• No results found

anárquica.

El dadaísmo nace durante la primera guerra mundial como una forma de rebelarse contra todos los cánones dominantes de la época. Con su trascendencia, la rebeldía se extendió a los ámbitos sociales, políticos, culturales, a todos aquellos conceptos cuya carga significativa habían entrado en crisis: la ética, la moral, la condición humana, la libertad, el bien, el mal.

Esta dimensión de rebeldía, además, estaba acompañada por una reivindicación de la libertad espontanea, por lo inmediato, por el quiebre del pensamiento inmóvil; su rebeldía era una danza de inclinaciones pasionales que siguen con paso firme la lógica del azar.

Un inquieto “dada” se le oye al niño que, balbuceante, comienza a comunicar lo que siente, no lo que debe: un “yo quiero”, un “yo soy” plasmados en el arte que comunica sin “deberías”. Una concomitante fragancia de rebelión acompaña al dadaísmo en contra del fundamento de todas las sociedades.

Teniendo en cuenta esto, me interesa poner atención sobre la actitud que supone este dadaísmo rebelde: una especie de actitud anárquica la cual, entiendo, supone una disposición determinada para realizar una acción concreta, es decir, supone un tipo humano activo, por lo que, este anarquismo será puesto bajo la lupa de un existencialismo, en otras palabras, no es un anarquismo político solamente sino, sobre todo, un anarquismo existencial. Por esto, entiendo a la actitud anárquica como ir en contra de sistemas autoritarios que subordinan la individualidad a una masa homogénea a la que se le arrebata la potencia de “ser”. Cabe aclarar que cuando hablo sobre sistemas autoritarios me refiero a iglesia, estado, arte, moral, ética, a la educación; me refiero incluso a la autoridad que se le da a las armas, al miedo, a la obediencia, al deber, al silencio, etc. Me refiero a todas aquellas cosas a las que se le han otorgado una desmedida cantidad de valor que, ante semejante magnitud, el hombre suspende la potencialidad de su ser y de su existencia para obedecer las normas de lo que está bien y lo que está mal, de lo moral e inmoral, de lo apropiado y lo inadecuado. De todo aquello que supone limitar la acción diferenciadora, experimentadora, creadora.

Sin más, comencemos a ver como esta actitud anárquica comienza su proceso de conformación. Cabe subrayar que para ello intentare mostrar, basándome en la estructura estética de “las tres transformaciones del espíritu” de Nietzsche, tres etapas para la transformación hacia esa actitud por lo que, voy a utilizar tres pasajes de distintos libros de Nietzsche donde, creo, se comprimen muy bien los aspectos que pretendo mostrar de esta

139

actitud dadaísta. Se verá una primera etapa crítica para la autoridad y que, a su vez, es solitaria; una segunda etapa en donde se envidia al animal capaz de olvidar y una tercera etapa en donde el individuo, aprende a olvidar, vive el instante presente, mata a Dios y comienza a vivir una vida creadora y juguetona.

Sin más, comencemos.

En Así hablo Zarathustra en el apartado “De los trasmundos”, Nietzsche dice lo siguiente:

En otro tiempo, también Zarathustra proyectó su ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. Obra de un Dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo. Sueño me parecía entonces el mundo e invención poética de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divinamente insatisfecho. Bien y mal, y placer y dolor y yo y tu – humo coloreado me parecía todo eso ante los ojos creadores. El creador quiso apartar la vista de sí mismo, - entonces creó el mundo. Ebrio placer es, para quien sufre, apartar la vista de su sufrimiento y perderse a sí mismo. Ebrio placer y un perderse-a-si-mismo me parecía en otros tiempos el mundo (Nietzsche, 1972).

Aquí, Nietzsche muestra una interpretación critica de un mundo creado y de un Dios creador. Encuentra que la personalidad divina define las cualidades mundanas, es decir, el mundo siendo “obra de un Dios sufriente y atormentado”, hacía al mundo justamente sufriente y atormentado. Una poesía llena de nostalgia es el mundo para aquellos que lo miran con el lente divino.

Por otro lado, Nietzsche da un paso más y realiza un análisis psicológico de Dios; y allí, en esa osadía, descubre el acto más grande de egoísmo, encuentra a un Dios que lucha por sobrevivir de sí mismo y que arroja al mundo a hombres consecuentes de la divina angustia. Encuentra, además, un Dios, que encarna una cierta humanidad, pues, esa experiencia del placer embriagador del olvido de sí mismo es un sentimiento muy humano. Ahora bien, a causa de este olvido divino me interesa prestar atención a lo que Nietzsche dice en el segundo tratado de la Genealogía de la mora”, “culpa”, “mala conciencia” y cosas afines”:

“(…) el olvido no es una mera vis inertiae, (fuerza de la inercia) como creen los superficiales; es más bien una facultad activa inhibitoria, positiva, en el sentido más estricto, a la que hay que atribuir que la digestión (se le podría dar el nombre de “inalmación”) de cuanto ha sido vivenciado, experimentado, asimilado por nosotros, comparezca igual de poco ante nuestra consciencia que el entero y complejísimo proceso con el que se desarrolla nuestra asimilación corporal, la denominada “incorporación” de sustancias a nuestro organismo. Cerrar temporalmente las puertas y ventanas de la consciencia; no dejar que nos molesten el ruido y la lucha con los que el mundo subterráneo de órganos que están a nuestro servicio trabajan unos para otros, y también unos en contra de otros; un poco de calma, un poco de tabula rasa de la conciencia, a fin de que vuelva a haber sitio para lo nuevo, sobre todo para las funciones y funcionarios más nobles, para gobernar, prever, predeterminar (pues nuestro organismo está dispuesto oligárquicamente): ésta es la utilidad del, como hemos dicho, olvido activo, semejante a un guardián de la puerta, a alguien que mantuviese en el alma el orden, la tranquilidad, la etiqueta: se ve así enseguida hasta qué punto no podría haber felicidad, jovialidad, esperanza, orgullo, presente, sin el olvido.” (Nietzsche, 1988a)

Aquí, Nietzsche identifica el olvido con el proceso digestivo del cuerpo; ese proceso básicamente es un asimilar lo necesario y desechar lo sobrante; un sobrante que se expulsa sin retorno y le genera tranquilidad y alivio al cuerpo animal. Ahora bien, imaginemos que seamos capaces de poder hacer este mismo proceso en lo que respecta a la conciencia; imaginemos poder asimilar lo necesario y desechar lo insignificante: conseguiríamos un tipo humano sereno y, al mismo tiempo, innovador. El hombre que está libre del peso del recuerdo, del exceso histórico, de la memoria racional, para Nietzsche, se encuentra encriptado en un olvido animal que hace posible el dar permiso a lo nuevo, a la creación

140

original. Ahora bien, parece ser que en este pasaje Nietzsche destaca la importancia que le debería dar el individuo al aprendizaje del olvido, pero en el pasaje “de los trasmundos” reniega del olvido divino por lo que, ¿Qué distinción hay entre este olvido divino y el olvido que necesita el humano para dar espacio a lo nuevo? ¿Acaso Dios, olvidándose de sí, no dio espacio a la innovación creadora llamada “hombre”, llamada “mundo”? ¿No es este en el fondo un mismo olvido? Para dar una respuesta aproximada a estas preguntas, creo que es preciso notar que aquí, entra en juego un concepto que, al mismo tiempo, atraviesa la totalidad del pensamiento nietzscheano: la soledad. Dios se olvida de si e inventa a un “otro” que lo acompañe, que lo distraiga, que mantenga su mirada perseverante en lo creado, pero lejos de sí mismo, que lo mantenga en el olvido constante por lo que, se podría decir que es un olvido que se logra a partir de la alteridad. El olvido humano, por el contrario, supone excavar hasta la oscuridad más absoluta del ser, ver de qué estamos hechos, emanciparnos de lo que viene desde fuera gregarizando cada cosa a su paso; es un olvido que revive la animalidad del hombre arrojándolo a la vivencia de un siempre-ahora: “yo me supere a mí mismo, al ser que sufría, yo lleve mi ceniza a la montaña, levante para mí una llama más luminosa.” (Nietzsche, 1972).

Tras la eliminación de la fantasmagórica ilusión de los trasmundos, el único mundo posible es este por lo que, la vida misma se aferra a la muerte segura y comienza a desplegarse absolutamente completa de sentido.

Teniendo en cuenta este análisis, intentaremos identificar esto como la primera etapa ya mencionada de esta anarquía a la cual adhiere la actitud dadaísta. El primer paso entonces para lograr la liberación de la potencialidad de “ser” es reconquistar el olvido animal junto con el reencuentro con uno mismo en soledad.

Veamos ahora, en el apartado primero de Sobre la utilidad y el prejuicio de la historia para la vida (II intempestiva) lo siguiente:

“Contempla el rebaño, contempla el rebaño que pasta delante de ti: ignora lo que es el ayer y el hoy, brinca de aquí para allá, come, descansa, digiere, vuelve a brincar y así desde la mañana a la noche de un día a otro, en una palabra: atado a la inmediatez de su placer y disgusto, en realidad atado a la estaca del momento presente y, por esta razón, sin atisbo alguno de melancolía o hastío. Ver esto se le hace al hombre duro, porque él justo se vanagloria de su humanidad frente a la bestia y, sin embargo, fija colosalmente su mirada en su felicidad. (…) así el hombre le pregunta al animal: “¿Por qué no me hablas de tu felicidad y únicamente me miras?” el animal quiere responderle y decirle “esto pasa porque siempre olvido lo que quisiera decir”. Entonces, también se olvidó de esa respuesta y calló, de modo que el hombre quedo asombrado. Pero también se asombró de sí mismo por no poder aprender a olvidar y depender siempre del pasado, y es que cuanto más lejos vaya, cuanto más rápido corra, esa cadena siempre le acompaña. Es asombroso: ahí está el instante presente, pero en un abrir y cerrar de ojos desaparece.” (Nietzsche, 1988b)

Esta segunda etapa de la anarquía está emparentada con el olvido animal pero, sin embargo, aquí abunda con mayor claridad una idea que en la primera etapa se pueden identificar sus vestigios: el instante presente; esa idea de la inmediatez, del aquí y ahora; toda la eternidad contenida en un instante y por ende, en su cíclico movimiento, el instante hace imposible la posibilidad de un “aferrarse”, es un devenir constante sin garante, un arrojo al ser, a la existencia, a la vida que sucede y perece casi de repente y el cuerpo goza y olvida y vuelve a gozar. Quizá, para mostrar mejor la forma en que vive un tipo humano que recuerda y un tipo humano que olvida, podríamos considerar, en relación con la cita anterior, el final de Verdad y Mentira en Sentido Extra-moral donde Nietzsche expresa lo siguiente:

“Mientras que el ser humano guiado por conceptos y abstracciones únicamente con esta ayuda previene la desgracia, sin ni siquiera obtener felicidad de las abstracciones, aspirando a estar lo más libre posible de dolores, el ser humano intuitivo,

141 manteniéndose en medio de una cultura, cosecha a partir ya de sus intuiciones, exceptuando la prevención contra el mal, una claridad, una jovialidad y una redención que afluyen constantemente. Es cierto que, cuando sufre, su sufrimiento es más intenso; y hasta sufre con mayor frecuencia porque no sabe aprender de la experiencia y una y otra vez tropieza con la misma piedra en la que ya había tropezado. Además, en el sufrimiento es tan irracional como en la dicha, grita como un condenado y no encuentra ningún consuelo. ¡De qué forma tan diferente se mantiene el ser humano estoico en idéntica adversidad, enseñado por la experiencia y dominándose a sí mismo mediante conceptos! El, que de ordinario tan solo busca sinceridad, verdad, librarse de engaños y protección ante sorpresas que cautivan, ahora en la desgracia, lleva a cabo la obra maestra de la ficción, como aquel en la dicha; no presenta un rostro humano que se contrae y se altera sino, por así decirlo, una máscara con digna simetría en los rasgos, no grita, ni siquiera altera su voz. Cuando un genuino nubarrón de tormenta descarga sobre él, entonces se envuelve en su manto y se va bajo la tempestad a paso lento. (Nietzsche, 1988c)

Aquí puede apreciarse, como se dijo, dos tipos humanos: uno que tiene una memoria y otro que olvida; uno que grita desesperado cuando sufre y otro que solo calla y soporta. Un apoliniaco que adhiere a la ficticia estática del mundo y cómo eso le hace soportar la existencia de manera más prolija porque es un hombre memorioso que no olvida y que siempre está acarreando con cada cosa que aprende de la experiencia; un hombre que sufre tras una máscara y en la parmenidea quietud del rostro se aferra a cualquier fantasma. Y allí donde encuentra consuelo, no quiere apartarse.

Un dionisiaco que sufre más cuando sufre se asemeja al universo: ante la muerte de una estrella el dolor del universo es tan insoportable que el duelo tiene tintes vengativos, entonces crea agujeros negros que le quitan de sí, lo que le es más suyo. Un auto- flagelamiento ante la muerte, un desgarrarse. Se despedaza el universo ante la insoportable contemplación de la ya-no-más iluminación; no es la estrella simplemente es la “egoísta” sensación de que ella ya no estará tejiendo con perlas el cielo, que ya el universo no puede admirarla; ahora hay un espacio vacío y el universo no puede soportarlo. Así, el hombre animal desgarrando el cuerpo y el alma en la existencia, se permite estar vivo, se permite ser humano, demasiado humano. Este último es el que está directamente relacionado con el instante presente porque no le es posible recordar, por ende, vive en el goce de lo inmediato y aunque se pase brincando día y noche, el placer momentáneo siempre es una novedad para él. Y disfruta y vive siempre como si fuera la primera vez y entonces se asemeja a un niño.

Nietzsche ha escrito alguna vez que “la falta de memoria hace que disfrutes muchas veces de las mismas cosas” olvidar, aprender a olvidar es entonces para el alemán, una forma de ser potencia. Ese olvido abre la posibilidad que se disfrute el instante presente, que el cuerpo sienta los placeres que puede encontrar en este mundo y que la mente se regocije de ello. Quizá, disfrutando lo que está tan cerca hace que no se le preste atención a los trasmundos. En Más allá del bien y el mal Nietzsche destaca que el hecho de que no prestemos atención al mundo hace que lo consideremos un prado de la desventura. Asimismo, en ese libro, en el apartado 32 deEspíritus LibresNietzsche escribe lo siguiente:

“(…) Es un simple prejuicio moral creer que la verdad es mejor que la apariencia; es incluso la hipótesis peor fundada que existe. Hay que confesarlo: la vida no sería posible sin toda una perspectiva de apreciaciones y de apariencias y si se suprimiese totalmente el “mundo aparente” (…) suponiendo que esto fuese posible, no quedaría nada tampoco de nuestra verdad.” (Nietzsche, 1988a)

En este sentido entonces, Nietzsche alaba al mundo que se burla de las leyes que lo inscriben en lógicas sistemáticas y alaba, en consecuencia, al hombre que es capaz de verlo, experimentarlo y disfrutarlo desde su lógica azarosa; desde lo que aparece sin sentir la

142

tediosa necesidad de querer comprenderlo todo apresando la totalidad del todo a conceptos; el asombro mudo, el arrojo a no-comprender.

Hasta aquí, entonces, la anarquía existencial dadaísta involucra el olvido, la soledad y ahora también, el instante presente entendido no solo como un goce del mundo derivado del olvido sino también como un goce del mundo derivado de la eliminación de toda autoridad que intenta sistematizarlo. Por último, veamos la tercera etapa que me interesa destacar de este anarquismo. En el apartado “las tres transformaciones del espíritu” del libro Así hablo Zarathustra, Nietzsche escribe lo siguiente:

“En otro tiempo el espíritu amo el “tú debes” como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león. Pero decidme, ¿Qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño? Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Si hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir si: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.” (Nietzsche, 1972)

Si prestamos atención a las reglas que se rigen en el juego del niño, veríamos que son reglas inestables, incoherentes, azarosas. El niño no está al servicio de la norma, sino que ella está al servicio del niño porque este es su creador. Cuando el niño juega, crea reglas que en un momento permanecen y en otro momento perecen; esa ausencia de estabilidad en la norma genera un individuo experimentador, un activo conocedor del mundo; alguien que no conoce los conceptos de culpa ni pecado, y por ello no tiene miedo de conocer y cuando conoce, el asombro mudo lo entrega a una emotiva existencia que goza de lo inmediato, de lo que está cerca, que disfruta y es feliz en lo vulgarmente llamado, las “pequeñas cosas” que aquí se tornan grandes y llenas de vida. Es un artista porque se retira de un mundo para conquistar “su mundo”, un mundo juguetón y original porque no se somete a ninguna norma que no sea creada por sí mismo, que no venga de sí. Asimismo, el rencor no es conocido por el niño porque el niño es olvido; esto es patente en su juego; no le importa su orgullo porque prefiere disfrutar. Y, así, brinca, duerme, y vuelve a brincar como si fuera siempre la primera vez. Es un santo decir sí a la vida; la vida es en él un juego muy serio. El niño conoce su propia voluntad, la potencia y desde ella crea, crea y vive en un mundo sin Dios, en un mundo en el que Dios no es necesario porque aquí el mundo y el individuo se tornan “más justos y más hermosos que nunca”.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, vemos que este anarquismo dadaísta, entendido, reitero, como ir en contra de sistemas autoritarios que subordinan la individualidad a una masa homogénea a la que se le arrebata la potencia de “ser”, le subyacen las siguientes categorías: olvido animal, soledad, instante presente, muerte de Dios y juego.

El movimiento dadaísta, olvida como el animal y cuando olvida lo hace en soledad, una soledad y un olvido que se articulan en una experiencia del instante presente que fascina y asombra; y en esa fascinación y en ese asombro, juega, crea y vive desde una reafirmación de sí que atenta contra todos los fundamentos aprendidos. Solo juegan los que soportan la vida sin fundamentos, sin suelos; los que soportan el abismo. El dadaísmo