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Chapter 3 Programming in terms of Aspect-Based Properties

3.1 Roles and Products

3.1.2 Component Writer

Se llama educación cívica, la que se dirige a la formación de las virtudes sociales, es decir al cumplimiento de los deberes civiles y políticos.

En todo país que se gobierne a sí mismo donde los ciudadanos intervienen en la dirección de los negocios públicos, esta parte de la formación moral es de una necesidad imprescindible, y tarde o temprano ha de repercutir en el porvenir de la Nación.

Como todo en la formación del carácter, esta educación es de carácter sumamente complejo. Algunos maestros suponen que se reduce a la instrucción de los deberes del ciudadano; esta forma de instrucción es casi inútil en la escuela o por lo menos no debe intentarse sino en los últimos años de enseñanza primaria y fastidioso y abstruso es para el niño oír una lección sobre el gobierno de su país como sobre los deberes de los padres para con sus hijos.

La instrucción cívica es asunto de información y por sí sola no tiene virtuosidad alguna. Conocemos muchas personas instruídas en sus deberes cívicos y que sin embargo en su acción y palabra demuestran no tener amor patrio de ninguna clase.

Como parte que es de la educación moral, la cívica debe hablar al sentimiento y a la voluntad; sentimiento de simpatía entre los hombres y formación de hábitos que faciliten el cumplimiento de los deberes políticos y sociales.

Debe procurarse que el educando investigue y descubra pos sí mismo cuáles son sus deberes públicos.

“El hábito de investigar, hallar y usar la verdad es de la mayor importancia en educación. Si este hábito se forma será llevado a los asuntos políticos y a toda la vida social. El hombre educado en esta forma, por ejemplo, votará, no porque pertenece él a un partido determinado, ni porque cree en el “ipse dixit” de un jefe político; podrá descubrir, con auxilio de las fuentes de información que estén en su poder, cuál es realmente la verdad, y cuál debe ser su voto en consecuencia”. Esto dice el profesor Parker.

Todo hombre ama místicamente el país donde ha nacido. La obra del educador consiste en robustecer ese sentimiento por todos los medios que están a su alcance. Los grandes hechos de nuestros antepasados, la poseía nacional y la música patriótica, producen una impresión saludable y duradera en nuestro corazón.

En Francia, las mujeres, acabado el rezo del rosario, dirigen una ferviente plegaria por la patria “Salvad a Francia!” Hermoso grito que oyen los niños, se va infiltrando en su alma y hará que más tarde cristalice esa oración en verdaderos patriotas que tendrán el ideal de Patria por encima de todo.

La verdadera causa del malestar nacional, del atraso en que nos hallamos, de la falta de orientación, de voluntad y de iniciativas es la carencia de ideales en la mayoría de los colombianos. Todos criticamos, pero a nadie se le ocurre hacer nada más que criticar sin ejercer acción activa para mejorarnos.

Hay qué hacer hombres! Si logramos hacerlos, tendremos gobernantes, legisladores, financistas, maestros, no de nombre, como actualmente, sino enérgicos, severos, ecuánimes, activos como lo son unos pocos que viven y luchan desesperados por falta de ambiente.

Estos defectos de la raza, sólo la mujer puede corregirlos. De qué sirve que tengamos buenas escuelas, si cuando el niño llega a la escuela ya está viciado y su alma pervertida? Qué logrará el mejor profesor si su primer enemigo es la madre?

La mujer colombiana ha vivido demasiado recluída y retirada en su hogar, y es por esto egoísta y conservadora. No piensa sino en los suyos, ajena por completo a toda acción social. Muchas veces hemos oído decir a una mujer a su marido y a sus hijos: “La política no da pan; qué le importa a Usted lo que pase fuéra de la casa? Nuestro deber es traer dinero a nuestro hogar, sin perder tiempo en esas bobadas”. Esa incomprensión, esa ignorancia de los deberes de la ciudadanía ha hecho que Colombia sea uno de los países menos patriotas, y es causa de nuestra inferioridad nacional.

No es la fortuna la dominadora del mundo; hay en cada país causas morales o físicas que lo elevan, sostienen o precipitan, ha dicho Gibbon.

HÉROES

Las solemnidades y fiestas con que Colombia entera, y sobre todo Antioquia, han querido honrar la memoria del doctor Berrío, glorioso exponente de la raza, son lecciones prácticas de civismo, mil veces más provechosas que un curso completo de abstractas y pesadas clases de Instrucción Cívica como se dan en nuestras escuelas y universidades.

Los grandes pueblos civilizadores del mundo, Grecia y Roma, llamaban semidioses a los grandes hombres que llevaban a cabo hazañas superiores a las comunes fuerzas humanas. Esos pueblos-deudores a ellos grandes beneficios, les dieron aplausos, coronas, aclamaciones. Por poco inflamable que fuera el patriotismo de aquellas almas, las ceremonias se volvían culto, el sepulcro altar, la casa templo y el héroe venía a ser adorado por la generación inmediata, siendo alguna vez tan rápido este proceso, que sus mismos conciudadanos, conocidos y amigos, tomaban el incensario y cantaban los himnos.

Nuestra época, más adelantada, no puede caer en el absurdo de deificar a sus grandes hombres; pero hay una gran diferencia entre ese exceso y la ingratitud con que tratamos la memoria de los preclaros hijos de la Patria.

Concretándose a Antioquia, y sobre todo a Medellín, carecemos de monumentos que atestigüen y muestren a las generaciones presentes y futuras los triunfos de la raza.

Qué glorioso proyecto sería el de levantar estatuas, columnas, monumentos, colocarlos en los parajes más públicos de la ciudad con una leyenda sintética de lo más saliente de su vida!

Qué mejor adorno para la ciudad! Qué estímulo para nuestra juventud, que se levantará desde su niñez a la vida de unas cenizas tan venerables!

El pueblo inglés levanta monumentos a sus héroes en el mismo templo que sirve de panteón a sus reyes, llegando a tánto su sistema, que hace a veces igual obsequio a las cenizas de los héroes enemigos, para realzar la gloria de sus hijos.

Las sombras veneradas de Zea, Córdoba, José Félix de Restrepo, Manuel Uribe Ángel, Gregorio Gutiérrez González, Epifanio Mejía y tántos otros cobijando con su mirada este pueblo rudo y trabajador harían mucho por su educación moral y estética que tiene no pocas deficiencias.

A este ardid debió Roma el ser la dueño del mundo.

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