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The robust asynchronous Newton-Raphson Consensus (ra-NRC)

¡Pero todavía estaba muy lejos de conseguirla!

Por el momento debía soportar las incesantes querellas de sus padres, en California del Norte. Por supuesto, no discutían delante de los niños, pero Steven era lúcido: “Creo que ellos nunca se dieron cuenta realmente de hasta qué punto nosotros éramos conscientes de su desdicha. No había violencia; sólo una atmósfera de malestar desesperado que se podía cortar con un cuchillo. Durante años pensé que la palabra ‘divorcio’ era la más fea que podía existir. El sonido de sus conversaciones se expandía por todas partes en los cuartos, por los conductos de la calefacción. Mis hermanas y yo nos pasábamos toda la noche oyéndolos discutir, negándonos a rendirnos ante la evidencia. Y para nosotros era el pánico. Mis hermanas estallaban en sollozos y nos abrazábamos unos a otros.”

¡Era del horror de esa realidad que quería escapar Steven! ¡Y también de muchos otros! ¡como que era un niño! “Yo tenía todos los miedos de los niños.” Es decir: miedo a los personajes monstruosos que esperaban pacientemente en el placard, miedo a esas cosas terribles que iban a hacerle esos personajes inventados a la sombra de la noche. Ese árbol maléfico de Poltergeist, Steven lo vio durante años desde su ventana de niño, y fue motivo de pesadillas que después sus personajes vivirían en la pantalla. En suma, el universo inquietante y a menudo maléfico de sus filmes habitada ya en él. ¡Para é, era una realidad cotidiana!

Fue gracias al ojo mágico de la cámara que llegó a exorcizar a sus demonios y hacer ellos sus aliados, que le facilitaron el camino al éxito.

Allí está toda la clave del increíble éxito de Steven Spielberg, quien, a los 36 años, ha amasado una inmensa fortuna y se ha convertido en uno de los personajes más poderosos del mundo del cine. ¡EL DISNEY de los tiempos modernos!

Su pasión por la cámara y las “luces en el cielo” no tardó en provocar esta primera chispa: su filme, Fright, fue realizado ¡en

1964! Tenía entonces 16 años y fue su primera obra de ciencia ficción. “!140 minutos de ‘Nosotros versus Ellos’!”, dirá más tarde. Ya poseía en su currículo una decena de realizaciones semejantes, desde que heredara la cámara de su padre. Pero ésa fue su primera “obra” de verdad, al menos a sus ojos. Con un presupuesto de 300 dólares, inflado después a 500 (hábito que mantendrá a lo largo de su carrera, ¡para gran desesperación de los financiadores de sus películas!). Fue su primer éxito comercial. Papá invitó a sus amigos, conocidos, parientes… y ¡lograron reunir la suma de 600 dólares para cubrir los gastos! ¡Un éxito en toda la línea!

Sin embargo, su carrera iba a comenzar realmente con otro filme, y sobre todo gracias a un encuentro fortuito en las playas californianas. Fue en 1967. Steven conoció a un hombre que estaba tan deseoso de producir películas como lo estaba él de dirigirlas. Pero la diferencia sustancial entre ambos era que el primero era… ¡millonario! Se trataba de Dennis Hoffman, propietario de una compañía de aparatos ópticos. Hoffman vio algunas realizaciones de Steven en 8 y 16 mm y quedó entusiasmado. Le dio 10.000 dólares para hacer un cortometraje. Para Spielberg, esa suma era una fortuna. No obstante, el hombre le puso una condición: quería que su nombre apareciera en la película. Es decir que en los títulos se leería: Amblin, de Dennis Hoffman, en lugar de Amblin, de Steven Spielberg. “No vacilé un segundo y respondí ‘sí’. Tomé el dinero y salí a hacer mi primera película en 35 mm. ¡Para mí fue toda una oportunidad!”

Steven conoció también en esa ocasión a otro apasionado de la cámara: Allen Daviau, que compartió con él éxitos y fracasos. Los dos jóvenes no sabían muy bien dónde estaban parados, pero había algo que sabían perfectamente: ¡iban camino al éxito! ¡No tenían la menor duda! Ese optimismo casi delirante nunca abandonó a Spielberg.

Amblin , que narra la historia de un muchacho y una chica adolescentes que viajan a dedo hasta California, obtuvo gran éxito, a tal punto que el pequeño filme impresionó vivamente al mandamás de la compañía Universal Television, Sid Sheinberg. “En realidad, todo el mérito de ese éxito se lo debo a mi amigo Chuck Silvers. Fue él quien le hizo ver el filme a Sheinberg. (Además, esa película se presentó en 1969 en los festivales de cine de Venecia y Atlanta.) Al día siguiente Sheinberg me llamó por teléfono y me invitó a ir a verlo a su oficina. ¡Una verdadera historia de Cenicienta!”

A esos estudios de la Universal Spielberg los conocía bien. En efecto, a los 17 años había ido a visitar a unos primos de Canoga Park, y ellos lo llevaron a ver los estudios de la Universal. Steven quería ver los plateaux de filmación. Fue de un lado a otro, viéndolo todo, maravillado. Un hombre lo detuvo, le preguntó qué hacía allí (se había “colado” para extender la visita por su cuenta). Con toda la calma, Steven le explicó su pasión por el cine, lo que había hecho, lo que deseaba hacer, etc. Ese hombre, que era Chuck Silvers, fue el artesano de la carrera de Steven. Divertido por ese muchachito de tan manifiesta audacia (¡no cualquiera entra en los estudios de la Universal, sobre todo durante la filmación!), Silvers lo invitó y lo hizo recorrer todo el lugar. Al día siguiente, munido de un pase, Steven volvió y le mostró a Silvers sus files en 8 mm. Este quedó favorablemente impresionado (lo cual explica su entusiasmo al ver Amblin unos años más tarde).

Si para Silvers todo se detuvo allí, para Steven se transformó directamente en una obsesión. Dos días después, de traje y corbata, bien peinado, con un portafolio en la mano (el de su padre, “no de chocolate”), pasó delante de la guardia de seguridad y entró en las oficinas de la Universal. Durante todo el verano estableció allí su domicilio. Encontró un escritorio desocupado, un teléfono y se instaló con sus cosas. Llegó a la audacia de escribir su nombre en el anuario del inmueble, y vagabundeaba por los corredores y pasillos, observando cada una de las mil y una operaciones de la filmación de una película. Esperaba vagamente que un día alguien, la Providencia (?), le diera algo que hacer… pero eso no se produjo nunca.

Descorazonado, Steven se marchó como había entrado, sin que nadie notara su presencia.

Por sorprendente que resulte, esa vez su encuentro con Spielberg, el gran jefe, iba a permitirle entrar de manera oficial en las oficinas de la Universal, para hacer exactamente lo mismo: ¡NADA! “Es un proceso extremadamente arduo –dice Steven refiriéndose al tema de ese período de su vida-. Extremadamente penoso y sumamente molesto. Prácticamente acampé a la puerta de numerosos dirigentes de la compañía, y pasó mucho tiempo antes de que me dieran permiso para hacer algo. Es muy simple: yo era demasiado joven y en la Universal no creían en la juventud. ¡Afuera tampoco!”

Le suplicó tanto y tan bien a Sid que éste cedió un poco y obtuvo un trabajo para Steven. Steven tenía lo que deseaba: iba a trabajar en un filme –piloto para una nueva serie de televisión-. Era Night Gallery, seguidilla de la muy célebre Twilight Zone, de Rod Serling. Lamentablemente para Steven iba a dirigir a una de las actrices más “acerbas” de toda la colonia hollywoodense: ¡Joan Crawford! ¡Estaba metido en camisa de once varas! Salió bastante bien de la prueba, pese a su total falta de experiencia. Pero era el principio… ¡O así al menos lo creía él! Steven tuvo derecho a la dirección de un episodio de Marcus Welvy, M. D. Después Dr. Kildare, después… ¡después nada! ¡Nothing!

¡Durante todo un año, nada! Suplicó, lloró, amenazó… pero su contrato estipulaba con claridad, en letras pequeñas que él no había leído, en su entusiasmo juvenil, que debía someterse por entero a las decisiones de la Universal. ¡No era cuestión de ocupar sus horas vacías haciendo filmes de aficionado! Ahí cayó en la trampa y, cuando le ofrecieron rodar series para televisión, aceptó apresurado. ¡Cualquier cosa, mientras no sea la nada! Pero, al fin de cuentas, habría preferido la nada. Empero, esto le permitió conocer todos los secretos del oficio. Aprendió tanto y tan bien que pronto fue capaz de encargarse de todo un plateau, salvo el maquillaje. ¡Iba conociendo cada vez más a fondo su profesión!

En medio de ese año tan ocupado, 1971, Steven estaba listo ya para la “gran ocasión”. Fue su secretaria quien, sin ninguna vergüenza, compró la revista Playboy e hizo leer a Steven el relato de ciencia ficción Duel, de Richard Matheson; la historia de un representante de comercio, tipo tranquilo, que se ve en apuros con un camión cisterna cuyo conductor demencial trata de matarlo sin razón alguna. Duel es el relato de esa carrera contra la muerte en las rutas accidentadas de las montañas Rocallosas.

SPIELBERG TENÍA FE. CREÍA EN SU