El movimiento negro es, antes que nada, aquéllo que los propios protagonistas dicen que es el movi- miento negro. No es difícil ver que el movimiento negro, en el sentido estricto, fue una respuesta, en condiciones históricas dadas, al mito de la democracia racial, ese conjunto de imágenes idealizadas, consensuales, creado en los años treinta. Manipulando a la inteligencia brasilera, articuló las piezas fundamentales del mito de la democracia racial:
l nuestras relaciones de raza son armoniosas;
l el mestizaje es nuestro aporte específico a la civilización planetaria;
l el atraso social de los negros, responsable de fricciones tópicas, se debe, exclusivamente, a su pasado de esclavitud1.
El movimiento se articula en función de las situaciones vivenciadas con la discriminación racial y el racismo, conviviendo con un proceso doble de combatir y librarse de una identidad comúnmente estigmatizada, o de transformarla de estigmatizada en no estigmatizada, o sea, el proceso de cons- trucción de lo que es ser negro, consistiendo esto en el super esfuerzo de construir, formar, consolidar un grupo étnico negro, con el fin de fortalecer y poder enfrentar la discriminación racial y el racismo2. Las desigualdades raciales están fuertemente relacionadas con los indicadores sociales y económicos que se presentan en nuestra vida cotidiana, y que las personas naturalizan como una realidad. Este aspecto es obvio y se manifiesta a gritos para todos los que observan cualquier contexto urbano. El racismo y las desigualdades raciales son vistos como algo “natural”, forman parte del mito social y de la democracia racial; ir en contra de esa idea acarrearía costos elevados para quien lo intentara. El discurso del movimiento negro por tratar la denuncia del racismo genera problemas, pues el tema es incómodo, no está presente en la cabeza de las personas todo el tiempo. Se prefiere no tocar el asunto. El negro pobre no consigue percibir ni relacionar su condición racial con su condición socioeconómica. Si lo hiciera se le acusaría de estar practicando un racismo al revés, o que se estarían preocupando por problemas que aquí no existen. Hasenbalg apunta bien ese aspecto cuando afirma que ello puede suscitar varias formas de represión, entre ellas la represión física y la simbólica.
1 Rufino, 85. 2 Pinto,1993.
La etnicidad negra se explica por la historia de las relaciones raciales que en el Brasil se caracteriza por tener límites relativamente fluidos y un énfasis universalista: un país, una ley, un pueblo/raza, una religión sobre la ley y el Estado, la institucionalización de un grupo de mulatos y la presencia del catoli- cismo romano como religión predominante. El Brasil es una República Federal con poder central fuerte, que opera en un contexto de dogmas estrictamente universalistas, una historia de mezclas raciales, un sistema de clasificación racial no polarizado, una antigua tradición de intolerancia en relación a la diversidad étnica en la vida política, una aversión general a la etnicidad. En el Brasil heterofóbico, el derecho a la diversidad cultural es efectivamente negado. En ese contexto, en la década de los ochenta, se propone la creación de un Consejo formado por negros; en el aparato del Estado eso significaba reconocer el diferencial en la etnicidad negra y plantear la noción de que el negro en el Brasil era parte integral de la construcción de la imagen nacional y de la representación pública del “brasilerismo”. Los años setenta y ochenta presentaron ciertas condiciones que facilitaron el fortalecimiento de los movimientos. El movimiento negro tiene una historia larga en el Brasil y, con el correr del tiempo, ha habido cambios en su relación con el Estado, en sintonía con las diversas organizaciones y entidades surgidas en los últimos años.
Para entender esos cambios, es necesario reconocer que ellos ocurrieron tanto en la sociedad como en el Estado. Siempre es bueno rescatar que los negros partieron de la esclavitud y, a lo largo del siglo siempre tuvieron que, en mayor o menor grado, organizarse frente a la mentalidad esclavista de las oligarquías rurales, incorporada en la estructura citadina y en el tratamiento con las clases subalternas. Al negro le fue negado el derecho de organizarse, con el argumento perverso de que eso constituía una forma de racismo, un argumento sutil para la desarticulación de la identidad étnica.
La característica del movimiento negro, dentro de los movimientos sociales surgidos en la década del setenta, como el movimiento de los trabajadores que partieron de sindicatos oficiales y de entidades fuertes con poder de presión y de movilización, fue siempre luchar por su existencia y reconocimiento social. Lo que diferenció los años setenta de las décadas anteriores fue la idea de participación como una relación o asociación entre la sociedad y el Estado, cuyas formas de existencia podían variar de acuerdo con los grupos sociales y las experiencias en juego.
La visión de un Estado siempre dispuesto a desarrollar mecanismos de cooperación y control de los movimientos sociales ha vuelto casi imposible un análisis de los programas participativos surgidos en el inicio de la década de los ochenta, con la elección democrática de los gobernadores estaduales. Se trata de una visión que insiste en la cuestión cooperación/economía, llevando los análisis, por ejemplo el del movimiento negro, a identificar al Estado como incapaz de administrar políticas anti-discriminatorias, atribuyéndole el papel de mero desmovilizador de los movimientos.
El movimiento negro, desde el inicio del siglo, convivió con la soledad y el anonimato. En las páginas que siguen, procuramos, de manera sucinta, rescatar esa página de la historia.
ignorada; sin embargo, es esencial para la comprensión de cómo se formaron las relaciones de domi- nación en nuestro país.
Un aspecto a destacar es la presencia de estudiantes universitarios negros en la creación de los grupos del movimiento negro. La adquisición de un mejor nivel educacional por parte de la población negra no libró al joven negro universitario de continuar enfrentando situaciones de discriminación racial, creando más conflictos entre su posición social y la manera de tratarlo por parte de la sociedad. El estudiante universitario en general, incorpora una autoimagen de des-compromiso con una amplia libertad social de acción, diferente al estudiante negro, que continuaba siendo identificado a través de su marca racial. Al mismo tiempo, el cambio de nivel cultural lo aproximaba a una postura crítica, aumentando su percepción y conciencia de la necesidad de defender sus intereses en cuanto negro en ascenso.
¿Por qué el joven negro de clase media desarrolló una actuación política contestataria en los años setenta? La respuesta a esa indagación fue dada por diversos autores que, en síntesis, afirmaban: l conciencia de su exclusión económica y política, de cara a las desigualdades raciales en todos
los niveles de la fuerza de trabajo;
l sentimiento de frustración en la ascensión social o la admisión al status de clase media, lo que sería justo, por el grado de instrucción y las calificaciones profesionales3;
l sentimiento de la valorización de la cultura negra, redefinición del papel en la historia del negro en el Brasil y la autoafirmación de ser negro.