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Introduction and state of the art

Esta facultad le permitirá saber en qué proyectos debe creer, y le permitirá alcanzar cimas inigualadas.

Lo que es evidente, lo que salta a la vista, rara vez permite alcanzar la riqueza. Si así no fuera, todo el mundo sería rico. El hombre que llega a enriquecerse, mientras los que lo rodean se hunden en la mediocridad y se pasan la vida ajustándose el cinturón, es como un clarividente entre ciegos. Contrariamente a la mayoría de la gente, ha desarrollado la capacidad de percibir el resplandor de lo posible en lo que a los demás les parece imposible. Ve más allá de los obstáculos que se alzan en el camino de toda empresa. Percibe los medios que le permitirán triunfar.

En la conducción de los negocios, para llevar a cabo una carrera, poco importa en qué dominio, todo hombre marcha sobre una cuerda floja. Un mal paso no es necesariamente falta, pero demora, al menos un tiempo. Por lo tanto hay que desarrollar la facultad de tomar lo más a menudo posible la decisión correcta. Saber decir sí cuando así debe ser, pero también decir no y alejarse de las aguas peligrosas si se trata de un negocio que podría conducir a la ruina.

Resulta alentador comprobar que, en la opinión de la mayoría de los hombres ricos, esta capacidad rara vez es innata y puede adquirirse y desarrollarse. Es decir, por lo tanto, que es accesible a cualquier que se tome el trabaja de obtenerla y cultivarla. En ese capítulo veremos cómo. Este aprendizaje esencial es, como ya lo verá, mucho menos difícil de lo que usted pueda pensar.

Cuanto más desarrolle usted su capacidad de ver lo que es realizable allí donde otros no ven más que lo imposible, de tomar regularmente la decisión correcta, más original lo considerarán, y a veces también más loco. Pues la mayoría de las buenas oportunidades no son evidentes. Por lo general, hasta parecen insensatas. Cuando se aventure en el camino hacia el éxito, no tenga en cuenta las críticas o los comentarios desalentadores de los que lo rodean.

Si hubo un hombre que tuvo que hacer frente a la crítica y la desaprobación, fue Jean-Paul Getty. “Normalmente –confiesa no sin cierto humor-, la mayoría de la gente que conozco no aprueba mis proyectos, pero cuando les anuncié mi intención de comprar y construir un Revolcadero Beach, la reacción, por una vez fue unánime: ¡Imposible! Las razones que invocaron para juzgar imposible mi proyecto eran muchísimas… Y, debo admitirlo, muy atendibles… Sin embargo, yo pensaba, yo sabía, que el

proyecto era realizable. (…) En el momento de la inauguración, el lujoso hotel se convirtió en todo lo que yo había previsto y su éxito inmediato superó todas mis expectativas: otro proyecto ‘imposible’ que se tornó 100% posible desde el principio. Hubo muchos otros, grandes y pequeños, antes y después.”

Estas palabras podríamos ponerlas sistemáticamente en boca de todos los que han triunfado. Y es normal, pues para triunfar han seguido ese refrán que aconseja: “Para triunfar, no hagas lo que hacen los demás”.

Pero hay que admitir que las objeciones del medio o incluso de especialistas a veces se apoyan en análisis “racionales”. Además, todo el secreto del éxito se basa esencialmente en el arte de distinguir entre lo posible y lo imposible, de ver el filón allí donde los otros no lo ven, y de verlo antes que los demás.

Es cierto, sería ingenuo pretender que absolutamente todo se torne posible en ciertas condiciones y determinado momento. Hay proyectos que no son viables o demandarían una inversión de tiempo y energía demasiado considerable. Se puede leer un ejemplo divertido e instructivo de este principio en el best-seller What They Don’t Teach You at Harvard Business School : “Una industria de alimentos para perros desarrollaba su reunión anual de estudios de ventas. El presidente escuchó pacientemente al director de publicidad, que le presentaba una nueva campaña sensacional, a su director de marketing , que le sometió un plan de puntos de venta que iba a ‘revolucionar al mercado’, y a su director de ventas, que exaltaba las virtudes de ‘la mejor fuerza de ventas que se ha visto. Para terminar, el presidente tomó la palabra y concluyó con algunas observaciones:

-Hace varios días que escuchamos a nuestros jefes de departamentos exponer sus maravillosos proyectos para el futuro. No tengo más que un pregunta que hacer. Si tenemos la mejor publicidad, el mejor marketing y la mejor fuerza de venta, ¿cómo se explica que no vendamos esta bendita comida para perros?” “Un silencio total se adueñó de la sala. Después, al cabo de un momento que pareció una eternidad, se elevó una vocecita en el fondo:

-Porque los perros la detestan”.

La anécdota es sabrosa e invita a reflexionar. Sin embargo, hay muchas más cosas posibles que imposibles. Es indiscutible el

caso de la mayoría de los inventos. ¿Sabía usted, por ejemplo, que en la época en que los hermanos Wright trabajaban en la invención del avión, se realizaron estudios sumamente serios para demostrar la imposibilidad de que un cuerpo más pesado que el aire se desplazara por los cielos? (En esos tiempos existía el globo, pero el gas a base de helio que lo llenaba lo tornaba más ligero que el aire.)

La historia de Honda demuestra a las claras el mismo principio. Uno de los pasajes de su autobiografía no puede ser más elocuente al respecto: “Cuando empecé a fabricar motos, los profetas de los malos augurios, a veces mis mejores amigos, venían a desalentarme. ‘Mejor sería que compraras un taller mecánico. Harías mucho dinero. Hay muchos vehículos que reparar en este país.’ Yo no los escuché y, pese a sus opiniones pesimistas, el 24 de septiembre de 1948 creé la compañía Honda Motor (sociedad anónima individual de investigaciones técnicas Honda), que hoy brilla en todo el mundo”.

Maravillosa prueba de determinación, y sobre todo de esa capacidad –otra de las caras del optimismo- de un individuo para ver lo posible allí donde todo el mundo ve lo imposible y pasar a la acción contra viento y marea, pese a los argumentos contrarios. En el caso de Honda, esos argumentos abundaban. Honda comenta, en efecto, así su decisión de seguir adelante: “Estábamos tan pobres, con un débil capital de un millón de yenes, y éramos muy conscientes de que corríamos un riesgo inmenso. Apostábamos a levantar un sector industrial en un momento en que toda la industria de nuestro país estaba destruida. Nos planteábamos absurdamente vender motores mientras que, en lo inmediato, la gente era demasiado pobre para comprar siquiera la nafta, y sabiendo que más adelante, si la situación mejoraba, por cierto preferirían comprar autos en lugar de motos. El menor análisis prospectivo que hiciéramos nos fallaba en contra”.

El ejemplo de Honda muestra la preeminencia de la mente sobre la materia, del optimismo sobre los acontecimientos, por negativos que pudieran parecer al principio. Todo sucede como si el hombre programado de manera positiva se dijera no sólo que las cosas nunca son peores de lo que se ha creído en un primer momento, sino que siempre terminarán por ser mucho mejores.

Un día, durante la Segunda Guerra Mundial, un estadounidense tomaba fotografías de su hija, cuando la niña le preguntó con

candidez por qué tenía que esperar para ver las fotos. Pregunta ingenua si se quiere, o incluso absurda, pero que no cayó en saco roto. El padre de la nena se llamaba Edwin H. Land y era un inventor que había aportado perfeccionamientos al aparato fotográfico. La observación ingenua de su hija le provocó toda una serie de reflexiones. Se hizo el razonamiento siguiente: Una persona que compra un automóvil o un pantalón, o cualquier otro artículo, puede utilizarlo de inmediato y por completo, sin tener que esperar. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo con la fotografía? ¿Por qué tener que esperar horas, a veces días? El desafío era considerable. ¿Cómo, en efecto, revelar en un espacio tan reducido como una cámara, y en algunos segundos, un minuto a lo sumo, lo que siempre se había hecho en un laboratorio, a través de largas etapas? Todos los amigos científicos de Land le declararon que eso era impracticable. Seis meses después de la cándida pregunta de su hija, el problema estaba teóricamente resuelto. Y, el 26 de noviembre de 1948, en un negocio Jordan Marsh, de Boston, se hallaban a la venta los primeros ejemplares de la Polaroid 60 segundos. Fue una verdadera sensación.

La idea espontánea de una niña fue, por lo tanto, el origen de la invención de la cámara Polaroid. Un niño, porque no ha recibido instrucción, porque no tiene lamente cargada de prejuicios e ideas preconcebidas, puede tener una visión espontánea, y ver lo realizable allí donde las mentes racionales sólo ven lo imposible. Además, ¿no se ha dicho que el individuo genial es como un niño, que el genio es la infancia reencontrada? Los prejuicios influyen poco en la mente de un genio. Este sabe preservar su originalidad intelectual o encontrarla mediante un largo y constante esfuerzo. En un sentido, la educación tradicional, de la que ya tendremos ocasión de volver a hablar, puede constituir un hándicap. El hábito de analizar demasiado, el escepticismo y el sentido crítico excesivo acaban a menudo por paralizar y conducen a una suerte de inmovilismo. Pues, por definición, todo análisis, todo estudio, es interminable. En la vida de los diez hombres ricos que hemos analizado, muy pocos, además de Jean-Paul Getty, han seguido estudios universitarios. Y fue, en cierto modo, gracias a su “ignorancia” que supieron conservar la audacia y el entusiasmo. Pero ya volveremos más adelante sobre este tema fundamental.

VER LO POSIBLE ALLI DONDE LOS