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1.3 Graph Search Algorithms

1.3.3 Parallel Graph Search

Una mano oculta, pero potente en sumo grado, parecía ir preparando la unidad de todos los países del Valle del Éufrates. La espantosa catás- trofe de las cinco ciudades desaparecidas por la explosión de los pozos de petróleo, había anulado el foco más emponzoñado del mal existente en esa región.

La Pharafeme de la Casa de Numú para mujeres, era hermana de un jefe de tribus que habitaban el occidente de Urcaldia, llamado Thares.

Era una especie de pastor monarca, que llevaba el título de Patriarca, y su forma de gobierno era hereditaria y casi completamente familiar, pues el Patriarca era el padre, que arreglaba los asuntos de casa, de la forma más conveniente y tranquilizadora para todos.

Thares se presentó, pues, un día a la Casa de Numú para hablar con su hermana Vhada, que era la Matriarca o Pharafeme, que con su Alto Consejo resolvía los asuntos internos, debiendo en lo exterior, dejarlo todo a cargo de sus hermanos los Kobdas.

Desde que se habían abierto hospicios y casas de refugio, las Kobdas tenían una tarea extremada, con los inválidos, los enfermos y los posesos, que llegaban casi diariamente.

También había aumentado el número de las Kobdas, porque las muje- res que curaban del cuerpo en el hospicio y del alma en el Refugio, pedían pasar a la Casa de Numú para formar en las filas de aquellas mujeres abnegadas hasta el heroísmo, a quienes la naturaleza había negado la maternidad, pero que el amor había transformado en madres de todos los despojos de humanidad, que iban a aquellos recintos de paz y de sosiego buscando la curación física y la curación espiritual.

Las Kobdas vestían la misma túnica azulada de los hombres, pero en vez de gorrito violeta, llevaban una especie de velo o manto de ese color que, ceñido a la frente, cubría la cabellera peinada en trenzas, y caía hacia la espalda en largos pliegues hasta el suelo.

Para protegerse de las venganzas de los que habían sido sus opresores, no se permitía la entrada a nadie que no fuera de absoluta confianza para el Alto Consejo y hecha esta excepción, los demás sólo podían hablarles a través de un muro de piedra, en el que había pequeñas ojivas, cuya puertita era de sílex calado en forma de una estrella de cinco puntas, antiquísimo símbolo de la Luz Divina, para la cual nada queda oculto.

Por los inmensos bosques y jardines que circundaban en todas direc- ciones al vasto recinto, pasaban al Hospicio y al Refugio las encargadas de atender a los albergados en ellos, que eran siempre las más jóvenes, acompañadas por algunas de las más antiguas.

Hacia el exterior no salían, sino en casos muy graves y urgentes. Thares manifestó pues, a su hermana Vhada, que en la comarca occi- dental del Descensor y del Mar de la Muerte se había desarrollado una epidemia espantosa y que su hijo Abrano, que era el Patriarca o Jefe pastor de la región, estaba desesperado, viendo a sus súbditos morir sin auxilio, pues por el miedo de la peste, los enfermos eran abandonados por sus propios parientes, en vista de lo cual, su hijo solicitaba abrir un Hospicio y que las mujeres Kobdas fueran a atenderlo. Que él dispon- dría la casa y mandaría sus elefantes y sus camellos para conducir a las Kobdas enfermeras.

Era el caso demasiado grave para que lo resolvieran ellas solas, y fue necesaria una consulta con sus hermanos los Kobdas.

La proposición fue aceptada, pero debían ir ellas acompañadas por cuatro Kobdas ancianos, a más de los hombres de confianza que, como conductores de la caravana, mandaría el Patriarca de Galaad.

Senio, el viejecito Kobda, a pesar de sus años, se había empeñado en ir, diciendo que antes de partir quería prestar un último servicio a la humanidad, dentro de la cual juzgaba que “no habría peligro para él, a causa de que no podía ya ser considerado como un hombre, sino como un haz de raíces de encina, aptas solamente para servir de cayado a los pastores”. Así decía Senio, al montarse tranquilamente sobre el camello, que abría la marcha de la caravana de mujeres Kobdas al país de Galaad.

Las Kobdas iban de seis en seis, sentadas en cómodos sitiales cu- biertos, sobre el lomo de los elefantes, que eran siete, para conducir cuarenta y dos Kobdas; los hombres iban en camello y el cargamento era conducido por una tropa de asnos.

La Kobda que iba como Jefa de la nueva casa era una mujer de cin- cuenta y siete años, que a los veinticuatro de edad había huido de su hogar, en el país de Van, porque su marido, poderoso caudillo, cuyas tribus ocupaban una vasta región de oriente a occidente, hasta la costa del Mar Grande, era extremadamente celoso, y había mandado grabar

en la piedra de su testamento que, llegada su muerte, su mujer fuera sepultada juntamente con él. Era muy hermosa, y no quería que otro la poseyera después que él. Había sido madre de dos hijos de los cuales nada había vuelto a saber. Este viaje la acercaba a su país de origen, y el amor de aquellos hijos que había buscado olvidar sin conseguirlo, se levantaba nuevamente en su corazón, como una llama de fuego que de pronto se reaviva, removiendo las ascuas cubiertas por la ceniza. Se llamaba Elhisa.

El viejecito Senio, como Superior de aquel convoy y sus tres com- pañeros; no tan viejos como él, iban revestidos de todos los poderes necesarios para resolver cualquier asunto, pues la larga distancia no permitía consultas de ninguna especie.

Cuando después de varios días de viaje llegaron por fin al lugar de su destino, que era más o menos donde siglos más tarde se alzaría la ciudad de Damasco, el viejecito Senio hizo levantar una tienda de campaña, cerca de la Casa Hospicio que albergaría a las Kobdas y allí se instaló él con sus tres compañeros.

Abrano, el caudillo pastor, quiso llevarles a su propia morada, en la cual encontrarían las mayores comodidades de aquella época, pero él se negó completamente, diciendo:

–Yo soy el perrillo guardador de los corderos de Numú, y debo estar a la puerta del redil hasta que la cerca esté bien consolidada.

Y no hubo forma de arrancarle de su tienda, que fue para él y sus compañeros, Mansión de la Sombra, taller, dormitorio y comedor.

Estos acontecimientos fueron principio de una nueva alianza entre el país de Galaad con el Chalit del Nilo, y extendiéndose luego, al país de Ethea y al lejano país de Gotzan (*Nairi), que por oriente llegaba al Mar Dulce o lago Van, como se llamó más tarde.

Los hijos de Elhisa, a la muerte de su padre, se dividieron el vasto dominio, y el uno, tomó para sí la zona oriental denominada Gotzan, y el otro, la región occidental que daba sobre la costa del mar, llamado país de Ethea, región que en épocas muy posteriores a aquella, fue conocida por Fenicia. Sus ciudades importantes en el neolítico, eran Dhapes y Gutium.

De las actividades desplegadas por Senio y sus compañeros, y de la influencia de Elhisa en sus dos hijos, resultó que Gotzan, Ethea y Galaad (*parte de la Palestina actual), tres fértiles y hermosas regiones regadas por el Éufrates o sus afluentes, solicitaron que los arqueros del Thidalá del Nilo, protegieran también sus territorios, poniendo a disposición de ellos todo cuanto podían, a cambio de la defensa que les prestaban, del guerrero país de Gorma o Gomer que reforzado por numerosos emigrantes de países lejanos destruidos por el fuego o por las aguas,

constituían el terror y espanto de los pacíficos labriegos y pastores de estas comarcas.

Siendo la población menos densa que en las regiones del Nilo, había inmensos campos vacíos, lo cual facilitaba enormemente las invasiones inadvertidas de aquellas razas turbulentas y conquistadoras, raíces fe- cundas de donde salieron siglos después los Asirios y los Hicsos, que lo invadieron todo, hasta el valle mismo del Nilo.

El círculo defendido por los arqueros de Bohindra, se ensanchaba pues, enormemente, y fue reforzado con cuarenta mil arqueros más, elegidos de entre los mismos países que se iban plegando a aquella grandiosa Alianza de defensa mutua, de la cual venían a ser principales jefes, los Kobdas de Neghadá.

Mientras tanto el Thidalá, Rey de Naciones, estaba absorbido por sus enfermos del Jardín del Reposo, por sus plantas medicinales, por su lira, cuyas melodías llevaban el consuelo y la alegría a los doloridos y atormentados.

Y cuando se le llamaba a la sala baja de los asuntos externos, excla- maba como saliendo de un sueño:

– ¡Ah, es verdad! En el reino de la armonía formado por mis plantas y mi lira, olvido el reinado de la desarmonía y del tumulto, que bulle como un mar agitado, allá afuera entre los hombres que aún no aciertan a comprenderse…

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