Mientras los tres viajeros regresan paso a paso descendiendo de las colinas ásperas, cargados con su interna alegría y cargados a la vez de los dones que la familia de Andrés enviaba para el hijo de Myriam, contem- plemos con la rapidez que es permitido a través de las líneas esbozadas en páginas de papel, dos escenarios completamente distintos y que abar- caban grandes extensiones de tierras y muy diversos y lejanos países.
El cántico de paz, de amor y de gloria que resonara en la inmensidad de los espacios infinitos, había resonado en cada alma, que con la inter- na luz de la Divina Sabiduría esperaba la llegada del Hombre de Dios. ¡Gloria a Dios en los cielos infinitos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!
Y como había resonado para todos los esenios refugiados en sus Santuarios, había resonado también en las Escuelas Ocultas y Secretas de Gaspar, Melchor y Baltasar, en las comarcas en que desde años atrás existían. Un inusitado movimiento en toda Siria, Fenicia y Palestina agitaba gozosamente las almas con diversas formas y manifestaciones de dicha, según fuera el prisma por el cual miraba cada uno el gran acontecimiento.
Los que ya adheridos a la Fraternidad Esenia, sólo conocían de ella que eran continuadores de la enseñanza de Moisés, aceptaban la inter- pretación que daban los sacerdotes, relacionada con la futura venida de un Mesías, Salvador de Israel.
El pueblo de Israel había sido dominado por Roma, reina y señora del mundo civilizado de entonces. Y esta dominación era tan amarga y dura para el pueblo hebreo, que se creía munido de todas las prerrogativas
de pueblo elegido, que ningún acontecimiento era mayor para él, que la aparición de un Mesías Salvador.
Y bajo este punto de vista interpretaban todos los anuncios, todas las profecías desde la remotísima edad de Adamú y Evana, o sea desde los comienzos de la Civilización Adámica.
Muchos de estos anuncios y profecías se habían verificado en las diversas estadías del Hombre-Luz sobre la Tierra. Algunas se habían cumplido en Abel, otras en Krishna, otras en Moisés y en Buda.
Mas, para el pueblo hebreo era todo un solo aspecto en aquella hora: un Mesías-Salvador que empuñando el cetro de David y Salomón, levantara a Israel por encima de la poderosa dominadora de pueblos: Roma.
Si algún versículo de los libros Sagrados insertaban en sus enigmá- ticos cantos frases como esta: “Dijo Jehová: Mandé a mi hijo para que se pusiera al frente de mi pueblo”. Era interpretado sin lugar a duda alguna, en el sentido de que el Enviado de Dios sería un glorioso prínci- pe, ante el cual se rendirían todos los reyes y poderes de la Tierra. Y era sencillamente una inspirada alusión a Moisés, que sacó a los hebreos de la esclavitud en que gemían cautivos, en el prepotente Egipto de los Faraones de aquella hora.
En alguna de las diferentes cautividades y dispersiones que había su- frido la raza, algunos sensitivos, profetas o ascetas hebreos, habían tenido noticia de un canto apocalíptico en que se hacía referencia al gran Ser que vendría, y el cual sería llamado “Príncipe de la Paz”. Y también esta alusión que un clarividente de la antigua Persia había recibido referente a Krishna, era aplicada a la hora presente, y más reforzaba el sueño del pueblo hebreo, de que el Mesías debía ser un poderoso rey que dominara a todos los reyes del orbe. Y por este orden, se levantaban sobre bases equivocadas las grandes esperanzas de los hebreos en general.
Sólo los esenios, desde los primeros grados estaban exentos de este equivocado pensar, debido a la instrucción que recibían año tras año en los Santuarios de la Fraternidad. Es por esto, que ellos se mantenían en su silencioso recogimiento, callando siempre que escuchaban este insensato soñar de las turbas en general.
Sólo los esenios sabían que el Hombre Luz aparecería sobre la Tierra para dar el retoque final a su magnífico lienzo, en que había esbozado con su sangre divina de Mártir, el ideal de fraternidad, de amor y de paz que soñara para sus Hermanos de este planeta. Sólo ellos sabían que la humanidad terrestre estaba tocando el límite de tolerancia de la Divina Ley, que marca el aniquilamiento para los rebeldes incorregibles que después de millares de siglos no aprendieron a amar a sus semejantes, siquiera lo necesario para no causarles daño deliberadamente. Todos los guías de humanidades, los elevados instructores de mundos, saben
y conocen el terrible proceso de la Eterna Ley, cuando han rebasado su medida, su hora, el vencimiento de su plazo, después de inmensas edades de espera impasible, serena, imperturbable.
Sólo una infinita ola de Amor Divino podía transmutar el tremendo cataclismo de las almas embrutecidas en el mal, de las inteligencias per- turbadas por el crimen, por el odio, por el goce implacable del pecado.
Sólo un retazo, un jirón de Divinidad desprendiéndose del Gran Todo Universal y descendiendo a la humana miseria como una estrella a un lodazal, podía operar la estupenda transmutación de las corrientes for- midables de aniquilamiento, prontas a descargarse sobre la humanidad de la Tierra. Y ese jirón de la Divinidad se rasgó de su Eterna Vestidura de luz, para arrastrar juntamente con él, como una radiante marea, la irresistible corriente del Amor Creador y Vivificador, al impulso del cual surgen sistemas de planetas, miríadas de soles y de estrellas, millares de universos de millares de mundos.
¿Cómo un jirón, un florón de la Divinidad no había de salvar de su inminente ruina a pequeños mundos, que al igual que la Tierra recla- maban el beso del Amor Eterno para no ser aniquilados?
Por eso los esenios no esperaban un Mesías Rey de Israel, sino una encarnación de la Divinidad, un resplandor de la Luz Increada, un refle- jo de la Suprema Justicia, un aliento vivo del Amor Soberano: un Dios hecho hombre.
Tal es el misterio del Verbo hecho carne, sobre lo cual han llenado bibliotecas y más bibliotecas los filósofos de todas las tendencias ideológi- cas, sin haber llegado todavía a hacerse comprender de la humanidad.
La palabra de bronce y fuego del Cristo: “Dios da su luz a los humil- des y la niega a los soberbios”, se cumple a través de los siglos y de las edades. Por eso, los grandes doctores de Israel, hojeando legajos y más legajos en sus fastuosos pupitres de ébanos y de nácar, bajo doseles de púrpura en el Templo de Jerusalén, no pudieron comprender ni asimilar la magnífica y luminosa verdad que los esenios, en sus cuevas de roca o diseminados en sus chozas de artesanos, o de pastores, habían visto brillar como una lluvia de estrellas, en el puro y limpio horizonte en que desenvolvían sus vidas.
Y aún se sigue cuestionando en todos los tonos de la dialéctica, en las esferas sutiles de la teología y de la metafísica, hasta formar los más inverosímiles engendros mentales que no resisten a los análisis severos de la ciencia racionalista, ni aun a la lógica más elemental.
De aquí ha surgido el incomprensible enigma de la Trinidad, o sea del Dios Trino en persona y Uno en esencia, única forma encontrada por la teología para explicar qué era esto del Hombre-Dios. De esta misma incomprensión surgió también la anticientífica y antirracional
afirmación de que en el seno de una virgen se formó un cuerpo humano sin el concurso de hombre alguno, como si la maternidad y paternidad ordenadas por la Naturaleza, que es la más perfecta manifestación de la Sabiduría Divina, fuera un desmedro o un borrón para la humanidad creada por su Omnipotente Voluntad; desmedro y borrón de los cuales quiso la teología librar a la divina encarnación del Verbo.
En todas estas pesadas elucubraciones de mentes escasas de Luz Divina, se ha tenido muy en cuenta la materia y muy poco el espíritu; pues buscando engrandecer la excelsa personalidad del Cristo-hombre, se cubrió su materia física con el hálito intangible del milagro desde el momento de su concepción, sin tener en cuenta de que aquella radiante Inteligencia, vibración de Dios-Amor era grande, excelsa, purísima por sí misma, sin que el fenómeno de que se rodeó su nacimiento pudiera añadir ni un ápice a aquella plenitud magnífica en el conjunto de sus divinas cualidades.
¿Mas, qué sabían los doctores y los pontífices de Israel de la infinita escala de las Inteligencias Superiores o espíritus puros que en inter- minable ascensión van formando con sutiles vibraciones de inefable armonía, el Gran Todo, ese océano infinito de Energía, de Poder, de Sabiduría y de Amor?
De ese Infinito Océano, se desprendió un raudal hacia la Tierra ha- bitada por una humanidad tan inferior en su gran mayoría, que fue ne- cesario encerrar aquel raudal de la Divinidad, en un vaso de arcilla que estuviera al alcance del hombre terrestre, que pudiera beber en él, ver reflejada su imagen grosera en aquella linfa cristalina, tocarlo, palparlo, amarlo, escucharlo, seguirlo como se sigue una luz que nos alumbra el camino; como sigue el niño a quien le da el pan, como sigue un cordero al pastor que le lleva al prado y a la fuente.
Los doctores de Israel, no sabían que ese cristalino y puro raudal del Infinito Océano Divino, se había desprendido nueve veces en diferentes edades y épocas, para arrastrar en pos de sí todo el Amor de la Divinidad, toda su Sabiduría, toda su Piedad, toda su Luz, su Verdad y Grandeza inmutables. Si algunos de los viejos esenios de familia sacerdotal habían podido quedar aún bajo los atrios del templo, al amparo de una incóg- nita rigurosa, sepultaban en el más profundo secreto sus principios de Oculta Sabiduría. ¡Qué lejos estaba pues, el pueblo de Israel, de imaginar siquiera la grandiosa verdad!
Y ha llegado el momento, lector que vas siguiéndome por este sende- rillo humilde y escondido que el Dios-Amor te descubre, de que conozcas y sepas lo que era Yhasua, el Cristo que bajaba a la Tierra.
En la magnífica obra “Moisés, El Vidente del Sinaí”, en la lectura del capítulo “El Hierofante Isesi de Sais” se admiran grandiosos cuadros
vivos de las más elevadas regiones de Inteligencias Suprahumanas y de sus radiantes Moradas en el inmenso Infinito. Escrita para los recién Iniciados, de la futura próxima generación, ha podido dar cabida en sus páginas a ciertas verdades muy hondas y muy lejanas de todo cuanto pueden percibir y palpar los sentidos físicos en este plano inferior.
Entremos pues, amado lector, guiados por emisarios de la Divina Sabiduría, al Infinito Reino de la Luz Increada en busca de Yhasua, el Ungido Salvador de la Humanidad Terrestre.
Cuando en las noches serenas de primavera o estío contemplas el espacio azul, piensa, en que mucho más allá de cuanto percibe tu mira- da, guarda el Altísimo sus insondables secretos, reservados para el que busca con perseverancia y amor.
Ves rodar por el inmenso velo de turquí, millones de millones de glo- bos radiantes. La Ciencia Astronómica te dice que son constelaciones de estrellas y de soles, algunos, centros de Sistemas, planetas y planetoides, satélites y asteroides, estrellas fijas y estrellas errantes, cometas vaga- bundos que cruzan el espacio como impelidos por un huracán invisible. La astronomía ha dicho mucho pero siempre dentro de lo que alcanza el telescopio y de los sistemas de cálculos en distancias y velocidades de los astros en sus rutas eternas.
La moderna filosofía basada en una buena lógica ha dicho un poco más: que esos globos siderales son habitaciones de humanidades, porque sería un pensar infantil, que la Tierra como una avellana en los espacios, esté habitada por seres inteligentes, y que no lo estén los demás astros, algunos de los cuales son en muchísimos aspectos, superiores a nuestra Tierra.
Llegada es la hora, de que las Escuelas de Divina Sabiduría levanten el velo que encubre los secretos del Gran Todo, para que el hombre del Nuevo Ciclo que está llegando a las puertas de la vida, sepa lo que hay más allá de la atmósfera que le envuelve.
Algunas fraternidades ocultas de la antigüedad, enseñaron el secreto divino a sus más altos Iniciados; mas como se habían anticipado a la época, todo desapareció bajo la mole de la ignorancia, de la inconsciencia y del fanatismo de todos los tiempos; y las hogueras y los cadalsos y los calabozos vitalicios, sepultaron las grandes verdades, como se sepulta un cadáver para que se haga polvo en lo más profundo de la tierra.
La “Fraternidad Cristiana Universal” ungida de Amor y Fe, levanta otra vez el Gran Velo para la humanidad nueva que llega, y que será por ley de esta hora, la madre que reciba y cobije en su seno al gran Yhasua, que se deja ver de ella tal como él es, en la infinita Eternidad de Dios.
Los grandes soles o estrellas llamadas de primera magnitud son para el físico, centros de energía y de fuerza vital que arrastran en pos de sí a innumerables globos atados a ellos por las leyes de atracción. Para la
Inteligencia iluminada por una luz superior, que pregunta a todas las ciencias y a todas las cosas: ¿Quién es Dios?, sin que, hasta hoy nadie haya respondido a satisfacción; hay un poema eterno que no se ha es- crito todavía, y que no han leído los hombres: El poema de Dios y de las almas.
Con el favor divino, me atreveré a esbozarlo. Desde el más ínfimo ser dotado de vida hasta el hombre más perfecto, hay una larguísima escala de ascensión, a la cual la Ciencia Psíquica llama Evolución. Más arriba del hombre, ¿qué hay? Seres que fueron un día hombres y que siguiendo su evolución han continuado subiendo y subiendo durante ciclos y edades que no podemos medir, hasta llegar en innumerables graduaciones a unificarse con el Gran Todo, con la Suprema Energía, con la Eterna Luz.
Esta gloriosa escala tiene sus jerarquías, que cada una forma legiones más o menos numerosas.
Las definiré concretamente; Primera jerarquía: Ángeles Guardianes. Es el grado primero en la Escala de superior perfección a que puede llegar un hombre que ha alcanzado su purificación.
Inteligencias de esta Legión pueden encarnar en el plano físico de la Tierra y globos de igual adelanto. Sus características generales son: incapacidad para el mal de cualquier orden que sea y la predisposición para todo lo bueno que puede realizar un ser revestido de carne. Esto, cuando se hallan viviendo como hombres sobre la Tierra.
Ahora en estado espiritual su mismo nombre lo indica: son los guardianes y celadores de todas las obras que en beneficio de la hu- manidad se realizan en los mundos de aprendizaje y de prueba como la Tierra. Son ordinariamente los inspiradores de toda buena acción, los consoladores de todos los dolores de los hombres encarnados y de los desencarnados que habitan en la esfera astral de los planos físicos, y son los intermediarios entre el dolor humano terrestre y las divinas fuentes de consuelo y de alivio, si lo merecen. Los que están de guardia alrededor de un planeta, permanecen de ordinario en su esfera astral o estratosfera y pueden bajar y subir a voluntad y en casos justificados, y siempre para propender al bien. Y entonces toman el nombre de Cirios de la Piedad. Tienen largas épocas de reposo en la Luz para adquirir mayores conocimientos y poderes, pues de esta Legión, las Inteligencias pueden tomar caminos y rumbos diferentes según las inclinaciones y voluntades de su Yo Superior.
Su estado es de perfecta felicidad, y el grado de su comprensión y conocimiento de todas las cosas, sobrepasa en mucho a los más aventa- jados espíritus encarnados en la Tierra.
Las estrellas, los planetas o soles adelantados, tienen a más de la esfera astral inmediata a la atmósfera, varias esferas radiantes más o
menos sutiles según el grado de evolución al que el astro ha llegado, y es en esas esferas concéntricas y sobrepuestas, donde tienen su morada habitual las Inteligencias purísimas que llamamos Ángeles Guardianes. Gobernadas por poderosos Jerarcas de su misma Legión, obedecen plácidamente al solo reflejo de los pensamientos de aquellos, que desde luego, están encuadrados dentro de las leyes y misiones propias de la grandiosa falange, la más numerosa de todas. Cada subdivisión, osten- ta en su etérea y sutil vestidura uno de los colores del Iris, por lo que queda entendido, que son siete grandes falanges, bajo siete Jerarcas de la misma Legión.
Lector amado, si interrogamos a cualquiera de estos Jerarcas de los Ángeles de Dios, donde encontramos a Yhasua, el Cristo, nos contestará como contestó Yohanán el Bautista, cuando le preguntaban si él era el Mesías anunciado por los Profetas.
—“Nosotros no somos dignos de desatar la correa de su sandalia. Mucho más alto que nosotros le encontraréis. Subid”.
Y subiendo a las radiantes esferas sutiles que envuelven globos side- rales de gran perfección, encontraremos entre mares interminables de luz, de bellezas indescriptibles, de las que son opacos reflejos las más admirables bellezas de la Tierra, otra numerosa jerarquía de Inteligencias purificadas y que irradian amor, poder, sabiduría, en grado mucho más superior que la legión anterior. Son los Arcángeles llamados también Torres de Diamantes o Murales, según la lengua en que tales nombres se escriben. Son éstos los señores de los elementos o fuerzas poderosas, que aparecen a veces en los planos físicos. Ellos son los que gobiernan las corrientes dispositivas de encarnaciones de espíritus en determina- dos mundos, entre unas u otras razas según el grado de su evolución, y según la altura de la civilización a que deben de cooperar.
Guardan ellos el libro de la vida y de la muerte, marcan con precisión y justicia las expiaciones colectivas de los pueblos, de las naciones o de los continentes. Aunque rara vez, encarnan también en los planos físicos, sobre todo cuando algún gran espíritu Misionero debe permanecer allí, en cumplimiento de un Mensaje Superior de gran importancia.
Tienen también sus grandes Jerarcas, que en Consejo de siete, dis- tribuyen las misiones o las obras a realizar.
Visten también sutiles túnicas de los colores madres más espléndidos y radiantes, pero a diferencia de los anteriores, están provistos de grandes antenas blancas en forma de alas, que parecen tejidas de resplandecien- te nieve. En ellas residen las poderosas fuerzas que les hacen dueños y señores de los elementos.
Si a cualquiera de estos Jerarcas de los radiantes Arcángeles les pre- guntamos si está entre ellos Yhasua el Cristo, nos responderá igual que los
anteriores: —“Subid, subid, porque nosotros sólo somos sus servidores cuando él está en misión”.
Y seguiremos corriendo, lector amigo, hacia esferas y planos más radiantes y sutiles, donde los Esplendores y las Victorias, los esposos adolescentes cuyo recíproco amor les complementa para la constante y permanente creación de las formas y de los tipos, de cuanta manifes-