Al siguiente año de los sucesos que acabo de narrar ocurrió de modo inesperado el fallecimiento del Faraón Seti Ramsés I.
Le había nacido el hijo varón tan ardientemente deseado al que llamaron Amenhepat, y que al morir su padre debía añadir a ese nombre el de Ramsés II.
La celebración de este nacimiento adquirió proporciones tan exageradamente suntuosas y más que esto, tan lúbricas y sensuales que bien pudo calificárselas de orgías y bacanales.
Los más ancianos decían escandalizados: “Nunca se vio cosa semejante en el palacio de nuestros reyes”.
completa ebriedad danzaban con las bailarinas contratadas por dinero para divertir al pueblo.
Y los excesos de todo orden de tal modo afectaron al soberano que días después fallecía de una congestión cerebral. Siendo el heredero de sólo treinta días de edad, su madre con el Consejo de Ministros se hicieron cargo del gobierno de la nación.
Un riguroso luto se guardó en todo el país durante los setenta días de embalsamamiento del cadáver, pasados los cuales y en grandiosa procesión de antorchas fue conducido el sarcófago de mármol negro con la momia del Faraón, al gran panteón de Seti su padre, en el Valle de las Tumbas Reales.
Mientras ocurrían todos estos acontecimientos en Menfis, y la nación se entregaba a los mil comentarios, que se comprende bien ante hechos semejantes, el castillo del Lago Merik y la noble dama que lo habitaba fue casi por completo olvidado.
Ella vivía en otro mundo y también con grandes novedades. Antes de referirlas, el lector me permitirá hacer una ligera explicación.
El Lago Merik, en cuya azulada superficie se reflejaba el castillo con sus graciosas torres y el bosque de obeliscos y palmeras que le rodeaban, era como un afluente del Nilo que lo alimentaba por medio de un ancho canal navegable, abierto exprofeso para formar aquel pintoresco remanso, que la solicitud de la Reina Epuvia Ahisa había poblado sus aguas de garzas, cisnes, gaviotas, y peces de las mejores especies.
La muerte de ella, ocurrida a poco de nacer Thimetis, hacía aparecer al castillo como abandonado y ruinoso.
Le rodeaba el desierto, que equivale a decir que la soledad y silencio absolutos sólo eran interrumpidos por la algazara de las gaviotas, el correteo gracioso y febril de los antílopes, el bogar de los cisnes y de garzas sobre las mansas olas. Era este el paisaje que contemplaba Thimetis al caer de la tarde, desde las terrazas del castillo, o también a veces paseando con sus doncellas por las orillas del lago.
Ella escondía un secreto en lo más secreto y apartado de sus habitaciones particulares.
Secreto sólo conocido por Amram, Amonthep, Enabi y Jacobed, hermana del joven levita.
Era madre feliz del hijo anunciado por los sabios sacerdotes del Templo de Menfis. El niño sólo contaba cincuenta días de vida que pasaba dormido. Más, era difícil continuar guardando el secreto por más tiempo, y se hacía necesario tomar una seria medida.
–Todo lo aceptaré –decía ella–, menos que sea apartado de mí, tan pequeñito como es.
“Dejadme pensar –añadía– que Isis me dirá en sueños lo que he de hacer. ¿No me dijo Ella que es “Madre Eterna” de todas las ma- dres de los Misioneros de la Verdad venidos a este mundo?...”
A la mañana apenas se despertó, dijo a Enabi: –En el sueño de esta noche me dijo Isis lo que debo hacer con mi niño.
– ¡Oh, qué dicha, señora!..., porque unos días más y no podría- mos impedir que sean sentidos los lloriqueos de este querubín.
“¿Puedo saberlo?
– ¡Óyeme! Hace un calor casi insoportable, ¿verdad? – ¡Oh..., mucho!
–Bien, anuncia a mis doncellas que antes del anochecer iremos a bañarnos al lago. Llama a Jacobed, y entre las tres forraremos con piel de antílope la canastilla de los primeros días de Aarón.
“Sólo es madera y mimbre sin lujo alguno, y así conviene para mis fines.
– ¿Qué pensáis, señora, por favor? ¿Vais a ahogar al pequeño? –No seas tonta. Déjame hablar. ¿No ha dado el nuevo gobier- no decreto de muerte a los varoncitos de Israel? Pues bien, mi pequeño es un hijo de Israel condenado a muerte y su madre lo arroja al río para cumplir la orden.
“Yo voy con mis doncellas a bañarme, lo vemos, lo recojo y ya está hecho todo.
“Con la creciente de esta noche el lago está rebosando. Las aguas del canal corren con fuerza. ¿No se puede pensar que la corriente le trajo hasta aquí?
– ¡Sois admirable, señora!... Bien se ve que la Divina Isis os asiste en el sueño.
–Ve a prepararlo todo, pero antes llama a la habitación del maestro y anúnciale que necesito hablarle.
“A Amram le llamaré yo misma. –Dio tres golpes al gong de plata que tenía a su lado, y Enabi salió.
El Anciano sacerdote y Amram se espantaron de la resolución de Thimetis.
¿No sería un peligro de muerte para el niño? ¿Sería aceptada la estratagema como verdadera?
¿No pretendería el gobierno arrebatar el niño por ser de Israel? A todos estos interrogantes la Princesa contestaba con plena seguridad:
–Cuando Isis me lo ha dicho en sueños, es porque así debo hacerlo. –Y así se hizo.
La canastilla de mimbres, que ya no usaba el pequeño Aarón, fue embreada por fuera y tapizada de piel por dentro. Y cuando las gentes del castillo se preparaban para la comida de la tarde, Amram y Jacobed llevaban un pequeño fardo al cañaveral del canal, y la mansa corriente conduciría la canastilla salvadora a las tranquilas aguas del lago.
Caía la tarde, y Thimetis con sus damas bajaba la escalinata del castillo para tomar su baño.
Grande fue su estupor al no encontrar entre las olas su escondi- do tesoro. Pero Enabi que había seguido con la mirada a Jacobed y Amram, que iban hacia el cañaveral en que desembocaba el canal en el lago, dijo de pronto:
–Señora, el sol calienta aún mucho aquí. Vamos a las cañas que nos darán sombra.
Una mirada de inteligencia hizo comprender a la joven madre alarmada, lo que su favorita quería indicar.
Las doncellas corrieron hacia allá con el tapiz y cubiertas que Thimetis necesitaría, y una de ellas gritó de inmediato:
– ¡Un niño ahogado! ¡Un niño ahogado!
A los gritos acudió Amram y otros servidores del castillo. Varios hombres entraron al agua y la canastilla prisionera del cañaveral fue llevada ante la Princesa.
Madre al fin, no pudo mantener la serenidad y cayendo de ro- dillas ante el niño dormido, rompió a llorar a grandes sollozos.
–No está ahogado, señora, no está muerto –le decían–. ¿No veis los colores de su carita que parece una flor de granado?
–Será un hijo de los de mi raza que han sido condenados a muerte –dijo emocionado Amram.
–Pues juro por Isis que éste no morirá –dijo la Princesa levan- tando al niño dormido–.
“Tendrán que matarme a mí si quieren matar al niño. En pre- sencia de todos vosotros declaro que le adopto como hijo y que defenderé su vida con mi vida.
Amram con su silencio disimulaba su intensa emoción.
–Los Dioses le han salvado de las aguas, y es este un hijo de los Dioses –dijo el Anciano Amonthep.
–Y le llamaré Osarsip –añadió la Princesa–, porque tú lo has dicho, maestro, “salvado de las aguas”.
– ¡Es verdad!... ¡Oh, es verdad! –exclamó el Anciano–. Osar- sip en nuestro lenguaje del Templo significa eso: “salvado del agua”.
“Y si los dioses le conservan la vida, será con un gran designio para bien de este mundo.
Como el pequeño pesara mucho para que Thimetis lo llevara hasta el castillo, se le acercó Amram y le dijo:
–Si no os oponéis, Princesa Real, le llevaré yo hasta subir la escalinata. –Thimetis se lo entregó en silencio. La conmoción de ambos era profunda. Hubieran podido sentirse los latidos del corazón. Más todo se esfumó en el silencio de aquel anochecer. Los mirlos azules de Egipto cantaban entre las palmeras la última canción del día y en el diáfano azul de los cielos reverberaban las primeras estrellas, cuando Av Isis Thimetis, Princesa Real de Egipto, entraba al castillo del Lago Merik con su hijo en los brazos.
Esa noche se brindó por el niño salvado del agua y no faltó algún comentario secreto de que el niño pudiera ser un hijo del gobernador del castillo, que era hebreo de raza aunque egipcio de nacimiento.
Este pensamiento se desvaneció momentos después, cuando el mismo Amram pidió a todo el personal del castillo que en aten- ción a la Princesa que adoptaba al niño como hijo, no divulgaran el hecho hasta pasado un tiempo, lo suficiente para que hiciera olvidar el extraordinario acontecimiento.
En los más secretos archivos del Templo de Menfis, el naci- miento fue anotado tal y conforme a la verdad:
“En el castillo del Lago Merik nació el día diecisiete del mes
doce del año, Osarsip, hijo de Av Isis Thimetis. Princesa Real de Egipto, hija de Seti Ramsés I, Rey de Reyes, hijo del Faraón Seti Amón; y de Epuvia Ahisa, hija del Gran Sfaz de Mauritania.
“Su padre es Amram, hijo de Eleazar, de la Tribu de Leví, de
la raza de Abraham, con carta privilegio del Faraón para ser considerados nativos de Egipto”.
Y aparecían firmando el acta de nacimiento: Amonthep, sacer- dote del Templo de Menfis. Atón Mosis, médico de la Casa Real. Enabi de Gohn, azafata de la Princesa Real. Amram, padre del niño. Jacobed, hermana suya, ama de gobierno del castillo del Lago Merik. Av Isis Thimetis, Princesa Real y madre del niño.
Revisado y comprobado debidamente, Ohad de Sais, notario Mayor: Carmi de Heliópolis, escriba del Templo de Menfis. Ptha- mer de Tebas, Pontífice del Templo de Menfis”.
La Reina con su doble cargo de Regente-Madre del pequeño heredero, poco o nada se ocupó de lo que podría ocurrir en el Lago Merik.
Nula en absoluto en cuestiones religiosas, tampoco puso aten- ción en lo que ocurría en los templos egipcios de su tiempo, pues toda su capacidad estaba ocupada en los intereses materiales del gobierno, de su hijo y de su familia. De la cual procuró rodearse haciendo venir de Sicilia, maestros de todos los ramos del saber humano para que preparasen una Aula a estilo de la gran Acade- mia de Siracusa, para hacer de su hijo en el futuro, un Faraón que sobrepasara en poder, sabiduría y riquezas a todos los soberanos llamados grandes en el mundo de entonces.
El Consejo de Gobierno había decretado ordenanzas restrictivas para todas las colonias extranjeras residentes en el país, como medida de prudencia para el caso de que un invasor comprase con oro la cooperación en caso de guerra.
Siendo la raza de Israel, los Abrahamitas como más común- mente les llamaban, los que en mayor número poblaban muchos Nomos o distritos del país, a ellos les afectaron más directamente las medidas de previsión tomadas por el gobierno.
A la hora del nacimiento de Moisés, estas medidas no revestían el carácter duro y cruelmente estricto que tomó años después, cuando Ramsés II empuñó el cetro de su reinado.
La Princesa Thimetis creyó oportuno hacer de ese decreto un medio de ocultar la filiación del niño, con lo cual echaba un velo impenetrable sobre su unión matrimonial con un hombre que no era de su alcurnia, ni aún de su raza.
La cuestión de la sangre “azul” fue siempre la maga negra de todos los llamados “nobles”, que tuvieron la audacia de enamorarse de seres que, según el viejo prejuicio, no tenían en sus venas la san- gre “azul” que les hacía superiores a todos los seres de la tierra.
Pero..., ya está dicho en las Escrituras sagradas de todos los cultos, y avivado como una llama por el verbo de fuego del Profeta Isaías, tan conocido nuestro:
“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos –dice Jeho- vá– ni mis caminos son vuestros caminos”.
La Eterna Potencia, Luz, Vida y Conocimiento, no forja la red de oro y diamantes de sus designios divinos basándose en sangre azul, o roja, o negra, o verde, ni en razas, ni en países, ni en gran- dezas materiales, perecederas y efímeras que nada significan para la evolución de humanidades y de mundos, si no están de acuerdo con las leyes inquebrantables del Universo; templo único en que Ella vive, alienta y palpita por toda la eternidad.
La Eterna Potencia selló con soberana Voluntad el pacto de dos Inteligencias desnudas de materia: Thimetis y Amram, para ser
los instrumentos materiales de la venida del Verbo-Luz al plano terrestre. ¿Qué importaba al Eterno Infinito, Potencia suma de toda vida, que ella fuera hija de un Faraón y él un humilde joyero, un obrero del pueblo de Israel?
“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos –dice Jeho- vá– ni mis caminos son vuestros caminos”.
Tres años después, el hijo adoptivo de la Princesa Thimetis era reconocido por la Reina Regente y su Consejo de Gobierno como un Príncipe de Egipto, en agradecimiento a la absoluta renuncia de la Princesa Real a sus derechos al trono.
Una segunda gran renuncia de la madre heroica, daba al hijo, Verbo-Luz, todas las facilidades para cumplir ampliamente su divina misión. Heredaba todas las riquezas de su madre adoptiva, gozaba de todas las prerrogativas de su elevada alcurnia, para él no había ninguna puerta cerrada. Lo único que no podía era heredar la corona y trono de Egipto.
Esta renuncia de la Princesa Thimetis fue un absoluto secreto de Estado, que el pueblo ignoró completamente.
La Regente y su Consejo, conocían demasiado el amor del pueblo egipcio para la hija única de la Reina Epuvia Ahisa, pro- videncia viviente de las clases desposeídas, de los extranjeros y de los esclavos.
Al pueblo se le hizo creer que la Princesa por su propia voluntad se consagraba a los estudios del Templo, y a la dirección de una gran Academia de Artes y Ciencias para dotar a la mujer egipcia de bastarse a sí misma.
A más, la Regente y su Gobierno encomendaban a la Princesa Real, la Beneficencia Pública y por tanto era a ella a quien debían acudir los que necesitaran auxilio del Gobierno. Se formó para este fin un Consejo de diez Intendentes, que bajo la dirección de la Prince- sa Thimetis estarían encargados de la debida Asistencia Pública.
La Regente desplegó todo su genio político, no precisamente en interés del pueblo, sino a fin de mantener a la Princesa y a su hijo ocupados únicamente del bien popular, y no pensaran jamás en el trono y la corona que era lo que a ella le había interesado siempre.
Thimetis, aconsejada por el Pontífice y sus grandes Hierofan- tes, accedió a todas estas graves designaciones del Gobierno que sucedió a su padre.
La Sabiduría con que la Eterna Ley ordena y encadena los acon- tecimientos favorables a sus designios divinos, utilizó, digámoslo así, la desmedida ambición de la Regente y su Consejo para que ellos fueran realizados.
Y mientras se tejía esta inmensa red político–social en el país del Nilo, sigamos, lector amigo, al pequeño Osarsip, que incons- ciente en su primera infancia de cuanto se movía en los cielos y en la tierra con miras a su persona, pasaba sus días en el ala derecha del castillo, entre los mimos del viejecito Eleazar, el compañerismo infantil de Aarón, doce meses mayor que él, la custodia vigilante de Jacobed y el gran amor de su madre, aunque disimulado por una discreta prudencia que costaba el duro sacrificio de un re- nunciamiento permanente.
La Luz Eterna, nuestra gran confidente, nos permite hojear ligeramente el álbum blanco con broches de plata que había sobre la mesita de ébano en que Thimetis estudiaba, leía, meditaba y a veces lloraba...
Todo escrito en signos jeroglíficos, tal como lo usaban los hom- bres de la Corte Real y los hombres del Templo. Traducido decía así, comenzando por su título inicial:
Yo soy
“Yo soy la que nació hija de Reyes y ha huido de la grandeza real. “Yo soy la que nació en las gradas del más poderoso trono de la tierra, y como una tórtola de las montañas se ha refugiado en el hueco de una peña.
“Yo soy la que el mundo ha llamado “estrella de todos los Reinos de la tierra”, y como golondrina asustada se esconde en un viejo torreón al cuidado de su nido de amor.
“Yo soy la que todo lo ha dejado por un amor escondido a todos los ojos, pero vivo y ardiente como una llama en el corazón.
“Yo soy la esposa amada y amante, y separada ante el mundo del esposo que ha elegido.
“Yo soy la madre de un hijo adorable porque es la Luz hecha Hombre, y no he de llamarle hijo, ni él debe llamarme madre...”
Aquí terminaba la página primera del álbum blanco de la Prin- cesa Thimetis, y terminaba con un borrón de lágrimas, que parecía sangre de un corazón herido, porque la escritura toda estaba hecha con múrice púrpura. Debajo del borrón de llanto, aparece otra escritura con signos gruesos y grandes que dicen:
“Los elegidos para las grandes realizaciones divinas, son el incienso que se quema en el altar sagrado del Ideal. Amonthep”.
* * *
Osarsip era tan pequeño, que nada percibía del dolor de aquel corazón de madre que no podía llamarle “hijo”.
Las habitaciones de Thimetis comunicaban por un oscuro pa- sillo con las ocupadas por sus familiares. Y su gabinete de vestir tenía una ojiva enrejada de cobre por donde ella miraba al patio de juegos, donde ambos niños correteaban alegremente.
Aquella rejilla de cobre recibía diariamente los suspiros, las lágrimas y los besos que la amante madre dedicaba a su hijo, el pequeño Osarsip que alguna vez la miraba con sus ojitos asustados y corría a esconderse. Era la Princesa Real..., algo así como el sol que a veces quema y lastima con sus rayos de fuego...
Cuando las sombras de la noche caían como un manto protec- tor sobre todas las cosas, Thimetis atravesaba el oscuro pasillo y llegando como una sombra a la camita de Osarsip se arrodillaba junto a ella, y acercaba su cabeza con toca de seda blanca a la cabecita dormida entre sus rizos castaños y el blanco lino de las ropas en desorden.
Cuando ambos niños, Osarsip y Aarón, cumplieron seis años, debían comenzar los estudios, y entonces Thimetis acortó las dis- tancias; y el aula para los niños fue una sala anexa a su recibidor. Ella sería la primera maestra y Ohad, Carmi y Amonthep, la secundarían en la tarea.
La conmoción de la madre cada vez que el niño la saludaba do- blando una rodilla en tierra y diciéndole: –“Los dioses te guarden, Princesa Real”, sólo puede comprenderla otra madre colocada en la misma situación.
Ella le daba a besar su mano, y cuando no había testigos a la