Los dos casos examinados desde el punto de vista de la dinámica transferencias nos indican que el analista pudo jugar su partida sin despertar el goce del Otro pero manteniendo precisamente fuera de sus significaciones devastadoras un objeto que supo acoger.
Con el señor D., por ejemplo, el analista evita encarnar el partenaire que tendría el ser de saber, apto para hacer consistir el saber absoluto del amo hegeliano, figura emblemática del superyó del psicótico. Por el contrario, el hecho de acoger la voz de su paciente, tal como la ofrece, o sea, en casetes y sin decir nada al respecto, nos parece que pudo mantener fuera de todo significante una parte de ser en la que el sujeto puede apoyarse para evitar la solución del empuje a la mujer. Nos parece que es el analista quien se encarga de esta función, por ser el lugar donde un goce a la deriva puede sobrevivir a la exhortación del «todo produce sentido». De una manera bastante similar, la transferencia se anuda en la Sra. A. alrededor de este chico que ella lleva como síntoma y que el analista recibe. Pero, contrariamente a lo que esta madre esperaba, lo deja plantado; es decir que no lo vuelve ni un ser de verdad ni un ser de saber para la madre. Sin embargo lo recibe, y la cosa se renueva porque en muchas oportunidades, en momentos cruciales, la Sra. A. necesitó que su hijo la acompañara. Haciéndose lugar de recepción de este objeto, fuera de la exhortación superyoica donde todo debe producir sentido, allí también el analista es llevado a representar el lugar de un goce a la deriva. De este modo se hace cargo de la posición femenina y así puede servir e síntoma para el sujeto analizante. Nuestras investigaciones se localizaron en un punto esencial. Se trata de la cuestión planteada por el famoso goce a la deriva que tomamos del seminario «La lógica del fantasma». Recordemos que para Lacan ese punto de goce a la deriva de la metáfora del goce del amo permite al esclavo soportar su posición porque ella hace sostenible para él una posición de sujeto lejos de su cuerpo en tanto que es metáfora del goce del Otro. Este goce a la deriva hace pensar en esta parte de goce que excede el goce fálico, es decir, en el goce femenino. La lógica de la experiencia clínica nos conduce bastante naturalmente a pensar que esta parte de goce que escapa al ideal del todo fálico puede en ciertos casos funcionar como un límite y entre otras cosas ofrecer un refugio al ser del sujeto, que no tiene que ofrecer argumento a la función fálica. El sujeto pone el cuerpo lejos del goce del Otro -aunque solo haya goce del cuerpo, como Lacan señala en las últimas lecciones de «La lógica del fantasma». «El sujeto desgarra el cuerpo del goce», dice Lacan el 30 de mayo de 1967. Cuando Lacan evoca esta posición del sujeto en relación con su cuerpo y con su goce, recurre a la metáfora hegeliana del amo y el esclavo.
Para Lacan, el esclavo aliena su cuerpo en el cuerpo del amo, es decir, del Otro, en tanto su cuerpo sirve de metáfora de goce para el amo. Pero no todo su
cuerpo entra en esta metáfora, hay algo que queda al margen. Y ese algo le permite al esclavo, como sujeto, no confundirse con la posición de objeto de su cuerpo, que metaforiza el goce del amo. En tanto sujeto, el esclavo goza, pero al margen de la alienación; hay para él un goce «a la deriva»168 y es el de un
objeto que escapa al cuerpo del Otro. Por eso está fuera del cuerpo.
(GRÁFICO DE PÁG. 188)
El goce del esclavo no es hacerse el objeto del goce del amo, el goce del esclavo está a la deriva, y es lo que lo salva de la prisión en el fantasma del amo hegeliano.
Sin duda podría examinarse la estructura de la relación del sujeto psicótico con el Otro con el modelo de las relaciones del esclavo totalmente dependiente del amo hegeliano169, sin posibilidad de goce a la deriva, un esclavo, pues,
cuyo goce se igualaría al goce del Otro que haría estragos en su cuerpo.
Así entonces llegamos a la conclusión de que el analista síntoma cumple su función alojando el goce a la deriva y de este modo asegura una función no
todo. Es innegable que en la clínica que examinamos esta función constituye
un límite. Ahora desarrollaremos ese punto.
Esto nos llevó a una lectura minuciosa de las fórmulas de la sexuación. Estas fórmulas aparecen por primera vez en 1971, se aclaran en 1972 en el seminario «... o peor», se desarrollan en Aun; además, se encuentra un comentario muy preciso referido al famoso no todo en «El atolondradicho». Finalmente, en
168 4. Íd., «El seminario, libro 14, La lógica del fantasma», clase del 17/06/1967: «Gozo de tu cuerpo, es decir,
tu cuerpo se convierte en la metáfora de mi goce. Hegel, de todos modos, no olvida que es solo una metáfora del esclavo y resulta que para él, como para lo que interrogo en el acto sexual, hay otro goce, que está a la deriva».
169 5. Deben leerse meticulosamente los matemas de los discursos. El discurso del amo provee por cierto la
matriz del inconsciente. Significa que el sujeto es irreductible al significante -que hay, pues, un agujero originario en el saber. Pero no basta concluir de ello que lo que es como objeto es lo que escapa a la representación significante y lo hace deseante, porque esta conclusión, al menos en su primera parte, vale también en lingüística, donde el sabio conoce el fracaso estructural de la representación. Podríamos entonces plantear un equivalencia entre el $, el S1 que lo representa y el objeto a rebelde a la representación, que es lo que comprendió perfectamente el capitalista. En todo caso, saca de ello una consecuencia precisa al identificar la plusvalía con el tipo de objeto que le falta: remitirse al matema del discurso capitalista. $/ S1→ S2/a (Lacan, Milán, 12/05/1972). Este discurso es una versión del amo y del esclavo. Si se reemplaza al esclavo por el proletario, se comprende un poco el juego. Lacan nos explica, en efecto, que el capitalista priva al proletario de todo objeto. Por eso el proletario prefigura la salida del capitalismo a la que Marx apostó. El proletario es un elemento a la vez incluido y excluido del capitalismo: es un síntoma social. El psicoanálisis inscribe el síntoma en lo particular, y objeta la confusión entre plusvalía y plus de goce -este goce cuya deriva está tan enmascarada que el sujeto la confunde justamente con la plusvalía o que piensa que está desposeído por el Otro (el capitalismo, por ejemplo). Lacan también parece apuntar a esta no confusión en lo que califica de «salida del capitalismo»: esta vez debido al consentimiento del sujeto en cuanto descubre que el goce que prestaba al Otro (que suponía sustraído por el Otro) era su goce neurótico. A decir verdad, el final de análisis revelaría desde ese punto de vista la estructura: «$/ S1→ S2/a | Goce a la deriva». No hay sujeto sin significante. Pero si hay significante, entonces el sujeto se reduce a término a este goce irreductible que debe al hecho de llevar el significante en lo real (identificación con el síntoma). Inscribir un sujeto en un discurso -aquí sujeto psicótico en tanto fuera de discurso- implica dividirlo como hablante de este objeto que da testimonio de su irreductibilidad al saber del Otro.
«Televisión» encontramos observaciones precisas sobre la posición femenina en relación con la locura y el no todo.
De la lectura de esos textos resulta que esas fórmulas de la sexuación no deben manejarse como herramientas matemáticas, porque Lacan introduce de nuevo cuantificadores que la matemática no conoce. Entonces es en vano tratar de orientarse en la lógica matemática. Por otra parte, Lacan juega muy a menudo con el equívoco y los enunciados, por eso, se entrechocan.
Sea lo que fuere, hay cierto número de enunciados que apuntan a describir el primer cuantor de la sexualidad femenina como no hay x que diga no a la
función fálica, es decir, no hay La Mujer. Pero este enunciado es también
correlativo al no todo, es decir, en el segundo cuantor, porque para Lacan decir que no hay La Mujer y decir que la mujer es no toda es lo mismo. Los dos cuantores están unidos, y recién en «El atolondradicho» Lacan considera que puedan funcionar de manera separada, pero entonces se trata muy explícitamente de designar así el empuje a la mujer en la psicosis.
El sujeto, en la mitad donde se determina a partir de los cuantores negados, porque nada existente hace límite de la función, nada puede asegurarse de un universo. Así al fundarse con esta mitad, «ellas» notorias son, y en consecuencia y por ello mismo, ninguna tampoco es toda. Podría aquí, con desarrollar la inscripción, que hice mediante una función hiperbólico, de la psicosis de Schreber, demostrar en ella lo que él tiene de sardónico el efecto empuje-a-la-mujer que se especifica en el primer cuantor170. (PÁG. 190)
Esto demuestra claramente que en la psicosis hay forclusión de la excepción y que, por eso, si la función fálica privada de su excepción quisiera decir todo, no querría decir ya nada en absoluto. El primer cuantor solo describe entonces el empuje a la mujer. Un enunciado de ese tipo es el que encontramos en «Televisión» cuando Lacan dice a propósito de las mujeres que «lo universal de lo que ellas desean es la locura- todas las mujeres son locas, dicen. Incluso por eso no son todas, es decir, del todo locas». La frase es equívoca. ¿Las mujeres están locas por ser no todas o estarían locas si fueran todas? Parece que el final de la frase no es equívoco- ellas son no todas, luego, en absoluto locas. Se puede deducir que la locura femenina sería la inclinación al universal fálico que en ellas, a falta de excepción, no tiene límites y que el no todo vendría, pues, como límite difícilmente pensable, por cierto, desde un punto de vista matemático pero más bien eficaz para sostenerse en la vida cuando se está inscripto de ese lado como ser hablante.
Ese no todo debe considerarse en su relación con el Otro, según subraya Lacan en su seminario «La angustia». A diferencia del amo hegeliano, que es ante todo una conciencia, una pura conciencia de sí, el Otro de la teoría
lacaniana es inconsciente, no sabe. No sabe que el esclavo representa el objeto de su deseo y es lo que hace sostenible la posición del esclavo. No todo de la realidad de este objeto es comprensible para el Otro, que es el lugar donde se aliena el saber del objeto; es lo que vuelve soportable la alienación. «Debido al inconsciente podemos ser ese objeto.171»
Ahora bien, podemos decir que lo que caraetcriza al Otro del psicótico es que no es inconsciente sino más bien omnisciente. La maniobra del analista en la transferencia debe oponerse a esta instancia y apuntar a disponer el espacio del «no sabe en absoluto172».
Esta idea de manejar el no todo para oponerse a los estragos del superyó psicótico está implícitamente en el centro de la tesis que desarrolla Lacan en su seminario «El sinthome» a propósito del analista sinthome. Allí enuncia que «el psicoanalista solo puede concebirse como un sinthome». Agrega que hay que concebirlo, a fin de cuentas, «como una ayuda de la que se puede decir, en los términos del Génesis, que es en resumen una inversión»173. Lacan responde allí
a una pregunta que aludía a una nueva traducción del Génesis que enuncia que «Dios le creó al hombre una ayuda contra él». ¿Entonces qué se trata de oponer sino la consistencia del Otro? Evidentemente, el sujeto se inclina a subjetivar ese punto no solo para garantizar la consistencia del Otro, sino también valerse de sus significantes para intentar reducir allí su ser. Por eso Lacan acerca en este punto La mujer, Dios... y el Otro del Otro. El analista
sinthome opera una inversión cuando propone el no todo en el lugar del Otro
del Otro, «ya que además el Otro del Otro es lo que acabo de definir como ese agujerito. La hipótesis del inconsciente se apoya, justamente, en que ese agujerito solo pueda brindar una ayuda»174.
LA CONVENCIÓN