Tubal, que era el instructor de los Kobdas durante cuarenta lunas después de su consagración, llevó un día sus jóvenes discípulos a la campiña, fuera de los muros de la Casa de Numú.
Se había recibido aviso del plano espiritual, que entre este centenar de jóvenes, se encontraban los que serían testigos oculares del apostolado mesiánico, próximo a llegar.
No habían sido señalados los sujetos, pero era bastante para que el Alto Consejo, y todos los Kobdas mayores, pusieran gran empeño en que este plantel superase a todos los anteriores, en cuanto a la parte intelectual, moral y en el desarrollo de las facultades espirituales.
Algunos demasiados entusiastas, pedían a Tubal que les llevase entre las multitudes para hablar a los hombres de la próxima venida del Verbo de Dios y arrancarles de su embotamiento, en medio de los negocios materiales.
Erech, Suri y Aldis, que aún estaban convalecientes de las enferme- dades espirituales y físicas que les habían postrado en la gira apostólica realizada, guardaban discreto silencio, porque la cercana experiencia les hacía comprender que ellos no estaban por el momento, aptos para correrías de ninguna especie. Extenuados físicamente y aplanados en su espíritu por el recuerdo de hechos desastrosos para sí mismos que no habían podido evitar, buscaban de fortalecerse en la meditación y en el estudio de sí mismos, y de todas aquellas grandes almas que les servían de ejemplo y de enseñanza.
–“Aprenda el Kobda primeramente a dominar todos los bajos mo- vimientos de su íntimo ser y entonces vaya por el mundo a enseñar a los demás”. Nos han dicho nuestros padres, la última vez que nos hablaron –decía por fin Tubal, para empezar su enseñanza espiritual, sentados bajo los árboles seculares de la pradera, sintiendo el cantar de las olas tumultuosas del Nilo que hacían coro al cantar de los labriegos cultivando los campos–.
“Bien sabéis que de todos los que estabais (*eran 129), la tercera parte fue puesta a prueba; de esa parte, sólo ocho permanecen en la Casa de Numú. De esos ocho, cinco están aquí presentes: Aldis, Suri, Erech, Jaban y Donduri; los otros tres aún no pueden comprender nada porque es tan profundo su desequilibrio mental, que no permite a Bohindra dejarles salir del Jardín del Reposo.
“Que os digan estos hermanos que aquí veis, aún a medio curar, si es posible a jóvenes como vosotros, que os sentís aquí como plantas de invernáculo, salir de pronto a la borrascosa corriente, sin que os arrastre en su empuje violento e irresistible.
“El describir con detalles lo que les ha ocurrido, sería romper la onda tranquila, elevada y serena de este ambiente que nos rodea y abrir la puerta a las corrientes funestas y malsanas para vuestros espíritus y para vuestros cuerpos, de la misma manera que si entráis en una habitación un cadáver en descomposición, corrompéis el aire y aspiráis gérmenes putrefactos que pueden inocularse en vuestros pulmones, por vuestras vías respiratorias. El ser dado al cultivo de su espíritu, bajo ningún pretexto debe promover ni intervenir en crónicas o relatos de miserias morales ajenas, porque contamina con las ondas etéreas y las vibraciones emanadas de ellas su propia aura, donde se plasman imágenes e ideas que luego le persiguen como fierecillas hambrientas, en sus horas de concentración espiritual. Todo lo que mancha al espíritu, es necesario olvidarlo, si se han de matar todos los bajos movimientos del ser.
“Teniendo en cuenta estos principios fundamentales, he insinuado a estos hermanos vuestros que no os refieran nada de cuanto les ha ocurrido. Que os baste saber que ellos tienen en sí la experiencia de que
no podéis arriesgaros entre las multitudes, sin fortalecer antes vuestro espíritu, en forma que sea como piedra inconmovible ante las olas que se estrellaran contra vosotros.
“¿Creéis acaso que por llevar aquí dos o tres años, habéis aniquilado ya, las larvas de vuestros vicios y defectos?
“Mirad a aquel Kobda ya anciano, que distribuye la semilla a los labra- dores. Hace por lo menos veinte años que realiza esa misma ocupación y con una solicitud infatigable enseña a los labriegos a sembrar, a cultivar, a recolectar y preparar después los granos o los frutos. Hace una vida como veis, oscura, retirada, silenciosa. No deja morir ni un árbol ni una planta, sin que dé su fruto, su nueva semilla, que al año siguiente vuelve a la tierra para fructificar otra vez. De la labor que él realiza nos alimen- tamos todos, hombres y ganados dependientes de la Casa de Numú; y hasta de la paja de ciertos cereales, él se encarga de que las mujeres de los labriegos saquen la fibra que, en sus distintas escalas, sirve para las esteras de nuestros pisos, para las cortinas de nuestros santuarios, para cubrir nuestros cuerpos durante la vida, y envolver nuestros despojos cuando el alma ha partido a la inmensidad infinita.
“¿Podemos calcular acaso, el amor que él da de sí a todas las mi- llares de semillas que hace sembrar? Si le vierais, como lo he visto yo, cuidar y limpiar y preservar de soles ardientes y de hielos destructores esas semillas, para que no mueran una vez recolectadas, juzgaríais que ese hombre ve un ser vivo que siente y ama en cada semilla. Y cuando alguien le dice que es demasiado su sacrificio por unas semillas, dice tranquilamente:
“La evolución de estos seres está en nacer, crecer, dar frutos y agos- tarse, dejando una prolongación de sí mismas para renacer a su tiempo. Si yo en la medida de mis fuerzas coopero a esa evolución, cumplo con la Ley Divina de ayuda mutua y de amor a todos los seres. Después, todos estos millares de seres emanan irradiación benéfica para sus cultivadores y cooperan a que tengamos salud, paz y armonía entre nosotros y los labriegos cultivadores de nuestros campos”.
“¿Qué le importa a él que en el mundo exterior no sea conocido su nombre ni su obra, que parece perderse entre los graneros y los campos arados?
“¿Acaso por ser desconocida e ignorada, su obra es menos real y meritoria?
“En la infinita escala de las obras de Dios, no podemos precisar ni definir si hace obra más grande y buena, el que guía multitudes o el que guía la evolución de las especies inferiores, porque “la grandeza de la obra no está en la obra misma, sino en el pensar y el sentir de aquél que la realiza”.
“Entre el que guía multitudes, con el pensamiento de levantarse un pe- destal de gloria para sí mismo, y el que sin ningún mezquino pensamiento cultiva las plantas de sus campos, sólo por amor a ellas, es indudable que éste último realiza una obra meritoria para sí mismo, a la vez que benéfica para aquellas especies que han recibido su solicitud. Las especies inferio- res no adulan ni lisonjean, ni sirven de tentación y, aunque es verdad que el Altísimo manda a veces a sus hijos las pruebas difíciles de la grandeza y del poder de ocupar lugares prominentes, que ponen al ser como en la cúspide de una torre de marfil, a la vista de todos, también es verdad que Él da los medios para salir triunfante de esas pruebas, cuando sin nosotros buscarlas las hemos recibido como encargue divino.
“El caso por ejemplo de nuestro hermano Bohindra, tan consagrado a sus cantos, a su lira, a sus plantas, a vitalizar con vibraciones de armonía el agua y el aire para los enfermos y los tristes, sin querer jamás salir a buscar el aplauso de los hombres. ¿Qué hizo él para que tantos y tantos pueblos pidieran el derecho de proclamarlo su soberano?
“Él buscó el olvido, la oscuridad, el retiro de todos los placeres de la vida carnal, pero el Altísimo que lo ha puesto encima de una torre a la vista de todos, está obligado por justicia a sacarlo a flote, sin que ninguna tempestad lo hunda y ningún vendaval lo derribe.
“Y así es todo en la vida del espíritu, al cual nunca le falta la fuerza y ayuda necesaria para mantenerse firme en el cumplimiento de la Ley. Y nuestras grandes caídas, y nuestros grandes errores, son porque muchas veces siguiendo el impulso de las larvas internas que aparentemente están muertas, pero que viven dentro de nosotros, nos salimos de nuestros senderos ya marcados al encarnar, y nos perdemos en encrucijadas sin salida. Y cuando por fin el amor de algún ser misericordioso nos vuelve al camino, ¡cuántas desgarraduras en nuestro vestido y cuántas llagas en nuestro corazón!
“Haceos cada día estas preguntas y contestadlas con toda la sinceridad que seáis capaces, sabiendo de antemano que sólo Dios y vosotros mismos conoceréis las respuestas:
“– ¿Por qué vine a la Casa de Numú? “– ¿A qué vine?
“– ¿Por qué quiero salir a la sociedad de los hombres? “– ¿Qué busco de ellos?
“– ¿Qué les daré yo?
“– ¿Me apena la vida oscura y desconocida?
“– ¿Pienso con mucha frecuencia en los sacrificios o molestias que me tomo por los demás?
“– ¿Rehúyo pensar en las molestias o sacrificios que los demás hacen por mí?
“– ¿Soy capaz de reconocer mis errores? “– ¿Soy capaz de reconocer la virtud ajena?
“– ¿Soy capaz de obrar el bien aún sin esperanza de ninguna recompensa?
“– ¿Soy capaz de sembrar una semilla, y cultivarla y regarla aún cuando sepa que no gozaré yo de mi esfuerzo y sacrificio?
“El día que os podáis contestar satisfactoriamente todas estas preguntas, sin que en vuestra propia conciencia se levante una voz para desmentiros, entonces será llegado el momento de que vayáis sin peligro, en medio de las multitudes, donde no encontraréis más que lazos hábilmente tendidos en que los débiles y los incautos caen a millares.
– ¿Y si me llega la hora de partir de este mundo, y aún falta alguna de esas preguntas sin poder contestarme satisfactoriamente? -preguntó un jovencito que había prestado gran atención a todas las interrogaciones que hacía Tubal, a lo más hondo de sus almas.
– ¡Hijo mío!..., si en esta sola vida puedes contestar a todas las preguntas, y sólo te falta una, puedes estar seguro de que has dado un paso de gigante en la perfección de tu espíritu, aun cuando no hayas salido a predicar la verdad.
– ¿Y si me llegara la hora de partir y no hubiese podido contestarme a ninguna? -volvió a preguntar.
–Entonces sería señal de que si hubieras salido de esta aura de pro- tección, menos te las habrías contestado, porque entonces no habrías sido capaz ni siquiera de hacerte esas preguntas a ti mismo.
Este jovencito Kobda, el menor de todos ellos, se llamaba Agnis, y en un lejano futuro debía traer la dura misión de ser fustigador del vicio y de la iniquidad; en las vísperas de la última venida del Verbo de Dios a la tierra, misión heroicamente cumplida con este brochazo sangriento al final: la cabeza del misionero presentada en un festín, sobre una bandeja de oro. Sería el precursor del Cristo: Yohanán el Bautista.
–Y ¿Cómo conoceremos si las respuestas son de verdad la copia fiel de lo que hay en nuestra conciencia? –preguntó otro de los jóvenes postulantes.
–Muy fácilmente: si es el amor a la Verdad Eterna o el amor a la hu- manidad lo que os impele en vuestras obras, no os sentiréis aplastados y doloridos por el pesimismo, si no conseguís el éxito. Pero si en vuestras obras apostólicas buscáis vuestro engrandecimiento y vuestra gloria, os causará tristeza y pesar profundo la negativa y el fracaso. ¿Habéis com- prendido cómo debe escudriñar el espíritu sus propios rincones ocultos, para matar las larvas de la gangrena espiritual, dormidas a veces bajo un musgo suave y verdeante?
diáfanos matices, en forma que nos encantamos de ellas, pareciéndonos que son lo mejor de lo mejor. Mas si esas mismas acciones, las vemos en otros, nos resultan desteñidas y opacas, ¿por qué?
“Porque las unas son nuestras y las otras son de nuestro hermano. “El Kobda que quiere de verdad subir la escala de perfección humana a que fue llamado, no se ha de distraer en obras de ruido exterior, sino en acumular armonías interiores mediante el acuerdo completo entre el pensar, el sentir y el obrar, y la Eterna Ley de Amor y de Justicia.
– ¿Qué hemos de entender por obras de ruido exterior? –preguntó Donduri, que se sentía apasionado por las multitudes y por las obras de gloria y de fama.
–Quiero decir obras huecas, sin médula, como esos árboles muy frondosos pero sin fruto; obras sin el amor que les da fuerza, energía, vida, irradiación benéfica para sí mismo y para los demás.
“Los humanos estamos habituados a mirar el exterior de todas las co- sas, y por eso nos engañamos miserablemente y engañamos a los demás. “Dos hombres enseñan una misma doctrina: el uno la enseña por amor a la ciencia misma y por amor a los discípulos que le escuchan. El otro la enseña por la gloria que se atrae y, acaso, para conquistar mayor número de oyentes, hará elocuentes demostraciones y sus discursos serán más brillantes.
“Los hombres escucharán las palabras, pero no penetrarán en lo interior y desde luego, no verán la formidable irradiación de amor del primero, ni la nulidad de irradiación del segundo.
“Dos hombres curan una misma enfermedad. El uno acumula me- dicina tras medicina. El otro apenas si hace beber alguna infusión de hierbas o un vaso de agua cristalina. ¿Cuál os parece que curará con mayor rapidez y a mayor número de enfermos?
“Aquel desde luego, que más amor ponga en sus obras, por pequeñas, modestas e insignificantes que ellas aparezcan ante los ojos humanos.
“Es hueca y vacía toda obra que deja vacío y hueco a quién la reali- za, porque fue hecha tan sólo con la mira del aplauso y de la vanidad satisfecha.
“Por eso, antes de realizar un acto de relativa importancia, preguntaos a vosotros mismos:
“¿Qué fin me induce a realizar esta obra?
“Las palabras, mi gusto, mi deseo, mi antojo, deben ser borradas del vocabulario del Kobda, si quiere matar las larvas venenosas que todos llevamos dentro de nosotros mismos, y que más tarde o más temprano, crecerán entorpeciendo nuestro progreso espiritual.
“Siento que estáis pensando: ¿Hemos pues, de vivir sin deseos, sin anhelos, sin aspiraciones?
“Y yo os contesto: En la Casa de Numú, nadie obliga, nadie fuerza, nadie arrastra con cadenas. Únicamente se os pregunta:
“¿Buscáis la paz del alma? ¿Buscáis aniquilar de raíz vuestros de- fectos? ¿Buscáis subir con mayor rapidez la escala que os llevará a la Felicidad, a la Sabiduría y al Amor?
“Este es el camino. El que lo siga con mayor decisión y valor, será el que llegue más pronto. Si os falta a veces la paz, estad seguros de que es porque deseáis lo que no podéis tener. Donde hay deseos, no hay paz, y todo deseo que os turbe la paz, es un exceso de deseo.
“Todos los que tenemos algo lúcida la conciencia, respecto de los ca- minos de Dios y de las almas, decimos que deseamos ver a la humanidad libre de su atraso moral y espiritual.
“¿En qué forma conoceremos que ese deseo es justo y medido? “Pues, empezando por salir nosotros mismos, que somos parte de la humanidad, de ese atraso y de esa pequeñez.
“Termino con esto mi confidencia espiritual con vosotros y os dejo, para que continuéis vuestros trabajos o vuestros recreos acostumbrados.
Y Tubal volvió solo al Santuario, pensando en que más de la mitad de sus discípulos, se sentían cobardes al sólo pensamiento de la negación de sí mismos.
– ¡Pobrecillos! –murmuró–. A la edad de ellos, yo también decía, ¡qué dura es la enseñanza de la Casa de Numú! ¡Y qué torturas y qué ansiedades antes de conseguir matar mis deseos y mis ambiciones! ¡Ojalá fuera mi amor bastante grande, para llenar todos los huecos vacíos que hay en esas almas torturadas todavía por los deseos humanos!
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