176
Fuentes se aprestó en dar a conocer su punto de vista sobre el movimiento estudiantil francés.
Según la leyenda que él mismo construyó entonces, en medio del campo de batalla, entre las barricadas, el novelista sacaba su libreta de notas y escribía sus ideas sobre lo que veía. Mientras los jóvenes lanzaban bombas o frases célebres, Fuentes analizaba el comportamiento de los jóvenes y lo discutía allí mismo.
A partir de esta experiencia, Fuentes escribió un largo reportaje en La Cultura en México con el título “Mientras más hago la revolución más ganas tengo de hacer el amor. Mientras más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución”. Ampliado y corregido, este texto fue publicado en forma de libro por la editorial Era con el nombre de París: La revolución de mayo.
Para presentarlo, los redactores del suplemento apuntaban: “Carlos Fuentes, testigo y actor de la rebelión de los jóvenes en París, ha escrito un reportaje de lo visto y vivido por él que no tiene antecedentes en nuestra literatura. Reportaje-crónica, reportaje-cuento, su maestría sólo puede compararse a la forma en que trataron los acontecimientos de su tiempo José Martí, Hemingway y Mailer”.
Como podía suponerse, Fuentes era demasiado novelista para describir una mera crónica de los hechos. Por el contrario, su “reportaje” utiliza los mismos recursos narrativos de su obra con la intención de proporcionar relieves y contraluces a los dramas que narra. Así, Fuentes se convierte en un personaje más en el escenario de los jóvenes rebeldes. Se trata, de hecho, de uno de sus textos más comprometidos con la revolución (y acaso por ello se trate del único libro de Fuentes que no se ha reeditado). He aquí algunos fragmentos:
“¿De dónde vienes, camarada?”, es el primer saludo de los jóvenes que han salido a hacer poesía y política en las calles de una ciudad que no me atrevo a reconocer y que, sin embargo, sólo ahora es idéntica a sí misma. Un París de manos abiertas, donde llegar de significa unirse a.
—D’où viens-tu, camarade? —Mexico.
—C’est loin, ça. —Pas tellement.
Unirse al diálogo, a la fraternidad y al amor de una revolución que, en primer lugar, ha tenido lugar en las conciencias y en los corazones.
Tú, André, eres comunista y manifiestas con tu bandera roja; tú, Anne- Marie, perteneces a las Juventudes Revolucionarias Marxistas y
177
manifiestas vestida de negro con tu banderita negra. Cada uno lee el periódico y no cree lo que lee. Tú, André, no puedes creer que L’Humanité, tu periódico, llame a Daniel Cohn-Bendit “anarquista alemán” y se asocie a la decisión policiaca de expulsar al dirigente estudiantil de Francia. Tú, Anne-Marie, que también eres hija de judíos alemanes emigrantes a Francia para escapar de las prisiones y muerte hitlerianas, no crees que veintiocho años después de la guerra (y tú sólo tienes diecinueve) los periódicos nacidos de la Francia Libre puedan llamar a Cohn-Bendit “canalla judío extranjero”. André y Anne-Marie no se conocen. Se miran. Miran lo que están leyendo. Se toman de la mano. Se unen a una enorme manifestación que avanza hacia Plaza Denfert-Rochereau y gritan grave, orgullosamente, con el medio millón de estudiantes en marcha:
¡TODOS SOMOS JUDÍOS ALEMANES!
Los desconocidos dejaron de serlo. La revolución una vez más fue un encuentro y un abrazo: para la revolución no hay desconocidos.
... Hubo lo irrepetible y hay lo irreversible.
Irrepetible, y no podía ser de otra manera (poesía, revolución, consagración del instante, Octavio Paz, alta incandescencia de la marea temporal) la explosión libertaria, el júbilo, la imaginación, el humor, el exceso, la locura, en el patio de la Sorbona, los debates del Odéon, en las manifestaciones gigantescas, en las marchas exaltadas hacia las puertas de las fábricas (impedida por la Confederación General de Trabajadores y por el Partido Comunista) de los estudiantes con los obreros, en el incendio de la Bolsa de París con el grito de “¡Templo de becerro, arde!”...
Irrepetible, quizás, esa imagen de Einsenstein: los CRS [cuerpos de
seguridad] avanzan aullando para darse coraje, escondidos detrás de enormes escudos de metal, como los caballeros teutones de Alexander Nevsky, mientras los estudiantes contraatacan protegidos con lo que han encontrado en los camarines del Odéon: las corazas de Numancia, los cascos de Británico y la improvisada defensa contra los gases: un pañuelo empapado en jugo de limón y bicarbonato untado entre los párpados. Una kermesse de la libertad, sí, pero una kermesse heroica, arriesgada. La bestia ha mostrado el pelo: son las cerdas del fascismo. Y un joven estudiante, nuevo Gavroche del año 68, canta mientras prepara un coctel Molotov:
178
Et Hugo même Eugène N’y avait pas pensé Pour pleurer
Il n’y a que les lacrymogènes.
La imaginación toma el poder con adoquines y con palabras, primero. El pavé, el bello y humilde adoquín de las calles de París, ha adquirido hoy un rango casi fetichista: fue la primera arma de contraataque de los estudiantes brutalizados por la policía; el arma, como ha dicho Sartre, no de la violencia, sino de la contraviolencia de centenares de miles de estudiantes que jamás hicieron otra cosa que defenderse. Hubo violencia sólo cuando la policía la inició. Manifestación sin policía: manifestación pacífica.
Y las palabras, los muros de París hablan: sueños, consignas, cóleras, deseos, programas, bromas, desafíos y la resurrección de una heterogénea progenie en una especie de editorial permanente de piedra y pintura. Enajenación: En el mismo lugar donde comienza Rayuela, en el pasaje que conduce de la Rue du Seine al Quai de Conti, donde Oliveira buscaba a La Maga, hay ahora un cartel azul y negro con un dibujo en blancos punzantes de Julio Silva y un texto de Julio Cortázar:
Ustedes son las guerrillas contra la muerte climatizada que quieren vendernos con el nombre de porvenir.
Pero el mundo industrial moderno no sólo se levanta sobre la “desgraciada euforia” (Marcuse) de sus propios ciudadanos, sino sobre la muerte y la explotación de los hombres marginales del mundo Infra- industrial. La muerte, cuando una sociedad de excedente industrial como la estadounidense debe asegurar su salud convirtiendo la “pérdida suntuaria”, en una lluvia de bombas de napalm y fósforo (ad majorem gloria Dow Chemical Co.) sobre la población indefensa de una pequeña villa rural. No es gratuito que la guerra de Vietnam haya sido el gran catalizador de la revolución de la juventud occidental.
179
Recuerdo estas palabras de un estudiante de Bari, esa comunidad universitaria italiana particularmente lúcida:
—¿En qué se distingue del fascismo una sociedad que es incapaz de distribuir su enorme riqueza acumulada entre los países hambrientos de Asia, África y América Latina? ¿No practica cada capitalista europeo y estadounidense una extinción en masa comparable a la de los nazis? Dígale a sus lectores y a sus amigos de Hispanoamérica que no se dejen desorientar, que esta lucha de los jóvenes europeos es a favor de ustedes, conscientemente. Estamos continuando, por otros medios, la lucha de Zapata y Guevara, de Camilo Torres y Franz Fanon. Luchamos contra el mismo mundo de la opresión.
El texto de Fuentes es uno de los trabajos más interesantes que aparecieron en esta época. En efecto, se trata de un valioso resumen de las posiciones, triunfos y errores de un miembro de la inteligencia latinoamericana que presenciaba con estupor la revolución justo donde menos se suponía que debería haber surgido. Cuando ésta era esperada en los países del tercer mundo, resultaba que se adelantaba en la vieja Europa. Sin embargo, no por ello Fuentes se siente ajeno a lo que sucede; por el contrario, las revueltas estudiantiles reaniman sus convicciones revolucionarias, lo llevan a pensar que el cambio es posible. Si Europa ha despertado es porque los demás países no tardarán en seguir su ejemplo.
Al imaginar a Fuentes mientras deambula por las calles de París, entrevistando a jóvenes y policías, asimilando cada referencia literaria que viene a su memoria, uno puede creer que no hay otro momento que defina mejor las expectativas de un intelectual de izquierda en los años sesenta. La revolución le pertenece tanto como a los muchachos que batallan, pero posee además la distancia necesaria para darse cuenta de la dimensión universal del levantamiento. Bajo el lema de la libertad, Fuentes se mueve a sus anchas en los campos de batalla.
Como puede advertirse en los párrafos citados más arriba, las páginas de París: La revolución de mayo terminan siendo más emocionales que analíticas: su intención parece más la de convencer a los lectores del valor de la revuelta, de implicar a sus lectores latinoamericanos en los acontecimientos franceses, que presentar una imagen objetiva del movimiento. Le importan menos las causas que las similitudes posibles, menos las diferencias que el espíritu comunitario.
El último párrafo que he citado me parece revelador: si Fuentes cuenta que un estudiante italiano le dice que ellos luchan por las condiciones de vida de los latinoamericanos, la implicación obvia es que los latinoamericanos también
180
tendrían que estar haciendo algo al respecto en vez de cruzarse de brazos. Inserto en la tradición del panfleto político francés, el “reportaje” de Fuentes es un auténtico llamado a la acción. La consecuencia moral de su texto es, necesariamente, práctica; con ello no quiero decir que conscientemente incite a los estudiantes latinoamericanos, pero al menos sienta las pautas de una justificación eventual de su rebeldía.
Tal como se retrata a sí mismo en su pequeño libro, parece que Fuentes anhelara ser uno más de los muchachos que combaten a la policía en el Barrio Latino. O quizá sea simplemente que, a su modo, piensa que la lucha de los intelectuales es idéntica a la de los jóvenes. Con las armas de la inteligencia y la palabra —como Marcuse, como Sartre—, Fuentes se siente como un protagonista de la rebelión.
Junto con el reportaje de Fuentes, La Cultura en México contenía una reseña de Carlos Monsiváis del libro completo, titulada “París: La revolución de mayo. Los 60 días que conmovieron a la momiza”. Dice Monsiváis:
La primera revolución que se sabe y decide ser clásica y pop al mismo tiempo. Árbol genealógico: Marx y Rimbaud y Groucho Marx y los surrealistas y Heráclito y Che Guevara y Marcuse y Rousseau (ambos: el aduanero y el pedagogo). La técnica al servicio del hombre no como primera frase de todo libro de sociología sino como exigencia de una comunidad nueva, que ha superado el fetichismo de los organizadores y ha entendido que su meta es posible porque es increíble. Los hijos de la abundancia que se desafilian constantemente del sistema, el proletariado intelectual, el nuevo gran espíritu solidario de los sesenta, la incitación para América Latina.
Éstos son los tópicos del libro de Fuentes, cuyos antecedentes, vuelve a remarcar Monsiváis, son Mailer y Baldwin. Según el crítico, se trata, además, de la primera visión de un latinoamericano de los hechos que han querido verse como una mera “rebelión juvenil”, para otorgarle un carácter inofensivo, cuando en realidad han constituido una “revolución de los no-automatizados”.
A continuación, Monsiváis agradece que Fuentes haya escrito un reportaje en vez de una mera opinión de lo que le tocó ver:
En nuestro medio, donde la muerte del periodismo —que solía ser aquella cualidad indagadora, creativa y crítica de la información cotidiana— se ha visto celebrada y reemplazada por el imperio de la columna (la creencia en la importancia sublime de los nombres propios) y de la gacetilla (la
181
creencia en la autoridad omnímoda del patrón, llámese estado, iniciativa privada o ley del menor esfuerzo), la existencia del reportaje, género que implica necesariamente la voluntad de narrar y novelar, es visto ya de modo obligado como tarea innecesaria.
Argumentando la enorme riqueza del texto del novelista, Monsiváis extrae algunas conclusiones: a) La revolución de mayo no es un fenómeno aislado, sino el gran paso de una nueva forma de enfrentarse al mundo. El triunfo final de De Gaulle es un precio mínimo por esta toma de conciencia, b) La ética del movimiento está marcada por la alianza del socialismo y la libertad; su estética, por el rechazo de las soluciones previas. c) La base del movimiento es esencialmente moral. Los revolucionarios saben que cualquier concesión es una entrega. “Una generación obsesionada por la moral es un fenómeno histórico nuevo.” d) “Para América Latina en general, y para México en particular, la experiencia francesa es fundamental: le enseña entre otras cosas a sustituir la importación de esquemas con la creación de actitudes (pensantes, morales, actuantes). [...] La revolución de mayo ha extinguido las falsas y deletéreas esperanzas del reformismo, del espíritu que sueña en lograr la perfección de la sociedad a través de la suma esporádica de mejoras. Para América Latina, para México, la revolución de mayo no es una lección: es un principio.”
Por último, como una forma de mostrar lo que ocurrió en París, La Cultura en México reproducía una selección de graffitis, esos textos pintados en los muros que, a decir de Fuentes, son la verdadera poesía de la liberación. Transcribo algunos:
Yo decreto el estado de felicidad permanente (Escuela de Ciencias Políticas).
Ser libre en 1968 es participar (Escalera Ciencias Políticas). El infinito no tiene acento (Facultad de Medicina).
El hombre no es estúpido o inteligente; es libre o no lo es (Medicina). Debajo de los adoquines está la playa (Sorbona).
Todo poder abusa. El poder absoluto abusa absolutamente (Escalera Nanterre).
El sueño es realidad (Censier).
Los muros tienen orejas, sus orejas tienen muros (Ciencias Políticas).
Nuestra esperanza sólo puede venir de los que no tienen esperanzas (Hall de Ciencias Políticas).
Rechacemos el diálogo con que nos golpean (Nanterre). Matad a los burócratas. Basta de actos, de palabras (Sorbona).
182
En la revolución hay dos clases de gente: las que las hacen y los que se aprovechan de ella —Napoleón (Conservatorio de Música).
La revolución debe hacerse en los hombres antes de realizarse en las cosas (Patio de la Sorbona).
No tome el elevador, tome el poder (107, Avenida de Choisy). Corre, camarada, el viejo está tras de ti (Sorbona).
La emancipación del hombre será total o no será (Nanterre). Los sindicatos son burdeles (Hall Gran Anfiteatro).
Viva De Gaulle. Un francés masoquista (Condorcet). Sed realistas, exigid lo imposible (Censier).
No hay pensamiento revolucionario. Sólo hay actos revolucionarios (Nanterre).
Desabotona tu cerebro tan a menudo como tu bragueta (Odéon). El estado es cada uno de nosotros (Quai Malaquais).
Ceder un poco es capitular mucho (Bellas Artes). Besa tu amor sin soltar tu fusil (Odéon).
Jóvenes rojas siempre más bellas (Gran Hall, Nueva Facultad de Medicina).
Si quieres ser feliz cuelga a tu propietario (Calle Rotrou). Violad vuestra Alma Mater (Nanterre).
Revolución, yo te amo (Anfiteatro de música, Nanterre). Ni amo, ni Dios. Dios soy yo (Censier).
Todos mis deseos en la realidad, porque creo en la realidad (Sorbona). La vida está en otra parte (Sorbona).
Entre la utopía revolucionaria y el humor negro, entre la exaltación de la libertad individual y la lucha contra todo lo establecido, las pintas de París marcaron la pauta de un tipo especial de revuelta juvenil. No se trataba sólo de un estallido revolucionario, y mucho menos de un resurgimiento de las ideologías; al contrario, cada frase, imbricada en un amplio contexto sociocultural, implicaba una nueva forma de ver la vida.
Estos graffitis eran, como cree Fuentes, el verdadero arte revolucionario de esos momentos; la única poesía que era capaz de producir una masa en acción. Pero también era, sin duda, la expresión reducida a sus mínimas consecuencias de una variable oculta, pero no menos cierta, del pensamiento occidental en los dos últimos siglos: aquel que apela a la propia negación de sus principios. Con sus aforismos y sus paradojas, los jóvenes parisinos apostaban por el resurgimiento de un irracionalismo romántico y revolucionario semejante al que se desarrolló a lo largo del siglo XIX.
183