6.2 Stochastic refinement search
6.2.1 Stochastic refinement search as a Gibbs sampling algorithm
Al iniciarse el 22 de julio de 1968, el país parecía en calma. No había presagios de desastres y población y gobierno se dedicaban, con el ímpetu acostumbrado, a preparar las Olimpiadas.
Aunque el movimiento estudiantil europeo había aparecido en la prensa nacional como una de las noticias más espectaculares del año, pronto los rumores provenientes de la capital francesa se habían vuelto rutinarios e inofensivos. La capacidad de olvido es enorme, sobre todo cuando se tienen ocupaciones pendientes. Además, el general De Gaulle, tan querido por el pueblo mexicano como se demostró durante su viaje al país, parecía haber retomado el control. Francia era una nación civilizada, de modo que el caos no podía prolongarse durante demasiado tiempo. La paz, la anhelada y famosa paz olímpica, no tardaría en imponerse por doquier.
En México parecía imposible que ocurriese algo semejante (a pesar de las manifestaciones de descontento protagonizadas en los años previos por maestros, ferrocarrileros y médicos, y de la guerrilla que actuaba en la sierra de Guerrero). Las pocas muestras de desconfianza habían sido desestimadas sin prisas con el acendrado orgullo por décadas de tranquilidad. Los esporádicos conflictos de los estudiantes en Morelia y Tabasco no habían tenido mayores consecuencias y se habían desvanecido, también, en las últimas páginas de los diarios. La Universidad Nacional, el Politécnico, todas las escuelas del país trabajaban como siempre. El presidente Díaz Ordaz y su gabinete hacían lo propio.
La noche del 22 de julio el noticiario televisivo Excélsior no prestó atención alguna a las reyertas pandilleriles ocurridas en la Ciudadela. Nadie sospechaba que ese pleito callejero sería el inicio de un movimiento estudiantil tan importante como el francés.
Para seguir de cerca las opiniones que los intelectuales emitían sobre el movimiento estudiantil mexicano, la bitácora crítica se vuelve aquí más rigurosa. De este modo, la sucesión cronológica se llevará a cabo día por día, desde el 22 de julio hasta el 2 de octubre, a fin de reflejar la tensión entre los
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hechos y el análisis.
La síntesis de los hechos relacionados con el movimiento estudiantil proviene de los diarios de la época, del recuento que Gastón García Cantú publicó en el número de septiembre de 1968 de la revista Universidad de México y de la valiosa Crónica 1968 de Daniel Cazés.1
22 DE JULIO
Alumnos de las vocacionales 2 y 5 del IPN y de la preparatoria privada Isaac Ochoterena se enfrentan en un pleito callejero con motivo de un partido de fútbol, azuzados por pandillas de la zona. Como los pandilleros han anunciado que volverán al día siguiente, las autoridades del IPN solicitan la intervención de la policía.
23 DE JULIO
Durante tres horas hay enfrentamientos entre granaderos, estudiantes de la preparatoria Isaac Ochoterena y de las vocacionales del IPN. Varios profesores resultan heridos y un estudiante es seriamente lesionado.
Ermilo Abreu Gómez, escritor y viejo luchador social, antiguo militante del PCM, es uno de los primeros intelectuales en comentar los brotes de
violencia entre estudiantes y granaderos en la ciudad de México. En su columna semanal de El Heraldo de México, del 23 de julio, al día siguiente del pleito en la Ciudadela, comenta:
Hay que estar ciego para no ver esta realidad. Hay que estar ciego o vivir en el limbo. [...] Los estudiantes no pertenecen a ninguna clase social, no son ni propietarios ni burgueses. Son lo que son: estudiantes. [...] Y protestan. Y la protesta no tiene una lejana causa, elaborada por este o aquel sector de adultos. Protestan porque protestan. [...] En estas protestas, en ocasiones, se desbocan. Y las protestas, en las manifestaciones, bien dirigidas o mal dirigidas, son un eco de algo que interesa a la sociedad en general. Por eso parece que los estudiantes no tienen una meta definida, un blanco fijo, un propósito determinado. [...] los jóvenes sienten algo que no marcha bien en la organización social de los pueblos. [...] Así, es preciso oír y atender la voz de los estudiantes, porque el instinto de la juventud nunca se equivoca. Tras ella está la razón de la justicia, la razón misma de la vida actual y futura.
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189 24 DE JULIO
Los estudiantes del IPN acusan a los granaderos de violar derechos humanos. Las escuelas, cerradas el día 22, anuncian que volverán a clases el 26. La Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM se declara en huelga.
25 DE JULIO
El Departamento del Distrito Federal autoriza una marcha contra la represión policial organizada por la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET), de tendencia oficialista, que irá de la Ciudadela al Casco de Santo Tomás.2 Por su parte, la Central de Estudiantes Democráticos (CNED), la Juventud Comunista y otras organizaciones de izquierda convocan a una marcha por el 15 aniversario del asalto al Cuartel Moncada, en Cuba, que irá del Salto del Agua al Hemiciclo a Juárez.
26 DE JULIO
Las marchas se celebran sin incidentes. Al terminar la de la FNET, se decide continuarla hasta el Zócalo. Ahí, los estudiantes son recibidos violentamente por la policía. Al huir, se encuentran con los últimos manifestantes de la CNED. La batalla entre estudiantes y granaderos se generaliza en el centro de la ciudad. Decenas de heridos. Las instalaciones de Partido Comunista Mexicano son tomadas por la policía.
27 DE JULIO
Los estudiantes ocupan las preparatorias 1, 2 y 3 de la UNAM. La Escuela Superior de
Economía del IPN se declara en paro; más tarde lo hacen también la mayor parte de las vocacionales y escuelas de la institución. Se aprueba un pliego petitorio con las siguientes demandas: 1. Renuncia del jefe y subjefe de la Policía Preventiva del DF; y 2. Desaparición del cuerpo de granaderos. En ese mismo acto, los estudiantes del IPN desconocen a la FNET.
28 DE JULIO
El Comité Coordinador de Huelga del IPN se reúne con representantes de escuelas de la UNAM, de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo y de la Escuela Normal Superior. El nuevo pliego petitorio incluye: 1. Desaparición de la FNET, la Porra Universitaria y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO); 2. Expulsión de los estudiantes miembros de estas agrupaciones y del PRI; 3. Indemnización a los estudiantes heridos y familiares de los estudiantes muertos; 4. Excarcelación de los estudiantes detenidos; 5. Desaparición del cuerpo de granaderos; y
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Escribe Gilberto Guevara Niebla: “En el Politécnico la tradición, que venía de Cárdenas, consistía en un sindicalismo estudiantil. [...] La verdad es que las corrientes priístas, ramiristas que dirigieron la FNET desde 1956 hasta 1968 mantuvieron esa tradición corporativa” (Álvarez Garín/Guevara Niebla, 1988, p. 52).
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6. Derogación del artículo 145 del Código Penal, que sanciona la “disolución social”. El Partido Comunista Mexicano demanda:
1. El inicio de una investigación a fondo para definir quiénes son los promotores y verdaderos responsables de los sucesos del 26 de julio. 2. La destitución inmediata de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecero, jefe y subjefe respectivamente de la Policía Preventiva del Distrito Federal. 3. La desaparición del cuerpo de granaderos. 4. La libertad inmediata de todos los detenidos. 5. La devolución incondicional de las oficinas del Comité Central del PCM, de
los talleres de La Voz de México y de todos los objetos que fueron sustraídos de estos lugares por agentes policiacos.
En una nota aparecida en El Universal, el MURO fija su posición sobre los
hechos: “Nosotros, los verdaderos estudiantes, deseamos que caiga todo el peso de la ley sobre los autores intelectuales y materiales de estos actos de barbarie”.
29 DE JULIO
El centro de la ciudad se queda sin transporte público. Enfrentamientos por la noche en la zona de San Ildefonso.
En El Universal, Carrillo publica una caricatura titulada “Estudiante”. En ella aparece la figura de un joven estudiante modelo, detrás del cual se esconden las figuras de un “agitador profesional” y de un “vendepatrias”. Al pie aparece la leyenda: “Cuántos crímenes se cometen en tu nombre...”
30 DE JULIO
El ejército interviene en el IPN y la UNAM. Un bazucazo destruye la puerta de la
Preparatoria 1. Más de cuatrocientos lesionados y mil detenidos. El rector, Javier Barros Sierra, protesta por la intervención del ejército. Huelga en todas las escuelas del IPN y la
UNAM.
En una declaración conjunta, Alfonso Corona del Rosal, jefe del Departamento del Distrito Federal, y Luis Echeverría, secretario de Gobernación, afirmaron: “El ejército es para resguardar y restablecer el orden nacional”. Al lado de ellos comparecieron también, en calidad de asesores jurídicos, Julio Sánchez Vargas, procurador General de la República, y Gilberto Suárez Torres, procurador General de Justicia del Distrito y Territorios
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Federales.
31 DE JULIO
El rector Barros Sierra asiste a un mitin de más de veinte mil universitarios y representantes de otras instituciones educativas para protestar por la ocupación de las escuelas. Exigen la retirada inmediata del ejército. Barros Sierra promete defender la autonomía universitaria hasta sus últimas consecuencias. Los maestros y los directores de facultades y escuelas se suman a su intervención.
Alberto Domingo, jefe de redacción de Siempre!, escribe:
No se le puede negar al estudiante el derecho a, sin dejar necesariamente el aula o repudiar los libros, salir al mundo para participar activamente en los problemas y las corrientes de su tiempo. No es que al joven deban aplaudírsele los desmanes, ni al estudiante darle papeles de impunidad, pero tampoco encadenarlo a los libros negándole el derecho a pensar y a actuar según le dicte su conciencia. [...] Contener los desbordamientos de las fuerzas públicas, modelar sus acciones, exigirles limpieza de procedimientos, no es deprimir el principio de autoridad sino elevarlo. De otro modo, combatiendo al escándalo con la brutalidad sólo se da la razón a las fuerzas regresivas internas que buscan la toma del poder para la reacción más oscurantista y más negra. [...] O, de otro modo, si las autoridades gubernamentales se alejan del diálogo, ¿no están arriesgando el precedente peligroso de hacer creer a los jóvenes que, por incompatibilidad irreductible de intereses, ya nada tienen que dialogar con ellos?
José Alvarado, otro de los columnistas importantes de la revista, opina algo parecido, con el tono de mesura que lo caracteriza:
No era necesaria una operación militar cuando lo único necesario y prudente era una operación policiaca, ni había por qué violar bárbaramente los recintos escolares con una táctica, no de estado democrático, sino muy parecida a los regímenes de gorilas. Se faltó el respeto a la Universidad y al Politécnico y se faltó también el respeto al ejército, al darle una ocupación policial de tercera importancia.
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La conciencia de los estudiantes es inalienable. [...] Los estudiantes, los verdaderos estudiantes, no los grupos disfrazados de estudiantes agresivos, han esquematizado sus posiciones; ahí están claramente expuestas. [...] Ante estos hechos, reales e incontrovertibles, de manera sorpresiva, pero con claridad meridiana, el secretario de Gobernación ha declarado con palabras inequívocas —hasta muy bien escritas, cosa nada común en los comunicados oficiales— que el gobierno está dispuesto a entablar un diálogo necesario con los legítimos estudiantes para buscar la solución del conflicto planteado. Esos estudiantes, dando una prueba de hombría, de civismo y de realidad, se han apresurado a contestar que aceptan la puerta que abre el gobierno para emprender las pláticas que conduzcan a la justa y necesaria liquidación del conflicto. [...] Estamos en vísperas de ver nacer en México la exaltación de una nueva conciencia cívica y responsable de sus deberes históricos.
Froylán López Narváez, columnista de Excélsior, afirma:
No hay ningún problema político o social grave como promotor de los sucesos. La UNAM y el IPN tienen condiciones reales de trabajo y de paz. A
pesar de la ruda acción represiva, no hay violación de los derechos universitarios ni conflicto insoluble. La autonomía universitaria —derecho a autogobernarse administrativa y académicamente— no ha sufrido ningún quebranto, aunque esté amenazada. La política inmediata, estudiantil y civil, es la restauración del orden, sin operar agresivamente, tratando de que se responsabilice a los varios inmiscuidos en las provocaciones.
En un sentido muy distinto iba la opinión de Vicente Lombardo Toledano, el agonizante líder del PPS:
Una burda imitación de París. La verdadera izquierda nada tuvo que ver en los disturbios y borlotes estudiantiles que carecieron de sentido ideológico; la reacción y el imperialismo fueron los únicos favorecidos con el espectáculo que se ofreció.
Francisco Martínez de la Vega anota:
No parece razonable, ni siquiera posible dentro de ámbitos de congruencia y de objetividad políticas, concebir que un pleito entre los alumnos de dos
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escuelas haya derivado en un problema que, por lo visto, a los ojos de nuestros asustadizos gobernantes, requiere una insólita declaración conjunta, a las 2:30 de una madrugada, hecha por cuatro miembros del gabinete gubernamental. [...] No hay pues muchos motivos para sentirnos orgullosos de los sucesos estudiantiles, lo mismo para quienes son más papistas que el papa en la defensa o en el ataque a las posiciones gubernamentales o a las actitudes estudiantiles. México tiene derecho a reclamar cordura de sus jóvenes inconformes; pero debe exigir esa condición en mayor grado a los funcionarios responsables de la dirección de nuestra vida pública.
Más combativo es Roberto Blanco Moheno quien, oscilando entre las versiones oficiales y cierto radicalismo nacionalista, se convertirá en uno de los mayores detractores del movimiento estudiantil:
De acuerdo, jóvenes, el ejército debe cumplir sus tareas, si las tiene, o encargarse de cuidar los bosques, para dar un ejemplo, en lugar de cargar contra estudiantes; la policía —especialmente la policía— debe cumplir su deber, que consiste, fundamentalmente, en perseguir a los delincuentes y no en golpear estudiantes. En eso estamos de acuerdo siempre y cuando ustedes estén conformes en que los estudiantes tienen un deber y sólo un deber: estudiar. [...] Los agitadores profesionales han organizado esta última algarada porque han comprendido —no lo comprendí yo— una de las consecuencias de la “ciudadanía a los 18 años”, la más en realidad política: ya no va a haber impunidad para los casi niños delincuentes en el sentido político-social. El autor de la ley, con una agudeza larga, ha comprendido que los comunistas, los pocos comunistas que hay en México, no han tenido otro material para agitar que las masas estudiantiles. Recuérdense todos estos escándalos: entre los detenidos, entre los acusados, jamás un obrero, jamás un campesino. Solamente “intelectuales”... y estudiantes adolescentes. [...] De los detenidos por dirigir los alborotos, aunque casi ninguno me es conocido en lo personal, he visto las fotografías. Tienen cara de delincuentes o de fanáticos, y de fanáticos o delincuentes maduros, cuando no ya viejos. ¡Si ésos son estudiantes yo soy cura! [...] ¿Recordar aquí que hace dos años advertí la existencia de planes para sabotear la Olimpiada? Es una pena que siempre se reconozca que tengo razón... dos años después de que se me ha insultado.
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El rector Barros Sierra encabeza una manifestación en la que intervienen unas ochenta mil personas. En ella, dice:
Afirmaremos no sólo la autonomía y las libertades de nuestras casas de estudios superiores, sino que contribuiremos fundamentalmente a las causas libertarias de México. Se juegan en esta jornada no sólo los destinos de la Universidad y el Politécnico, sino las causas más importantes, más entrañables para el pueblo de México.
El presidente Díaz Ordaz, en un banquete oficial en Guadalajara, parece responder a las palabras de Barros Sierra con una declaración que se difunde por las radiodifusoras:
Una mano está tendida: es la mano de un hombre que a través de la pequeña historia de su vida ha demostrado que sabe ser leal. Los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire o bien esa mano, de acuerdo con la tradición del mexicano, con la verdadera tradición del verdadero, del genuino, del auténtico mexicano, se ve acompañada por millones de manos que, entre todos, quieren restablecer la paz y la libertad de las conciencias.
Aunque un poco tardío, el editorial del semanario Siempre! del 14 de agosto ofreció uno de los mejores comentarios al gesto de Díaz Ordaz. De hecho, era una de las muestras más elocuentes del temor que se tenía entonces al poder presidencial. Aun tratándose de la publicación más crítica del momento, los editoriales de esta época de Pagés Llergo se caracterizan por su ambigüedad y por su afán conciliador.
Dice el editorial, convenientemente titulado “La mano invita; ¡acudamos todos!”:
Hay una mano abierta para todos los mexicanos; una mano que no ha sido en verdad advertida en la actitud que muestra, en el espíritu de mexicanidad, de conciliación, de invitación sincera a posponer lo que nos divide, en acatamiento de todo lo que fundamental, histórica, medularmente nos une como miembros de una comunidad mexicana; el gobernante y el gobernado; el funcionario y el más humilde hombre de la calle; el estudiante y hasta el granadero. En la medida en que no meditemos todos —absolutamente todos los mexicanos— en el aliento de esa mano abierta, en lo que debe comprenderse como su espíritu, como
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impulso, como única verdadera solución, no habremos encontrado la salida a esta crisis de la unidad mexicana, a este negativo cultivo de resentimientos, de afirmaciones de amor propio y de vanidades minúsculas y egoístas, o de pasiones dogmáticas en que se hundió la nación hace dos semanas.
Y más adelante:
Si en el punto álgido de la crisis todos parecíamos, en mayor o menor grado, contra México, esa mano de Gustavo Díaz Ordaz es la que nos señala las vías para que, al reconsiderar nuestras actitudes, todos, gobernantes y gobernados, encontremos el sitio al que debemos volver: al de unirnos como mexicanos, sin por ello olvidar nuestras posiciones políticas, nuestras diferencias, nuestros particulares anhelos y propósitos. Como lo muestran estas páginas, la mano extendida de Díaz Ordaz se convirtió en uno de los símbolos, de los gestos congelados que caracterizaron aquellos momentos de confrontación. La autoridad paternal de un mandatario omnipotente quedaba clara con singular evidencia en esta seña: era la mano que siempre manifiesta el poder, la mano que golpea y que es capaz de destrozar, la que ahora, como un gesto de magnanimidad señorial, se extendía en señal de paz.
Curiosa conciliación la que invocaba: no era una mano que se abría fraternalmente para ser estrechada por la de un igual, sino una mano que se esforzaba en mostrar su doble carácter: una mano que se extendía, que se mostraba, que se abría. Pero la amenaza era la cara escondida de esa mano, como lo revelaban las palabras de su dueño: “los mexicanos dirán si se queda tendida al aire...” La expresión del presidente era también un chantaje; si los mexicanos se decidían a dejarla en el aire, ellos serían entonces los únicos culpables de que esa mano se sintiese ofendida y, por lo tanto, se cerrase otra vez, dispuesta a castigar.
La necesidad de mostrar este rasgo libérrimo de apertura, como si se tratase de una generosidad sin igual, probaba suficientemente las intenciones de Díaz Ordaz. La apertura era instantánea, tómela o déjela; no representaba una voluntad permanente de dialogar, sino un regalo, una liberalidad del