Víctor tiene diecinueve años. Es un joven endeble con una manera de caminar muy particular, un paso robótico. Se mantiene muy derecho, con la frente inclinada y la cabeza ligeramente reclinada sobre un lado. Camina de manera entrecortado, plegando muy poco las rodillas y tendiendo las piernas hacia adelante con un esbozo de deslizamiento de los bordes de los pies, que casi no despega del piso.
Cuando habla, mira casi siempre de soslayo a su interlocutor, aunque la mayor parte del tiempo no lo mira en absoluto. Su historia patológica comienza en la infancia, hacia los diez años. Su familia residía desde hacía varios años en el extranjero, donde el padre dirigía una fábrica. Vivían separados de la población local, y eran protegidos por guardias que acompañaban al joven Victor y a su hermana a la escuela.
Victor, totalmente aislado de sus compañeros de clase y casi mudo en la casa, se manifiesta mediante crisis de violencia elástica dirigida contra los objetos de su habitación. Un rechazo obstinado a seguir yendo a la escuela acarrea la decisión del retorno de la familia a Francia, donde él retoma la escolaridad.
Sus estudios secundarios se realizan con bastantes buenos resultados, que contrastan con su aislamiento persistente. Victor no tuvo compañeros, hablaba poco en su casa, y menos aún en el colegio.
En varias oportunidades hicieron consultas con psiquiatras. Sus padres se oponen a que tome medicamentos. Alrededor de los catorce años y otra vez hacia los dieciocho, se queja de ser objeto de burlas de sus compañeros del colegio. Repite el último año, e interrumpe en varias ocasiones su escolaridad por su negativa a ir a clase. Las ideas de persecución referidas a sus compañeros no parecen estar organizadas en un delirio sistematizado: él piensa que todos se ríen de él.
Entonces, empieza un tratamiento de breve duración con un terapeuta conductista que intenta reeducar las dificultades en el caminar. Después comienza una terapia familiar que reúne a Víctor, sus padres y su hermana mayor. Los sentimientos de persecución de Victor se esfuman, y la paranoia de su padre ocupa el centro de la escena en las sesiones. Victor, quien toma cada vez más seguido la palabra para participar en las críticas hacia el comportamiento de su padre, es enviado a un psicoanalista. Espera de las entrevistas una sedación de sus dificultades de relación. Explica, en efecto, que tiende demasiado a pensar que sus compañeros se burlan, «cuando quizá se trata de simples bromas».
Durante las primeras entrevistas se dedicará a hacer una reseña mecánica de sus actividades de los días precedentes, señalando los buenos resultados escolares, y su preocupación cuando sus notas son malas. Insiste en sus hazañas relacionases. Quiere mostrar los progresos de su capacidad de hacer intercambios con el prójimo: comidas en común en el restaurante universitario, intercambio de bromas, exposiciones orales en el anfiteatro, trabajo compartido con un compañero. Intenta hacerse amigos. Se trata siempre de compañeros de su mismo sexo. Victor no habla con las chicas y nunca menciona su existencia. La computadora ocupa todo su tiempo libre. Es un equipo adecuado para evitarle utilizar la palabra. Internet le permite enviar al otro extremo del mundo mensajes, de los que solo le apasiona la comunicación. Aparentemente, el contenido le resulta más bien indiferente.
Habla muy poco de sus sentimientos, salvo de su rabia hacia su padre, que «se arrastra en la casa en lugar de buscar un trabajo, que molesta a todo el mundo con su persecución, que es insoportable». El padre, efectivamente, renunció al trabajo por un conflicto con la dirección general de su empresa durante el cual parece haberse mostrado tan inflexible que hizo inevitable la ruptura; y desde entonces se declara perseguido y vigilado, incluso amenazado por polizontes de esa empresa. Victor se jacta de cantarle las cuarenta y de apoyar a su madre cuando la pareja se pelea. «Es un vago.» La desocupación del padre y sus reacciones depresivas transformaron el equilibrio de la familia, lo hicieron caer de su posición de tirano familiar. (PÁG. 119)
Victor queda muy impresionado por una crisis durante las vacaciones en el campo: creyendo que la casa estaba cercada y la familia en peligro, el padre trata de prohibirles salir de la casa durante varios días. «La persecución es la enfermedad de la familia, pero yo intento corregirme.»
Durante varias semanas, Victor se pone furioso en la comida en el restaurante universitario: no acepta las bromas de sus compañeros y revolea algunos objetos.
Una queja -le duelen las piernas después de un largo paseo en familia- me permitirá indagar sobre sus dificultades para caminar. Él me tranquiliza: su terapeuta (conductista) lo había ayudado mucho dándole ejercicios: «dar
vueltas al hospital obligándose a plegar las rodillas». Antes caminaba con «las piernas completamente derechas». De hecho, ahora las pliega muy ligeramente.
Había empezado a comportarse así alrededor de los catorce años. Luego de algunos meses su andar se había aligerado, pero en el último año del liceo, nuevamente se había «endurecido mucho». Como le hice notar que esta dificultad para caminar había aparecido en un momento en que él andaba mal, convino: «Era cuando me perseguían».
Comenzará la sesión siguiente declarando: «Yo caminaba así porque tenía miedo de que me traten de maricón». No dirá nada más en ese sentido, salvo que la idea se le había ocurrido a él, sin que nadie lo hubiera insultado así. «Estoy muy atento cuando camino, pienso en eso todo el tiempo.» Mencionará de nuevo este caminar durante las sesiones siguientes, y entrará al consultorio con un paso cada vez más suelto, y pronto casi normal, que conserva sin embargo cierta rigidez del tronco.
Ese andar de autómata apareció en Victor a la edad en que la pubertad transforma el cuerpo, podría suponerse que como respuesta a las excitaciones sexuales. En lugar de una significación fálica -que la ausencia de anudamiento edípico de su psicosis infantil, PO, no permitía-, la rigidez del cuerpo habría intentado poner límite a la disgregación de lo imaginario, al agujero Φ0.
Victor lucha contra el empuje a la mujer. Teme que se lo tome por un homosexual. Para oponerse a la feminización se yergue con una erección de todo el cuerpo, sostenida por una atención agotadora.
Que haya bastado que Victor pudiera decir algunas palabras sobre esta feminización para que cediera de forma duradera esta dolorosa mostración fálica no significa que aquí la significación obstaculice la invasión de goce, sino más bien que es posible actualmente una estabilización provisoria. Y es que el padre, hasta entonces demasiado presente y demasiado absoluto, fue destituido de su autoridad por la desocupación y la evidencia de su delirio, lo que le permite a Victor ocupar el lugar de único individuo cuya mente es racional, y de este modo beneficiar a su familia con sus consejos de lógico, que lo ubican así más cerca de su ideal de especialista en informática -situación favorecida por los estudios que sigue en esta especialidad. Puede entonces renunciar a la contractura voluntaria de sus músculos y a su andar «viril» sin sentirse acosado por invasiones de goce deslocalizado.