donde manda el más fuerte, no hará más que acentuar- se en los próximos años si el gobierno mundial de siste- mas rotos como el alimentario, no se fortalece a través de reglas claras y aplicadas.
La Cooperación al Desarrollo, tal y como la concebimos los que creemos en ella como estrategia de lucha contra la pobreza, debe responder a estos retos aunque se encuentra superada por los mismos. Los resultados del Foro de Alto Nivel de Busan no hacen más que confirmar esto. La Ayuda puede catalizar y contribuir, pero se requiere de una Alianza Global para el Desarrollo cuya conformación está en el aire y cuya viabilidad es más que dudosa, dados los escasos avances en estructuras de gobernanza mundial que aborden de manera efectiva los desafíos que enfrentamos.
Actualmente confluyen diversos factores que limitan el impacto de la Cooperación, precisamente cuando esta alcanzó recientemente su techo en volumen de fondos. El primero es la tendencia a la baja en recursos especialmente de donantes europeos clásicos. Una caída que no es com- pensada por los “donantes emergentes” categoría en la que se engloban realidades tan diferentes como la de los fondos árabes, la interesada cooperación china o la cooperación sur-sur entre países de América Latina.
Esta caída se produce cuando la brecha humanitaria se ensancha y las perspectivas para enfrentar las crisis cróni- cas, recurrentes y agudas, con recursos menguantes y más orientados a intereses estratégicos, se vuelven inciertas. La Cooperación es más compleja, se abre a nuevos países, fun- daciones, otros actores y de forma muy especial al sector privado. De las empresas en la Cooperación se esperan tan- tas cosas y tan diversas que más bien parecieran un poten- cial maná que un agente que lo primero que debe demostrar, especialmente al nivel multinacional, es su responsabilidad integral, incluyendo la fiscal como la “prueba del algodón”.
Una nueva oleada de fatiga de la ayuda se cierne sobre la Cooperación, criticada con dureza desde ciertos espacios como justificación para los recortes en la misma, aunque el cuestionamiento tenga una base científica más que dudo- sa. De hecho hay más éxitos demostrables que fracasos. La fatiga y el escepticismo están siendo contestadas desde buena parte de los actores de la ayuda con un renovado es- fuerzo por orientarse a resultados y probar impactos ante exigencias duras y directas asociadas con el “valor del dine- ro” invertido en cooperación.
3. CONTEXTO NACIONAL
En España se reproducen elementos ya mencionados con el añadido de la virulencia de la crisis y de contar con un
gobierno que, salvo por parte de los responsables directos de la Cooperación, considera esta como un fastidio prescin- dible, y esto en el mejor de los casos.
Las ONGD nos encontramos en un momento especial- mente complejo. Muchas de las de tamaño mediano o pe- queño están en situaciones financieras límite. Las de mayor tamaño resistimos, a pesar de sufrir también la merma de recursos, a base de optar a financiación internacional y mantener la apuesta por la captación de recursos privados, cada vez más amenazada por la caída del poder adquisitivo de las familias.
Este es el hecho más influyente en nuestra situación y en la de cualquiera en la España de hoy. La crisis, y ahora el debate soberanista, copan el debate político en España. No hay espacio para nada más. Los asuntos internaciona- les, especialmente aquéllos relativos a temas como la lucha contra la pobreza y a regiones alejadas de aquéllas que in- fluyen en nuestra crisis, no existen en la agenda de medios, políticos y gobierno, tampoco de la sociedad. Apenas en las redes sociales se mantiene el foco y el interés en una visión más amplia del mundo. El localismo es atroz y en sectores cada vez más amplios de la sociedad cunde el miedo y la in- seguridad, exitosamente sembrados desde el gobierno y el poder económico, el mejor caldo de cultivo para una mirada corta ceñida a los intereses propios.
Por otro lado, recientes encuestas muestran que las ONG seguimos contando con una valoración positiva (5º actor me- jor valorado sobre 37), aunque tal vez habría que desagregar este dato, precisamente entre ONG de acción social en España y aquéllas que solo nos dedicamos al desarrollo y la acción humanitaria. Intuyo que habría diferencias. El apoyo general a la Ayuda al Desarrollo, aunque ha descendido levemente, se mantiene en niveles elevados. Aunque como siempre nos dice nuestro Ministro de Asuntos Exteriores y ¿Cooperación?, hay que poner enfrente la cooperación o los centros de salud en España. A ver qué contesta la gente. Y…¿por qué no po- nemos Sr. Ministro, en un lado la cooperación con países del Sahel y la sanidad universal en España y en otro el rescate bancario, las indemnizaciones a sus directivos, el fraude fiscal no perseguido o el gasto en armamento mantenido? Le ase- guro que en la respuesta barremos.
Hecho el desahogo, considero que es evidente y lógico que haya una mayor preocupación social por la creciente pobreza y riesgo de exclusión social en España y que esto, si no lo sabemos manejar e integrar, vaya en detrimento del compromiso con la pobreza extrema fuera de nuestras fronteras.
En el terreno más concreto de la Cooperación Española, creo que los principales factores de contexto y por lo tanto desafíos se pueden resumir en tres:
2015 y más
• La caída drástica de los recursos que deja la Cooperación en la frontera de la irrelevancia, ese momento en el cual los debates políticos o técnicos, sobre instrumentos, países, sectores y estrategias, esos que nos encantan en el sector, dejan de tener sentido. ¿Para qué? Es cier- to que hay “bolsas” de subejecución en organismos e instituciones varias. Sin embargo este hecho, además de no suponer nuevas iniciativas, mantendrá cierta ca- pacidad durante un año más, a lo sumo.
• La tendencia a una mayor concentración y selectividad, tras una etapa de presencia en todas las iniciativas del mundo, puede pasarse de frenada. Hay países donde es razonable transitar hacia otro tipo de cooperación como la triangular, sin necesidad de tener presencia. Sin em- bargo hay países e iniciativas regionales, por ejemplo en África, donde se ha hecho una inversión importante y que es una tragedia desmantelar ahora. Este ejemplo es extrapolable al resto de la Cooperación Española la cual, como conjunto, cuenta con capacidades notables, sobre todo humanas, que se están viendo arrojadas fue- ra del sistema de forma abrupta. No recuperaremos ese capital humano así no más.
• Finalmente cabe mencionar el renovado interés de los gestores de la Cooperación Española por aprovechar los menores recursos, la caldera “enfriada”, para com- pletar reformas inacabadas y enfrentar algunos retos históricos que inciden en la calidad de la cooperación, así como apostar por la innovación en determinadas formas de intervención. Considero que esto es un punto de partida positivo que, de nuevo, puede verse arrojado a la irrelevancia si los recursos se van al suelo. Innovar con el aire es tarea de científicos no de cooperantes. Dicho esto, es innegable que hay mejoras importantes a abordar en evaluación, comunicación, alianzas entre actores y la siempre olvidada coherencia de políticas. Este último punto amerita una reflexión final. De nuevo estamos ante el riesgo de lo que he llamado alguna vez la “coherencia inversa” o sea poner la cooperación al servi- cio, coherente, de una política exterior movida por intereses alejados de la lucha contra la pobreza y la búsqueda de un desarrollo humano sostenible. El debate y la promoción de la “Marca España” ilustran bien este hecho. Los atributos de esta marca parecen ceñirse a los estrictamente económicos y comerciales con un único actor relevante: la empresa y su competitividad exterior, apoyada desde el Estado. A este atributo central se le suman los aspectos culturales y turís- ticos de toda la vida, apenas renovados del clásico “sol y tapas”, y de lengua, en este caso sí con algunas apuestas más innovadoras. Los cientos de miles de cualificados es- pañoles que están emigrando apenas encuentran acomodo
en esa “marca” que aún aparece con el clasicismo de país de recepción.
La primera pregunta no es dónde queda la Cooperación. Hay una pregunta previa y es qué rol quiere jugar España en la política global, en los retos que definirán el mundo de las próximas décadas. Ahogados en el debate sobre la crisis y con la falsa idea de que la relación con países como los de América Latina, puede ceñirse a lo estrictamente económi- co, no da la sensación de que España tenga un proyecto po- lítico en su acción exterior en el que se identifiquen aquéllos desafíos a los que quiere contribuir, sus señas de identidad renovadas y cómo aprovechar capacidades que exceden las de sus empresas.
Escaso espacio queda en este contexto para la Cooperación. El Ministro ¿de Cooperación? tardó casi un año en visitar la AECID. Sin embargo y por más que le pese al Sr. Ministro, la Cooperación Española ya es parte, y sus- tancial, de la Marca España. Es posible que no encaje en sus planes, que le gustaría hacer desaparecer ese atributo, pero no le será fácil. Mucho antes de que las empresas em- pezaran a desembarcar en América Latina, y ahora en otras regiones, la cooperación ya había llegado. Organizaciones religiosas y laicas, personas heroicas –sí, soy consciente del término– se abrían paso, llegaban a las fronteras y volcaban su solidaridad y capacidades con organizaciones locales y con la gente más empobrecida. Hay lugares del mundo don- de lo que se conoce de España, además del Barça y el Real Madrid, es la Cooperación. Se trata además de un atributo pleno de valores y de conocimiento, que ha servido a otros países, véase los nórdicos, para encontrar espacios de in- fluencia positiva muy por encima de su tamaño.