CHAPTER 4: RESEARCH METHODOLOGY
4.5. Initial site access and community entry
4.5.1. Description of study setting
conoce por haber vivido los hechos directa y personalmente», anota el funcio- nario.60 Histerismo, violencia y destrucción son los términos que mejor sinte-
tizan el motín del 29 octubre en la Modelo. Hubo, es cierto, reivindicación de la amnistía total y de COPEL por parte de una treintena de presos subidos a los tejados —poco concreta—,61 y se requirió la presencia de parlamentarios
catalanes que se presentaron para dialogar con los presos (Solé Barberà, Solé Sabarís y Rodolf Guerra), pero el grueso de las energías se dedicaron a ali- mentar una orgía de fuego y destrucción inédita hasta el momento en ese grado, y en la que probablemente se amparasen algunos para saldar cuentas pendientes o abusar de otros presos.62
Las comparaciones con el motín del 18 de julio en Carabanchel resultan inevitables. Si aquel respondía a una planificación rigurosa, pese a que des- pués se sumase un gran número de presos no involucrados inicialmente, éste fue fruto de la maceración de un malestar que se desencadenó de forma for- tuita. Si en aquel el objetivo principal era ocupar los tejados para visibilizar su situación y expresar demandas concretas, y la violencia se desencadenó tras el hostigamiento severo contra los amotinados durante días y en mayor grado por parte de la policía, en éste la destrucción inmediata de las galerías a cargo de los presos fue el mecanismo de verbalizar el rechazo a la institución. Y pese a sus diferencias, ambas acciones respondieron a una misma motivación polí- tica. La batalla de Carabanchel, siguiendo la clasificación propuesta por Tilly, se podría entender como un proceso de «negociaciones rotas» que derivó en «ataques dispersos».63 En Madrid la violencia consistió, en un inicio, en la
ocupación de los tejados que permitiese forzar, precisamente, una negociación con el Estado. Cuando la negociación resultó imposible por la negativa de una parte, y el cansancio y el asedio hizo mella en la unidad de los presos, muchos se dedicaron a destrozar cuanto pudieron («Aquel motín lo prepara- mos no más de treinta personas, pero cuando los demás vieron lo que pasaba
60 AFM: «Informe de la Jefatura de Servicios a la Dirección del Establecimiento», 29 de octubre de 1977. Fuentes Rodríguez, por cierto, moriría en 1986 en la misma prisión en el transcurso de una reyerta.
61 Entrevista a E. V., 8 de marzo de 2007.
62 Avui, 30 de octubre de 1977. Draper Miralles, R.: op. cit., p. 194. 63 Tilly, Ch.: op. cit., p. 219.
se sumaron en masa, muchos porque creían en ello, y otros por apuntarse al carro del desorden [...] fue como un estallido de rabia contenida, lo rompimos todo, quedó Carabanchel destrozada»).64 Aunque si se pudiera medir el grado
de violencia empleado por presos y policías, los segundos, ostentadores de medios infinitamente superiores —helicóptero, dinamita…—, superaron ampliamente a los primeros, como recuerda Tilly en esta descripción de cómo la violencia se desencadena incluso en regímenes democráticos y que parece haber sido escrita pensando en aquel motín:
Todos los regímenes conceden a determinados agentes (policía, ejército, caciques, bandas, sheriffs y demás) el poder de monitorizar, contener y, en ocasiones, reprimir las reivindicaciones colectivas. Algunos de dichos agentes son especialistas en la violencia y la mayor parte de los demás cuentan con tal tipo de especialistas a sus órdenes. Todos esos agentes tienen siempre a su dispo- sición alguna clase de medios de coerción colectiva, y siempre gozan de cierta discreción en relación con el uso que hacen de tales medios. En una secuencia que resulta habitual, los reivindicadores desafían a los agentes represores, ocu- pan instalaciones prohibidas, atacan de manera simbólica objetos cargados de significado o secuestran propiedades; después, los agentes responden con la fuerza. Dado que es frecuente que se den variantes de esa secuencia, cuando los agentes represores están próximos, son estos los que provocan de hecho la mayor parte de las muertes y heridos que se producen en la violencia pública.65
En cambio, en los incidentes de la Modelo el rasgo que con más fuerza destaca es el «oportunismo». Así califica Tilly la mayoría de actos de secues- tros, toma de rehenes, violaciones en grupo, saqueos e incendios, que las au- toridades suelen denominar «disturbios».66 En este motín se dan buena parte
de estos elementos, pero todavía se acentuarán más en otros que se producirán en un futuro no lejano en estas mismas galerías, alentados por la escasa capa- cidad de control de los funcionarios sobre una población reclusa escasamente coordinada, pero altamente resentida por su situación.
64 Entrevista a Manuel Martínez, 22 de enero de 2005. 65 Tilly, Ch.: op. cit., p. 198.
5.6. Medidas, ¡ya!
El ruinoso estado en que quedó la cárcel, sin luz eléctrica ni agua corriente, con muchas dependencias inservibles y enormes carencias materiales —más de 21 millones de pesetas en perdidas, la cuarta parte del motín de Cara- banchel, pero en sólo unas pocas horas— dan una idea del grado de viru- lencia alcanzado.67 La conveniencia de imponer un severo correctivo a los
participantes en el motín se evidenció más urgente, si cabe, que en ocasiones anteriores. Centenares de presos fueron trasladados semidesnudos, esposados y con esparadrapos en la boca durante los días siguientes, sin importar ni su condición de preventivos ni la distancia de Barcelona: 20 a Lleida, 62 a Soria (Draper entre ellos), 40 a Segovia, 40 a Teruel, 88 a Ocaña, 11 a Huesca (los ultras detenidos por el atentado contra la revista El Papus), 66 a El Dueso… Sus nombres figuraban en listas mecanografiadas que se colgaron en los árbo- les de la calle Entença la noche del 31 de octubre, ante la angustiosa mirada de familiares y abogados que esperaban, sin éxito, poder ver a los internos u obtener, al menos, una explicación sobre su destino, y que los llevó hasta la plaza Sant Jaume a entrevistarse con el president Tarradellas.68
E. T. M., de 21 años, que cumplía una condena de 6 años y un día por robo (reducida gracias al indulto del 14 de marzo) fue uno de tantos.69 El 1 de
noviembre «Ingresa [en Ocaña] por razones regimentales procedente del C. P. de Barcelona». Hasta la prisión toledana llegarán las sanciones impuestas por la Junta de Régimen y Administración de Barcelona: 2 sanciones de 24 días cada una —al ser reincidente, la sanción máxima permitida de 16 días se in- crementaba un 50%—, por dos faltas muy graves (realizar actos tumultuosos e inutilizar intencionadamente material del establecimiento), a la que se su- mará todavía una tercera de la misma gravedad por exteriorización de índole subversiva (declararse en huelga de hambre). En total 72 días de celdas de
67 AFM: «Certificado de G. C. M. Inspector de los Servicios de Medios II de la DGIP», 23 de