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10.2 GPU Planning Algorithm

10.2.1 Planner Architecture

Dos caminos se presentan a la vista del lector de “Arpas Eternas”, que partiendo ambos de Betlehem, la ciudad del Rey Pastor, se dirigen: el uno hacia el norte de Palestina o sea el edén encantado de Galilea con sus colinas tapizadas de huertos, donde las vides, las higueras y los naranjos llenan el aire con aromáticas emanaciones; El otro hacia el sur, el árido desierto de Judea, con el tétrico panorama del Mar Muerto y de las rocas hirsutas y peladas, de los montes Quarantana y sus derivaciones.

Por este último seguiremos, lector amigo, a los viajeros del lejano Oriente que conducidos por Eleazar, Josías y Alfeo, se dirigen al Santua- rio del Monte Quarantana que ya conocemos. Nuestros amigos sólo los acompañarían hasta allí, pues los solitarios se encargarían de conducirles hasta los altos Montes de Moab, donde les esperaban los Setenta.

Los extranjeros comprendieron que en aquellos sencillos pastores y tejedores había espíritus de una larga carrera evolutiva a través de los siglos. Y con la clarividencia desarrollada por años de ejercicios metó- dicos y perseverantes, vieron a sus tres conductores formando parte de las porciones de humanidad que habían escuchado al Verbo Divino en sus distintas etapas terrestres, desde Juno hasta Moisés.

Esto les permitió franquearse con ellos en cuanto a las elevadas y profundas enseñanzas esotéricas de sus respectivas escuelas. Y en los tres días de viaje por entre riscos, cavernas y abruptos cerros, los búhos y lechuzas agoreras, oyeron la palabra serena y mesurada de aquellos hombres venidos de lejanas tierras, que departían con los pastores y te- jedores betlehemitas, sobre las arduas cuestiones metafísicas en relación

con el gran acontecimiento que los reunía: la novena y última encar-

nación del Verbo Divino sobre la Tierra. Las noches aquellas pasadas en las cavernas a la luz de una hoguera, y recostados sobre lechos de heno y pieles, fueron noches de escuela, de aprendizaje y de desarrollo mental. Fueron asimismo noches de evocación, de recuerdos lejanos, pues los extranjeros quisieron compensar con descubrimientos psíqui- cos, el sacrificio de sus conductores. Y fue así, que los tres maestros de Ciencias ocultas, recibieron idénticas manifestaciones referentes a los tres amigos esenios.

Y los viajeros llegaron por fin a la Granja de Andrés, desde donde fueron conducidos por el oculto camino que conocemos, al pequeño santuario del Monte Quarantana.

Los tres amigos esenios tornaron a Betlehem, después de un día de descanso, llevándose los relatos escritos por Melchor en el dialecto sirio- caldeo, y como recuerdo de aquellos maestros del Oriente, unas sortijas de gran valor que les obligaron a aceptar, para “mejorar la situación de su vejez”, según sus propias palabras.

Los solitarios del Monte Quarantana tenían en la época de las nieves, un oculto camino que era como un gran túnel con salidas a campo abierto, a vallecitos de mezquina vegetación. Eran tortuosas galerías de minas abandonadas hacía muchísimos siglos pero que acortaban enormemente la distancia hacia los Montes de Moab. Temían llevar a los extranjeros por los caminos de la fortaleza de Masada, pensando con mucho acierto, que los espías del mago de Herodes andaban por todas partes. Y ora por las galerías subterráneas, ora por las gargantas y encrucijadas de las montañas áridas de Moab, llegaron después de seis días de viaje hasta el Santuario de los Setenta en el Monte Abarín.

Dos esenios del Quarantana les habían servido de guías, y los extran- jeros eran siete, pues cada maestro tenía su escriba o secretario. Dos persas, dos indostánicos, dos árabes y el egipcio de Alejandría; más los solitarios esenios, formaban pues el número nueve.

La galería subterránea por donde habían llegado, estaba comunicada con las caballerizas del Santuario, donde “Nevado”, el inteligente mas- tín que conocemos, tenía también su morada, el cual prendiéndose con sus dientes de la cuerda de llamada, hizo resonar la campana sonora que avisaba la llegada. El Santuario de rocas se abrió pocos momentos después, y los cansados viajeros se encontraron entre la doble fila de antorchas encendidas y de los Setenta Ancianos que les esperaban con sus túnicas y mantos de color marfil, el cíngulo púrpura y la diadema de siete estrellas, símbolo de sus grandes conquistas espirituales. Les condujeron a la sala de reposo, donde en estrados cubiertos de tapices y pieles, les obligaron a tomar descanso, mientras ellos cantaban a coro el himno llamado “Alabanza”, en que cada versículo terminaba así:

“Alabado seas Señor de las alturas porque nos has unido en tu Pen- samiento y en tu Amor”.

Los viajeros quedaron solos unos momentos, pasados los cuales, volvió uno de los Ancianos trayendo jarabes y viandas calientes, pan y frutas para obsequiarles. Y como las paredes de aquella sala estaban recubier- tas de madera, por medio de originales y sencillos procedimientos, de allí mismo salían pequeñas mesas que abriéndose ante los estrados, lo mismo podían servir para comer que para escribir.

—Vuestro palacio de rocas parece obra de magia –decía Gaspar, vien- do la serie de pequeñas comodidades de gran utilidad, que los solitarios habían ido preparando en innumerables siglos.

—Mirad –contestó el esenio señalando las maderas lustrosas y desgastadas en los bordes, a fuerza de un prolongado uso–. ¡Cuántas cabezas se habrán apoyado en este respaldo! ¡Cuántos pies habrán pisado estas tarimas! ¡Cuántos brazos habrán descansado sobre estas mesas!...

— ¿Cuánto tiempo hace que empezasteis este santuario? –preguntó Baltasar.

—Siete años después de la muerte de nuestro padre Moisés –fue la contestación.

— ¡Larga cadena de mil quinientos eslabones!, –exclamó Melchor, como abrumado por aquella enormidad de tiempo y de perseverancia de los discípulos de Moisés.

— ¡Quince centurias! –repitió Filón de Alejandría, el más joven de los extranjeros y que por considerarse a sí mismo como un aprendiz aspirante a los estudios de oculta sabiduría, callaba siempre para es- cuchar más.

—Quince centurias excavando en las montañas para perfeccionar la obra de la naturaleza, o de inconscientes mineros del más remoto pasa- do, que no sospecharon seguro, que las cavernas abiertas por ellos en la entraña de la roca, servirían luego para templo de la Divina Sabiduría, y para albergue de las humildes abejitas que la cultivan –añadió Gaspar, mientras bebía a sorbos el vino caliente con castañas asadas.

Y aquellos hombres, que ni aún en los momentos que dedicaban al alimento corporal, podían anular las actividades del espíritu, continuaron tejiendo la filigrana dorada de pretéritos recuerdos, conversación a la cual fueron aportando elementos valiosísimos, los Ancianos del Monte Abarín que tornaban a la sala de reposo, después de haberse despojado de las vestiduras de ceremonia. Entre ellos había siete Escribas o Notarios y éstos traían sus grandes cartapacios de telas, de papiros, de plaquetas de arcilla o de madera.

—Esto acabará por ponernos de acuerdo –reconoció el Gran Servidor, apoyando su diestra sobre aquellos viejísimos documentos.

— ¿Y acaso no lo estamos ya? –preguntó Baltasar.

—Aún no, con los fundamentos deseables y deseados. Acaso ni voso- tros ni nosotros sabemos todo cuanto hay que saber para no discrepar en lo más mínimo.

Y los esenios Escribas desprendieron de los muros todas las mesas que fueron armadas ante los estrados y allí colocada toda aquella porción de escrituras que hacía pensar a los extranjeros: “Precisaremos muchas lunas para conocer todo esto”.

Los Setenta querían dejar establecido, que las Escuelas de Divina Sa- biduría del Oriente, formaban parte del grandioso libro de Conocimien- tos Superiores que en el correr de los siglos, había traído al plano físico terrestre el Verbo Divino en todas las etapas que había realizado.

La Escuela de Melchor el príncipe moreno, era Kobda-Mosaica, na- cida como un cactus de oro entre las montañas de Horeb y Sinaí, donde el gran Moisés despertó a la comprensión de su Mesianismo, entre los últimos Kobdas del Peñón de Sindi.

La Escuela de Baltasar, el persa, era una derivación del Krishnaísmo Indostánico, toda vez que Zenda, primo de Arjuna, huyó a la muerte del Príncipe de la Paz, a los montes Suleimán para escapar a la persecución de que se hizo objeto a los que luchaban por mantener la abolición de las castas y de la esclavitud, necesarias a los sacerdotes del dios Brahma para su vida de holgura, de fastuosidad y de dominio. Y el Zen-Avesta de los persas, era el Krishnaísmo puro; variado y adulterado con los siglos y la incomprensión de los hombres.

La Escuela de Gaspar, señor de Bombay, era Budista, por lo cual él, al igual que el príncipe Siddhartha, había abdicado en un sobrino todos sus títulos para dedicarse solamente a la Divina Sabiduría.

Y Filón, el estudiante de Alejandría, era ptolomeísta en sus princi- pios fundamentales, lo que es igual que aristotélico, pues Ptolomeo fue discípulo de Aristóteles, y éste de Platón, que a su vez lo fue de Sócra- tes, hermoso ovillo blanco, cuya extremidad originaria la encontramos prendida en el Monte de las Abejas de la Grecia prehistórica, donde los Dakthylos conservaron y difundieron durante siglos la Sabiduría de Antulio, el gran filósofo Atlante.

Compararon los viejos textos de cada Escuela, depurándolos de las adulteraciones maliciosas o inconscientes, que discípulos sin capacidad y sin lucidez espiritual habían introducido en ellos, de lo cual resultó tan maravilloso cuerpo de doctrina perfectamente unificado, que más tarde le permitió a Yhasua decir ante las multitudes que le escuchaban:

“Amad a Dios y a vuestro prójimo como a vosotros mismos, que en ello está encerrada toda la Ley”.

Y el célebre Sermón de la Montaña, no fue más que esta gran Ley de amor fraterno irradiando como un resplandor de oro del alma de Yhasua, Ley Viva enviada por la Divinidad a la Tierra, para evitar que la humanidad delincuente se hundiera en el caos, a que lógicamente llega toda inteligencia que se obstina en el mal.

Veamos, lector amigo, qué grandioso castillo de Divina Ciencia surgió de las conclusiones de las cinco ramas espiritualistas de aquella hora: Los esenios: mosaístas; Melchor: kopto; Gaspar: budista; Baltasar: krishnaísta; Filón: antuliano.

El Gran Servidor de los esenios, fue el elegido de todos para dirigir las deliberaciones de aquella asamblea de Divina Sabiduría, compuesta de Setenta y siete hombres consagrados al estudio y a los trabajos mentales desde hacía largos años.

Después de una solemne evocación al Alma Universal, fuente de Vida, de Luz y de Amor, el Gran Servidor propuso que comenzaran por la definición, base y fundamento de toda ciencia espiritual:

“Conocimiento de Dios”.

Y Baltasar, lo definió de acuerdo con sus principios védicos, heredados de Zenda, segundo discípulo de Krishna:

“Dios es el soplo vital que como un fuego suavísimo e inextinguible anima todo cuanto vive sobre el planeta”.

Y los diez Escribas anotaron la definición de Baltasar el Krishnaísta. Habló Gaspar, y definió a Dios conforme a sus principios Budistas: “Dios, es el conjunto unificado de todas las Inteligencias llegadas a la Suprema perfección del Nirvana”.

Y Melchor el príncipe sinaítico, habló conforme a su filosofía Kobda: “Dios, es la Luz Increada y Eterna, que pone en vibración todo cuanto existe”.

Y el joven Filón de Alejandría, aristotélico antuliano dijo:

“Dios, es el consorcio formidable y Eterno del Amor y de la Sabiduría, de donde mana todo poder, toda fuerza, toda claridad y toda vida”.

Y el Anciano Servidor añadió al final la definición de Moisés:

“Dios, es el Poder Creador Universal, y como el Universo es su do-

minio y su obra, es autor de las estupendas leyes que lo gobiernan y que los hombres no acertamos a comprender”.

Estudiadas y analizadas a fondo las cinco definiciones, pudieron com- probar que no estaban en pugna, sino que entre ellas se complementaban admirablemente, como si una mano de mago hubiera escrito páginas aisladas, y que reunidas formaban un poema admirable, perfectamente unificado y completo.

— ¿Por qué pues –decían ellos–, tantas divisiones ideológicas, tantas luchas religiosas, tantas torturas físicas y morales, tantos patíbulos, tan- tos mártires, si somos un solo Todo Universal, que como un inmenso en- jambre de abejas vamos siguiendo rutas ignoradas por nosotros mismos, pero siempre dentro del radio ilimitado de ese Supremo Poder: Dios?

El joven Filón de Alejandría estrechando las manos de Gaspar el budista, decía:

—Me habéis quitado un enorme peso de encima, pues hasta hoy había yo dudado a fondo de que Buda hubiera sido un resplandor de la Verdad Eterna porque lo juzgué ateo, sostenedor de que no hay nada sino una pura ilusión, en todas las manifestaciones de la vida universal.

— ¿Y hoy juzgáis al Maestro de diferente manera?

— ¡Completamente! Vuestra definición de Dios me hace ver que el Avatar Divino en la personalidad de Buda, escanció la oculta esencia

de la Verdad Eterna para derramarla sobre la faz de la Tierra. Mas fue un perfume tan sutil, delicado y complejo, que para unos fue rosa, para otros: jazmín, para otros violetas y para otros, arrayán. Diríase que la humanidad era aún demasiado torpe y grosera para aspirar ese perfume. La luz de Buda fue un resplandor como el del Iris, que tiene todos los colores madres, pero que deben definirse en la retina durante el breve tiempo que dura ese fenómeno de la luz, porque luego se esfuma en lo Infinito, y el que lo vio, sólo conserva la visión del conjunto sin acertar con una definición exacta.

—No sólo vos –dijo Gaspar–, habéis pensado equivocadamente de Buda, sino muchos pensadores y estudiantes de las Ciencias Ocultas lo han pensado también. Y sin embargo, nada más conforme a la Verdad que la definición budista de Dios:

“Es el conjunto unificado de todas las Inteligencias llegadas a la Suprema Perfección del Nirvana”.

“Me permitiré deshilar esta trama sutil de seda y oro:

“Sabemos que una larga serie de ciclos, de edades, llamadas kalpas, las Inteligencias van subiendo a medida que se van depurando. Mundos y mundos, globos y globos les van sirviendo de moradas apropiadas a su grado de evolución, hasta que llegan a refundirse como chispas en un incendio, como gotas en un océano infinito, como arenillas de oro en una playa sin riberas. A fuerza de unificación, la individualidad es hasta cierto punto, transformada en poder, energía y vitalidad, conjuntos insepara- bles e indestructibles. Y todo ese conjunto de Pensamientos, Vitalidad, Amor, Energía, es Dios. De todas esas fuerzas conjuntas, surgen todas las creaciones, todos los poderes, todas las leyes inmutables del Universo. La unión de toda Inteligencia con Dios, la hace perfecta.

Buda negó un Dios personal, un ser limitado, porque su interna ilu- minación por determinadas conjunciones astrológicas, le fueron tan pro- picias a su mentalidad, que desarrolló el máximum de lucidez y claridad para comprender lo abstracto de la Idea Divina. Y esta claridad como un deslumbramiento le impidió comprender a la Divinidad bajo aspectos más perceptibles, digámoslo así, como el de la Luz, el de la Energía, el del Fuego, el de la Fuerza, con que las otras doctrinas la han comparado.

“En sus célebres meditaciones, bajo el llamado simbólicamente: Árbol de la Ciencia, él comprendió en visiones magníficas esta gran verdad suprema: vio los mundos superiores poblados de Inteligencias potentí- simas hasta llegar a los Fuegos Magnos Supremos, que sostienen con el pensamiento la gran máquina universal, y en torno a ellos, no vio más que millones de miríadas de mundos que de ellos recibían el poder, la energía, la luz y la vida. ¿Qué extraño es pues, que diera de Dios aquella oculta y profunda definición?

“Diríase que Buda no fue un Instructor para las multitudes, sino un Maestro para los maestros de Divina Sabiduría. De ahí, que ninguna doc- trina fue más desfigurada y tergiversada que la de Buda, cuya metafísica altísima y abstracta por completo, no podía ser asimilada sino por los espíritus avanzados en la Ciencia Divina. Y así, el Nirvana búdico, es para las multitudes el reposo absoluto de la nada. Y dicen, creyendo pronunciar una gran verdad: “El Mesías ateo del Indostán, el sostenedor de la nada, el fantasma espectral de la Idea sin realidad posible en ninguna parte”.

“De un vistazo comprendió Buda, todo el infinito plan de la Evolución, y bajo ese punto de vista, dijo: Todo es ilusión, porque todo pasa y se transforma continuamente. Nada permanece.

“Ilusión: la de aquellos que creen absolutos sus derechos de propiedad sobre individuos o pueblos que uncen al carro de su prepotencia, porque sólo es como un instante fugaz en la eternidad del Infinito.

“Ilusión: la nobleza de la sangre, la pureza de las dinastías, lo rancio de los abolengos, los derechos milenarios a tal o cual porción de tierra, que se llama una Patria y un Estado; puesto que el rey de ayer, es el esclavo de hoy y viceversa. Y el que nació una vez en Indostán, en otra nació en la China, en África, en Europa, en el Polo o en los Trópicos, en los ardores del Ecuador o entre las nieves polares. ¿No son en verdad ilusiones que se forja la pobre mente humana que se alimenta de ellas, como las mariposas de las flores, cuya efímera vida no alcanza a ver la luz de un amanecer y de un ocaso?

“El reposo búdico se basa en la anulación del deseo, en cuanto tiene éste de perturbador de la quietud mental y de la paz interior.

“Quien haya estudiado a fondo los Sutras Simples encontrará la si- militud entre la metafísica profunda de Buda, y las doctrinas esotéricas emanadas de todas las personalidades del Verbo Divino. Y únicamente en los monasterios de Nepal se encuentran los verdaderos libros budis- tas, sin alteraciones de ninguna especie, con la firma y sello de los cinco principales discípulos del gran Maestro.

“El “Mahavastu” es a mi juicio el más importante y completo, como

texto de Divina Sabiduría. En el “Labitavistara” puede encontrarse

la verdadera biografía de Buda, pero de este Libro, es del que más ha abusado el fanatismo por lo maravilloso, llegando a circular por todas partes una inverosímil leyenda, en la que sólo hay de verdad los nom- bres propios, y algunos lugares que fueron escenarios de aquella gran vida humana, que a fuerza de querer divinizarla, la convirtieron en una madeja de fantasmagorías imposibles de aceptar.

“El Vajracchedika, el Meghasutra y el Loto de la Buena Ley, son relatos, episodios y pensamientos aislados, complementarios de la obra básica: el “Mahavastu”.

“Quien haga la comparación de estos textos primitivos auténticos, con el Mahabharata, los Puranas, el Bhagavad-Gita, los Upanisad y el Righ-

Veda, recopilaciones de los discípulos de Krishna, encuentra en el fondo las mismas verdades, los mismos principios ocultos que en la doctrina Antuliana, conservada por los Dakthylos, que la filosofía Kobda de la época de Abel, y que los libros auténticos de Essen, hijo espiritual de Moisés”.

Y los siete extranjeros y los siete Escribas fueron comparando los