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Desde el Monitor de Minas Terrestres y Municiones de Racimo24 se ofrece una visión

global de la afectación de los explosivos entre las poblaciones que transitan por un desierto sembrado de trampas mortales.

Estos peligros explosivos siguen representando una amenaza diaria para las poblaciones locales, nómadas y refugiadas, junto con el personal de las Naciones Unidas y los observadores militares y los agentes humanitarios. El crecimiento y desarrollo socioeconómico se ven afectados negativamente, limitando el acceso a fuentes de agua fluctuantes y estacionalmente dependientes, vitales para el pastoreo de animales y la agricultura a pequeña escala de la que dependen las poblaciones locales. Landmine and Cluster Munition Monitor, Noviembre 2016. La discapacidad adquirida a raíz de las explosiones dificulta, cuando no imposibilita, el desenvolvimiento cotidiano de las personas en el entorno del desierto. Perder habilidades supone una barrera añadida a la escasez de pastos para los animales. Salama Omar Salek era pastor hasta que sufrió un traumatismo craneal por la explosión de una mina en 1999. Las secuelas referidas a problemas visuales y de memoria así como a su capacidad de orientación en el espacio le obligaron a renunciar a la vida que conocía.

Entonces yo hice lo que pude para ir a los campamentos, ver a la familia y dejarla tranquila, para poder volver con el ganado. Pasé quince días en Smara con mi familia. Durante esos días cuando me levantaba al despertarme tardaba mucho tiempo en ubicarme. Y cuando llegué donde el ganado, a pesar de que conocía bien el terreno, ya no me orientaba. Supe que algo no estaba bien. En mi ausencia, el señor mayor que me recogió tras el incidente se ocupó de mi ganado, de las cabras y de la camella. El camellito murió en el incidente, al instante. Estuve veinte días y ya casi no tenía nada, pero estaba preocupado con el problema de desorientación y también de la desubicación cuando me despertaba. Así que al cabo de veinte días llevé mi ganado en dirección a los campamentos. Salama Omar Salek, Ishergan, 1999 (E).

La situación laboral en el refugio saharaui es realmente precaria, tras vivir más de 40 años en condiciones de provisionalidad y pobreza propias de un campamento de refugiados, a la espera de una solución política del conflicto que permita el retorno. Sin medios, infraestructuras ni perspectivas de mejora a corto plazo, la población sobrevive inmersa en una economía de emergencia sostenida durante décadas. La discapacidad física no

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El fuego escondido

hace más que aumentar los impedimentos de acceso a las escasas oportunidades de trabajo disponibles. Las aportaciones del POLISARIO y de la ayuda humanitaria resultan insuficientes para las extensas familias saharauis que normalmente han de recurrir a fuentes de ingreso adicionales para sustentar dignamente a sus miembros. Según los datos oficiales, un 20% de ellas reciben un “estímulo”, un pequeño apoyo económico por parte de las autoridades saharauis, debido a la falta de recursos. Otros apoyos van en particular a las víctimas que residen en el centro Martir Cherif debido a que la mayoría de ellas no pueden trabajar o incluso moverse en algunos casos. En las víctimas esas dificultades añadidas aumentan la frustración advenida con las limitaciones físicas y laborales.

El incidente me sigue haciendo pensar, porque lo que yo quisiera es poder hacer todo, cualquier cosa, para llevar adelante a mi familia. Ojalá me fuese posible ser como los demás, tener la misma habilidad, poder trabajar en cualquier cosa aunque sea un trabajo duro que exija fuerza, como la construcción o similar... Lo que yo quiero es trabajar en lo que sea. Elmami Mohamed Lamin, Gdeim Ech-ham, 1998 (E).

Después del incidente ya no puedo hacer casi nada. Para aprender a escribir con la otra mano, la izquierda, tardé más de dos años. Abrocharme un botón, no puedo. Me considero incapaz de hacer nada. Antes del incidente podía trabajar en cualquier cosa para mantener a mi familia. Wal-Ad Enhamed, Tifariti, 1998 (E). De los testimonios recogidos no se desprende ningún soporte institucional adicional por parte de las autoridades saharauis dirigido a las personas afectadas por este tipo de violencia. Tampoco campañas inclusivas más allá del esfuerzo realizado desde ASAVIM con la creación de cooperativas. A continuación se recoge un fragmento de la aportación de Salek Heddi Lehbib, que vive sólo y tiene que enfrentarse a diario con la adversidad de las secuelas del explosivo que en 1993 le arrebató su pierna derecha y la movilidad de uno de sus brazos. Sobrevive con las aportaciones básicas que reciben todos los habitantes de los campamentos de Tinduf y la ayuda de sus vecinos, que se esfuerza por minimizar.

Yo no tengo nada, necesito ayudas. Necesito estar con alguien y que alguien esté aquí al lado mío para poderme curar y poder vivir una vida normal. Yo no tengo nada. Necesito a alguien que cuide de mí, a una mujer, a una persona, es imposible para una persona vivir aislada de esta manera. No puedo salir fuera, la prótesis me la tengo que poner, y tengo miedo que se me cae algo, por cualquier cosa necesito ayuda aunque no quiera pesar sobre los demás. A mí personalmente no me gusta mendigar, ni pedirle cosas a la gente, me gusta trabajar, pero ya que es algo que Dios quiso así, y hay gente que me está escuchando como vosotros ahora, aprovecho para hablar de mis problemas, de mi historia, para la gente que quiere escuchar. Para mí lo esencial para poder vivir una vida digna es un lugar donde poder vivir con dignidad... Ahora estoy aprovechando de tu presencia aquí que me estás escuchando para poderme quejar de lo que verdad siento, de mi soledad. De vez en cuando vengo y me voy. Siempre me gusta moverme y trabajar aunque no tenga mucha fuerza por eso, pero siempre he querido trabajar para no

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III. Consecuencias y secuelas en víctimas y sobrevivientes

ser una carga a los demás. Tengo mis cosas y hago yo. Yo limpio, barro, utilizo la cabeza del ganado para traer agua. Los vecinos también... quiero colaborar con ellos y no pesar. Salek Heddi Lihbib, Tifariti, 1993 (E).

Las víctimas de minas con una discapacidad se vuelven dependientes de otros, y la situación económica ya precaria empeora hasta límites de extrema pobreza cuando no hay redes de apoyo familiares. Se necesita transformar el estigma de persona que necesita ayuda, y pasar a persona que necesita apoyo para rehacer su vida, desde una perspectiva activa, no considerándola como traumatizada o limitada más allá de su situación. Las víctimas no quieren ser un peso para otros, y la recuperación de un rol social, familiar o laboral está asociado a su proceso de recuperación. Debería ser también parte de los necesarios programas de apoyo, aún en medio de tantas limitaciones.

Sin embargo, el estigma de la discapacidad aumenta las dificultades propias de la reintegración, porque la respuesta social suele ser de apoyo, pero las posibilidades laborales son muy limitadas y no hay facilidades para la inserción de personas con discapacidad en un entorno donde no existen oportunidades laborales en general, más allá de pequeños trabajos.

A mucha gente no le gusta dar trabajo a una persona con defectos, siempre lo he notado. Por ejemplo, necesitan a una persona para hacer un trabajo determinado, conducir un coche, llevar un coche o cualquier cosa, y cuando yo me presento y ven que tengo el defecto de la mano no lo aceptan. Sobre lo que yo ahora estoy haciendo, aprendí a conducir, empecé a conducir. De vez en cuando, no es algo fijo, no es un trabajo que siempre tengo, pero siempre que encuentro una ocasión de realizar un trabajo lo hago. Nafee Mohamed Salem, Gdeim Ech-ham, 1992 (E).