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¿Qué había sido del Cristo-niño y de sus angustiados padres?

Les vimos entrar bajo el espeso manto con que se cubrían los leprosos en el viejo torreón de Melkart, situado en la parte antigua de la ciudad, que por las nuevas edificaciones hacia las verdes colinas del Monte Lí- bano, había quedado como un derruido murallón sobresaliente hacia el mar, que tenía su blanco encaje de espumas en la orilla tranquila.

Los terapeutas enfermeros les habían subido a un pabelloncito sobre una terraza cubierta de hiedras, donde anidaban las cigüeñas y las gavio- tas, y donde bandadas de mirlos azules formaban orquesta de gorjeos al amanecer. Era la única parte alegre del vetusto edificio, pues el sol inun- daba la terraza, y el panorama del mar como bordado de blancas velas, casi a todas las horas del día, distraía agradablemente la imaginación.

Yhosep, mustio y pensativo, y Myriam llorando silenciosamente, parecían inundar de una ola de dolor resignado y silencioso aquel desmantelado pabellón, donde no había más moblaje que el estrado de madera adosado a los muros donde se les dispusieron camas; una gran mesa de encina delante del estrado y sobre ella, unas ánforas con agua y vino, y una cesta de pan y de frutas secas, que era todo cuanto se ofrecía a la vista.

Uno de los terapeutas que les encendió apresuradamente la hoguera, les había dicho al dejarles: “Aquí estáis en seguridad. Descansad hasta mañana”.

El Divino Niño que ya contaba un año y diez meses, no se daba por enterado como es natural del padecimiento de sus padres, y daba alegres gritos y vivaces palmoteos cuando las cigüeñas y las gaviotas se posaban frente a su puerta después de grandes revoloteos, en que lucían al sol sus blancas alas bordeadas de negro.

Y Myriam, mirándole tristemente, sentadito en un grueso cobertor, junto a la puerta por donde entraba el sol en dorados resplandores, le preguntaba con su voz de alondra:

— ¿Quién eres tú, amor mío, que así te ves perseguido por un Rey poderoso? ¿Qué traes tú a este mundo, que codicia tu vida el que todo lo tiene en sus manos? ¿Qué puedes quitarle tú, mi adorado, a ese Rey aliado de César, el señor del Mundo? ¿Qué sombra puedes hacerle, mi dulce jacinto en flor, a él, que es como una gigantesca encina sobre el país de Israel?... ¡Qué Jehová tenga a bien descifrarme este impenetrable misterio, que tan hondamente acongoja mi alma!

Y sus manos delicadas y blancas como alitas de tórtolas que aletean en el agua, continuaban hilando la blanca lana de sus corderos nazarenos, para tejer ropita de abrigo a su pequeño querubín, que tanto amaba y por el que tanto sufría.

Yhosep, por su parte, cuyo hábito de trabajo era tal que le causaba honda nostalgia estar en quietud, buscó y encontró en los oscuros rin- cones de aquel pabellón, algunos elementos de trabajo manual: gruesos haces de varillas de mimbres, atados de junco, madejones de fibra vegetal, todo en confuso amontonamiento que denotaba haber sido puesto allí, como para dejar otros espacios libres.

Y llevando todo hacia donde estaba Myriam, le decía alegremente: —Mira, aunque la cólera del Rey nos retenga aquí un año, mis manos no se cansarán de estar ociosas.

Y se entregó a la labor que le deparaba la Providencia, con el mismo ardor y entusiasmo con que trabajaba en su taller, cobrando dinero para el sustento del hogar. Los terapeutas les amenizaban las veladas de invierno en torno a la hoguera, con la lectura de los Libros Santos, y con sus conversaciones saturadas de esa ciencia divina de Dios y de las almas, que aligera y suaviza las más hondas angustias de la vida.

Así pasaron cinco meses, o sea hasta la terminación del invierno y tan- ta fue la cautela y discreción de los terapeutas enfermeros, que ninguno de los habitantes del torreón advirtió la presencia de los huéspedes del Mirador de la Princesa, como llamaban a aquel pabelloncito, a causa de haber sido habitado siglos atrás por una descendiente del Rey Hiram,

complicada en una conjuración promovida por su marido para derrocar al Soberano reinante en su beneficio.

Y por extraña coincidencia, aquel pabelloncito cautiverio de una princesa ambiciosa, servía de amparo y refugio al que un día diría a las multitudes:

“Las raposas tienen sus madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo de Dios no tiene una piedra para recostar su cabeza”.

Y cuando la nieve empezó a derretirse en los picachos de los mon- tes, y las laderas y valles a cubrirse de pájaros y de flores, Yhasua y sus padres fueron bajados al subsuelo del torreón, donde cayó un día aquel pobre epiléptico descubriendo el ignorado camino que conducía hasta la misteriosa gruta de los ecos perdidos que ya conoce el lector. Desde allí, sin peligro se podía continuar el viaje en asnos hasta el Santuario del Monte Hermón, donde los Ancianos esperaban con grandes ansias al Cristo-niño, para cobijarle entre sus brazos hasta que pasara todo el peligro. Los Ancianos de todos los Santuarios estuvieron de acuerdo, en que no era ambiente propicio para la crianza del Divino Niño, aquel mustio y sombrío torreón, habitación de enfermos incurables donde sólo permaneció cinco meses, o sea, hasta pasado el invierno y pudiera ponerse en viaje una mujer y un niño de tan corta edad todavía.

Era la región montañosa del Líbano, como una continuación de las risueñas montañas galileas, sólo que en aquellas, todo era imponente, majestuoso en su grandiosidad plena de bellezas, de infinitos misterios.

Para que los poetas bíblicos, y en particular el Rey de los palacios de oro y los amorosos cánticos, haya comparado a la esposa amada con los cedros del Líbano, con sus palmeras flexibles, con sus huertos cerrados, umbríos, como búcaros de flores, es porque aquellos parajes eran ver- daderas regiones de encanto, donde la pródiga Naturaleza había hecho desbordar sus privilegiados dones de maga.

— ¡Qué lejos va quedando nuestra amada Nazareth! –decía Myriam a Yhosep, a cada jornada en que bajo aquella frondosa vegetación se sentaban a descansar.

Dos terapeutas prácticos de la región y de los refugios del camino, les acompañaban simulando ser una familia de montañeses que habían estado de compras en la capital, y regresaban al terruño nativo. Y siendo costumbre, unirse varios parientes o vecinos para realizar estas trave- sías, a nadie podía extrañarle. A más, la agitada Palestina dominio de Herodes el grande y del poderoso clero de Jerusalén, que en la Judea dominaba tanto o más que el Rey, quedaban ya lejos, y no era de temer que sus espías hubieran llegado a tan larga distancia.

Al salir de la gruta de los ecos perdidos se les agregó la pequeña ca- ravana de un mercader de Tolemaida con dos hijos y tres criados, que

dos veces al año realizaba esta travesía llevando ricos tejidos, tapices, lino y púrpura de Sidón y de Tiro, a Cesarea de Filipo y a Damasco, de donde tornaba trayendo los artísticos cofrecillos de maderas olorosas con incrustaciones de plata, para que las princesas tirias y sidonias guardaran sus perfumes y sus secretos de amor; los delicados posa-pies como cubiletes tallados en ébanos, para que descansaran las bellas, sus piececitos menudos y blancos, hundidos entre babuchas de púrpura recamadas de nácar y oro.

Amán, el mercader, tuvo la desgracia de sufrir una caída en los escar- pados senderos de la montaña, en la cual sufrió un dislocamiento en la columna vertebral que le impidió andar por sus pies durante los pocos años que sobrevivió a este accidente.

El menor de sus hijos cuyo nombre era Tomás que sólo contaba dieci- siete años, fue más tarde uno de los doce apóstoles del Cristo. Al aceptar el hospedaje de los terapeutas en la granja, que daba entrada a las grutas del Santuario del Monte Hermón, al igual que la Granja de Andrés a la entrada del Santuario del Quarantana, los dos hijos del mercader de To- lemaida, ingresaron en la Fraternidad Esenia, debido al entusiasmo que despertó en ellos, el amor y la solicitud con que los terapeutas médicos se dedicaron a aliviar a su padre en la dura emergencia que conocemos.

El jovenzuelo Tomás, cobró gran afecto al Niño de Myriam, al cual gustaba arrullar para dormirle con los arpegios de su pequeña cítara de ébano y marfil.

El Santuario del Monte Hermón, era uno de los que gozaban de más bellezas naturales y de más abundancia. La fertilidad de aquellas regio- nes era maravillosa.

Tratándose de que la mayor riqueza de aquellos parajes consistía en la explotación de sus inmensos bosques, de las más apreciadas maderas para las construcciones de palacios, de templos y de barcos, la mayor parte de las poblaciones de libaneses estaban compuestas de obreros o comerciantes en maderas, y de labriegos y pastores.

Entre las dos vertientes que dan origen al nacimiento del Jordán, existía desde tiempos muy remotos, una aldea que se había formado en un vallecito a la entrada misma de dos montañas paralelas: Dan; era una pequeña aldea de leñadores y pastores que casi todos eran familia, especie de tribu que vivían en completa paz y armonía bajo la obediencia al más anciano, al cual llamaban el patriarca. La cabaña de éste, estaba labrada en la montaña misma, y vivía allí con su vieja compañera, tres hijos varones ya casados, y una porción de nietecitos.

Ya puede suponer el lector, que aquella cabaña era enorme para dar cabida a la numerosa familia. “El abuelo Jaime”, llamaban más común- mente al anciano, jefe de toda aquella abundante prole.

Pues bien, este anciano, su mujer y su hijo mayor Matías, eran los únicos poseedores del gran secreto de la entrada al Santuario del Monte Hermón.

Hacia un lado de la alcoba del viejo matrimonio, se encontraba un enorme arcón de encina, repleto de madejones de lana y de fibra vege- tal, preparados para tejer ropas de abrigo y esteras para los pisos. Las mujeres en general se dedicaban a estos trabajos, mientras los hombres hachaban árboles, preparaban tablones, o leña, que caravanas inmensas de asnos y mulas conducían a las capitales vecinas.

Detrás de aquellos promontorios de lana y fibras, se hallaba una puerta muy disimulada que daba entrada a un largo corredor practi- cado en las rocas; el cual tenía salida a un valle hondo como un abis- mo al pie mismo del Monte Hermón. En el fondo de aquel abismo de exuberante verdor, corría un arroyo de poca profundidad, encima del cual y de orilla a orilla estaba semitendido el enorme tronco de una encina, que algún cataclismo de las montañas habría medio tronchado, sin que por eso sus ramas se hubiesen secado. Aquel corpulento árbol centenario, era el puente que daba paso al audaz caminante que se internara por aquel laberinto de bosques y rocas. Este camino tan solo era conocido del abuelo Jaime y de su hijo Matías. Apenas vadeado el arroyuelo, un negro bosquecillo de espinos parecía interceptar el paso, pero el práctico de este camino, removía unas trepadoras enredadas entre los troncos, y quedaba al descubierto una puertecita de hierro, cuya respetable edad la hacía asemejarse a las mismas rocas en que estaba empotrada.

Tal era la entrada al Santuario del Monte Hermón.

Los leñadores y pastores de la comarca, estaban ya habituados a ver a los terapeutas médicos llegar a la casa del abuelo Jaime, a hospedarse cuando de tiempo en tiempo acudían a recoger hierbas y flores medicina- les. Y entonces los enfermos de la comarca acudían a su vez a la casa del abuelo, para que los buenos terapeutas les remediasen sus dolencias.

Y Yhosep y Myriam con su niño en brazos, llegaron una tarde a la cabaña del abuelo Jaime, con los dos terapeutas que les conducían.

Uno de ellos se había adelantado y tuvo con el anciano y con Matías, su hijo mayor, este diálogo:

—Abuelo Jaime: Jehová manda la gloria a tu casa.

— ¿Qué gloria es esa, mi Hermano terapeuta? –preguntó el viejo. —El Mesías nacido en Israel busca amparo por esta noche en tu ca- baña. ¿Se lo das?

— ¡Oh, mi Señor enviado de Jehová! ¿Dónde está, dónde, para que mis ojos le vean antes de morir?

—A la entrada del valle, viene con sus padres; pero has de hacer como si fueran de la familia tuya por si pudieran algunos verles llegar. Y cuan- do hayan descansado en tu casa, Matías nos acompañará al Santuario, pues allí les esperan ya.

—Esta casa es vuestra casa, Hermano terapeuta, y los Ancianos son los amos que mandan –dijo Matías–. Disponed pues como queráis.

Enterada la anciana Zebai de la gran novedad, aquello fue una bara- húnda de preparativos, de ir y venir para disponer el hospedaje conve- niente. Y entre todos los familiares corrió la noticia de que llegaba una sobrina de Zebai, porque su marido, carpintero, traía obras de encargo a realizar, y buscaba de elegir las maderas más preciosas para las delicadas arquillas y posa-pies que debía fabricar.

Todo sucedió tal como lo proyectaron los discretos terapeutas, y lo único en que no acertaron fue en que esa misma noche pasarían al San- tuario; pues Myriam estaba agitada por la fatiga del penoso viaje esca- lando montañas, lo cual producía ese desgaste natural de un viaje lleno de impresiones, de inquietudes y hasta de miedo. Cualquier encuentro con gentes desconocidas le causaba terror, suponiendo que fueran los esbirros del Rey que seguían sus pasos. Una fuerte crisis de nervios que se resolvió en un silencioso llorar, le acometió apenas penetró a la cabaña del abuelo Jaime.

El tierno y espontáneo grito de amor de Zebai, que la llamaba con toda su alma ¡hija mía!, mientras la recibía entre sus brazos, hirió la fibra más sensible del alma tiernísima de Myriam, que explotó como una lira a la cual rompieran de un golpe sus cuerdas doradas. Entre Zebai y Yhosep la llevaron a la tibia alcoba que le habían destinado, y colocada ya en su lecho, su esposo aconsejó dejarla en reposo completo diciendo:

—No es nada, el descanso y el silencio es su mejor medicina. Idos que yo quedo aquí con el Niño junto al lecho hasta que la vea dormida –suspiró enternecido.

El pequeño se durmió también entre la tibia penumbra de aquella alcoba, saturada de silencio, de paz, de tranquilidad. Myriam durmió también por fin, y a poco rato vio Yhosep que se encendía una claridad rosa pálido con tonalidades oro. Miró hacia todos lados creyendo que alguna lámpara oculta había sido encendida. Mas la claridad subía de intensidad e iba llenando la alcoba. Luego vio que se diseñaban con líneas más definidas dos siluetas humanas que acercándose la una a la otra, se confundieron en un estrecho abrazo. En una reconoció enseguida a Myriam, aunque más esplendorosa en su belleza que lo era en la mate- ria. En la otra encontró un marcado parecido con ella, y a la vez con el mismo niño dormido entre sus brazos. La intuición ayudó a Yhosep a descubrir el secreto de aquellos transparentes personajes, en el sutil y luminoso escenario en que la alcoba se había transformado.

— ¡Yhasua y Myriam!... –murmuró quedito Yhosep, emocionado profundamente. Comprendió que ellos se manifestaron mutuamente sus pensamientos, aunque no pudo entender claramente, captó la onda con más o menos certeza.

—Paréceme que Yhasua dice a su madre que viva tranquila y nada tema, porque él tiene un camino largo que andar todavía y que por mucho que hagan los hombres, no le harán morir hasta que llegue la hora que está marcada –se decía Yhosep a sí mismo.

Entendió asimismo que ella le decía: “Que muera yo, hijo mío, antes que tú, porque yo no podré vivir ni una hora sin ti”. Y él le contestaba

acariciándola: “Dios es el dueño de las vidas de los hombres y su volun-

tad es adorable por encima de todas las cosas”.

La emoción inundó de llanto los ojos de Yhosep, y sus lágrimas caían sobre el niño dormido en su regazo. La visión se fue esfumando lenta- mente, y dejando Yhosep el niño al lado de su madre, pasó a la gran cocina-comedor de la cabaña, que era donde estaba encendida la hoguera y donde se reunía al caer la noche toda la familia.

Las madres jóvenes daban de comer a sus hijos pequeños y los llevaban a sus lechos, con lo cual empezaba a reinar la tranquilidad y la quietud en la gran caverna central.

Después Zebai y sus nueras continuaban hilando y tejiendo, mientras en el fuego humeaban las marmitas, y entre el rescoldo se cocía el pan para la cena de los mayores. Los dos terapeutas guías hablaban aparte con el abuelo Jaime y su hijo Matías. Y a poco rato, el mayor de los terapeutas llamó la atención de los otros hijos y de los nietos mayores del anciano para que escucharan lo que debían decir. Les hizo el relato del nacimiento de Yhasua, en el cual estaba encarnado el Mesías esperado por Israel y anunciado por sus profetas. Les refirió la persecución de que era objeto por parte del rey Herodes, y cómo toda la Fraternidad Esenia se había tomado el cargo de salvar y proteger al Cristo-niño, hasta que llegara al cumplimiento de su excelsa misión de Salvador de los Hombres.

Explicó ampliamente lo que era la Fraternidad Esenia, a la cual per- tenecían de tiempo atrás el abuelo Jaime y el mayor de los hermanos, Matías, que ya había entrado al grado segundo. Uno de los nietos, de nombre Zebeo rompió el silencio con gran impetuosidad:

—Si abuelo Jaime y mi padre son de la Fraternidad Esenia, yo quiero serlo también desde este mismo momento.

Era sólo un adolescente de diez años, que por ley de evolución y de sus alianzas debía ser uno de los doce apóstoles de Yhasua.

La decisión del niño Zebeo les animó a todos, y la anciana Zebai, que junto con su marido había ingresado a la Fraternidad muchos años atrás, decía con voz temblorosa de emoción y de dicha:

— ¡Cuánto he pedido a Jehová este momento, que Él tardó en conce- derme acaso por mi falta de merecimiento!

Bajo esta hermosa impresión se sirvió la frugal comida y cuando todos rodeaban la mesa, apareció Myriam con su niño en brazos y rebosante al parecer de paz y de alegría.

—Llegáis a tiempo –decía Zebai, haciéndola sentar al lado de Yhosep–, pues íbamos a empezar la cena.

Y el hermoso niño de Myriam que atraía todas las miradas de aquellos que ya no ignoraban quien era, estaba muy divertido de pie sobre las rodillas de su madre, jugando con las naranjas de una cestilla que frente a él, estaba sobre la mesa.

Ajeno por completo a la admiración y amor que despertaba, hacía rodar las doradas frutas dando grandes gritos y risas cuando una cho- caba con otra.

Adivinando Yhosep el pensamiento de todos, le levantó en sus brazos y fue presentándolo ante ellos mientras les decía:

—Paréceme justo que selléis con un beso del alma, la alianza con el