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3.2 Information Distribution

3.2.2 Dynamic Information

Por una parte la frecuencia de las manifestaciones espirituales en torno de los niños, y por otra la facilidad natural que se tiene a esa edad para olvidar aquello que no causa dolor o trastorno físico, Adamú y Eva- na, acabaron por habituarse a su nuevo orden de vida, en la cual entraba como agente muy principal, el hecho de que ellos no habían conocido nada diferente de aquello que les rodeaba.

Una sola interrogación quedaba para ellos, como sumida en la pe- numbra del que espera indefinidamente.

– ¿Dónde está Evana? –preguntaba el niño al doble etéreo de su madre, que se le hacía visible todos los días al anochecer.

–Vino su mamá y la llevó de paseo, pero ya volverá –le contestaba Milcha–. Ordeña a la reno y haz tu pan como te enseñé, que ya eres un hombrecito.

Y a veces permanecía junto al niño, hasta que le veía dormido. – ¿Dónde está Adamú? –interrogaba Evana a la aparición plásmica de su madre o de Milcha, a quienes veía casi continuamente, por la ma- yor sutilidad de su propia aura, y por las condiciones de sus facultades psíquicas, desarrolladas prematuramente.

–Le ha llevado su papá de paseo, pero luego vendrá –le contestaban siempre.

Pronto se manifestaron en ambos, las tendencias propias de su sexo.

Adamú se sintió arquero y agricultor al mismo tiempo. Mal o bien, disparaba flechas a las codornices, a las aves marinas; mal o bien, abría surcos en la tierra y enterraba granos de cereales y legumbres y los ca- rozos de las frutas que le alimentaban. Y luego espiaba afanoso, cuando la pequeña planta rompía la tierra y aparecían sus diminutas y primeras hojitas, buscando el calor y la luz.

Esto era para él un acontecimiento demasiado importante.

Evana por su parte, sentía la necesidad de cambiar de vestidos a sus muñecas, y con este fin, cortaba un vestido suyo en varios trozos y cuando las había cubierto con ellos decía:

–Ahora parecéis tres Evana –y se quedaba muy satisfecha de su obra.

Además, ella, como buena ama de casa, tenía la obligación de dar la ración de bellotas a los renos cuando llegaban por la noche, y si alguna vez se olvidaba, ahí estaba Madina que se lo recordaba, sacando al centro de la caverna el saco en que se guardaban los granos destinados a ellos.

Dos cosas le gustaban a Evana: las flores y los peces.

Y salía por la mañana, acompañada de Madina, a la verde planicie que se abría entre las montañas y el mar; llenaba una gran cesta de flores silvestres y recogía en un recipiente con agua los pececillos que, al bajar la marea, quedaban a veces aprisionados en los huecos que el flujo y reflujo de las aguas, abrían en las arenas de la costa. Había visto hacer esto a Milcha muchas veces, y a ella le causaba gran satisfacción, ver llena su redecilla de pececitos que después comía asados al rescoldo y acompañada por su grulla, que gustaba de ellos tanto como Evana.

Se divertía en poner coronas de flores y follajes a Madina y los renos, mientras estaban echados en la caverna.

Encontraba imponente y majestuoso al reno mayor, arrastrando largas guirnaldas desde la altura de sus erguidos cuernos, hasta larga distancia por el suelo. Y como si los renos comprendieran el placer de su pequeña ama, se alejaban de la caverna por la mañana para pastar, arrastrando majestuosamente las guirnaldas floridas, que Evana les había puesto la noche anterior.

A veces, tanto ella como Adamú, se quedaban mirando largo tiempo aquellos espléndidos tapices que los piratas habían arrancado acaso del santuario de Gerar. Estos tapices representaban escenas de dioses alados y de hombres que tenían arcos y flechas.

Recordaban las explicaciones que sobre ellos, les había hecho Milcha, para que no se les despertase el deseo de buscar después, la sociedad de los hombres.

–Todos esos hombres con flechas –les había dicho–, matan a las mujeres y a los niños.

Mas, esta explicación pudo satisfacerles en los días de la infancia pero ahora que la razón se despertaba, no parecía satisfacerles tanto.

Al dividir los tapices y pieles de la caverna, Milcha llevó al establo los que halló apropiados para su hijo: el dios labrador, rompiendo la tierra con su arado tirado por caballos alados; el dios pastor, guiando con su cayado un rebaño en que aparecían familiarmente confundidos, los renos, los búfalos, los leones y las ovejas; el dios del mar, de pie sobre la cabeza de un monstruo marino, encadenando con sus redes de plata, las olas embravecidas.

Mientras que en la caverna, había dejado los que podían despertar en la niña tiernos sentimientos de feminidad, la diosa Ceres, coronada de espigas y recogiendo gavillas que, al caer en su cesta, se convertían, en dorado pan; la diosa Isis, dormida en una inmensa flor de loto, mientras Osiris entreabría los pétalos para espiar aquel sueño, hermoso símbolo de la tierra y el sol fecundando unidos las simientes; la diosa Minerva, alumbrando con su antorcha a una multitud de niños ciegos, antiquísima representación simbólica de la Sabiduría iluminando a los hombres.

Y en la contemplación de estos tapices, que manos ignoradas habían tejido en una soberbia policromía, pasaban los niños horas y horas, ca- vilando dónde estarían los originales de aquellos magníficos cuadros.

Y Evana se sentía Ceres y se coronaba de espigas; y se creía Isis y for- maba de lotos blancos, azules y rosados, una especie de inmensa corola entre el verde césped, y se recostaba en medio de ella; y se figuraba que era Minerva, y encendía un haz de hojas de palmera seca, atadas a una caña y salía al caer de la tarde con su antorcha, cuya llamarada agitaba el viento, como una cabellera de fuego. Era una visión fantástica, la de aquella hermosa niña de dorados cabellos, vestida con túnica de púrpura, agitando al viento fresco de la tarde, su antorcha de palmeras, seguida de un reno y de una grulla, que parecían formar parte del rito misterioso de aquella sacerdotisa de la soledad.

La belleza y el vigor que emana la Madre Naturaleza sobre los seres que crecen y viven al contacto de ella, sumergidos en su amoroso seno, se manifestaron ampliamente en aquellos dos niños, hijos de la pradera.

Una tarde cálida de verano, Adamú caminaba por las márgenes del arroyo, y cercano al sitio en que el cuerpo de Milcha rodó hasta la co- rriente.

Se sentó en la orilla y comenzó a sumergir sus pies desnudos en el agua; después se quitó la túnica de lino que le cubría y con sus dos re- nos entró al arroyo, cuyo manso oleaje se agitaba suavemente en torno suyo. De pronto llegó hasta él, traída por la corriente, una de las grandes

guirnaldas tejidas por Evana, para el reno mayor, que sin duda, al entrar al arroyo para beber, se le había desprendido de los cuernos.

Los efluvios de la niña habían impregnado aquella guirnalda de flores silvestres, y aunque Adamú no podía comprender nada de esto, pensó:

–A Evana le gustaban tanto estas flores azules. ¡Cómo me gustaría que volviera pronto Evana!...

Le sacó de este pensamiento, un gran trozo de madera que era como un tronco ahuecado en forma de botecillo, y que arrastraba suavemente el oleaje manso y sereno del arroyo. Sin vacilación y sin temor, Adamú subió sobre aquel tronco que se balanceaba al peso de su cuerpo, tomó un extremo de la guirnalda de Evana y se dejó llevar por la corriente, seguido de sus renos, durante un largo rato.

–Soy el dios del mar –decía recordando el tapiz aquel–, y esta ma- dera es el monstruo marino, y esta guirnalda de follaje es la red con que encadeno las olas.

La guirnalda extendida tras de él, dejaba un leve surco en el agua, el renito corría detrás, haciendo saltar millares de gotas cristalinas y la reno caminaba por la orilla, sin perderles de vista, como una aya juiciosa y reposada que cuidaba sus niños. Un inmenso árbol semiarrancado por algún huracán, había caído sobre el arroyo e interceptaba el paso, y a no ser por esto, Adamú se habría dejado llevar insensiblemente hasta larga distancia, con la infantil vanidad de sentirse dominador de las olas.

Su barco improvisado quedó preso en las ramas del árbol y el niño saltó a la orilla, para volver corriendo por la pradera al sitio en que había quedado su túnica blanca y sus sandalias de piel de búfalo.

– ¡Qué bonito paseo! –exclamaba–. Mamá no me habría dejado, por- que ella tiene miedo de ir sobre el agua, pero yo no, porque soy como el dios del mar, que anuda las olas con los hilos de su red.

¡Lástima grande que el hermoso poema de Adamú y Evana, escrito en un rollo de papiro veinte años después, por Aldis el Kobda, desapareciera entre las llamas del incendio con que los Hicsos invasores del país de Ahuar, muchos siglos después, destruyeran aquel antiguo Santuario Kop- to, que guardaba la historia de la humanidad de treinta mil años atrás! Y por eso Moisés, el gran vidente, guardó en el deslumbramiento de sus éxtasis magníficos, el formidable secreto que desmentía a la ciencia de los augures y de los sátrapas, para contar solamente a las generaciones de su tiempo, aquel primer capítulo del Génesis, único que brotó de la pluma de Moisés y que está impregnado de la verdad, bajo el simbolismo y el misterio. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra, y la tierra estaba informe, desordenada y vacía, y las tinieblas se extendían sobre el abismo, y el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas”.

“Y vio Dios que la luz era hermosa, y la apartó de las tinieblas. Y fue la noche y el día…”

Y continúa así brillante y magnífico el canto de Moisés, cuyo corazón se expande en ese himno de amor y admiración a la Causa Suprema, Potencia Creadora de los seres y de las cosas.

Y los hombres, incapaces de seguir aquella alma gigante en sus vuelos de águila por la inmensidad infinita, transformaron con groseras pin- celadas sin color, sin realidad y sin armonía, las atrevidas figuras, las alegorías simbólicas de inimitable belleza, emanadas del gran vidente, pleno de luz y de ensueño..., el ensueño divino de la verdad, que el Amor Eterno había brindado a su espíritu anhelante, en el divino deslumbra- miento del éxtasis.

Y mientras Adamú y Evana crecían bajo la mirada de las almas mensajeras de Dios; en todo el territorio guardado por los arqueros del Thidalá del Nilo, se levantaban pequeñas Casas de Numú, como focos de luz que alumbraban esa porción de humanidad que había de recibir en su seno la semilla sembrada por Abel.

Las grandes cavernas de las montañas de Galaad, Aran y Ethea, fueron el refugio de los Kobdas de Neghadá, que las transformaron en Santuarios y habitaciones provisorias, a fin de poder sembrar en todos aquellos países la paz y el amor en que ellos se habían hecho grandes y buenos.

Salían de diez en diez a imitación de sus Padres, como llamaban a sus diez Fundadores y se sentían gozosos de imitarles, en aquellos primeros siglos en que también ellos vivieron en cavernas.

En los seis años que transcurrieron entre la desencarnación de Milcha y la reunión de Adamú y Evana, al empezar su adolescencia, se fundaron diez Casas de Numú; cuatro de mujeres y seis de hombres.

Las primeras fueron llamadas “albergues”, pues tenían el carácter de Hospicios para enfermos, y fueron establecidas en antiguas casonas de piedras, de las muchas que quedaban abandonadas por las conti- nuas emigraciones y huidas de tribus y de familias. Mientras que las de hombres se establecieron simplemente en las cavernas, que las había inmensas y con innumerables bóvedas, o salas subterráneas, pues eran las excavaciones de minas abandonadas desde varios siglos atrás.

Al Kobda que iba como jefe se le apellidó Patriarca, y Matriarca a la Kobda que regía el albergue. Y toda caverna habilitada como pequeño Santuario, fue denominada Edén, que significaba, en el primitivo len- guaje formado por los primeros Kobdas, “jardín silencioso”. Este fue el origen del Edén bíblico, porque Adamú y Evana, cuando se encontraron nuevamente, se albergaron en uno de aquellos “Edenes”, del cual se reti- raron los Kobdas, para establecerse en la antigua Gerar, adonde fueron

llamados para reconstruir el antiquísimo santuario que allí existía, y que había sido despojado por una horda de piratas cretenses.

Que mis lectores perdonen esta disgregación, en que a grandes rasgos anticipo acontecimientos, que detalladamente debo referir a su debido tiempo; disgregación hecha para dar a comprender el desenvolvimiento natural y lógico de los sucesos, dentro de tal escenario.

Nada de milagroso, nada de inverosímil, nada que choque al buen sentido y a la sana razón.

Hoy, que una buena parte del mundo espiritualista está más o menos versado en las ciencias Psíquicas, será fácilmente comprensible este re- lato (*1932 d.C.); que cincuenta años atrás, hubiera parecido un cuento de hadas tan anticientífico y antirracional, como gran parte del Génesis Bíblico, falsamente atribuido a Moisés según ya queda dicho.

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