbito, a propósito del cual Lefebvre señala que, desde el siglo XIX, la reflexión filosófica ha debido abandonar la especulación para acercarse a la realidad empírica, a los datos de la vida. Sumadas a los discursos nacientes de las ciencias sociales, las investigaciones de Marx pertenecen a este nuevo giro.

Con todo y su vuelco hacia los asuntos de la vida diaria, el pensamiento filosófico no queda impune después de su descubrimiento histórico de lo cotidiano. Para Lefebvre, la filosofía entra en riña consigo misma cuando atiende a este espacio monótono y

34 “Tal concepto abarca un residuo de realidad no catalogado e inclasificado; un residuo que muchos no

quieren reconocer porque implica la perspectiva de la totalidad y por tanto la necesidad de un juicio político holístico (Knabb, 91).”

35 Lefebvre sostuvo un vínculo ambivalente con los situacionistas. Según sus propias palabras, se trató de

una relación amorosa con un feliz inicio y un triste desenlace. Entre 1957 y 1962 fue amigo de Guy Debord y colaboró en diversos textos. Más adelante los situacionistas lo acusaron de plagio, incidente por el cual cortaron definitivamente sus relaciones. No obstante lo anterior, es indudable la influencia que Lefebvre ejerció sobre el origen de la IS a raíz de su libro Crítica de la vida cotidiana. De Lefebvre heredan el interés por la cotidianeidad así como por la noción de ‘momento’.

repetitivo de la cotidianeidad. Con relación a la filosofía, la vida cotidiana aparece como no-filosófica. ¿Cómo aprehender entonces desde la filosofía aquello que, por ser radicalmente singular, se le escapa? ¿Cómo enlazar las abstracciones del pensamiento a las vivencias del hombre corriente para crear con ello un nuevo pensamiento? Para un teórico marxista como Lefebvre36, lejos de constituir una tarea contemplativa, la

comprensión de lo cotidiano ha de tender hacia una praxis transformadora de sus elementos. “Queda abierto un solo camino,” dice Lefebvre: “describir y analizar lo cotidiano a partir de la filosofía, para mostrar su dualidad, su decadencia y su fecundidad, su miseria y su riqueza. Lo que implica el proyecto revolucionario de una liberación que desgaje de lo cotidiano la actividad creadora inherente (Lefebvre, 1972, 22).” Esta búsqueda filosófica de una actividad creadora inherente a la vida cotidiana

suscitó el entusiasmo colectivo por parte de los situacionistas frente a la obra de Lefebvre.

En lugar de examinar instituciones y clases sociales, o estructuras de producción económica, cuando nos acercamos filosóficamente a lo cotidiano resulta necesario dirigir la mirada sobre aquello que Lefebvre denomina ‘momentos’: momentos de amor, de odio, de poesía, de frustración, de deleite, de resignación, etc., en los cuales las posibilidades absolutas y los límites temporales de la existencia son revelados a un individuo. Para Lefebvre, la vida cotidiana es aquel territorio afectivo que queda después de que un hombre ha eliminado todas sus actividades especializadas Son justamente los rasgos característicos de este territorio (el tedio, las actividades estandarizadas, la repetición) los que, según Lefebvre hacen de la vida cotidiana el ámbito propicio para una crítica de la realidad social37. En detrimento del progreso

tecnológico y comercial, tanto Lefebvre como los situacionistas creían que la vida cotidiana era un sector subdesarrollado dentro del mundo capitalista moderno, una especie de tercer mundo afectivo instaurado en el corazón del primer mundo. En

36 En relación a la necesidad de transformar la vida cotidiana, el tono marxista de su filosofía queda

consignado en el siguiente fragmento de su libro sobre Marx: “El movimiento del pensamiento marxista consiste en una incesante ampliación orientada hacia la comprensión de la praxis, concebida ella misma como contradictoria: por un lado simultáneamente repetitiva y cotidiana y, por otro, revolucionaria, creadora de historia, situada en la historicidad del ser humano. (…) La praxis contiene así toda la verdad, pero esta verdad sólo puede salir a la luz mediante investigaciones cada vez más penetrantes (Lefebvre, 1972, 13).

37 La crítica situacionista puede interpretarse como un intento por dotar a estos ‘momentos’ cotidianos de

palabras de Lefebvre: “la vida cotidiana es el país extranjero donde todos realmente vivimos (Lefebvre, 1972, 23).”

Para un ciudadano francés de la sociedad de posguerra, para un trabajador asalariado cualquiera, en tránsito habitual por las cuadrículas de su ciudad, la vida cotidiana es sinónimo de desazón y monotonía. La mediocridad de una vida atada a los horarios, la existencia hipotecada en espera de las vacaciones, los recorridos desgastados entre la casa y el lugar de trabajo, la obligación de ser feliz… Que los deseos, los anhelos creativos, corporales, espirituales, que la voluntad de vida junto con todas las potencias creativas de un hombre quedara reducido a semejante panorama era algo que causaba repudio y rechazo absoluto por parte de los situacionistas. Lautréamont, poeta precursor del surrealismo, a quien los situacionistas admiraban y leían con fervor38, ofrece en sus Cantos de Maldoror una imagen poética que describe este estado de miseria vital que tanto resquemor producía en los miembros de la IS:

Con todo, tengo la impresión de que respiro. Como un condenado que pronto ha de subir al cadalso y ejercita sus músculos mientras reflexiona en su suerte, de pie sobre mi jergón, con los ojos cerrados, muevo lentamente mi cuello de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, por largas horas; no caigo muerto de golpe (Ducasse, 80.)

La vida como movimiento muscular mientras se aguarda la muerte: el retrato de Maldoror no está lejos de la situación padecida por un ciudadano cualquiera en la aburrida cotidianeidad de posguerra.

A ojos de los situacionistas, la pobreza de lo cotidiano proviene de una organización social que a su vez obedece a un proceso histórico de enajenación y explotación. Las formas de producción capitalistas han sometido al hombre a una serie de mecanismos que reducen su vida al tiempo muerto en el que se procura su supervivencia. El primero y más notorio de estos mecanismos, el trabajo asalariado, equivale a un chantaje sistemático y generalizado: quien no trabaja no sobrevive. Para los situacionistas no es viable negociar con los términos que impone el trabajo asalariado; quien cae en su chantaje difícilmente podrá escapar de los comportamientos que conlleva habitar la supervivencia. “Los instantes de la supervivencia,” dice Vaneigem, “se continúan y se parecen. Como se continúan y se parecen las actitudes especializadas que les

corresponden, es decir, los roles. Se hace el amor de la misma manera que se monta en moto. Cada instante tiene su estereotipo, y los fragmentos de tiempo conducen a los fragmentos de hombres. (…) No deseo una serie de instantes sino un gran momento. Una totalidad vivida (Vaneigem, 2006, 96).” De este espíritu, de este deseo de alcanzar una totalidad vivida (que en últimas marcará el concepto de ‘situación’), presente en todos los textos situacionistas, se desprende la gravedad de la consigna esparcida por Debord en los muros de París: Ne travaillez jamais. No trabajes nunca.

Los imperativos de producción que rigen la economía espectacular se traducen en prácticas de vida y en patrones de comportamiento ligados a la forma-mercancía. Toda llamada a la productividad, afirma Vaneigem, es una llamada a la esclavitud en tanto promueve la dependencia de los individuos a un sinnúmero de imágenes y objetos. Por ello afirma que:

El antiguo proletario vendía su fuerza de trabajo para subsistir; su reducido tiempo de ocio se pasaba en discusiones, peleas, juegos de taberna y del amor, caminos, fiestas y motines. El nuevo proletariado vende su fuerza de trabajo para consumir. Cuando no busca en el trabajo una promoción jerárquica, el trabajador es invitado a comprarse objetos (corbata, automóvil, cultura…) que le situarán en la escala social. Éste es el momento en que la ideología del consumo se transforma en consumo de ideología (Vaneigem, 1988, 74). Para los situacionistas, la necesidad de producir aliena la pasión de vivir. El trabajo asalariado se constituye como el principal antagonista de los deseos creativos, no sólo porque arrebata el tiempo y la fuerza vital de los hombres, sino porque sus efectos hacen mella en la configuración del ocio, allí donde supuestamente habrían de recompensarse todos los sacrificios laborales. Los situacionistas sueñan pues con una sociedad en la que los ámbitos del trabajo y del ocio se mezclen en un flujo continuo de actividades.

Una vez analizado a fondo, y a pesar de la prosperidad económica, el desarrollo de la vida cotidiana durante la posguerra parece estar determinado por un imperio de la escasez: escasez de tiempo libre, así como de las posibilidades para enriquecer dicho tiempo. Cuanto más se trabaje y se consuma, mayor la disminución de los momentos de vida, mayor la escasez del deseo y de una genuina vida comunitaria. En cierto sentido, la cotidianeidad parece identificarse con la vida privada en la medida en que la privacidad expresa el aislamiento y la insociabilidad que genera el espectáculo. Para los situacionistas se trata, literalmente, de una vida privada, despojada de su capacidad

creadora. Con todo y el aumento masivo en el consumo de servicios y mercancías39, los

individuos siempre compran en privado. Hablar de una comunidad del consumo supone entonces una evidente contradicción in adjectio. La separación e incomunicación en la que tanto insistiera Debord se manifiestan no como una abstracción social sino como una realidad patente en lo cotidiano.

Además de los comportamientos que provoca el hecho de habitar la supervivencia, el aburrimiento también halla una materialización en la arquitectura y en la disposición del espacio urbano. El surgimiento de la arquitectura funcional, encabezada en Francia por Le Corbusier, reordena el espacio físico en función de la productividad y la eficiencia. A ojos de los situacionistas, la de Le Corbusier es una arquitectura concebida no para humanos sino para autómatas, una “arquitectura frígida que pretende aplastar a las personas bajo masas innobles de concreto reforzado. (…) Está destruyendo los últimos remanentes de la felicidad, del amor, de la pasión y la libertad (Knabb, 10).” La concepción de las viviendas como máquinas de vivir es una clara expresión de lo anterior. El urbanista de posguerra ha de diseñar extensos complejos donde se confine a la población, donde se reúna lo separado. Los habitantes son aglutinados en edificios, realizando con ello la falsa conciencia de la vecindad. Por lo demás, a despecho de la actividad humana in situ, la arquitectura funcional predica la importancia de una circulación eficaz de habitantes y vehículos: nada más estéril que el tiempo perdido en los vertiginosos sistemas de transporte. A la creciente rigidez del espacio urbano, los situacionistas responden con la puesta en práctica de la psicogeografía, cuyo propósito era estudiar los efectos que el entorno físico ejerce sobre las emociones y conductas de los individuos para así poder transformarlos.

Los análisis psicogeográficos de algunos sectores de París demostraban que, la mayor parte del tiempo, los habitantes realizaban recorridos totalmente repetitivos y lineales. La voz en off de la película de Debord Sobre el paso de algunas personas a través de una breve unidad de tiempo da buena cuenta de las conclusiones extraídas mediante la práctica psicogeográfica: “Un individuo cualquiera, esto es, un individuo pasivo, sigue el camino aprendido ahora y por siempre desde la casa al trabajo, y del trabajo hacia un

39 Entre 1954 y 1956 se dobló el consumo de electrodomésticos en Francia. Este aumento coincide con

otros hechos significativos como la proliferación de los supermercados, la primera emisión masiva de televisión (1953) y la aparición de las lavadoras en el mercado (1955).

futuro predecible. Para este tipo de individuos, el deber se ha convertido en hábito, y el hábito en deber. No ven las deficiencias de la ciudad en la que viven, y creen que las deficiencias en sus vidas son absolutamente naturales. Querríamos romper todo este condicionamiento, en busca de diferentes usos del paisaje urbano que susciten nuevas pasiones (Bracken, 103).” Pues bien, la necesidad de creación total por la que abogan los situacionistas pasa también por un deseo de juego con el espacio y la arquitectura. Por ello les resultaba mucho más apremiante cambiar la visión de lo que ocurre en las calles antes que atender a los pequeños sucesos de la academia filosófica o del mundo del arte.

Con un claro influjo lírico de Lautréamont, Vaneigem evoca de la siguiente manera la tristeza que le producía la vida cotidiana en la ciudad: “El malestar me asalta en proporción a la muchedumbre que me rodea. (…) El famoso cuadro de Munch, El grito, me sugiere una impresión sentida diez veces al día. Un hombre arrastrado por una multitud, sólo visible para sí mismo, grita repentinamente para romper el hechizo, recordarse, regresar a su piel (Vaneigem, 1988, 35).” El gesto del grito, de la desesperación que busca su expresión inmediata, será estimulado por los situacionistas a niveles urbanísticos y conductuales. La ciudad será concebida no como el espacio rutinario entre la casa y el trabajo, entre el ocio y las obligaciones, sino como un campo dinámico dispuesto para el juego, para la espontaneidad y la libertad de movimiento. Entre las propuestas urbanas de los situacionistas se hallan: la alteración irrestricta de las fachadas de acuerdo al ánimo de sus habitantes, el acceso permanente a lugares vedados (techos de edificios, subterráneos nocturnos, zonas en construcción), la reutilización no funcional de espacios públicos (cementerios, museos, parques, iglesias), la posibilidad de matizar a voluntad la intensidad del alumbrado público, etc.

En el artículo titulado El uso del tiempo libre, la IS afirma que

aunque el capitalismo moderno está en un constante desarrollo de nuevas necesidades para incrementar el consumo, la insatisfacción de la gente sigue siendo la misma. Sus vidas carecen de sentido más allá del apuro de consumo, y este consumo se usa para justificar la creciente frustración en relación a cualquier actividad creativa o iniciativa genuinamente humana – hemos llegado al punto en que esta carencia de sentido ya no nos parece importante (Knabb, 74).

A despecho de la indiferencia y resignación que produce el tiempo libre40, el envite de

los situacionistas, el proyecto de revolucionar la vida cotidiana, estriba en propiciar unas condiciones en las que los aspectos creativos de la vida puedan predominar sobre sus aspectos repetitivos. Con ello, la IS busca inundar la cotidianeidad de la ciudad con un aluvión de deseos y una voluntad irrefrenable de vida. A primera vista, nada más sencillo que crear individuos dispuestos a participar activamente en todos los aspectos de sus vidas. Pues bien, a continuación veremos los recursos que la IS toma del mundo del arte para hacer realidad tal propósito.