Chapter 3 Programming in terms of Aspect-Based Properties
3.2 Writing Crosscutting Semantics
3.2.1 The Join Point Model
3.2.2.3 Attribute-based Property-based Crosscutting
Estimado amigo.
He leído en estos días en “El Correo de Colombia”, de quien usted es digno director, una lista de las personas mejor preparadas de la ciudad, a quienes usted hace un llamamiento para que aporten luces en uno de los más graves problemas nacionales.
Entre ellos está mi nombre y el de otras distinguidas damas. No se imagina usted cuánta alegría me proporcionó esta citación, no la alegría pueril de vanidad satisfecha, sino un sentimiento altísimo de contento por ese triunfo de la mujer antioqueña, a quien usted cree capaz de ser colaboradora del hombre en la acción social. Y es usted el primero, sépalo, que nos ha creído capaces de trillar otro campo distinto al de un cuentecito literario, una elegante revista sobre modas, o la preparación de una receta culinaria.
Nos ha hecho usted sentir así, suavemente nuestra responsabilidad, la necesidad de la propia formación y el deber de ilustrarnos. Su llamamiento y el proyecto de ley presentado a la consideración del actual congreso son dos triunfos del feminismo en Colombia. En nombre de la mujer antioqueña doy a usted las gracias.
En mi libro “Esbozos Sociológicos”, esbocé este problema en el año de 1925 y en diversos periódicos he tratado el mismo tópico. En conferencias y en conversaciones con mis discípulas he procurado inquietarlas y con tristeza le confieso que no he logrado inquietar a ninguna.
Aquí se han gestionado contratos con el gobierno sin que el pueblo ni sus legítimos representantes los conozcan hasta después de firmados; se obtienen concesiones petrolíferas y privilegios sobre la tierra, que forman un señorío en que se fundan ulteriores pretensiones cuando convenga, alegando atentados a los derechos adquiridos.
El único modo –a mi entender- de hacer frente a la amenaza que encierra este problema, es el saneamiento político, económico y fiscal del país, empezando por practicar la doctrina de la honradez. Aunque la regeneración que se impone es social, hay qué empezar por regenerar la política, que ha sido en nuestra tierra un acervo de intrigas y ruindades, que la han hecho odiosa. Hay que acabar con los partidos que tánto daño le hacen a la Patria, y nacionalizarse los ideales y aspiraciones de suerte que se pueda llegar a discutir estos asuntos con un criterio sereno y patriótico, que permita demostrar y apreciar las ventajas y desventajas que encierra un contrato. Por eso, los puestos públicos deben ser ocupados por los mejores, por los que por su saber y su preparación sean capaces de trabajar en el bien común, con programas modernos alejados de todo sectarismo. Haciéndolo así, el pueblo descansaría tranquilo pues sabría que sus dirigentes tendrían el criterio suficiente para evitar poner en peligro la soberanía de la Nación.
Así se acabará la mala administración nacional, que es otro de nuestro desastre. Esa ha sido la que ha llevado a cabo las negociaciones que tan onerosas han sido para el país. Aquí llamamos política el cambio continuo de empleados, como un juguete que pasa de las manos del uno a las del otro, sin que para esto se tengan en cuenta sino las intrigas y compadrazgos.
Saneamiento económico y fiscal.
Hay qué evitar el despilfarro del tesoro público, pues las naciones, lo que mismo que los individuos, están sujetos a las mismas contingencias, y un tesoro exhausto acaba con la dignidad, y da origen al peculado. El tesoro nacional se ha empleado muchas veces para comprar votos, para silenciar infamias. La caja del tesoro más parece caja de beneficencia para que de ella vivan los que no tienen otro mérito que el de pertenecer al partido gobernante. La fiscalización estricta, las sanciones efectivas para los que trafican con el decoro nacional, lo mismo que una economía prudente y sabia, se imponen. La palabra oficial debe ser respetada en el interior y en el exterior, pues ante un pueblo digno todos se inclinan. Por eso, en los contratos debe darse mucha importancia a cada palabra, evitando toda ambigüedad que más tarde pueda perjudicar. El ejemplo nos lo da Estados Unidos, que demoró muchos años el tratado con Colombia discutiendo una palabra que figuraba en el primer texto. Nuestros diplomáticos deben hacer carrera especial. El valor, la dignidad y la energía para hacer valer nuestros derechos, todo esto respaldado por un conocimiento profundo y documentado de ellos. Las naciones son respetadas en la medida en que se hacen respetar. Allí está Venezuela, a quien salvó de una humillación ignominiosa y tal vez de la pérdida de su soberanía la actitud digna de Cipriano de Castro, quien con este acto cubrió de luz todos los demás actos de su gobierno.
Hay qué estudiar también, y mucho, las condiciones del país con quien se va a entrar en concesiones. Me parece muy conveniente que no sea una sola la que adquiera todo contrato. En eso hay muchos peligros. Aquí me callo; por la primera vez quiero ser diplomática, no nombrando a quien yo no quisiera que se entrara más de lo que está a esta mi patria querida.
Debemos hacer patria; formidable obra y formidable debe ser el esfuerzo. Pero tenemos fe en el porvenir, olvidando la carga abrumadora del pasado. Debemos todos entrar de lleno a esa patriótica tarea, empezando por higienizar el medio, modernizándolo, para que la civilización, que ya entra a nuestra patria, no se asfixie.
Emilia Lopera Berrío.