Florencia Podestá UNDAV
Existe un rasgo incomunicable del dolor, como ha sostenido la artista cubana Ana Mendieta, poniendo en escena en su obra una anticipación de su propia muerte. Una mujer víctima de femicidio es un dato que excede toda representación. ¿Qué imágenes muestran los medios de comunicación, principalmente la televisión, de las llamadas víctimas de femicidio? ¿Qué registro permanece en escena? Nos interesa analizar por un lado una visibilidad inusitada que no se condice con el aumento de femicidios, sino que adquieren otras lógicas Y por otro lado nos preguntamos cómo aparece una producción que adquiere rasgos de una factoría exitosa, un producto de ventas record.
Coincidimos con la afirmación de Eduardo Rinesi en que una imagen no vale más que mil palabras. Menos aún cuando horadar la percepción se vuelve una tarea fundante de la desarticulación del sentido común. El tratamiento discursivo que circula respecto de las imágenes de mujeres asesinadas, imágenes de cuerpos inermes sin capacidad de articular defensa, masa informe susceptible de ser moldeada en pos del mercantilismo mediático conlleva una crueldad desmedida. Sólo eso, productos fetichizados con obsolescencia programada por el rating nuestro de cada día.
En este sentido, Judith Butler en Cuerpos que importan. Sobre los limites materiales y discursivos del sexo (2015), se pregunta qué hacer con el juego textual que proponen los debates posestructuralistas que gozan de renovada vigencia: “Si todo es discurso ¿qué pasa con el cuerpo? Si todo es un texto ¿Qué decir de la violencia y el daño corporal?” Pero para reflexionar sobre esta pregunta, nos advierte:
Podemos tratar de retomar a la materia entendida como algo anterior al discurso (…) pero esto sólo nos llevaría a descubrir que la materia está completamente sedimentada con los discursos sobre el sexo y la sexualidad que prefiguran y restringen los usos que puede dársele al término. Además, podemos tratar de recurrir a la materia para poder fundamentar o verificar una serie de ataques y violaciones, pero esto sólo nos llevaría descubrir que la materia misma está fundada en una serie de violaciones, violaciones inadvertidamente repetidas en la invocación contemporánea. (Butler, 2015)
No debemos olvidar que la caza de brujas, aquel genocidio de magnitudes comparables con el exterminio de los pueblos originarios tuvo/tiene efectos disciplinares que persisten hasta la actualidad. Hoy, esto se reedita bajo otras formas no tan distintas de las anteriores: mujeres incineradas o empaladas, travestis torturadas y abandonadas en lugares de notoria visibilidad como una advertencia indiscutible de los cuerpos heteronormados.
En consecuencia, ¿Qué función vienen a cumplir los medios de comunicación al exhibir los femicidios de esta forma, desarticulados de toda historicidad? ¿Fomentar el miedo? Sin duda. Pero hay algo más en esos dispositivos técnicos encargados de colonizar subjetividades: la actualización de lógicas disciplinarias que revierten solidaridades constitutivas de los sujetos políticos y alientan procedimientos de sentido de común.
Y al mismo tiempo, ¿qué beneficios extraen de esos cuerpos sin vida? ¿qué ganancias acumulan con la disposición espectacular de tantas muertes? En Sobre la fotografía (2006), Susan Sontag dirá: “una sociedad llega a ser `moderna´ cuando (…) las imágenes ejercen un poder extraordinario en la determinación que exigimos a la realidad y que son en sí mismas ansiados sustitutos de las experiencias de primera mano se hacen indispensables para la 1 El presente trabajo incluía dos fotografías de acciones artísticas realizadas por Ana Mendieta: Flowers on Body y Earth Work. Por cuestiones de derechos de autor, no han sido reproducidas en esta publicación. Las fotografías pueden ser revisadas en https://www.theartstory.org/artist-mendieta-ana-artworks.htm. En este sitio web Flowers on Body es identificado como Untitled (Image from Yagul), y Earth Work aparece como Untitled (Siluetas Series).
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salud de la economía, la estabilidad política y la búsqueda de la felicidad privada”.
¿Qué hacen esas imágenes de mujeres asesinadas de las formas más dolorosas sino presentarse como advertencias, recrear un registro moral de conducta, establecer diferencias entre buenas y malas víctimas para finalmente convertirse en un decálogo de lo que se debe y de lo que no se debe hacer?
Claro que, como nos enseñó Butler, existen cuerpos que importan más que otros, y consecuentemente no todos gozan del mismo tratamiento, sobre todo en un medio tan conservador como es la televisión. Por este motivo, los análisis que aparecen en este medio dan cuenta de abordajes binarios donde no existe una con las relaciones históricas que ponga en contexto los hechos que representa. Compartimos con María Lugones que la sociedad sostiene un paradigma sexual binario sin ambigüedades en el cual todos los individuos pueden clasificarse prolijamente como femeninos o masculinos. Esta es otra de las caras de la violencia simbólica que ejercen los medios de comunicación y que aparece como antesala de las investigaciones que estos despliegan sobre los casos de femicidios.
Y aún más, cuando hablamos de espacios silenciados de la descolonización, sin dudas la televisión es uno de ellos. Quizás deberíamos abandonar nuestras pretensiones de reclamar a un medio como este que modifique sus lógicas de producción imaginaria. Pero nos preocupa el diseño serial de sujetos único-comunicacionales que responden a los intereses del poder y despliegan su accionar político en los diferentes espacios de participación pública y sobre todo en los espacios privados porque para nosotras lo personal aún es político. El medio fragmenta y aísla. Escinde a la imagen de toda historicidad. Y en paralelo expande sus redes de influencia y concentra poder. Porque tal como afirma Christian Ferrer en Mal de ojo. El drama de la mirada (2005): “todo sistema técnico que se expande no lo hace a partir de una inocencia originaria (…) en ellos está incluido no sólo un programa auto-reproductor sino un plan general de administración de la vida”.
Registros que encarnan una nueva pornografía sádica y desencantada. La banalidad del mal puesta al servicio de productores, editores, presentadores y panelistas. La obediencia debida del formato mediático. Imágenes gastadas sin redención, vaciadas de toda afectividad. El espectáculo tritura una vez más y otra esos cuerpos que pronto serán olvidados porque habrá otros con historias más espectaculares que ocuparán su lugar. Y así el horror pierde su verdadera magnitud, múltiples cuerpos que parecen el mismo, nombres, historias rápidamente olvidadas ante la inmediatez y el desplazamiento de nuevas imágenes. En El espectador emancipado (2013), Rancière nos recuerda: “Si el horror es banalizado, no es porque veamos demasiadas imágenes de él. No vemos demasiados cuerpos sufrientes en la pantalla. Pero vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos incapaces de devolvernos la mirada que les dirigimos, demasiados cuerpos que son objeto de la palabra sin tener ellos mismos la palabra”.
A pesar de esto, hay una performatividad, un acto de presencia que configura a los cuerpos dentro de una trama potente, visible, que a diferencia de esos cuerpos que se exhiben en la pantalla desprovistos de todo cuidado y teñidos del amarillismo mediático, irrumpe en el espacio público sugiriendo nuevas posibilidades. Redefinir la importancia de los cuerpos y sus modos de aparición en la escena de los medios masivos de comunicación implica correrse de un “ideal regulatorio” que, tal como sostiene Butler, motoriza una fuerza reguladora que se manifiesta como una especie de poder productivo capaz de demarcar, circunscribir y diferenciar los cuerpos que aparecen en pantalla.
Pese a lo aquí expuesto, los movimientos feministas en sus diversas variantes exhiben/exhibimos en la actualidad múltiples y diversos modos de organización. Sostenidas en prácticas de comunicación alterativa desafiamos la palabra de autoridad de los medios hegemónicos y generamos estrategias y espacios de resistencia que posibilitan, en palabras de Rancière “escindir la unidad de lo dado” y “diseñar una nueva topografía de lo posible”.
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