ingeniero Head, cuyo nombre lleva la prestigiosa marca, antes de poder lanzar al mercado el primer esquí metálico? No menos de cuarenta y tres. Y esas pruebas llevaron tres largos años. Si Head se hubiera detenido en la prueba número 42, tal vez el esquí metálico nunca habría visto la luz, o tal vez lo habría inventado otro y no habría sido Head quien ganara el dinero que le dio al fin su perseverancia.
Observe alrededor de usted y vea cuán difundida está la tendencia de abandonar enseguida. ¿Y en su propia vida? ¿Cuántas veces ha renunciado tras uno o dos fracasos? ¿Alguna vez se esforzó lo bastante para soportar diez fracasos, sin desalentarse? Con gran frecuencia debido al orgullo, por falta de confianza, las personas abandonan tras el primer revés o la primera dificultad. Peor todavía, se consuelan de su fracaso diciéndose que no esperaban poder triunfar. Esa expectativa inconsciente, que es una forma de programa, ha determinado las circunstancias. Lo cual no quiere decir que una persona programada positivamente no encontrará fracasos. Todas las historias de los grandes éxitos están jalonadas de fracasos. La diferencia es que la primera no se dejará abatir por un primer fracaso. Perseverará hasta el éxito.
Existe una suerte de misterio que nos ha revelado la vida de los hombres más ricos del mundo. Se diría que la vida es concebida como una prueba. Cuando un hombre ha demostrado que puede superar todos los obstáculos y los fracasos con calma y una fe inquebrantable, podríamos decir que la vida provee de algún modo las armas y que el dinero y el éxito afluyen súbitamente, seducidos por la potencia de carácter que ha demostrado el hombre en cuestión. En el relato de su vida, Honda hace una observación similar cuando dice: “El laboratorio de una fábrica constituye el mejor centro de aprendizaje de los fracasos. En efecto, todos los investigadores un poco consecuentes reconocerán que, en un laboratorio, el 99% de las personas se ocupan de casos desesperados. El modesto porcentaje restante sirve, sin embargo, para justificar todos los esfuerzos. Finalmente, no lamento las miles de veces que volví a casa sin resultados, habiendo perdido todos los recursos. Cuando los tiempos se tornan tan sombríos, es que el descubrimiento del tesoro se aproxima. La gran luz, la esperanza que estalla, me hace olvidar de golpe todas las horas penosas”.
En su exitoso libro, Napoleon Hill hace una observación similar, pues ha notado que el éxito viene a menudo después de un fracaso resonante, como si la vida quisiera recompensar al alma
intrépida que ha sabido superar un revés tan desalentador. El empeño que le falta a tanta gente es, por lo tanto, recompensado la mayoría de las veces. No obstante, no hay que confundir el ahínco con una obstinación estúpida y suicida. En El precio de la excelencia, los autores citan una experiencia extremadamente esclarecedora que ilustra el hecho de que hay que desconfiar de un dogmatismo exagerado o de cualquier forma de obstinación, y saber adaptarse; allí se encierra uno de los secretos de las cien empresas que han servido de muestreo a este apasionante análisis:
“Si usted pone seis abejas y diez moscas en una botella acostada con el fondo hacia una ventana, verá que las abejas no dejarán de tratar de descubrir una salida a través del vidrio, hasta morir de agotamiento o de hambre, mientras que las moscas, en menos de diez minutos, habrán salido por el pico, en el otro extremo. Es el amor de las abejas por la luz, y su inteligencia, lo que les provoca la muerte en esta experiencia. Se imaginan, en apariencia, que la salida de la prisión debe encontrarse allí donde la luz es más viva, y actúan en consecuencia, obstinándose en esa acción demasiado lógica. Para ellas, el vidrio es un misterio sobrenatural que nunca han encontrado en la naturaleza, no tienen experiencia alguna de esa atmósfera de pronto impenetrable, y como su inteligencia está más desarrollada, más inadmisible e incomprensible les resulta ese obstáculo. Mientras que las ignorantes moscas, indiferentes tanto a la lógica como al enigma del vidrio, indiferentes a la atracción de la luz, vuelan frenéticamente en todos los sentidos y encuentran allí la buena fortuna –que sonríe siempre a los simples que encuentran su dicha allí donde los sabios perecen- y terminan necesariamente por descubrir la abertura que les devuelve su libertad”.
En los negocios, se ha demostrado que la capacidad de adaptarse rápidamente es una de las claves del éxito y que hay que privilegiar al pragmatismo y al método de acierto y error en lugar del idealismo o el dogmatismo. ¿Pero cómo saber si debemos perseverar e una decisión o, como las moscas del experimento, cambiar de dirección para acceder a la libertad, o sea al éxito? En última instancia, nos parece que el mejor medio (y, por otra parte, quizás el único) es confiar en un subconsciente bien programado. El le dirá cuando perseverar y cuándo revisar su posición. Y cuándo adaptar un plan superior a su plan inicial. Si este último caso en efecto se presenta, si a la luz determinadas nuevas circunstancias, o de determinados consejos de amigos avisados, le aparece a usted un nuevo modo de acceder más
rápidamente al éxito, un atajo, o si usted descubre hechos nuevos que le revelan que su decisión debe ser modificada, no vacile en adoptar ese plan superior. El proceso de decisión debe acomodarse, pese a su firmeza, en una suerte de readaptación constante, hacia una verdad más grande, hacia un éxito más grande. Una nueva decisión rápida, un cambio de rumbo a menudo salvan una situación.
Dicho esto, aclaremos que de todos modos es de esperar que ocurran errores. Pero la mejor actitud que puede adoptarse frente a los errores es la siguiente, actitud que, por otra parte, es compartida por los diez hombres ricos: Debe tenerle horror a equivocarse, a cometer un error, antes de hacerlo. Nunca hay que aceptar el error antes de cometerlo. Esto provoca a menudo una suerte de actitud pasiva o demasiado sumisa. Hay que aceptar el error después de haberlo cometido. Pero hay que intentarlo todo para evitarlo. Una vez más. ¡ACTUE! Tome parte en la acción, resueltamente. Pese a la posibilidad de error, siempre presente, la ley de los grandes números favorece al que intenta muchos ensayos. Lo ideal es reducir al máximo la incidencia de esos ensayos o pruebas infructuosos. El éxito de los ensayos fructíferos compensará largamente las pérdidas ocasionadas por los fracasos y los reveces, y esto vale tanto para una búsqueda de empleo como para comenzar una empresa nueva o para lanzar un producto. Así, que no le importe que le cierren cinco veces la puerta en las narices cuando busca trabajo; tal vez a la sexta tentativa encuentre lo que busca: el empleo que le conviene.