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Mientras tanto, los progresos de Adamú como artesano y labriego, y los de Evana como ama de casa, eran visibles a todas luces.

La enseñanza de Milcha daba fruto al ciento por uno. Desde el esta- blo y valiéndose de los renos como animales de tiro y de carga, habían trasladado a la caverna todo cuanto pudiera serles de utilidad en su vida.

Registrando las ruinas en que Adamú viviera varios años, encontraron algunas ruedas talladas en piedra con remaches y aplicaciones de cobre unidas entre sí, como especie de plataforma de un rodante pequeño al cual le faltaba la parte superior. Con varas de fresno, tan flexible y fuerte como nuestro mimbre, y esteras de fibra vegetal de aquellas de vistosos colores que tanto gustaron a Milcha en la barca de los piratas, Adamú dejó arreglada una pequeña carroza, que nada tenía que envidiar a las que los mercaderes colocaban sobre el lomo de sus elefantes, para cu- brir sus mujeres o sus mercancías. Y el reno mayor y uno de sus hijos,

tiraban de ella como hubieran podido hacerlo con un trineo sobre los campos de nieve.

Acaso aquella pradera no había visto nada más hermoso que la bella pareja de adolescentes recorriéndola en su pequeña carroza de varas de fresno, cubierta de una estera de vistosos colores por fuera y de pieles por dentro. ¿Podía acaso pedírsele algo más a un niño de trece años de edad? Su familia de renos se había aumentado de año en año, formando ya un pequeño rebaño que casi llenaba la caverna cuando por las noches se recogían a dormir. Y fue necesario que Adamú hiciera para ellos una empalizada en la especie de plazoleta que se abría entre las montañas delante de la puerta misma de la caverna. La techumbre, formada de pequeños troncos, de ramas y de paja, dio a aquella extraña edificación, el aspecto de una choza de las que usaron en todos los tiempos los pas- tores para abrigar sus ganados en el invierno.

La caza y la pesca, la recolección de hortalizas, frutas y legumbres, les ocupaba a entrambos el tiempo en forma que sus días pasaban rá- pidamente.

Las cavilaciones de Evana para recordar cómo hacía Milcha el queso de la leche de sus renos, le llevaron varios días. Lo mismo que el queso de almendras e higos y la pasta de harina con huevos de codornices y fruta de palmera. Todo esto significaba demasiadas complicaciones para una mujercita que sólo contaba algo más de doce años de edad. Puede comprenderse por tanto, que el tiempo les era escaso para sus múltiples ocupaciones.

Mas un día, Adamú quiso llevar a Evana de paseo hacia el río grande para visitar su barca amarrada en la orilla del arroyo. Ataron sus renos al original rodante que ellos llamaban “korha” según su lengua atlante, cuyo significado en nuestras lenguas actuales sería “para correr”.

Madina, que estaba entonces con un hijito de pocos meses, les seguía, y su vástago iba cómodamente echado en el interior de la korha. Salieron al amanecer llevando provisiones para todo el día, y fue la vez que más se alejaron de la caverna desde que habitaban en aquellos parajes.

Es aquí oportuno hacer notar que diez mil años atrás, las costas del Mar Mediterráneo no eran las mismas de ahora, pues sus aguas cubrían gran parte de la región que después fue Fenicia, y que muchas de las pequeñas montañas costaneras, entonces aparecían como pequeños islotes exactamente lo mismo que las islas que forman los demás ar- chipiélagos. Esto explica que algunos brazos del Éufrates y el Éufrates mismo, no quedasen tan distantes como en la actualidad, de la costa mediterránea.

Cuando apenas habían pasado poco más al oriente de las ruinas de Ada- mú, comprendieron que Madina sentía algo que la alarmaba. Levantaba

su cabeza al aire y daba golpes con su pezuña en la tierra. Por intuición comprendieron que algo se acercaba y dando vuelta a su yunta de renos tiradores, en una breve carrera se encontraron refugiados en el establo de las ruinas. A poco de haber llegado vieron un grupo de veinte arqueros montados en los pequeños y veloces caballos procedentes de la Arabia, que corrían detrás de una tropilla de búfalos, buscando ponerse a tiro para dispararles sus flechas. Varios de ellos cayeron muertos o heridos, y Adamú desde lo alto de un árbol observó que los arqueros les sacaron las pieles y parte de las carnes, y se alejaron por donde habían venido.

–Son los esclavos del Dios Cazador –explicaba Adamú a Evana, mara- villada de ver aquellos hombres de indumentaria tan diferente a la suya. – ¿Cómo lo sabes? –preguntaba ella asombrada de que Adamú lo supiera todo.

–Pues por los tapices. ¿No has visto al Dios Cazador, de pie sobre un haz de flechas sostenidas por los hombros de sus esclavos?

–Pues ellos son, no hay duda.

En realidad eran los arqueros guardianes de las tierras habitadas por las tribus aliadas del Chalit del Nilo, que se proporcionaban pieles y carne de los pocos animales salvajes que aún quedaban entre las praderas y los bosques; pues las tribus nómadas los habían extirpado casi de raíz, tanto para seguridad de sus tiendas y de sus rebaños, como para proveerse de pieles más apreciadas aún que la carne y la grasa.

Esto fue para los niños un grande acontecimiento y por mucho tiem- po les sirvió de punto de partida para recordar ciertos sucesos y ciertas fechas. Eran los primeros seres humanos de carne y hueso que habían visto desde que ellos recordaban, a excepción de Sophía y Milcha. Y así decían siempre al mencionar algún suceso privado suyo: “Hacía tres o seis o veinte días de los esclavos del Dios Cazador”.

Cuando la pradera quedó tranquila salieron de su escondite y Evana propuso ir a ver de cerca el teatro de la victoria de aquellos seres extraor- dinarios. Cuando llegaron donde estaban los cuatro búfalos muertos y ya sin piel, observaron que sólo habían llevado pequeños trozos de carne.

–He aquí que el buen Dios nos manda grasa para hacer velones –dijo Adamú, observando las bestias desolladas–. Tú, que ya no querías en- cender sino un momento el velón porque era el último que quedaba, ahora podrás tener luz en abundancia.

Y atando hojas de palmera, fue arrojando encima de ellas los trozos de grasa, que con gran destreza cortaba con su cuchillo de las reses que los arqueros habían dejado. Esta tarea les llevó buena parte del día, pues tuvieron que llevar la grasa a rastras, sobre el lecho de palmeras que Adamú había hecho, hasta el establo, desde donde podrían después conducirlas poco a poco hasta la caverna.