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El 26 de junio de 1968, dos años después de que Marcuse impartiese sus charlas en los cursos de invierno de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la

UNAM, justo cuando sus ideas parecían haberse vuelto reales con los movimientos estudiantiles, La Cultura en México decidió reproducir, con el título “Sociedad industrial y revolución”, una de las mesas redondas en las cuales participó Marcuse entonces, al lado de los filósofos André Gorz y Serge Mallet, y con la participación de Víctor Flores Olea como moderador. Reproduzco algunos de los puntos del debate entre ellos.

MARCUSE: Voy a tratar de formular algunas tesis sobre la sociedad

industrial avanzada. Primera: La sociedad industrial, como tal, no existe. Existe, sí, pero con formas diferentes, en términos de instituciones sociales y políticas; la diferencia esencial se da entre la sociedad industrial socialista y la capitalista. Segunda: La sociedad de Estados Unidos representa un caso especial dentro del segundo grupo, por ser la más avanzada en cuanto al progreso técnico y la productividad y también, quizás, en cuanto a la organización social. ¿Es sólo una diferencia histórica o además estructural? Tercera: La presión de las contradicciones clásicas del capitalismo se sigue dando en la evolución del capitalismo avanzado: son los conflictos entre las formas de producción y su utilización restrictiva, represiva y aun destructiva. Cuarta: Como el capitalismo avanzado tiene que extender su poder global frente al crecimiento del comunismo, la contradicción se hace más grave. [...] Quinta: El aumento de la productividad y el progreso técnico permite concesiones bastante amplias a las clases explotadas. [...] El resultado es la integración de la oposición dentro del sistema del capitalismo avanzado. Y esa integración se hace bajo la forma de una democracia totalitaria. Sexta: Sin embargo, la integración sólo ha sido eficaz en Estados Unidos. [...] Séptima: El capitalismo avanzado sintetiza dos tendencias: el estado del bienestar y el

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estado militarista; el capitalismo de estado y el capitalismo privado; la democracia de masas y una política autoritaria; las libertades y la explotación; el progreso técnico y la destrucción; la concentración de la riqueza y la pobreza perpetuada. Octava: Estas tendencias se reproducen a una escala cada vez más amplia. [...] Novena: Las fuerzas de oposición pueden integrarse en las siguientes categorías: estratos subprivilegiados en países capitalistas (minorías de raza, desempleados, regiones de miseria), proletariado rural y urbano en países atrasados, estratos oposicionales [sic] de la clase media en Europa, intelligentsia oposicionista. Décima: [...] Para movilizar a las diversas capas, hay que organizarlas y activarlas en diversas escalas: el desarrollo de la conciencia y la dirección teórica, las reivindicaciones económicas llevadas a la acción política, la coordinación de los distintos movimientos de oposición en la escala nacional, la consolidación de los movimientos de liberación de los países atrasados. Undécima: La oportunidad histórica de estas fuerzas crece en la medida que los cambios profundos del proceso de producción capitalista, sobre todo la automatización, tienden a militar contra la base misma del sistema: la economía de cambio y la propiedad privada de la plusvalía.

GORZ: [...] Me referiré al problema de si el desarrollo técnico es en sí

represivo. Creo que una condición de la emancipación del trabajador es un nivel técnico que permita la polivalencia en el trabajo y el carácter creador del trabajo. [...] En cuanto a la sociedad obrera, es evidente que no puede tener un carácter liberador ni de ruptura dentro de la sociedad capitalista si no cambia la estructura política de esa misma sociedad. La lucha por la autogestión no puede tener otro fin que el cambio radical de todas las relaciones de producción y, en última instancia, la supresión de la sociedad capitalista.

MALLET: [...] Creo que sería peligroso estudiar al sistema neocapitalista

como un modelo que se desarrolla de una manera lineal, de un país sobre otro país, sin tener en cuenta la agravación de las contradicciones inter- imperialistas en los últimos años. [...] No creo que estas contradicciones sean suficientes para desarrollar por sí solas una situación revolucionaria en los países de Europa occidental. Sólo afirmo que crean posibilidades importantes para los movimientos socialistas y obreros de Europa occidental, a condición naturalmente de que sepan aprovecharlos.

MARCUSE: Antes que nada, quiero defenderme radical y violentamente

contra un hecho bastante grave: no he dicho jamás que el desarrollo técnico, como tal, sea una fuerza represiva o regresiva. He dicho que es sólo el empleo dado a la tecnología el que engendra las tendencias

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represivas y destructivas de la sociedad industrial. [...] En cuanto al papel de los intelectuales, encuentro grandes semejanzas con la primera mitad del siglo XIX, en los tiempos de Marx es una tarea de educación, de desarrollo de la conciencia. [...] El último punto es sobre las contradicciones del capitalismo. Mallet dice que se han agravado. Yo no lo creo. Yo creo que esas contradicciones pueden resolverse dentro del marco global del sistema.

FLORES OLEA: Me gustaría subrayar algunos puntos que podrían

discutirse: el problema de las oportunidades revolucionarias en Europa y el tercer mundo y el de las relaciones posibles entre los movimientos revolucionarios de los países avanzados y los de los países subdesarrollados.

GORZ: [...] Yo creo que a los movimientos socialistas y obreros de

Europa les faltan filósofos, en un sentido amplio, es decir, hombres capaces de hacer la síntesis de las necesidades histórico-vitales en una perspectiva totalizante. [...] Por último, creo que las necesidades vitales están históricamente condicionadas, es decir, que en un momento dado pueden ser percibidas como necesidades vitales algunas que no lo habían sido anteriormente. Y no hay ninguna razón para pensar que esas necesidades, que no tienen que ser precisa y únicamente la miseria, la pobreza extrema, no puedan llegar a fundamentar reivindicaciones explosivas y una voluntad revolucionaria, siempre que un partido de masas las haga conscientes.

MALLET: En cuanto a las necesidades vitales, nunca están satisfechas

cuando los hombres ven que frente a ellos existen modelos de vida superiores. No se trata de saber que uno vive menos bien que los otros: eso que vivieron los padres; el problema está en saber que uno vive menos bien que otros: eso es lo que se resiente.

MARCUSE: ¿Qué puede ofrecer el socialismo a la población de los países

avanzados? Sé muy bien que hay miseria y pobreza, pero supongo que el capitalismo organizado puede resolver o al menos enfrentarse al problema y extender gradualmente los beneficios de un nivel de vida más elevado a los estratos subprivilegiados de la población. ¿Cuáles son los beneficios que puede aportar el socialismo en esa situación? La satisfacción de las necesidades vitales y aun de las culturales puede ser una tarea que puede resolverse dentro del marco del capitalismo avanzado. ¿Cuál es la diferencia esencial entre el socialismo y el capitalismo avanzado? Naturalmente, la libertad.

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precisamente en plantear ahora, en la sociedad capitalista tal como existe, el conjunto de esos impulsos autónomos que son impugnaciones del régimen capitalista.

MARCUSE: ¿Cuáles?

MALLET: Pues... pues... Me refiero a las que conciernen a la organización

de la vida social, a la organización de la vida urbana...

MARCUSE: ¿Qué necesidades autónomas?

MALLET: Todas las necesidades relativas al papel del hombre en la

producción. [...] Se está dando un caso muy peculiar por lo que se refiere a los “ídolos” de los jóvenes: entre la juventud estadounidense, lo mismo que en Francia, son gente como Bob Dylan, que precisamente impugnan las estructuras de la sociedad en lo que tienen de fundamental, los que se han convertido en ídolos de los jóvenes. Usted dice que, al pasar al socialismo, hay que atravesar por una fase coercitiva-educativa durante la cual habrá que decidir soberanamente cuáles son las necesidades y cuáles las aspiraciones “autónomas” de la gente. ¿Quién va a decidirlo? ¿Los patronos? ¿La clase dirigente? ¿Los jefes políticos? ¿El grupo dirigente del partido? ¡Ya conocemos eso!

MARCUSE: No necesariamente.

MALLET: Ah, ¿entonces quién va a decidirlo?

MARCUSE: Los individuos democráticamente controlados.

MALLET: ¿Controlados por quién? ¿Qué es una fuerza coercitiva? Le

aseguro que me da mucho miedo...

MARCUSE: Controlados por ellos mismos.

MALLET: Por una parte, usted pone en duda la posibilidad de tener,

dentro del sistema capitalista, tendencias autónomas que impugnan al modelo y, por otra, nos construye usted, para después de instalado el socialismo, una especie de Kulturkampf de los que hasta ahora hemos tenido ejemplos bastante funestos. Precisamente en la Unión Soviética se produjo una desviación porque se decidió que había que reeducar a la gente y pasarla por un tamiz. ¡Los resultados no redundaron en la autonomía de la decisión de los productores!

MARCUSE: Por la dictadura sobre la población. [...] Yo sostengo que hay

una sola necesidad que el capitalismo no puede satisfacer jamás, ni el capitalismo organizado ni el capitalismo de estado, y es la necesidad de libertad individual, de autonomía individual. Esa es la necesidad fundamental y es una necesidad social. Sólo una sociedad basada en la libertad, en la autonomía individual, es una sociedad socialista. Pero, ¿qué puede hacerse si los hombres han sido educados y controlados de tal

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manera que prefieren el bienestar material a la libertad? En ese caso, hay que destruir primero la represión misma y ése no es un proceso muy democrático. No he pensado en la dictadura de una burocracia, ni siquiera en la dictadura de los filósofos. Pero creo realmente que puede educarse a cada individuo para que se convierta en filósofo. La filosofía no es en ese caso un privilegio sino una necesidad vital. Pienso en la dictadura de los individuos libremente asociados contra las fuerzas represivas, aun en el seno del propio socialismo.

Como lo demostraban los hechos en el momento en que fue publicado este debate, parecía que a fin de cuentas Marcuse tenía razón. Sus ideas se llevaban a cabo en la práctica a través de esos jóvenes rebeldes a los que en 1966 el filósofo aún no prestaba demasiada atención. Inconformes, los estudiantes no buscaban saciar sus necesidades materiales, ni siquiera pretendían mejores niveles de vida; al contrario, su lucha se dirigía —como quería Marcuse— contra los sectores más represivos del capitalismo: la burocracia y la policía.

Convencidos de la autonomía individual, renegaban de los cauces democráticos y, “controlados por sí mismos”, “libremente asociados”, luchaban con todo su entusiasmo contra las “fuerzas represivas” del capitalismo organizado y del capitalismo de estado, de las democracias occidentales y de las burocracias del este.12

Para completar las opiniones de este debate, el moderador de aquella mesa, Víctor Flores Olea, escribió en el mismo número de La Cultura en México sobre una de las más perturbadoras teorías de Marcuse, la idea de una democracia totalitaria.

Según Flores Olea, hasta hacía relativamente poco tiempo se pensaba que la represión era una tendencia exclusiva de los países subdesarrollados o de los regímenes totalitarios. De hecho, parecía que la idea misma de revolución, en poder de un proletariado aburguesado en los países desarrollados, era una idea “preindustrial y pretecnológica” que sólo conservaba su atractivo en la marginalidad o el atraso del tercer mundo.

En opinión del politólogo, esta imagen esquemática refleja con elocuencia las más distintas posiciones frente al cambio económico-político en el mundo moderno. Para Sartre, por ejemplo, la “salud” sólo podía venir del tercer

12 Años después, Brian Magee entrevistó a Marcuse y le preguntó directamente: “¿Cómo se explicaría que los movimientos estudiantiles de los sesenta y principios de los setenta se hayan dirigido hacia los libros de usted?” Marcuse respondió: ‘Yo no fui el mentor de las actividades estudiantiles de los sesenta y principios de los setenta. Lo que hice fue formular y articular ciertas ideas y propósitos que estaban en el aire. Eso fue todo. La generación estudiantil que entró en actividad durante aquellos años no necesitaba ninguna figura de padre o de abuelo que los encabezara en su protesta contra una sociedad que día con día revelaba su iniquidad, injusticia, crueldad y capacidad general de destrucción” (Vuelta, n. 35, X, 1979).

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mundo: de China, de Cuba, de Vietnam, de las montañas venezolanas o bolivianas. También para él la revolución está clausurada en los países avanzados.

De este modo, siguiendo las tesis de Marcuse, Flores Olea opina que las condiciones políticas y económicas de la sociedad industrial avanzada se unen en un solo centro de poder que “integra el interés general al interés privado”. Así, el poder represivo puede ocultarse mucho tiempo detrás de una malla de fenómenos democráticos capaces de engañar sobre su verdadera naturaleza, pero cuando esos factores se desbalancean, las supuestas sociedades democráticas no tardan en mostrar su verdadero rostro.

Por estas razones ha sostenido Marcuse, en un contexto que trasciende la aparente contradicción de los términos, que hay aquí una democracia totalitaria, significando con ello que al mismo tiempo que se conservan formalmente los organismos políticos de la tradición liberal (vaciados de contenido) se decide autoritariamente y al margen de cualquier control popular, o a partir de la adhesión manipulada y condicionada de la sociedad.

Esta idea es central en el pensamiento de Marcuse, y acaso también sea el fundamento de su escepticismo ante las posibilidades de un cambio. Las propias tendencias burguesas y controladoras de la sociedad se encargan de educar a los individuos con aprecio de los valores materiales por encima de su propia libertad, lo cual inhibe su capacidad de rebelión. El capitalismo avanzado utiliza la tecnología y los avances de la ciencia para negar cualquier fin propiamente “humano”. La gran contradicción es que, a pesar de su apariencia democrática, este sistema es incapaz de asegurar la libertad individual.

Al subrayar estas contradicciones, Flores Olea piensa, como Mallet, que El hombre unidimensional de Marcuse es uno de los libros más subversivos que se han publicado a lo largo del siglo.

En su columna “Calendario” de La Cultura en México del 8 de mayo, José Emilio Pacheco ya había advertido a la opinión pública mexicana sobre el papel determinante que desempeñaba Marcuse en la ideología del movimiento estudiantil alemán.

“Así como Los condenados de la tierra es la Biblia del Poder Negro”, afirmaba Pacheco, “los rebeldes de las sociedades opulentas afirman que el ideólogo de la rebelión moral, política e intelectual de los jóvenes es Herbert

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Marcuse.” Y añadía que, de acuerdo con los profesores de la Universidad Libre de Berlín, quienes han estudiado concienzudamente al filósofo, el capitalismo se encuentra en una “situación prefascista que sólo puede conjurarse por medio de la revolución”.

Según Pacheco, Marcuse se destaca, sobre todo, por haber sintetizado hábilmente a Marx y a Freud. Y recuerda que otro destacado intelectual alemán de Estados Unidos, Erich Fromm, ha conseguido hacer algo semejante; sin embargo, mientras éste continúa con una vertiente optimista, muy propia de la sociedad estadounidense, en la actual época de crisis y locura sólo las desesperadas tesis de Marcuse ofrecen una explicación a lo que ocurre al reunir la “visión pesimista de Freud con la visión apocalíptica de Marx”.

Asimismo, el poeta hace mención de que Juan García Ponce fue el primero en traducir a Marcuse a nuestro idioma, inicialmente en la revista de la Universidad de México (1963) y luego con las traducciones de Evos y civilización y El hombre unidimensional. No obstante, para estas reflexiones, Pacheco cita otro texto del filósofo, “Agresividad y sociedad industrial contemporánea”, publicado en la revista peruana Amaru en ese año.

En este artículo, Marcuse afirma que la tensión que sufre el individuo depende de su funcionamiento en relación con el de la sociedad; de hecho, “la sociedad es el factor de la normalidad”. Una sociedad está enferma cuando “sus instituciones y relaciones básicas no permiten el aprovechamiento de los medios existentes para el desenvolvimiento pleno del ser humano”.

En la moderna sociedad de la abundancia, el desequilibrio entre el individuo y la sociedad no deja lugar más que a la represión. Esta puede tomar la forma de una manipulación de la psique individual, otorgándole un sentido libidinal a la compra de mercancías, sean éstas cosas, servicios o incluso candidatos. En un sistema así, el individuo en realidad sólo coopera para su propia desgracia, lo cual se traduce en una creciente insatisfacción. Siguiendo a Freud, Marcuse considera que esta insatisfacción es la causante de la exacerbación de las tendencias tanáticas del individuo, en contra de sus tendencias positivas hacia el Eros. Y sólo Eros es capaz de conservar y proteger la vida humana:

De ser exacta la teoría de Freud según la cual los impulsos destructivos tienden a aniquilar la propia vida del individuo, sin temor a pasar por encima de otras vidas y metas, entonces —concluye Marcuse— podríamos hablar de una tendencia suicida de esta sociedad, y el juego universal con la destrucción total habría encontrado una base sólida en la estructura instintiva de los individuos.

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Si esto es verdadero, la revolución no es la puesta en práctica de una tendencia destructiva de los individuos, sino un mecanismo liberador del Eros. La revolución se justifica porque es productora de vida, no de muerte; su papel en la historia es el de eliminar los yugos de las sociedades represivas para instaurar una nueva era en la cual no es tan importante el factor económico, como pensaba Marx, sino la liberación completa de los individuos.