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La reacción de la prensa mexicana hacia los diversos movimientos estudiantiles —y sobre todo hacia lo que ocurría en París— fue de repudio casi unánime a la violencia, salvo el aplauso de contados sectores de la izquierda. Amparados en el temor burgués hacia la revolución y la amenaza comunista, la mayor parte de los comentaristas se limitaba a llamar a los jóvenes a la prudencia.

Salvo excepciones en las cuales alguien se atrevía a decir que era hora de poner las “barbas a remojar” —como hizo en uno de sus artículos el periodista Francisco Martínez de la Vega—, la opinión pública mexicana continuó mostrando, complacida, la tradición pacífica del país, empeñosa en dejar claro que ningún disturbio estudiantil iba a suceder aquí. Más que analizar el fenómeno mundial, la prensa se dedicó a alabar la pax mexicana. La impresión era que los sucesos que se desarrollaban en Europa ya habían tenido lugar en México, durante el movimiento de 1929 que consiguió la autonomía universitaria.

Mientras tanto, la izquierda mostraba una abierta simpatía hacia la movilización parisina aunque su contagio en tierras mexicanas se veía también como una posibilidad remota. Resulta sumamente interesante comprobar el escaso número de artículos publicados en esa época que siquiera intentase confrontar los acontecimientos de Europa con los de México o que creyese que algo así pudiese ocurrir en el país.

El 15 de mayo, Luis Suárez publicó un artículo desde París con un título altamente significativo: “Siempre! vive los días de las barricadas. POR LOS BULEVARES DE PARÍS, EL CHE GUEVARA CABALGA COMO EL CID”. Decía Suárez:

La guerra de Vietnam, que es la lucha de liberación de un pueblo por mucho tiempo bajo el yugo colonial, echa un aire fresco y se hace presente, como aglutinante, frente a la injusticia y junto al heroísmo en las barricadas de Francia. Otra conclusión que puede sacarse de primera intención es el papel que reasumen, aun después de su muerte, hombres que se han hecho gigantes en el tercer mundo, como Ernesto Guevara. [...]

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El Che está hoy en la Sorbona y es como un Cid para muchos jóvenes revolucionarios que viven en estos años, por el camino de la universidad o del trabajo, la transformación de sus respectivas conciencias.

También desde París, el 22 de mayo, el periodista Jacobo Zabludovsky escribió en Siempre!: “La rebelión juvenil es uno de los acontecimientos más importantes de esta década”, para luego añadir, inflamado con el orgullo mexicano al cual me he referido:

Podría ser comparada la conducta juvenil de hoy con la de los universitarios mexicanos de 1929. También ellos formaban la primera generación posterior a la lucha revolucionaria. Emergían a un nuevo mundo en el que ya estaban bloqueadas las oportunidades. [...] En el mundo actual, toda proporción guardada, ocurre algo similar en algunos aspectos a lo de México en el 29. También es hoy la parte intelectual de la juventud la que expresa el descontento de toda una generación.

Zabludovsky insiste en que los movimientos estudiantiles son consustanciales a la institución universitaria. Lo que le parece nuevo, afirma, es la “simultaneidad, causada por la eficacia técnica de los medios informativos”, de las rebeliones en el mundo.

José Alvarado, uno de los más respetados columnistas políticos del país, insistía también en esta comparación entre el 68 europeo y el 29 mexicano: “Hay una significativa identidad entre las palabras y los lemas empleados por los estudiantes de París y las usadas por los universitarios latinoamericanos desde hace cincuenta años. Ecos de la reforma universitaria de Córdoba, Argentina, en 1918 y de la de México, en 1929, parecen escucharse hoy en la Sorbona”.

El mismo día, el editorial de Siempre! señalaba;

Los disturbios estudiantiles que en las últimas semanas han estallado en diversas partes del mundo, lo mismo en un París un poco ingenuamente conmovido con las difíciles y lentas pláticas en busca de un arreglo entre Washington y Hanoi, que en la secular y señorial Praga y en la reconstruida Varsovia; en algunas de las más prestigiadas universidades de Estados Unidos que en el sombrío solar de una España que no ve amanecer desde 1939, los estudiantes se rebelan contra sistemas educativos anacrónicos y, sobre todo y ante todo, contra la intromisión directa o indirecta de las autoridades gubernamentales en la educación a

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nivel universitario, a excepción de Estados Unidos, donde las huelgas y protestas estudiantiles coinciden en la renovación de los métodos pero no se basan en interferencias gubernamentales.

Con el mismo rabioso optimismo que caracterizaría en adelante la actitud del gobierno mexicano hacia los problemas estudiantiles, Siempre! añadía:

No somos patrioteros ni gustamos de proclamar a todas horas que “como México no hay dos”, pues estamos conscientes de nuestros hondos problemas. [...] Pero nos parece necesario, en el camino del reconocimiento interno de nuestros aciertos y nuestros errores, destacar esa previsión política natural del mexicano, como se comprueba en estos días en que países de tan honda y remota huella en los afanes culturales y de progreso de la humanidad, se enfrentan a problemas que en nuestro país se advirtieron, se planearon y se resolvieron en su aspecto fundamental, desde 1929.

Incluso un semanario crítico como Siempre! consideraba no sólo improbable, sino imposible, que los brotes de inconformidad estudiantil que ocurrían en México, como los de Tabasco, Michoacán y Sonora, pudiesen llegar a convertirse en un problema similar al europeo. Tan acostumbrado a la “estabilidad” como el resto de los mexicanos, Siempre! reflejaba el espíritu de pureza que era la norma oficial del país desde hacía cuarenta años. Por decreto, en México no pasaba nada.

Como era de esperarse, los intelectuales mexicanos no tardaron en afrontar el tema de la revuelta estudiantil europea. El 5 de junio, Carlos Monsiváis publicó un artículo en Siempre! titulado “El poder estudiantil y la prohibición de prohibir”.

Según Monsiváis, lo ocurrido en Francia evidenciaba el fin de la protesta y el auge de la resistencia. Para comprobarlo, señala que, al mismo tiempo que miles de estadounidenses queman sus tarjetas de conscripción y otros tantos — provenientes de la Nueva Izquierda, de los Estudiantes por una Sociedad Democrática y los Black Panthers— se apoderan de la Universidad de Columbia para desafiar la política armamentista de Estados Unidos, en París los estudiantes rechazan el régimen de De Gaulle y atacan directamente a la sociedad burguesa y autoritaria, mientras en Alemania los jóvenes marcusianos se enfrentan con la policía para defender la libertad de expresión y protestar por el ataque a uno de sus líderes.

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en común la lucha contra la frustración provocada por la falta de éxito en la oposición contra la guerra de Vietnam. Siguiendo a Marcuse, piensa que la protesta institucionalizada es parte integrante del sistema, y que no tiene otro objetivo que sacar por la vía menos peligrosa la presión que la propia sociedad ejerce sobre su gobierno. En cambio, la resistencia es un paso más allá. “Lo natural entonces es la quiebra del concepto burgués de autoridad.” Los jóvenes, pues, no hacen sino trastocar esta idea de orden en una sociedad tecnológica que en el fondo es totalitaria. Nada extraño que su lema más radical sea: “Prohibido prohibir”.

Pero Monsiváis olvida que en el interior mismo de ese apotegma contradictorio y aparentemente liberador hay algo de totalitario; el lema anárquico tiene un sustrato de ley que rompe con la esencia misma de la liberación que se persigue. A pesar de la mesura de su análisis, es imposible no advertir la emoción que Monsiváis siente al describir el mayo francés. Para un intelectual de izquierda, y para alguien tan comprometido con el estudio de los comportamientos sociales, observar el desarrollo de la revuelta juvenil parisina es como vivirla de cerca. Lejos de las teorías y de las categorizaciones, su carácter liberador parece anunciar una nueva época, el triunfo de la razón por encima de la intolerancia, el fin de la hipocresía burguesa.

Irónico, Monsiváis no deja de lamentar que una renovación social no puede siquiera avistarse en nuestro país:

En México, donde no hay poder obrero (sindicalismo blanco), ni poder campesino (fracaso de la reforma agraria), ni poder periodístico (prensa mediatizada y ramplona), ni poder indio (cuatro millones de indígenas en manos de Dios y la filantropía), donde no hay siquiera poder legislativo (unipartidismo y dedocracia), el poder estudiantil [...] es todavía una meta distante y lejana y necesaria como la existencia misma de esa nuestra vida política y esa nuestra dignidad social.

Con la misma seguridad que el presidente, aunque por motivos contrarios, Monsiváis no concibe que en México se lleve a cabo una protesta similar.

Una de las primeras historias completas sobre la génesis del movimiento estudiantil europeo fue dada a conocer en otro número monográfico de La Cultura en México, publicado el 5 de junio, con el título de: “El poder estudiantil: los viejos tigres son de papel”.

El primer texto incluido en el suplemento era de José Emilio Pacheco, comentarista habitual del tema. Con un encabezado que dice Interpretaciones y con el nombre “Revolución contra sociedad industrial”, presenta numerosos

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puntos de vista sobre lo ocurrido.

Como en otras ocasiones, Pacheco recurre a la prensa europea. En este caso cita un artículo aparecido en The Observer el 19 de mayo, “Soviets on the Campus”. Según su autor, Neal Ascherson, lo que ocurre en Europa occidental no es un simple conflicto generacional ni una pugna por la reforma universitaria. Es, para acabar pronto, “un ataque en términos globales contra la moderna sociedad industrial”.

Para el autor del artículo, la revuelta juvenil se dirige contra el estado, pero éste todavía es demasiado poderoso como para ser destruido. Ascherson piensa que el enemigo es el estado burocrático, occidental y oriental, que se dedica a administrar la sociedad como si se tratase de una empresa destinada a ser eficiente, provocando que los individuos estén destinados a desaparecer, convertidos en meros engranajes de la maquinaria. Si los jóvenes combaten esta manipulación es porque se dan cuenta de que el establishment se limita a ofrecer bienes de consumo a cambio de la libertad individual. La causa de esta enajenación “es el sistema que parece adaptar la enseñanza a la producción masiva de dóciles tecnócratas. Es el sistema de partidos que se hace pasar por auténtica democracia, la represión enmascarada de tolerancia”.

Posteriormente, Ascherson trata de responder a la pregunta: ¿Hay una “conspiración internacional” que orquesta la revuelta en las universidades de Stuttgart a Brighton, de Bari a Colchester? “Lo que es realmente internacional es la situación de los estudiantes”, contesta. Existen algunos antecedentes del movimiento estudiantil europeo que deben ser considerados como causas inmediatas de la agitación. Entre ellos destacan los encuentros de estudiantes europeos celebrados en los meses previos, específicamente la conferencia de estudiantes de izquierda de Bruselas (1967), en la cual delegados de todos los países europeos acordaron no sólo una intensificación de las protestas contra la guerra de Vietnam sino, de hecho, el inicio de acciones revolucionarias. Por otra parte, la actuación de la Liga de Estudiantes Socialistas (SDS) en Alemania ha

sido el verdadero motor de la internacionalización del radicalismo. Sus militantes son los que han activado la protesta de Berlín a Bonn, y uno de sus grupos fue el encargado de dar instrucción a Daniel Cohn-Bendit, el líder del movimiento en Francia.

Como Ascherson, Pacheco piensa que nadie debería haberse sorprendido por el desarrollo de la protesta juvenil en el mundo. Su origen se encuentra también en las manifestaciones surgidas en Estados Unidos desde principios de los sesenta; la gran revuelta de la Universidad de Berkeley ocurrió en 1964. En Berlín, la mecha del movimiento se encendió poco después, hacia 1965. Ya para inicios de 1966 se habían producido fuertes enfrentamientos entre los

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estudiantes y la policía. En todo el orbe, las condiciones de educación y de vida habían predispuesto a los estudiantes en situaciones similares: la represión llevaba extendiéndose sobre ellos a lo largo de dos décadas. En casi todos los países la protesta se ha encendido gracias a la cerrazón de los burócratas, a la intolerancia gubernamental y, sobre todo, a la represión. Acaso si los gobiernos de los distintos países hubiesen sido menos agresivos contra los estudiantes éstos habrían terminado dispersándose. Por el contrario, la guerra desatada contra ellos por el poder institucional los ha unido y les ha otorgado una legitimidad que no hubiesen poseído de otro modo.

Escrito el 17 de mayo, este artículo de Pacheco es uno de los más interesantes de cuantos aparecieron en la prensa mexicana de aquellos días. El joven escritor no se limita a transcribir el artículo de Ascherson, sino que a partir de él lanza una primera advertencia sobre el posible contagio del movimiento estudiantil en territorio mexicano. Al comparar las condiciones que rodean a los estudiantes en los diversos países, Pacheco cree que en México la situación no es muy distinta, como han querido ver los apologistas del gobierno. Al valorar los argumentos presentados por Pacheco, hubiese sido imposible no llegar a una conclusión semejante: la represión oculta y las diversas variantes de la intolerancia política se cernían sobre los estudiantes mexicanos con igual o mayor intensidad que en otras partes del mundo. Pero, como ha ocurrido tantas veces en México, el gobierno y los sectores tradicionales de la sociedad continuaban creyéndose demasiado fuertes o demasiado impunes —o quizás simplemente estaban demasiado ocupados en preparar las Olimpiadas— como para leer entre líneas el artículo de Pacheco y prevenir los hechos que, en sólo unas semanas, estaban a punto de convertir a México en uno más de los centros de la agitación juvenil en el orbe.

El siguiente artículo del número especial de La Cultura en México, “Poder estudiantil: de la protesta a la resistencia”, firmado por Manuel Aguilar [Mora], insistía en hallar las causas de la rebelión y adelantarse a su desarrollo.

Según Aguilar, tanto la ofensiva del Têt del FLN de Vietnam del Sur como

su ataque a la embajada estadounidense en Saigón deben ser vistos como símbolos de los acontecimientos que se precipitaron en todo el mundo. La victoria ideológica, más que militar, de la ofensiva norvietnamita motivó la victoria de McCarthy en las elecciones primarias en el este de Estados Unidos, así como la decisión de participar en la contienda por parte de Robert Kennedy, el anuncio de las pláticas de paz entre Vietnam del Norte y Estados Unidos, por no hablar de la falta de apoyo de Wall Street a Johnson. Para Aguilar, el inicio del movimiento estudiantil en Francia debe ser visto como consecuencia de estos hechos.

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Por otra parte, el origen de la revuelta estudiantil debe rastrearse en las diversas manifestaciones de protesta contra la guerra ocurridas en Estados Unidos. De hecho, se podría afirmar que el inicio formal del movimiento estudiantil se llevó a cabo en la Universidad de Berkeley. Paul Potter, líder de la

SDS, expresó desde entonces, en su posición de representante de la “nueva

izquierda” estudiantil, su rechazo total a la guerra. Sin lugar a dudas, el primer motor de la agitación juvenil ha sido la serie de manifestaciones celebradas desde entonces contra la política exterior de Estados Unidos.

En el transcurso de unos pocos meses la protesta se extendió al resto de las universidades estadounidenses y, más tarde, a las de todo el mundo. Una vez ocurrido esto, no era difícil que las manifestaciones comenzaran a incorporar nuevos ataques contra el sistema mundial que permitía acciones como la guerra de Vietnam. Abandonando el pacifismo, los estudiantes comenzaron a apoyar el radicalismo revolucionario de los países del tercer mundo. Ya en 1966 sus consignas eran: “¡Retiro incondicional y ahora mismo de las tropas!” La bandera de Vietnam del Norte comenzó a ondear en los actos de protesta celebrados por los estudiantes el 25 y 26 de marzo de ese año en Estados Unidos. Entre 1965 y 1968, decenas de protestas contra la guerra se habían llevado a cabo en ciudades tan apartadas como Sydney, París, Zurich, Bruselas, Lieja, Toronto, Quebec, México, Santiago, Buenos Aires y Tel Aviv. Gracias a estas movilizaciones, los estudiantes aprendieron no sólo a ser antimperialistas sino también “antiburocráticos”.

De este modo, la guerra de Vietnam se convirtió en “un problema de cada país”, que simbolizaba, en cada lugar, la lucha contra las estructuras burocráticas, estatales y universitarias. Aguilar indica que en 1967 el movimiento cobró un auge importante. En Estados Unidos se formó un comité estudiantil nacional que llegó a movilizar medio millón de estudiantes en San Francisco y Nueva York y ochenta mil en la llamada “Marcha al Pentágono”. Unidos contra la guerra, estudiantes de las más diversas corrientes políticas — de liberales a trotskistas— abrieron un frente común de gran éxito.

La Universidad de Columbia pasó entonces a ser el escenario de los más violentos enfrentamientos entre los estudiantes y la policía. Pronto un “poder dual” compartía la organización del campus: por un lado el rector Kirk, obsesionado con el regreso a clases, y por el otro un comité de huelga que boicoteaba todos los actos oficiales.

Mientras tanto, en Europa la situación comenzaba a ser la misma, como en Alemania, donde Rudi Dutschke y la SDS estaban al frente de las

movilizaciones. Afiliada en un principio al Partido Socialdemócrata, la Federación Estudiantil Socialista Alemana había sido expulsada de éste en 1961.

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A partir de entonces, amparada en un marxismo a la Marcuse, la Federación asumió el compromiso de luchar con todas sus fuerzas contra la guerra de Vietnam. Como era de esperarse, todas sus manifestaciones fueron sofocadas por la policía. En abril, estudiantes y obreros unidos paralizaban la República Federal de Alemania.

En todos los casos, según Aguilar, Vietnam había sido el elemento aglutinador de las diversas variantes de la protesta. Mientras el sistema mundial no se modificase lo suficiente como para evitar esta guerra desgastante, los estudiantes no estarían dispuestos a regresar a clases. Con un optimismo a toda prueba, los jóvenes estaban convencidos de que tenían el poder no sólo para acabar con esta lucha inútil, sino para transformar desde sus cimientos la decadente sociedad mundial.

Mientras los analistas mexicanos comenzaban a desentrañar el significado del movimiento estudiantil francés, en París la situación se volvía cada vez más difícil de resolver. El 12 de junio, en un artículo titulado “La resurrección de las ideologías”, incluido en su columna “Calendario”, José Emilio Pacheco continuaba el relato pormenorizado del movimiento en Francia, al tiempo que trataba de extraer algunas conclusiones teóricas sobre su desarrollo.

Pacheco afirmaba que, hacía apenas unos meses, el mundo era completamente distinto: se pensaba que la revolución había muerto, que las ideologías lentamente se irían borrando, que los países industriales dominarían el mundo sin contemplaciones. Y, de pronto, se cayó en la cuenta de que el