Osarsip llegaba a los doce años y parecía tener quince. –Ya eres más grande que yo –decíale la Princesa Real cuando caminaba junto a ella para asistir diariamente al Aula del Templo.
Aarón era de menor estatura y aunque algunos meses mayor siempre se dejaba guiar en todas las circunstancias de la vida que hacían, conjuntamente con otro alumno que la Princesa Real permitió ingresar a su Aula familiar. Era el hijo mayor del médico de la familia Real, Atón Mosis, de trece años de edad. Su nombre era Hur-Said de Tanis.
y parienta lejana suya. Su nombre hebreo era Elhisa, contracción de Elhisabet muy usado en la tribu, pero el médico Atón Mosis quiso darle tonalidad egipcia para librarla del menosprecio con que se miraba en general a la numerosa prole de Abraham, y la llamaba Atón Isa. Esta era la madre de Hur-Said.
Eran estos tres niños los alumnos primarios del Aula del Lago Merik.
Y entre ellos se cambiaban interrogantes a diario y después de cada clase. Y era Osarsip el más vehemente en formularlos, asustando a veces a sus compañeros que rarísima vez acertaban con una respuesta satisfactoria.
Aarón y Hur acabaron por esquivarse a la compañía de Osar- sip, que les proponía audaces preguntas que ellos calificaban de curiosidad exagerada o precipitada cuando menos.
Y Hur que era de temperamento más reposado, terminaba ásperos diálogos con estas palabras:
–Cálmate, Osarsip, que ya nos lo explicará el maestro en la próxima clase. –Y se escondía rápidamente bajo las cubiertas de su lecho, porque los interrogantes del futuro Legislador y Taumaturgo tenían lugar en la sala dormitorio y en completa oscuridad.
Osarsip continuaba sus interrogantes y nadie le contestaba. Sus dos compañeros dormían y sólo él padecía insomnio.
– ¡Cuán solo y triste me encuentro! –murmuraba en voz quedita que nadie escuchaba–. ¡Oscuridad en esta sala y oscuridad dentro de mí mismo! –Y escondiendo también su afiebrada cabeza bajo los cobertores, lloraba silenciosamente hasta que en el sueño se evaporaban sus penas de adolescente...
¡Pobre Osarsip!... A sus doce años comenzaba la tristeza de las grandes almas que no encontrando a su lado almas iguales sentía muy grande y pesada la carga de su soledad.
Cada lección de los maestros provocaba en él un mundo de inquietudes; y no les era permitido preguntar si el maestro no les indicaba que eran libres de hacerlo.
Y las dudas e inquietudes eran tantas y tan hondas que a él le parecían millares de fierecillas clavadas en su cerebro y en su corazón, hasta el punto de afectar su sistema nervioso de modo alarmante.
La Princesa Real que desde su ojiva de observación no perdía de vista a su hijo, comenzó a darse cuenta de que algo grave le ocurría.
andar era débil y cansado. Y confiando sus temores al Anciano Amonthep, le pidió que trajera al niño a sus habitaciones para interrogarlo ella misma.
Osarsip se detuvo a la puerta de la sala a la espera de una in- dicación para entrar. El sacerdote llegaba en pos de él, y a una señal de Thimetis ambos entraron.
El niño siguiendo el ceremonial acostumbrado, dobló una ro- dilla en tierra hasta que la Princesa le dio a besar su mano.
–Maestro Amonthep –dijo ella–, sentaos y hagamos consulta acerca del estado físico y espiritual de Osarsip, que va perdiendo vigor y lozanía día por día.
–Señora, si no os desagrada, pienso que debes hablar a solas con él, –contestó el Anciano–.
“Quizá sea contigo más expansivo que con sus maestros. Nos resulta difícil hacerle hablar. ¿Digo verdad, Osarsip?...
–Sí, maestro, dices toda verdad. –Y la mirada del niño se per- día en el lejano horizonte dorado del crepúsculo vespertino, que dejaba penetrar por un ventanal sus brumas de amatista y oro. Aquella mirada se esquivaba de encontrar otras miradas.
Diríase que Osarsip temía que sus pensamientos íntimos aparecieran desnudos. ¡Y eran tan atrevidos y audaces! Eran como vertiginosas luciérnagas que se encendían y apagaban en la oscuridad de sus noches de insomnio. Eran como agoreras aves nocturnas que aleteaban chillando en la sombra, dejándole siempre inquietudes y zozobras.
La Princesa Real estuvo de acuerdo con el Anciano, que se retiró dejando solo al niño con ella. Le hizo sentar a su lado, tomó su mano que estaba ardiendo y comenzó el interrogatorio.
– ¡Osarsip!... ¿Estás convencido de lo mucho que mi corazón te ama?
–Sí, señora. Siempre estuve seguro de tu amor para mí. No lo merezco pero sé que lo tengo. Sé que tu amor es mío, pero ignoro porqué me lo das con tanta generosidad.
“Soy un hijo del Nilo que me trajo a tu lado...
La mano de la Princesa Real se posó suavemente sobre los labios del niño que comprendió el mandato de silencio. Miró a la Princesa y vio que dos lágrimas como perlas de cristal pendían de sus pestañas.
– ¡No llores por mí, señora..., que no quise hacerte daño! ¡No me duele ser un huérfano recogido por tu piedad!
“¡Vivo aquí como un príncipe!... ¡No puedo quejarme de nada!...
–Pero no eres dichoso, Osarsip, lo he comprendido bien, –Thi- metis ahogó un sollozo con la poderosa fuerza de su voluntad–.
“Y si no puedes quejarte de nada, ¿cómo explicas tu aspecto cansado y doliente, tu vigor y lozanía que huyen de ti? ¿Cómo lo explicas? De continuar así no podrás proseguir los estudios, y te enfermarás y yo quedaré sin el hijo que los dioses me trajeron.
“¿No tienes la suficiente confianza en mí para decirme cuál es la causa de tu tristeza que yo descubro en ti día por día?
– ¡Quiero saber tantas cosas y no puedo saber ninguna! –clamó Osarsip, como en un gemido que se le escapó del alma.
– ¡Yo te las diré todas! –clamó a su vez Thimetis–, si a ese precio he de verte feliz.
–Pero el dedo de Isis puesto sobre los labios, ¿no te mandará callar a ti, señora, como a mis maestros?
Por toda contestación tiró ella del cordón de oro que caía hacia un lado de su diván, que corría y descorría la cortina de púrpura que cubría aquel gran lienzo donde se veía a la diosa con el velo levantado y en sus manos la Rosa de Oro, símbolo de la Luz Divina y de todo Conocimiento.
–Ni para mí, ni para ti, Isis se oculta bajo un velo ni tiene su dedo sobre los labios –dijo la Princesa, y se asombró de ver el éxtasis con que el niño miraba el lienzo y sonreía con una sonrisa de triunfo.
– ¡Así me gusta siempre verla!... Pero en el Aula está escondida y manda callar. ¿Hasta cuándo hemos de callar, señora..., hasta cuándo?...
– ¡Niño mío!... Si comienzas recién la vida y ya preguntas: ¿Hasta cuándo? ¿Qué dejas para el maestro Amonthep, para todos los que te rodean?
– ¿A ellos no les molesta el velo que esconde a Isis ni su dedo sobre los labios?
–No, hijito, no les molesta.
– ¿Me permites, señora, decirte por qué no les molesta? –Dilo, dilo sin miedo.
–Porque el maestro Amonthep, el Pontífice y todos los maes- tros del Templo, saben lo que yo no sé, y no me lo dicen porque Isis les manda callar, porque sólo tengo doce años y mi mente es estrecha para comprender, recibir y guardar todo lo grande, in- menso y estupendo que debe haber... ¡Qué hay en todo el abismo de misterio y de sombra que descubro en torno mío!...
La Princesa se sobresaltó de la tremenda exaltación de aquel niño de doce años, que presentía la infinita grandeza del universo
que le rodeaba y se veía envuelto en sombras impenetrables, don- de mil interrogantes refulgían en las tinieblas como relámpagos fugitivos que escribieran y borraran: “más allá... más allá”.
– ¿Qué hay más allá? –preguntó de pronto Osarsip, como si contestara a su pensamiento tenaz.
–Cálmate, hijo mío, con la solemne promesa que te hago en este día. Desde mañana tus maestros te darán libertad de preguntar y pedir explicación de todo cuanto conturba tu mente y te agita de la manera que veo.
“La confidencia que acabas de hacerme, abre la puerta del san- tuario cerrado de la Divina Sabiduría, y me haces comprender a mí que los dioses te trajeron a esta vida porque tu vida es necesaria a este mundo que habitamos.
“¡Bendito seas para siempre, Hijo eterno del Eterno Infinito! Thimetis besó la frente de su hijo y en silencio le acompañó hasta la puerta de la sala.
La emoción del momento era grande, intensa, muda, y el niño que así lo sentía, besó la mano a la Princesa y se retiró a su ha- bitación.
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