El llamado palacio real de Menfis era como una ciudad fortifi- cada dentro del área de otra gran ciudad.
Estaba compuesto de varios edificios independientes unos de otros. La llamada Sala del Trono era el verdadero palacio de gobierno residencia del Faraón, y era un bosque de columnas, de arcos, de camarines y cámaras, de patios poblados de esfinges, obeliscos y fuentes con surtidores. Desde allí podía pasarse, sin salir al exterior, a los Templos de Osiris y de Isis, entre bosques también de columnas, pero en ellas se veían grandes puertas clausuradas y oscuras escaleras que bajaban a criptas más secre- tas y clausuradas aún. Eran el dominio de los dioses, escenarios sagrados y augustos donde sólo el sacerdocio debía penetrar.
Y entre bosques de palmeras centenarias y graciosos obeliscos de granito rosado de las canteras libias, existía de tiempo atrás el llamado Palacio de la Princesa, que sólo era habitado cuando la hija mayor de un Faraón cumplía la edad de ser presentada al pueblo, o también cuando una princesa extranjera llegaba de su país para celebrar esponsales con el Faraón o con su heredero.
Allí esperaba al futuro esposo y de allí salía para compartir el viejo trono de Egipto.
Cuando Thimetis salió de la presencia de su padre, su corte de doncellas la esperaba en antesala y de allí se dirigió a su palacio donde flameaba el pabellón oro y nieve, con el blasón propio de su dignidad bordada en oro: la diadema de flores de loto usada por todas las princesas reales.
A la entrada a su pequeño y hermoso palacio la esperaba el cortejo de donceles músicos con Amram al frente, tal como ella lo había dispuesto.
Y en las habitaciones más interiores e íntimas, le esperaban el Anciano Eleazar, padre de su esposo, Jacobed, su cuñada, con su chiquitín de sesenta días, su fiel esclava Enabi, y todas las sier- vas y siervos que habían sido de su madre y que Thimetis quiso conservar a su lado.
¿Quién más la esperaba?
Su Anciano maestro, el sacerdote Amonthep, acompañado de dos hierofantes jóvenes, Ohad y Carmi, sobrinos del Pontífice bajo cuya autoridad estaba todo el sacerdocio y templos egipcios.
– ¡Esta es la recepción del amor para mí! –exclamó ella pro- fundamente conmovida ante una demostración espontánea que no esperaba–.
“Veo que no estoy sola en el camino que comienzo hoy –añadió, quedando como petrificada en el centro del amante círculo que la rodeaba.
–Hija mía –dijo Amonthep–, lo que se siembra eso se recoge y al igual que tu madre, la inolvidable Epuvia Ahisa, comienzas tu vida sembrando rosas y rosas recogerás en tu camino.
Ohad y Carmi se acercaron a ella y en nombre del Pontífice le ofrecieron, entre un cofrecito de seda púrpura, la Rosa de Oro, símbolo del amor divino de Isis para la joven adepta de su escuela de Amor y Sabiduría.
– ¡Oh! ¡La Rosa de Oro de Isis! –exclamó Thimetis–. ¡Aún no hice nada para merecerla! –añadió sin atreverse a recibirla–.
“¡Maestro Amonthep! ¿No me has dicho que es necesario mo- rir por una renunciación a todas las cosas vanas, para merecer la Rosa de Oro de Isis?
–Recíbela sin vacilar, hija mía, porque tú hiciste la renuncia- ción parecida a la muerte –le contestó el Anciano.
– ¿Cuándo?
– ¿No acabas de renunciar el trono de tus mayores y pedir a tu Rey el retiro absoluto al castillo del Lago Merik?
– ¡Sí, es verdad, padre mío! –respondió a media voz la princesa, como pesando todas sus palabras.
–Entonces..., si nuestro Pontífice Pthamer te envía el valioso tesoro que Isis concede a sus elegidos, es porque la diosa lo puso en el secreto de tu corazón.
Thimetis inclinó su frente, dobló una rodilla en tierra y recibió el cofrecillo de seda púrpura con la Rosa de Oro de Isis.
Y estrechando la resplandeciente flor a su pecho, rompió a llorar desconsoladamente.
El Anciano se le acercó.
– ¿Por qué lloras, Thimetis? –le preguntó.
–Es muy grande el secreto de mi corazón y me pesa como una montaña.
–Pero ya no puedes retroceder. Lo que se pide al Rey y el Rey concede es como una estrella caída a tus pies; somos aquí tres hombres del templo para ayudarte a soportar el peso de tu secreto, y por encima de nosotros, Isis y el Pontífice Pthamer, intérprete de las voluntades soberanas.
“Cuando el Dios Vivo pone una carga en nuestros hombros, su potente brazo es quien sostiene el peso, y aún pone alas en nuestra espalda y alegría en nuestro corazón.
“No temas, hija mía, que lo mandado allá arriba, se torna en pan y miel para nuestra boca y alfombra de flores para nuestros pies.
“Sigue sembrando rosas y este viejo te asegura que rosas vas a recoger.
– ¿Sin espinas? –preguntó ella con una dolorosa sonrisa. –Las rosas son siempre bellas a pesar de sus espinas, Thimetis, recuerda esto en todos tus días.
Uno de los dos hierofantes se acercó a la princesa y preguntó a media voz:
– ¿Es también secreto el estudio a que aspiras, Princesa de Egipto?
–Mi padre lo sabe y lo consiente. ¿Quiénes serán mis maestros? –Los tres que estamos aquí.
– ¿Dónde deberé acudir?
–Tenemos concedidos dos días a la semana, si mandas a bus- carnos. Pero si habilitas el templo del castillo permaneceremos cinco días cada semana.
–Lo haré ¡Oh, sí, lo haré! –exclamó Thimetis–. Mi padre me acaba de prometer todo cuanto necesite para mi debida instalación en el castillo del Lago Merik.
–Esperamos tu aviso, Princesa Real, y quieran los dioses que sea pronto.
–Mi maestro está autorizado para vivir permanentemente en el castillo. ¿Lo sabíais vosotros?
–Lo sabemos.
–Todo marcha a su término, hijos míos, y todo resultará en bien de los que siguen la senda que les fue marcada.
Los tres sacerdotes se inclinaron en reverente saludo a aquella niña pequeñita y grácil como un loto del Nilo; y que no obstante era la preocupación en ese instante del austero y sabio sacerdocio egipcio.
¿Qué habrían anunciado los signos del Zodíaco para esa pe- queña mujer de sólo quince años de edad?
¿Qué oráculos dejarían caer a la Tierra las estrellas desde sus lejanas moradas, para que así, se preocupasen por ella los sabios del templo?
¿Habría hablado la muda Esfinge, de un glorioso pasado de Av Isis Thimetis, y de un futuro más glorioso y prometedor aún?
El día en que nació Thimetis, los signos del Zodíaco anunciaron a los astrólogos del Templo que la niña que nacía era una estrella de primera magnitud, que venía ligada a un Sol de Justicia que marcaría a la humanidad un nuevo camino para encontrar la feli- cidad. Y los videntes del Templo habían visto un hombre luminoso en lo alto de una montaña, con una escritura en láminas de piedra que no supieron descifrar.
En los archivos del Templo de Menfis se encontraban estos relatos.
Los astros habían, pues, hablado a los hombres del Templo, y ellos esperaban grandes realizaciones de esa pequeña mujer que hacía a los quince años una grande renunciación.
Thimetis se despidió del gran mundo en que había vivido los primeros quince años de su vida, asistiendo entre su padre y su madrastra a las resplandecientes fiestas con que celebraba Egipto a la florida primavera.
Las góndolas iluminadas flotando como palacetes fantásticos sobre las ondas del Nilo sagrado; las músicas de cien orquestas puestas a tono por la magia inflexible de un hábil director, las danzarinas traídas de todos los países amigos para exhibir la cá- lida gracia de sus movimientos y la riqueza de sus vestiduras, los donativos del Faraón para el pueblo que lo aclamaba; el encanto de la flamante esposa y de la bien amada hija que ejercía pode- rosa sugestión de amor sobre el pueblo, todo, absolutamente,
cooperaba para hacer de las fiestas primaverales de ese año un acontecimiento pocas veces presenciado en la vieja capital Men- fis, la histórica, la milenaria, por la que habían desfilado muchas dinastías faraónicas y muchas generaciones de pueblos y razas.
Dos poderosas corrientes de pensamientos y de emociones, agitaban a la joven Princesa Real.
Una ola le traía la pesadumbre de todo aquel esplendor que abandonaba para siempre. Y una especie de tentadora sugestión parecía susurrarle al oído: “¡Cuán pobre de mente eres que aban- donas tu alto pedestal de heredera para sumir tu vida entre viejos libracos y viejos sacerdotes a quienes sigue de cerca la tristeza y la muerte!”
Y esa ola pasaba y venía otra que le murmuraba una cadencia diferente: “¡Feliz de ti, nueva Néferi, nueva Hatasu, que abando- nas toda esta negra pavesa que se lleva el viento para abrazarte a lo que siempre vive a lo imperecedero y eterno: el bien a tus semejantes, la iluminación de toda la humanidad, el poblar los
cielos infinitos de almas salvadas con la gran Ley traída a este
mundo por el Verbo Eterno, Verdad Suprema, Palabra Creadora, encerrado en ti como en un cofre de diamante!”
Estas dos poderosas corrientes luchaban encarnizadamente en el mundo interno de Thimetis, haciéndola palidecer de espanto unas veces, y llenando sus ojos de jubilosas alegrías, otras.
Ohad y Carmi con algunos Pastóforos del Templo que acompa- ñaban con incensarios de oro, arrojaban el humo perfumado de sus ascuas ardientes consumiendo incienso de Arabia, navegaban al lado de la góndola real y los videntes percibieron claramente las dos fuerzas que luchaban en el mundo interno de la princesa.
Un genio tutelar de ojos celestes que brillaban como estrellas en la oscuridad de la noche, tomaba posición a su espalda y la envolvía en gasas azules y blancas de transparente diafanidad.
Una sombra cenicienta de rojizos resplandores se interponía a momentos, como si brotara del fondo oscuro del río. Y entonces el rostro de Thimetis se tornaba pálido y un escalofrío la estre- mecía visiblemente. ¡Qué duro tormento fue para ella la fiesta primaveral!
Un viento helado comenzó a soplar inesperadamente del nor- te, como si el mar hubiera sentido también la angustia de aquel corazón, y el Faraón por medio de sus heraldos dio la orden de volver a la ciudad.
Dos semanas después encontramos, lector amigo, a la Princesa Real Av Isis Thimetis recostada en su diván encortinado de gasas
amarillas y blancas, en su salón dormitorio del castillo del Lago Merik.
Había dado valientemente el gran salto sobre el abismo, que el Eterno Infinito pide a las almas llegadas al sagrado altar de las grandes realizaciones.
Y se sentía poseída de esa calma tranquila, llena de pensa- mientos, de recuerdos, que a momentos le sonreían visiones de ensueño y a veces una cruel incertidumbre ponía pavor en sus ojos.
Amram, el esposo elegido por ella, había sido ascendido al pesado cargo de Gobernador del Castillo, bajo la única autoridad del sacerdote Amonthep como Censor.
La fiel Enabi era Azafata de las doncellas cortesanas, las esclavas y esclavos habían recibido carta de manumisión y eran servidores con un salario convenido.
El salón de ceremonias fue anexado al Oratorio para formar el Templo bajo la inspiración del Hierofante Membra, notario archivero del Templo de Menfis. Era en miniatura una perfecta imitación del Templo de Isis, anexo al gran palacio real.
La Isis de mármol blanco que su madre había hecho construir con finos mármoles de Italia, fue traída en suntuosa procesión desde las habitaciones de Thimetis hasta el vetusto castillo, que sufrió una grande transformación. El Faraón mandó sus mejores arquitectos con sus cuadrillas de operarios, para que el castillo fuera alojamiento de aquella amada hija, incomprendida por él, pero a quien los sabios del templo consideraban elegida por los dioses para felicidad y grandeza del país.
Este gran amor del Faraón, comenzó a lastimar la susceptibi- lidad de la esposa reina, y esto dio motivo a que el esposo-rey se le consagrara en absoluto olvidando un tanto a su hija. Más aún cuando en la corte se hizo público que la reina esposa iba a ser madre de un hijo varón, según el anuncio de los astros y de los astrólogos.
El Faraón entró en un delirio de amor por su esposa, tan exa- gerado, que olvidó todo, hasta la amenaza de contiendas armadas con sus vecinos que tan alerta le tuvieron siempre.
Los festines, que a veces eran orgías, se sucedían sin interrup- ción y en ella los brindis tan abundantes, que el Faraón salía de una ebriedad y empezaba otra. Estas circunstancias tan especiales y propicias, contribuyeron grandemente para que los designios divinos se cumplieran en Thimetis de la manera más perfecta y feliz que pudiera desearse.
El desposorio secreto de la Princesa sólo era conocido por el Pontífice y algunos Hierofantes y Sacerdotes del viejo culto, como se denominaban ellos mismos en secreto absoluto.
Las grandes verdades divinas al comenzar la dinastía de los Ramsés fueron relegadas a lo más profundo y secreto de las criptas del Templo, en aquella Arca de oro que cubrían las alas de plata de águila con rostro humano.
Allí sólo el Pontífice y su Consejo, de los más adelantados Hie- rofantes, podían penetrar.
El antiguo monoteísmo heredado de Mizraim de Tanis y de los Kobdas prehistóricos, sólo era un gran recuerdo secreto que vivía como encerrado en tumbas inviolables en lo profundo del corazón de un puñado de almas clarividentes, que preferían la muerte a claudicar de la Eterna Verdad que conocían y amaban.
La dinastía de los Ramsés, si bien engrandeció las ciudades y metrópolis egipcias con los más grandes templos y palacios, con anfiteatros y termas superiores a cuanto se conoció en el mundo de entonces, dejó introducirse la corrupción y el error más gro- sero, en las formas y modos más degradantes que pueden existir en esta humanidad.
El aumento exagerado de prole llegó a ser el ideal supremo de nobles y plebeyos, y el gran palacio faraónico se llenó de esposas secundarias y de hijos bastardos del Soberano, que les asignó a todos la alta dignidad de Príncipes con dominios sobre determi- nados distritos del vasto país, y más grave aún, con el derecho de tomar por grado o por fuerza, los bienes y las doncellas que les acomodasen para sus fines.
En aquella época, el sacerdocio había perdido ya la alta auto- ridad que tuvo sobre la conducta de los soberanos egipcios, a los cuales podía destituir cuando favorecían o propiciaban el error y la corrupción de costumbres. Esta circunstancia era la que ponía una mordaza de hierro a los grandes Hierofantes de Menfis que esperaban la vuelta a los viejos tiempos. Hecha esta explicación, comprenderá el lector porqué el Pontífice y sacerdotes de Menfis estaban en todo del lado de Thimetis, última esperanza de un re- surgimiento de las Eternas verdades y grandes leyes que fueron luz y vida para el Egipto milenario.
Pero Thimetis, inconsciente en parte de que su pequeñita persona significaba tanto para la gran causa de la Verdad y de la Justicia, se dejó sumir en una triste añoranza en los primeros días de su reclusión en el solitario castillo.
rodeada lograban espantar la sombría tristeza que ponía laxitud en sus movimientos y melancolía en sus ojos.
La gran renunciación parecía haber dejado herido su corazón para siempre.
Dudaba. Vacilaba. ¿Su amor para Amram era verdad o ilusión? ¿Podía confiarse a él en absoluto? ¿Era aquel modesto y bello don- cel que la miraba con reverencia y adoración, un amor verdadero o un vil interés disfrazado? ¿O una alucinación nacida del trato frecuente y forzado en su calidad de artista de joyas?
Su amor por él parecía esfumarse como un dulce recuerdo en una lejanía cenicienta y opaca que se perdía a la distancia.
Hasta que un día, dolorido él y sospechando la lucha interna de Thimetis, pidió por medio de Enabi, una audiencia a solas con ella.
Cuando le fue concedida, Amram se acercó a ella y doblando una rodilla como cuando estaba en el gran palacio de su padre, le dijo así:
– ¡Señora!, si estás pesarosa del amor que te hizo llamarme esposo, me ausentaré para siempre de tu lado y nunca volverás a sentir la inoportunidad de mi presencia.
Y al levantar ella sus ojos para mirarle, vio a su lado un niñito hermoso que le sonreía tendiéndole los bracitos y diciéndole en una media lengua encantadora: –“¿Ya no me quieres más, Thi- metis? ¿Olvidas la promesa de traerme a tu lado para sembrar juntos los rosales de oro de Isis?”
Y como al conjuro de estas palabras del niño, le apareció una Isis viva y radiante que la envolvía en un abrazo cálido, tiernísimo, al mismo tiempo que le decía: –“¡Soy la Madre Eterna de todas las madres de los misioneros de la Verdad venidos a este mundo! ¿Te pesa el haber sido tú elegida para madre de la Luz Divina hecha hombre?”
– ¡No! –gritó Thimetis sin poderse contener y cayó sin sentido en el diván en que estaba sentada.
Ni Amram, ni Enabi y otras doncellas que acudieron podían comprender lo que le ocurría a la pobre Thimetis.
Ella sola había asistido a esa escena maravillosa del plano es- piritual elevado.
Sólo a su Anciano maestro Amonthep confió ella lo que le había ocurrido. Y sólo él pudo comprender la interna y tremenda lucha de aquella adolescente de quince años ante la inmensa carga de la misión para la que fue elegida.
con reflejos de oro me apareció, mientras Amram sollozaba arrodi- llado ante mí? –preguntaba a su maestro la Princesa Thimetis–. “¿Quién es ese niñito hermoso que me sonreía tendiéndome los brazos y recordándome promesas que yo no recuerdo haber hecho? –volvía a preguntar toda llena de ansiedad.
–Todo esto vas a saberlo, hija mía, en los estudios que vas a comenzar –le contestaba Amonthep–. Pero deseando que no padezcas sin respuesta, algo te explicaré hoy. No creas que sea un milagro como llamáis ordinariamente a un hecho que no comprendéis.
“El milagro sería el quebrantamiento de las irrevocables leyes divinas. Y el Eterno Poder Creador no trastorna ni corrige sus obras porque todas ellas son perfectas.
“La verdad única es que existen en determinadas regiones o planos del Universo, fuerzas latentes y vivas que obedecen a los pensamientos de seres, capaces por sus conocimientos superio- res de ordenar la realización de esos hechos prodigiosos o mejor dicho, extraordinarios. Uno de estos hechos es la visión que se te ha presentado en la forma que sabes.
“La aparición del niñito que te llenó el corazón de amor es el que será un hijo tuyo, único, porque es el enviado de la Eterna Potencia para dar un nuevo impulso a esta humanidad estaciona- da en la vida de los sentidos físicos, como si tan solo de materia estuviera formado el ser humano.
“El otro gran ser que se llamó Madre Eterna, para nosotros es Isis porque con tal nombre nos acercamos a una parte de esa suprema Potencia Creadora y Directriz de los mundos. Otras doctrinas de secretos divinos le dan otros nombres, según su