Alejandra González UNDAV
En el marco de la investigación “De la analgesia de las imágenes a los lenguajesdel dolor. Analítica estético-política de las imágenes del pueblo” se insiste en la interrogación acerca de la diferencia entre dolor y sufrimiento. La hipótesis preliminar es que el sufrimiento es un dolor domesticado que permite su iteración sin dejar mácula ni promover una praxis resistencial. El dolor, por el contrario, carecería de la posibilidad de ser representado. Considerado de este modo, permanecería en el plano de lo imaginario, en un régimen escópico donde queda prendada la mirada subjetiva, cautiva e impotente, obliterando el dolor y recubriéndolo con sufrimiento. Quizás pueda decirse, se sufre para que no duela. Sufrimiento enorme, desgastante, pero sostenido en un optimismo letal, que supondría la posibilidad de eliminar el dolor de nuestras vidas.
Los lenguajes de las artes que transitan por este tipo de imaginería donde la utopía de la felicidad aparece como posible, terminan, en un giro perverso, fascinando obscenamente con el “mal” y sus presentificaciones en las ciudades de los hombres. Por el contrario, los lenguajes del dolor chocarían con la imposibilidad misma de la representación de lo intolerable. Se trataría entonces de articular una lógica del dolor/sufrimiento con una de la ausencia/presencia. Pero esta reconstrucción genealógica tiene la función de desenmascarar la finalidad mediática de esta transformación tanática.
Es en ese engendro de la llamada “opinión pública”, nacida en el siglo XVIII y proyectada como la escena moral de nuestro teatro del juicio, para quien se produce y a quien se produce, en el acto político de volver indoloras las imágenes del horror a través de la repetición, la sobreexposición, la enumeración detallada, y otros procedimientos retóricos. Planteada esta cuestión, queda el problema de cómo construir una imagen que remita a una ausencia, que le quite sustancia al mundo para no representarlo sino para indicar su condición. El imaginario viralizado en los medios de comunicación disuelve el horror por la preminencia de sus mecanismos técnicos de reproducción. Pero habría que dar cuenta de lo irreproducible, de la singularidad absoluta de la herida. “Dolor” son todas las variaciones de la herida en el cuerpo a ser exploradas por los lenguajes de las artes y el esfuerzo de un pensar que no se refugie en definiciones.
Según Freud en El malestar en la cultura (2006):
“El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen”.
Si, siguiendo nuestro primer movimiento, llamáramos dolor a esas fuentes que ocasionan el sufrimiento y reserváramos este término para aquello que proviene de la negación patológica del dolor y que encubre una ilusión de felicidad total, como si sus causas pudieran ser abolidas, quizás concluiríamos en que la disminución del sufrimiento implicaría un duelo, el de la felicidad: un cuerpo eterno y sin mácula, una naturaleza pródiga, un sistema de relaciones sociales armónico y completamente racionalizado.
1 El presente trabajo incluía dos fotogramas de Nostalgias de la luz (Guzmán P., 2010), y dos fotografías del cuerpo
del niño sirio Aylan Kurdi tomadas por Nilüfer Demir (2015). Por cuestiones de derechos de autor, no han sido reproducidas en esta publicación. Las fotografías de Demir pueden ser revisadas en varios sitios de internet, por ejemplo, http://100photos.time.com/photos/nilufer-demir-alan-kurdi.
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El tiempo parece detenido en el dolor, porque se presentifica en el instante y no permite imaginar futuros ni recordar pasados. El dolor conjugado en presente, es siempre físico, duele en el cuerpo como un tajo que hiere la unidad imaginaria que somos, y la hace estallar en fragmentos. No hay palabra que pueda recubrir ese agujero que el dolor abre en el cuerpo. Frente a esa imposibilidad de que lo simbólico haga su trabajo de duelo, lo imaginario multiplica desmesuradamente sus veladuras. Para el dolor no hay dualismo cartesiano que valga, duelen alma-cuerpo en su negada solidaridad. El grito o el llanto son descargas, pero quedan huellas, rastros, cicatrices fuera de los que desaparece la posibilidad de un mundo. (¿La soledad de la tortura, como dice Arendt?).
No hay palabra para el dolor, nada puede recubrir ese agujero. Las mujeres de Calama retratadas en el film Nostalgias de la luz (Sachse R., Guzmán P., 2010), buscaron los restos de sus familiares desaparecidos por la dictadura de Pinochet en el desierto de Atacama durante 28 años, movidas por el dolor que aguijonea el cuerpo. Buscaron restos de huesos dispersos en un espacio inmenso, rastrillando a mano para encontrar las huellas del dispositivo de desaparición a través de los minúsculos fragmentos de pies y cráneos que dejaron los movimientos de máquinas excavadoras, en el traslado de los cuerpos de ese sitio a una localización desconocida. La narración de Guzmán explica que durante el rodaje del film se encontraron los restos de una víctima. La voz y rostro de Vicky Saavedra, una de las perseverantes mujeres de Calama, explicita que el dolor está en presente al narrar su encuentro con fragmentos de huesos de su hermano. Los fragmentos le permitieron enfrentar la idea de que su hermano había muerto. Solo a partir de allí, en la soledad con los restos, comienza el trabajo de duelo, aunque algunas de sus compañeras de búsqueda sigan reclamando encontrar la “totalidad” del cuerpo de cada quien y de los “cuerpos” desaparecidos en su conjunto.
El sufrimiento separado del dolor y capturado por la sociedad mediática, se pierde en la fetichización de los dispositivos tecnológicos que hacen de las imágenes cosas, y de las cosas mercancías. Ya no hay relaciones sociales entre los hombres, sino vínculos entre las cosas. Se alzaría esa defensa subjetiva para evitar el recuerdo de la imagen hostil no en el origen, pero sí en el comienzo de un proceso metonímico, en el que finamente se produce el montaje entre la estructura subjetiva y los procesos de mercantilización de la obra de arte.
El dolor se apodera, en el viejo sentido de imperium, de tal modo sobre nuestro cuerpo que se nos hace inhabitable. ¿Qué resta? La analgesia. Supresión química por las drogas, multiplicación de los estímulos de modo tal que se pierda la especificidad absoluta del dolor que singulariza. Veladura imaginaria de lo real para que no haya desvanecimiento subjetivo. En las sociedades massmediáticas, donde el individuo es la imagen de sí que no se soporta fragmentado, un yo debilitado al extremo que no admite ningún agujero, repite sin diferencia las imágenes, hasta saturar el espacio. Si no hay modo de obtener ese objeto, entonces exigimos su multiplicación al infinito. Si no hay modo de evitar el dolor, entonces se hace lugar común de la muerte y el exterminio, y se reproducen las imágenes de catástrofes sin mengua, que entonces se transforman en obscenidad sufriente (y de la pesadumbre de un hombre o una mujer se pasa al chismorroteo de la farándula, y de la humillación de la pobreza al muestrario porno-sentimental de una mirada insensible que no capta la singularidad de cada quien).
Deshistorizadas las imágenes, se evaden las causas políticas y económicas, hasta que éstas se desvanecen. Un niño muerto en la playa es el horror de la infancia desvastada, y no las políticas norteamericanas en medio oriente.2 La imagen analgésica reemplaza a una
pena única en su diferencia por el recurso de la abstracción, y aúna la miseria de los seres por el esquema de la pobreza. Los universales hacen escarnio de la singularidad que no puede hacerse concepto ni imagen. La potencia de lo único, de la singularidad de una situación que tiene explicaciones, aunque no se agote en ellas, produce afección y eso abre el camino de una praxis que, al menos, transforma al sujeto percipiente y quizás con esto pueda cuestionar la exterioridad irreductible. Quizás sea necesario abolir la idea de mundo, 2 Aquí se refiere a las mencionadas fotografías de Demir, 2015.
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para arribar a lo que encubre, a lo que no termina de horadarlo en esta época del mundo imaginario, tal vez más que de imagen del mundo. Ideología de la imagen que vuelve totalidad a las singularidades de los cuerpos-almas que resisten al dualismo cartesiano.
¿Cuáles serían las ventajas del sufrimiento sobre el dolor? El dolor expulsa al sujeto, el sufrimiento permite el regodeo en la egolatría. Imágenes donde es más importante quién ve que lo que es visto, miserabilismo que encasilla al otro que siempre aparece feo, pobre, deserotizado, sucio, finalmente algo que debería ser abolido. El dolor deja anonadado al percipiente, no se trata de su subjetividad ni la del periodista, ni del artista, ni del mediador. Se trata del puro aguijoneo en la carne de lo intolerable. El sufrimiento permite que el nombre persista junto con el estilo de un lenguaje, mientras que el dolor arrasa con identidades, estilísticas y poéticas.
El sufrimiento hace sentido de lo desposeído de toda lectura posible. Es su ventaja y su límite. De ahí que quizás podamos pensar al barroco que se enraíza en América más como dolor que como sufrimiento: esa torsión de la materia, esa plenitud de los colores aprisionados en las formas, ese rojo sangrante siempre a punto de derramarse fuera de sus límites. Es un dolor sin sufrimiento, que se expande y que solo puede soportarse en otro nivel de lo imaginario. Ese es el dolor inevitable del que habla Freud, el que adviene con la existencia, no el sufrimiento narcisista que comulga con una ideología optimista y con el elogio de las utopías que no quieren dejarse rozar por lo real.
Claro que el sufrimiento, la conmiseración con los otros (ellos son los que sufren, no el ego) siempre es más cómodo que soportar que el dolor toca todas las puertas. Y que es inevitable como el estar vivo. Nadie elige ni lo uno ni lo otro. ¿Si no podemos evitarlo, podremos hacer alguna otra cosa con él? ¿Hay lenguajes del dolor y otros del sufrimiento? ¿Se podrá dar una vuelta más alrededor de la imposibilidad del concepto o la imposible cobertura de la imagen? Si toda teoría es culpable, ¿también lo son los lenguajes de las artes? ¿Deberán pensar el modo en que ponen el dolor en escena? ¿O soportar que es el dolor el que rompe las escenas montadas para su espectacularización? Hacerlo implica desvelar lo que anida en las articulaciones sintácticas de todo lenguaje: la estructura de un poder que ya ubica sustancias y atributos en un orden.
Descomponer la lengua, sus figuras retóricas, sus distribuciones es ir desmoronando poco a poco la voz del amo que ordena el mundo y lo constituye en su gramática. Se trata tal vez de evitar la ligereza de hablar del otro, como si fuera accesible a nuestra palabra o nuestra percepción, cuando son los aparatos perceptivos ya consolidados y heredados los que nos obligan a ver al otro como tal y bajo una figura determinada. Claro que las figuras del otro y del propio cuerpo como unidad, solo pueden ser desmontadas en sus intersticios, en los intervalos entre los pasajes que permiten interrumpir las narrativas eurocentradas. Es que solo esa cosmovisión querría reponer constantemente el pasaje del mito al logos, como si el logos fuera el destino final de toda vida y su evolución necesaria en un progresivo perfeccionamiento histórico.
Claro que el precio es desconocer la violencia del comienzo, donde un sentido se impuso sobre todas las otras fuerzas, y se ocultaron las marcas que delatan el dispositivo escópico de esa particular enunciación. Naturalizado el modo de ver, solo queda eliminar lo no visible. ¿Serían pensables lenguajes específicos de las artes que dieran cuenta de su propio marco? No completamente por supuesto, no se puede hacer conciencia del inconsciente, pero se puede trabajar con lo que de la verdad desmiente siempre el saber, o al menos lo interrumpe en su linealidad. Tal vez, solo podemos encontrar salidas en una lengua que se atreviera a desmontar las figuras y el estilo para encontrar, no en los contenidos enunciados sino en las formas de la enunciación, la manera en que se soporta el dolor de la existencia.
El dolor singular y concreto no entra nunca en los andariveles de la comunicación. Por eso los medios masivos no pueden mostrarlo como tal, y lo transforman en imágenes del sufrimiento. Es el dispositivo técnico en sí mismo el que genera su reproductibilidad incesante y crecientemente apática. Porque los dolientes reconocen a los otros doloridos, sin necesidad de una palabra ni de una imagen que circule publicitariamente por el espacio
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mediático. Un pensamiento que tome en cuenta la incomunicabilidad del dolor, que renuncie incluso a la comprensión intelectual y se avenga a padecer con él, es lo único que puede inventar mundos. El sufrimiento no puede generar, a largo plazo, más que indiferencia y distanciamiento crítico y olvido.
El dolor es inconmensurable porque impide la desmemoria remitiendo a un presente donde todo es herida en el cuerpo. Sin embargo, esa fragmentación que no admite mensura puede pensarse como posibilidad de reconstruir el mundo. Elaboración de un lenguaje que no pretende comunicar nada, ni visibilizar, ni aparecer en el espacio público como obra. El dolor, por el contrario, “des-obra” por la transformación que realiza desde la pasión comunitaria. Encuentro imposible de cuerpos dolientes y no comunicabilidad superficial de mónadas homogenizadas por la producción, en el mercado global de subjetividades.
Además, hay que aceptar que el padecer juntos nunca puede ser pasivo, sino que aporta un conocimiento que requiere de una praxis inmediata. Deviene en ella como creación o producción de un mundo. El dolor abre la puerta a la comunidad, pero no a la comunicación, por eso hace lazo en lo real y evade el sentimentalismo imaginario de las emociones fáciles. ¿Cómo hacer comunidad política de los diferentes y no sociedad de masas de los iguales? Será por la vía de un dolor que funda lazos vinculantes por su capacidad de producción de mundo.
Dolor que se piensa no como positividad de aprendizaje, sino como negatividad y que por eso puede fundar un lenguaje. Solo cuando el dolor llega a lo secreto del cuerpo, atravesado por las catástrofes naturales, y es pura perdida y sinsentido, entonces solo ahí, se potencia y transforma en lazo comunitario. No se trata de identificaciones ni de compasiones o empatías. Se trata de hacer comunidad, más allá de toda comprensión, y sobre todo por fuera, y aún en contra de toda comunicación. Y es desde el seno de esa comunidad imposible y desde la absoluta soledad, que el dolor conduce a la creación o producción de un mundo, pero solo después de que ha muerto toda afirmación, de plantear la inviabilidad histórica de cualquier optimismo decimonónico, y de aceptar que el sentido como trascendencia ha sido mutilado.
Claro que este lenguaje de la creación implica tomar riesgos. Mientras el sufrimiento cae en una repetición, la mala infinitud en el sentido hegeliano, el dolor se aventura en sus metamorfosis, y se transfigura en lenguajes nuevos. Pero necesitará oponer la potencia de su vacío y su silencio al despliegue de la dominación mediática de la imagen. El sufrimiento genera poder de multiplicación desafectivizada pero fundamentalmente capacidad de reproducción hasta el hastío de los sentidos. No se trata de un sufrimiento estilizado sino de un dolor insoportable. Superabundancia de la diferencia, nunca repetición de lo mismo.
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