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En 1892 nació John Paul Getty, hijo de George Franklin Getty y Sarah MacPherson-Risher. Su padre, hijo de una familia irlandesa de poco dinero, conoció una infancia miserable y tuvo que emplearse muy joven en las granjas de los alrededores, para mantener a su madre viuda.

A los doce años, un tío adinerado permitió al joven estudiar en Ohio. Unos años más tarde salió de la escuela diplomado en ciencias y durante algún tiempo se dedicó a la enseñanza. Sin embargo, George F. Getty era ambicioso, rasgo de carácter que su hijo heredó. Así, en lugar de contentarse con su situación, George empleó todo su tiempo libre en el estudio del Derecho. A los 27 años George realizó un viejo sueño y se recibió de abogado, con grandes distinciones, en la Universidad de Michigan. Unos años más tarde llegó a magistrado.

Según ciertos biógrafos de los Getty, Sarah MacPherson-Risher, madre de Paul, sería de algún modo la causante de la fortuna de los Getty. Era una mujer ambiciosa, decidida, y empujó a su marido a abandonar la enseñanza para consagrarse al Derecho, carrera que, para G. F. Getty, iba a ser su camino hacia la fortuna. Eso haría que el pequeño abogado de Michigan llegara a ser uno de los pioneros de la industria petrolera estadounidense. El año 1903 iba a marcar el inicio, para la familia Getty, de un giro decisio que la haría una de las familias más ricas de los Estados Unidos.

Un cuestión jurídica en la cuenta de un cliente obligó a George Getty a viajar a Bartlesville, en Oklahoma. Una vez arreglado el litigio, el abogado se dejó llevar por la fiebre del petróleo. Siguiendo los consejos de algunos perforadores, Getty adquirió un terreno, el lote 50, de una superficie de 2.250 hectáreas. Comenzaron las operaciones de perforación. En total se hicieron cuarenta y tres pozos. ¡Cuarenta y dos resultaron productivos! George F. Getty fundó entonces la Minnehoma Oil Company, con la firme intención de consagrarse, en adelante, a la búsqueda de “oro negro”. ¡Ese día comenzó la historia de una fortuna! Aunque en esa época el joven Paul sólo tenía once años, recordaba muy bien, muchos años después, la emoción que le causó ver su primer campo petrolífero. “…Me parece, al

recordarlo, que ya entonces me dejé atrapar por la trampa del petróleo. No por el aspecto financiero ni por las perspectivas de lucro de las operaciones petroleras, sino sobre todo por ese sabor del desafío y de la aventura, esa impresión que se siente a todo lo largo de la explotación y la perforación, eso de perseguir, de buscar el petróleo como si se tratara de una presa de caza.” Ese hallazgo, ese encuentro entre el niño y la fuerza misteriosa que brotaba del suelo, iba a hacer nacer en Paul una suerte de pasión, un desafío entre él y la materia bruta, desafío que no iba a tardar en contestar.

No era raro encontrar un jovencito que vagabundeaba por los campos del lote 50 de lo más entretenido con las perforadoras, hablando con los técnicos y hasta empleando términos especializados como si fuera uno más de aquellos hombres. Si bien el joven Paul se revelaba muy buen alumno en los campos petrolíferos, no ocurría lo mismo en la escuela. Su padre, hombre estricto que quería que su hijo tuviera bien claro que “el dinero no se encuentra en los árboles”, decidió, en 1906, que una temporada en la Harvard Military Academy sería sin duda un excelente remedio para inculcarle los valores de la disciplina personal.

Después de su estada en esa academia, Paul emprendió estudios universitarios mientras que, en las vacaciones de verano, continuaba trabajando como obrero en las concesiones petrolíferas de su padre. No obstante, este último había insistido en que se lo tratara como a los demás operarios. Le pagaba el salario de un obrero común, es decir tres dólares por día de doce horas de trabajo. Paul debía, como los otros, obedecer las instrucciones y cumplir la tarea que se le asignaba.

Se adaptó muy pronto a esta vida y le parecía vivir plenamente en contacto con esos obreros. ¡Muy de otro modo se sentía en la universidad, donde tenía la impresión de que eso no lo llevaba a ninguna parte!

Desalentado por el sistema de enseñanza estadounidense, el cual, según él, asfixiaba la libertad individual, Paul Getty dejó los Estados Unidos en 1912 para ir a proseguir sus estudios en Oxford, Inglaterra. Esa venerable institución lo entusiasmó, y pasó allí un año estudiando economía y ciencias políticas. Obtuvo su diploma con facilidad y volvió a los Estados Unidos para encontrarse frente a cuatro posibilidades de futuro.

Sus estudios, e incluso sus personalidad, lo empujaban hacia el lado de las letras. Deseaba ser escritor. Por otro lado, su pasión por las ciencias políticas lo incitaba a entrar en el cuerpo diplomático estadounidense. Además, como acababa de estallar la Primera Guerra Mundial, se había inscripto en la fuerza aérea con la esperanza de convertirse en piloto. Por último, quedaba otra opción, que no había considerado mucho y no le atraía como las demás, que era la de entrar en el mundo de los negocios. Siguiendo los consejos de su padre, que le pidió trabajara un año entero en los negocios antes de tomar una decisión definitiva en cuanto a su futuro, Paul volvió a partir rumbo a Oklahoma, pero esta vez en calidad de prospector. El arreglo dispuesto con George era el siguiente: por un salario de 100 dólares mensuales, Paul se encargaría de realizar prospecciones minerales. Su padre financiaría la compra de concesiones y los beneficios se repartirían entre ambos, a razón del 70% para George y el 30% para Paul.

Pasaron meses y las cosas no marchaban. Más tarde, Paul confesaría que muchas veces pensó en abandonarlo todo. Pero, en cambio, siguió adelante, porque la idea del fracaso le resultaba sencillamente insoportable.

“No es que me guste el éxito por el éxito, pero cuando me comprometo en cualquier negocio, una especie de irresistible dinámica interior me empuja a hacerlo todo para llegar a una conclusión satisfactoria. En la mayoría de los dominios en que me he aventurado, y en la mayoría de mis empresas, en general no he obtenido más que éxitos. Y cuando así no era, ponía lo mejor de mí para no volver a reproducir los errores que acababa de cometer.”

Hacia el fin de ese año se presentó una oportunidad. Sabiendo que estaba a la venta una perforación particularmente prometedora, el joven hizo lo imposible por obtenerla. Imaginó entonces una treta para vencer a los otros prospectores mucho más afortunados, también ellos resueltos a conseguir la concesión. Pidió a uno de sus amigos, vicepresidente de un

“EL HORROR AL FRACASO SIEMPRE