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En marzo de 1902 Henry presentó su renuncia y se retiró de la Sociedad de Automóviles de Detroit. Con respecto a este tema, escribió: “Presenté mi renuncia, decidido a no volver a aceptar jamás un puesto subalterno”. Pero esa amarga experiencia no había ahogado las convicciones de Ford. Ese episodio lo ayudó a comprender un principio muy simple: si se espera hacer fortuna, hay que establecerse por su propia cuenta y llevar en las propias manos las riendas del negocio. “Por supuesto que es más cómodo –confía Ford- trabajar sólo durante las horas de oficina, tomar la tarea todas las mañanas y dejarla por la tarde y no volver a pensar en ella hasta el día siguiente, y muy bien se puede actuar de ese modo si uno tiene un carácter que se contenta toda la vida con recibir órdenes, ser un empleado cumplidor, quizás, pero jamás un director ni un jefe.” Estaba claro que Henry Ford tenía la intención de pertenecer a esta última categoría, la de los jefes, y para ello se dedicó a ir colocando él mismo, uno a uno, los fundamentos de su imperio.

Le hacía falta, sin embargo, una publicidad que le permitiera hacer conocer sus vehículos al gran público. El curso de las cosas le iba a dar esa oportunidad. En esa época, a la gente le interesaba sobre todo saber qué “máquina rodante” era la más rápida, y muchos constructores organizaban desafíos y competencias, al ganador de los cuales se le aseguraba una inmensa publicidad. Ford vio allí un excelente medio de hacerle conocer al mundo la potencia de sus máquinas. Así, en 1903, preparó dos vehículos destinados especialmente a una carrera competitiva; los bautizó “999” y “Flecha”. La carrera se realizó y Ford salió vencedor, con una media milla de ventaja sobre su rival más próximo. El público se enteró enseguida de que el señor Ford construía los vehículos más rápidos. Alentado por el éxito, Ford se jugó el todo por el todo: fundó la Sociedad de Automóviles Ford, de la cual era vicepresidente, diseñador, jefe de mecánicos, jefe de taller y director general. Su razonamiento era simple: más vale moldear el hierro cuando está caliente. Su victoria le había valido una importante publicidad; era ése el momento de lanzarse con todo. Alquiló locales mucho más grandes que su modesto taller y, con la ayuda de algunos obreros, se puso a trabajar.

Desde el principio, Ford sacó ventaja a sus competidores. A esos últimos les preocupaba poco el peso del vehículo. Por otra parte, estimaban que cuanto más pesado fuera más caro podrían venderlo. Ford no compartía esta filosofía. El auto que él iba a crear (el modelo A) era el más liviano de todos los fabricados hasta el momento, con lo que ganaba considerablemente en velocidad y economía de combustible. En un solo año de

operación, la Sociedad Ford vendió 1708 vehículos, lo cual muestra hasta qué punto nuestro hombre estaba en lo cierto al proponerse vender un auto destinado al gran público. Ante tamaño éxito, los competidores no demoraron en hacerse notar. A Ford no le preocupaba. Su filosofía a este respecto no podía ser más explícita, y por demás realista: “Poca gente osa lanzarse a negocios, porque en el fondo de sí mismos se dicen: ¿por qué lanzar tal producto al mercado, si ya hay alguien que lo hace? Yo, en cambio, me he dicho siempre: ¿por qué no hacerlo mejor? Y eso es lo que hice.”

Sus negocios se expandieron rápidamente, sus vehículos no tardaron en adquirir la fama de ser los más sólidos y confiables. En el segundo año de producción Ford llevaba todavía la delantera al lanzar otros tres modelos (B, C y F) y muy pronto debió ocuparse de encontrar un taller más grande, tan florecientes se habían tornado las ventas. Hizo construir un taller de tres pisos, que le permitió aumentar aún más el volumen de producción. Al cabo de cinco años solamente, la Sociedad Ford empleaba a 1908 personas, era propietaria de su fábrica y producía 6181 vehículos por año, que ya se vendían tan bien en los Estados Unidos cuanto en Europa.

El muchachito que había visto un día una locomotora y jurado construir una máquina rodante había realizado su sueño. Se había vuelto millonario y triunfado a los ojos de aquellos que lo habían ignorado y ridiculizado. Pero Henry Ford no era hombre de decirse: he triunfado, ahora gano mucho dinero, me retiro. “Es de lo más natural que en determinado momento uno sienta la tentación de descansar y disfrutar de lo que ha adquirido. Comprendo perfectamente que se quiera cambiar una vida de trabajo por una vida de reposo. Es un deseo que yo mismo he experimentado. Pero creo que, cuando se tienen ganas de descansar, hay que retirarse por completo de los negocios. Y en mis proyectos no figura nada de eso. Para mí, mi éxito es como una incitación a seguir superándome.”

La producción alcanzó muy pronto la cifra mágica de cien vehículos por día, y algunos colaboradores de Ford comenzaron a creer que las ideas de grandeza de su patrón iban a llevarlos directamente a la ruina. En los medios financieros se decía incluso que, si seguía a ese ritmo, la Sociedad Ford iba a quebrar, saturando al mercado. En ocasión de una asamblea, le preguntaron a Ford si se creía capaz de mantener un buen tiempo más la producción, demencial para la época, de cien autos por día. “Cien autos por día es un mínimo –respondió Ford-,

y espero que pronto multipliquemos es cifra por diez.” “Si hubiera seguido los consejos de mis asociados –comentó años después-, me habría conformado con mantener los negocios en el nivel de ese momento y aplicar el dinero a la construcción de un lindo inmueble administrativo, producir de vez en cuando otros modelos para estimular el gusto del público; en una palabra, convertirme en un hombre de negocios apacible y serio. Pero yo veía mucho más lejos y, sobre todo, deseaba algo más grande que eso.”

Ford había hecho mucho por aligerar el peso de sus vehículos pero los materiales de la época no parecían permitirle ir mucho más allá en ese sentido. Sin embargo, el “azar”, que en nuestra opinión es una manifestación del subconsciente, habría de acudir en su rescate. Mientras asistía a una carrera, un auto francés patinó de manera tremenda y quedó completamente destruido. Después de la carrera, como guiado por un misterioso sexto sentido, Ford se dirigió a la pista y recogió un resto del material del auto, pues ése le había parecido más veloz que los otros. Deseaba descubrir qué aleación habían utilizado para su construcción. Recogió un vástago, que le pareció a la vez liviano y muy resistente; no era en absoluto similar a ninguno de los materiales conocidos en la época. “Esto es justo lo que me hace falta”, pensó Ford. Sin embargo, nadie de los que lo rodeaban pudo indicarle en qué consistía esa aleación. Después de hacerla analizar, se enteró de que esa pieza estaba construida con un metal de origen francés al cual se había agregado vanadio. Pero en los Estados Unidos no había fundiciones que supieran aplicar ese proceso al colado del metal. Ford tuvo que dirigirse a Inglaterra para encontrar al fin a alguien capaz de producir ese acero en un nivel comercial; luego, gracias a la colaboración de una pequeña fábrica de Ohio, logró encontrar el modo de obtener el precioso metal en su país. Así, una vez más, gracias a su mente siempre alerta y en busca de nuevos conocimientos, iba a avanzar considerablemente con respecto a sus competidores más próximos.

Fue en esa época cuando, llevando aún más lejos su voluntad de construir un vehículo verdaderamente “democrático”, Ford comprendió la concepción de un nuevo modelo que iba a convertirse en una leyenda en la historia del automóvil: el famoso modelo “T”. Gracias a ;e, Ford iba a cambiar la vida de millones de personas, hasta de toda la sociedad, al hacer del automóvil un bién de consumo corriente y, más aún, una necesidad. En la primavera de 1909 Ford anunció a su consejo de administración que de allí en más la fábrica Ford iba a consagrar

su producción a la elaboración de un único modelo, el “T”. Y agregó: “Todo cliente podrá tener su auto del color que desee, siempre que lo desee negro”. Las reacciones fueron vivaces. Hasta esa época, siempre se había considerado al auto como un objeto de lujo, una suerte de “chiche” que sólo la gente adinerada podía darse el gusto de poseer. Por lo tanto, los socios de Ford no veían ventaja alguna en construir un modelo único, y encima barato. Además, todavía había muy pocos caminos transitables por autos, y la nafta era escasa. A sus objeciones, Ford se limitó a responder: “¡Los caminos no importan; el auto Ford los creará!”.

A Henry Ford no le aguardaba una tarea fácil. Los expertos más serios le advirtieron que se rompería la nariz, que iba por mal camino, y los banqueros se mostraban reacios… más que de costumbre, pues hay que admitir que Ford nunca se llevó muy bien con ellos. Pero él veía las cosas de otro modo: “Yo me niego a reconocer la existencia de imposibilidades. No conozco a nadie que sepa tanto sobre algún tema para poder decir que esto o aquello no es posible (…). Si un hombre, tomándose por una autoridad en la materia, declara que equis cosa es imposible, aparece enseguida una horda de seguidores irreflexivos que repiten a coro: es imposible”. Para Henry Ford, la palabra “imposible” no existía.

Además de lanzar al mercado su nuevo modelo “democrático”, Ford revolucionó el mundo de la industria, haciéndolo pasar del artesanato a la verdadera era industrial. Gracias a la introducción de las cadenas de montaje, obtuvo para la época un nivel de producción hasta entonces inigualado. La fábrica pronto le quedó chica, y Ford hizo construir un inmenso complejo industrial que empleó a más de 4.000 personas y producía 35.000 vehículos modelo “T” por año.

Los diarios de la época no dejaban de proclamar que Ford se rompería la frente, que le ocurriría como al sapo que quería ser buey y al fin explotó. Este aumento de la producción obligó pronto a Ford a repensar por completo todo sus sistema de ensamblaje. Fue uno de los primeros en concebir toda una línea de montaje mecanizado en cadena, debido a lo cual se lo puede considerar el ancestro de la robotización industrial. Según su opinión, había que llevar el trabajo al obrero en lugar de llevar el obrero al trabajo. Este modo de considerar las cosas iba a dar vuelta todo el concepto de producción y del trabajo humano. Su fábrica habría de convertirse, para la época, en la más moderna del mundo: novedades, piezas de carrocería

suspendidas en el aire mediante ganchos inmensos que aparecían en la línea de montaje en el orden exacto que les era asignado. Los resultados fueron asombrosos. De las diez horas que hacían falta para ensamblar todas las partes del motor, se utilizaba sólo la mitad, gracias a la mecanización y las cadenas de montaje. El pequeño mecánico de antaño había previsto con certeza y su famoso modelo “T” obtuvo un éxito tal que Ford abrió una fábrica en Londres y luego otras en todo el mundo. ¡Las fábricas Ford produjeron pronto 4.000 autos por día! En 1947, a su muerte, Henry Ford, que nunca se había interesado demasiado por el dinero, salvo cuando le hacía falta para financiar su sueño, era largamente archimillonario. Lo cual para la época, era algo realmente fabuloso.

La compañía Ford no dejó de crecer. En 1960 se la consideraba la segunda empresa más grande del mundo. En 1970, ¡contaba 432.000 empleados y tenía una masa salarial de 3.500 millones de dólares!

“Todo es posible. La fe es la sustancia de aquello que esperamos, la garantía de que podremos realizarlo.” Es con esta fórmula profundamente optimista que Henry Ford concluye su autobiografía. Estas últimas palabras son un poco como un testamento espiritual y el hecho de que se haya referido a la fe no es fortuito. Toda su vida, toda su obra son la prueba de que para un hombre animado de una fe inquebrantable, ¡todo es posible!