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6.2 ViFuR-A

6.2.4 Replica establishment

Eva tiene once años y es esquizofrénica desde siempre; habita un real donde no pudieron inscribirse las marcas temporales, ni la escritura, ni el cálculo, tampoco el valor del dinero. Para ella diez monedas de un franco valdrán siempre más que una de veinte; haber tomado una vez su medicamento a la mañana en la casa no le impedirá volver a tomarlo en Courtil160, porque, una

vez más, una vez no son dos sino una sola por vez.

El tema favorito de Eva es su familia. Puede hablar de ella durante mucho tiempo y de manera muy coherente. Señalemos que para Eva su internación en Courtil es una exclusión de la familia; hace notar que ella es la única que no duerme en su casa.

Eva tiene de alguna manera dos facetas que cohabitan. Es una chiquilla encantadora, extremadamente amable, que se pega del brazo y ofrece caramelos. Consuela a sus amigas, las mima y las defiende si hace falta. Pero, en un instante, se vuelve injuriosa, golpea y agrede al otro, grande o chico, en un desencadenamiento que hace pensar que solo se detendrá con la destrucción. Una única certeza cuenta en ese momento: el otro la molestó, injurió o golpeó; y cualquier cosa que se le diga es aún peor, porque entonces ella es de nuevo

159 M. Zerghem, «La práctica entre varios», en Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, Buenos Aires,

Paidós, 1999.

injustamente agredida. Hasta ahora el desencadenamiento de golpes parece no tener ningún tope.

¿Cuándo surgen los golpes? Cuando se siente excluida de la relación con otros chicos, y piensa que se habla de ella, cuando un chico toma un objeto que ella ansía, cuando un recién llegado toma un lugar nuevo en el grupo, cuando un chico que está con ella se hace agredir o se ocupa de otra cosa y la deja de lado, cuando se siente injuriada, a veces sin razón aparente, de manera alucinatoria. Luego, todo lo que irrumpe entre ella y el otro, persona u objeto, a quien ella está imaginariamente enganchada, provoca una tensión agresiva que puede llegar hasta la destrucción del intruso, que puede ser el mismo chico al que estaba enganchada si este rompió el enganche.

Nuestra hipótesis es que los golpes son la realización de la figura paterna del goce, la de las patadas en el c... Para hacer un padre edípico, que introduce en la ley y en el deseo, se necesitan dos figuras paternas: el padre del goce y el padre que prohíbe. En el caso de Eva funciona solamente el padre gozador. Cuando el eje imaginario que la sostiene se rompe, allí donde el padre prohibidor debería ordenar el mundo sosteniendo la ley, solo está el padre feroz, que surge en su desencadenamiento sin límites. No se trata de una identificación con el padre sino de un retorno de la ferocidad del padre en lo real. Ningún llamado a la ley tiene alcance en esos momentos, ni la prohibición, el castigo o el director de la institución detienen el proceso; muy por el contrario, lo sostienen y refuerzan. En su última visita al director, que debió reprenderla seriamente, Eva dijo a quien la acompañaba durante la reprimenda: «¡Está loco este!». Esta posición eminentemente irónica indica muy bien que el Otro no existe, ella denuncia el semblante; ella no se enfrenta más que con un Otro loco, descarriado, un Otro real, el del Goce.

¿Qué es entonces lo que puede taponar esto? Algunas mujeres del equipo investidas por Eva pueden limitar las irrupciones de golpes, aunque no siempre lo consiguen. Es un verdadero enganche físico, un amarre con el cuerpo del Otro. Eva se lanza a los brazos, se hace abrazar y mimar. Afuera camina al lado de la acompañante apoyándose en su brazo, a veces hace que se cae para que la levanten. Pide que la vistan y le laven la cabeza en el baño. Es encantadora y coopera. Ahora Eva se sostiene de una figura materna, y este enganche la envuelve, la soporta, la constituye. Entonces puede pasar noches sosegadas, desprenderse del apoyo imaginario que encontraba en otros y evitar lo insoportable que la precipitaría a golpear. Pero aunque se lograra optimizar este enganche y su consiguiente apaciguamiento, ¿podría generalizarse a otros tiempos y otros lugares? ¿Se puede esperar hacer suplencia de esta muleta imaginaria de la que Eva se sirve actualmente para vestir su cuerpo y sostenerlo? Y parece sin embargo que la única arma posible contra la ferocidad del padre es un desencadenamiento de dulzura. Pág. 162

El lugar que Eva pide que ocupe la acompañante es justamente ese que la ayudará a constituirse en tanto ser vestida, paliativo contra el cuerpo despedazado. De este modo, obstaculizará el surgimiento del goce desenfrenado, lo que le permitirá a Eva constituirse un nuevo lugar en el mundo, que ya no sea el del ser de desecho, que recibe siempre los golpes de otros, la excluida de la familia o del grupo, objeto desecho del Otro.

Lo que se relató hasta aquí es una posición transferencial que puede ser ocupada por varios acompañantes del equipo.

Abordemos ahora la especificidad de la transferencia que Eva monta con una acompañante de la institución, a quien llamaremos K, y las condiciones que presidieron esta instalación.

Primer tiempo. Una noche agitada en el grupo K decide poner orden enérgicamente y castiga a un niño y después a otro, pero de ninguna manera a Eva. Cada vez que Eva se siente tocada, K le responde que a ella no la regaña. K la deja en estado de crisis tirada en el piso, llorando y pateando el suelo. K vuelve enseguida a su lado preocupada por su estado. Eva llora a lágrima viva explicando que en su casa también tiene crisis, que los demás la fastidian, pero es ella la que cobra.

Segundo tiempo. Después de haberles asestado varios golpes violentos a varias personas, Eva es enviada con el director para que la devuelvan a su casa. K la encuentra en la recepción para acompañarla entonces se pone a llorar en sus brazos disculpándose.

Tercer tiempo. Durante una salida, Eva pasa todo el tiempo en brazos de K, y a veces se cae al suelo argumentando dolores en el pie. K la levanta cada vez asegurándole que no dejará que se caiga.

Cuarto tiempo. Eva pide que K sea su «garante» y escribe una carta a la dirección de la reunión, que aprobará después su pedido.

Quinto tiempo. Ahora, cada vez que se encuentra con K, Eva le dice «Eres mi garante», le habla de eso a los demás y lo tiene muy en cuenta. Cuando un chico maltrata a K, ella advierte: «M garante no se toca». Pronuncia un enunciado todavía más sorprendente cuando un día le dice a un tercero señalando a K: «Yo soy su garante». Este enunciado primero puede considerarse transitivista pero retroactivamente habría que ver si no es más un intento de nominación de su posición en referencia al Otro. Este lugar de garante que no asigna al otro directamente una identificación tal vez permita la apertura suficiente sobre una «x» que podría entonces intentar nombrarse, circunscribirse en una construcción identificatoria que vestiría el objeto y obstaculizaría el goce ya no puntualmente en presencia del Otro, sino que podría inscribirse y funcionar por fuera de esta presencia. Si, pese a la falta de inscripción simbólica tan patente en esta niña, se inscribió la función de garante que ella reclamó, quizá como contrapartida pueda construirse y operar

como suplencia -y ya no como muleta imaginaria- una identificación, en lugar de lo simbólico.

Decir que no al goce no significa aquí gritar más fuerte que el superyó (figura del goce paterno), sino proteger, atender, vestir, levantar murallas de amabilidad contra esta ferocidad.