Cuando es hospitalizada por primera vez, a los veintiocho años, Sylvie ya tiene un largo pasado de intentos de suicidio y marcas en su cuerpo.
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Estos trastornos aparecieron cuando ella tenía quince años y persisten por períodos cercanos: Sylvie se escarifica la cara y los antebrazos con hojas de afeitar. A veces consume grandes cantidades de pastillas. No tiene nada para decir sobre eso, no sabe por qué lo hace. Sylvie no puede pensar nada sobre ese tema, solo puede ofrecer algunas precisiones sobre las circunstancias de desencadenamiento de los primeros pasajes al acto: Sylvie acababa de reprobar el diploma de bachillerato especializado y un muchacho de su clase se burlaba de ella y repetía que ella era nula. «Se había vuelto insoportable».
Sin embargo, Sylvie continúa sus estudios y obtiene una licenciatura en la Universidad. En ese momento sobreviene la primera hospitalización, debida a la violencia de los pasajes al acto y los riesgos que corre.
En el servicio, al cabo de algunos meses se reproducen las mismas secuencias: cuando pasa al lado de un grupo de personas, si estas se ríen, es porque se burlan de ella. Y esta certeza desencadena la misma respuesta: marcas en las mejillas hechas con una afeitadora, frente al espejo, que le dibujan, con trazos oblicuos, una suerte de máscara -siempre la misma. Lo hace «para ver correr la sangre, para que el mal salga». Siente entonces un claro alivio por una angustia que ella describe como intolerable. Entonces puede mirarse y soportar la mirada de otros: tiene un cuerpo, es el suyo. Las otras circunstancias de desencadenamiento están ligadas esencialmente a su confrontación con el «trabajo», que busca y al que teme.
Después de circunstancias particulares, Sylvie pondrá término a sus hospitalizaciones y pedirá ver a un analista. El tratamiento medicamentoso sigue.
La transferencia y las letras
El movimiento que se operó entonces en transferencia es muy interesante. Puede dilucidarse con la última enseñanza de Lacan sobre el síntoma y la cuestión del sinthome57.
Desde las primeras entrevistas, Sylvie ofrece cuadernos (algunos datan de hace más de diez años y otros son recientes) escritos durante su hospitalización. Había adquirido el hábito de anotar sus pensamientos, pero también lo que hacía, los libros que leía, como una especie de diario.
Después, bastante rápidamente, Sylvie le manda cartas a su analista que prueban la connotación erotomaníaca de la transferencia: «Lo amo» alterna con «Lo odio porque usted me desprecia; me voy a suicidar, no vendré más».
Sylvie concurre siempre a sus sesiones (nunca faltó a ninguna en diez años). Simplemente, averigua si sus cartas fueron recibidas.
Un verdadero escenario precede la escritura de esas cartas. Todas las mañanas Sylvie se levanta a las siete y va a desayunar a un bar de la ciudad. Se instala allí, siempre en la misma mesa, frente a un espejo, se mira, enciende un cigarrillo y escribe. Alega una precisión adicional: ella misma lleva las cartas al correo; siente una angustia muy grande antes de soltar la carta en la ranura del buzón, y, cuando finalmente puede hacerlo, consigue un alivio a su angustia que es idéntico al que antes obtenía después de los cortes en su piel. Es el punto crucial: el efecto de cesión de la carta puede asimilarse a una cesión de goce y tiene como correlato la sedación de la angustia.
Las escarificaciones del rostro, después de este episodio ahora antiguo, nunca más se repitieron. Allí donde había un corte que marcaba directamente la piel y el cuerpo propio del sujeto, se presenta un fenómeno con dos vertientes: imaginaria, por un lado, bajo la forma de la imagen en el espejo, que debe estar presente; simbólica, por el otro, mediante la escritura de la carta.
¿Qué permitió ese movimiento? La transferencia delirante que autoriza una puesta en juego diferente de lo real en este caso en particular. El analista ocupa aquí el lugar del Otro real, real en el sentido de lo que vuelve siempre al mismo lugar, alrededor del cual ella hará girar su agenda, sus movimientos, incluso sus viajes, la red de amistades.
En los últimos años de su enseñanza, Lacan captura lo real como lo que permite anudar simbólico e imaginario58. La transferencia permite ese
anudamiento volviendo caduca la necesidad de los pasajes al acto.
Con la puesta bajo transferencia, asistimos a una sustitución: la transferencia permite que ya no sea el masoquismo como tal el que opere ese anudamiento. Y es que la transferencia como real efectúa esta operación. La introducción del Otro real de la transferencia abre una posibilidad diferente de la de aquella repetición del gesto.
Debe retomarse aquí un punto desarrollado por Jacques-Alain Miller en su curso de 1986-87, Los signos del goce. Existen dos vías a partir del significante S1. Una es la vía simbólica propiamente dicha, con la serie: palabra, discurso, saber, inconsciente. La otra es la vía de lo real, que es también la de la letra, fundamentalmente ininterpretable. En esta segunda vertiente, fuera del efecto de significación, fuera de la elaboración de saber, fuera de discurso, se ubicará la cura de Sylvie, quien no soporta el menor uso de la palabra, la menor significación. Se declara incapaz de hablar, de pensar, de reflexionar; se siente perseguida ante la menor observación. Progresivamente deja de enviar cartas, lo que inaugura el segundo tiempo de la cura.
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Encontrará entonces otra solución para «apoyar su pensamiento»: retomará la redacción de su diario. Trae ese diario (es una libreta) a cada sesión. La sesión propiamente dicha consiste en la lectura declamatoria de lo que escribió. Sin embargo, el diario es absolutamente diferente de lo que era antes de la cura: hay que distinguir en este sentido un diario Nº 1, escrito antes de la cura, y un diario Nº 2, escrito después del comienzo de la cura. En el diario Nº 2 cada texto, redactado en forma de carta, está enmarcado por dos nombres propios: el del destinatario de las cartas y el suyo.
Es decir que el diario incluye la dirección al Otro y la función del nombre propio. «La característica del nombre propio está siempre ligada a su lazo con una escrituras La escritura jeroglífico enmarcaba los nombres propios con un marco elíptico. En el caso de Sylvie, el nombre propio es el marco elíptico mismo. Puede establecerse un paralelo con la práctica de escritura de Joyce, señalada por Lacan59: cada capítulo del Ulises está sostenido por cierto modo
de encuadre ligado a la materia misma del contenido.
Ese es su síntoma actual: la escritura le permite reunir una carta y un nombre propio. Ese es su pequeño invento: una escritura como «hacer que da apoyo a su pensamiento».
Sylvie pasó a una escritura autre [otra] -con a minúscula-, que incluye, ya circunscripto cierto goce, un sinthome que conjuga síntoma y fantasma. Además, bordeada así por la escritura, la sesión recitativa es posible, es soportable, sin que asumir la palabra conduzca al sujeto a un puro riesgo sin fondo.
Ciertas observaciones de la relación de Joyce con su cuerpo resuenan en los pasajes al acto de Sylvie sobre su rostro. Así, la ausencia de afecto por el dolor y la violencia, cierto asco por las bolsas en la piel. Pero para el ego de Sylvie siempre son necesarios los espejos. se mira muy seguido. «Si me los sacaran tendría una crisis de espejo», dice irónicamente. Sylvie se separa de un goce incluido en el cuerpo con la creación de esas libretas, verdadero fuera del cuerpo que concentra y circunscribe el goce de más. Pero si esos escritos se anudan a la imagen especular, es necesario sin embargo que Sylvie dé voz en la sesión, para que se opere la cesión de esta carta, su depósito, y se constituya también un lazo con el Otro, otro que no sea su cuerpo. Existe una nota biográfica que tiene aquí su valor: el gran hombre de la familia de Sylvie es el abuelo materno, héroe nacional, a quien ella no conoció. Sin embargo, siempre escuchó contar que para su entierro se desplazaron los personajes más importantes del Estado a fin de leer sus panegíricos en el cementerio.
II. LA SEÑORITA ANNA Y El DISCURSO IMITATIVO (PÁG. 91)