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3.2 Application Model

3.2.6 Dynamic Synthesis and Communication

Es de form a red o n d a p erfecta, h eren cia de las ciudades iranias, a través de una m ística de la realeza cósm ica (cu atro p u e rta s, 360 to rres, una orientación a stro ló ­ gica rigurosa q u e obliga a «desorientar» la m ezquita unida al palacio), en la que los aspectos defensivos y sim bólicos ad q u ieren una im portancia privilegiada: ro ­ d ead a po r un foso de 20 m de an ch u ra, una m uralla cqiv una espesura de 9 m aísla un espacio vacío de un a anch u ra de 57 m q u e J&ófd ea ía m uralla principal de una altura de 31,2 m y esp eso r de 50 m en la ba^fc y 14 ny en la cim a. En cada p u e rta , una construcción defensiva abría paso haci¿ el e x terio r a través de pasillos acodados y perm itía el acceso a los sectores del anillo h ab itad o , estrictam en te aislados tan to e n tre sí com o del m un d o ex terio r. T ras la p rim era m uralla, un es­ pacio de 170,7 m constituye el anillo co n stru id o , reservado a los p a rtid ario s de los cabbásíes y a los m ilitares: este anillo se en cu en tra cerrad o en su cara in tern a po r un m uro con un grosor de 20 m y 17,5 m de altu ra. E n el cen tro de este c o n ju n to , de 2.352 m de d iá m e tro , se e n c u en tra una inm ensa explanada vacía y, en la intersección de los dos ejes q u e pasan p o r las p u ertas, aparece el palacio d e O ro de 200 m de lado, con su cúpula verd e y en cu ad rad o por cu atro iwánes colosales, y la gran m ezquita de 100 m de lado. N adie podía e n tra r en el espacio central si no era a pie y provisto de la co rresp o n d ien te autorización. U na m in u ­ ciosa vigilancia m ultiplica m eticulosam ente los p untos de co n tro l, los cuerpos de g u ard ia, y los pasadizos c u b ierto s vigilados desd e las bóvedas. El com ercio, de m odo p articu lar, es recluido en las cu atro «avenidas» cubiertas, cada una de las cuales alberga 108 tiendas, h asta ser, fin alm en te, expulsado al Karj do n d e al- M ansúr construye una segunda m ezquita aljam a. E n to n ces la ciudad se convierte en el «dom inio personal» del califa.

C apital de los seguidores de los cabbásíes, se en cu en tra exclusivam ente p o ­ b lada p o r los responsables y pensionistas de la revolución, p o r los soldados ju- rásáníes (los «hijos del régim en», A b n á 3 al-D aw la) y m iem bros de la fam ilia e n ­ tre los que se incluyen los d escen d ien tes de cA lí, prim os de los cabbásíes, y se desarrolla ráp id am en te siguiendo dos ejes: en p rim er lugar, la co rte califal se desplaza hacia el este; en vida del p ro p io al-M ansür ab an d o n a la ciudad re d o n ­ da para desplazarse al «jardín de la E tern id ad » (Juld), instalado en la cabeza de p u en te que lleva a la rib era orien tal; m ás ta rd e , bajo al-M ahdt se dirige a la R usáfa y, con al-M a3m ún, al H asanl. C ad a so b eran o considera una cuestión de h o n o r el co n stru ir una nueva residencia o sten to sa y los m ateriales de cons­ trucción que se utilizan facilitan esta política: se trata de ladrillo crudo b a ra to recu b ierto con ladrillo cocido y paneles de estuco. T ras los cincuenta años de estancia en S am arra, cuando los cabbásíes regresan a B agdad en el 892, el H a- sani se convierte en el cen tro incom parable del p o d er califal. M ientras que los palacios de los prim eros califas de la dinastía eran u nitarios, el H asaní abarca d en tro de su recinto varios conjuntos: el Tadj (‘c o ro n a ’), el Firdaws ( ‘p araíso ’) y 11 pabellones m ás. U n lujo d eslu m b ran te acum ula en el H asaní todos los sím ­ bolos del poder: 38.000 co rtin as d e sed a, 12.500 vestidos honoríficos, 25.500 grandes co rtin as, 8.000 colgaduras, 22.000 tapices, 1.000 caballos, 4 elefan tes y 2 jirafas, 5.000 corazas, 10.000 piezas de arm ad u ra; todo ello se p resen ta an te los em b ajad o res de B izancio en el añ o 917. La guardia personal se co m pone, en to n ces, de 20.000 pajes-soldados y 10.000 esclavos a los que hay que añ ad ir un nú m ero m al conocido de criados. B ajo al-M uqtadir (908-932) se cu en ta con

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15.000 esclavos y con la guardia m udjárí, adem ás de una guarnición de 14.000 hom bres.

La capital se desarrolla en o tro s lugares, incluso en la orilla occidental en d o n ­ de los m iem bros de la fam ilia han recibido parcelas p ara instalar residencias y dependencias. Se construyen nuevos b arrio s, casas de vecindad y m ercados, situ a­ dos en to rn o a los palacios, en zonas parceladas, p e ro tam bién hipódrom os priv a­ dos, cam pos de polo y residencias de los «clientes» de los príncipes cabbásíes. Se advierte que los palacios califales se rebajan con frecuencia hasta convertirse en residencias de la já ssa , m ientras que el urbanism o se organiza en grandes aveni­ das trazadas en función de estos palacios; en la orilla o rien tal, la G ran A venida, paralela al Tigris, tien e, en el siglo x , una topografía m uy sem ejante a la de Sa- m arra: las residencias se construyen en la mism a rib era, con accesos al río y vistas del agua; frente a ellas se e n cu en tran los alojam ientos de los soldados, los esta ­ blos y las m ezquitas privadas. E ste urbanism o a b ie rto , con am plios espacios, re ­ co rtad o p o r la presencia de jard in es, parq u es de anim ales y reservas de caza, con un h áb itat horizontal y sin pisos, se o p o n e a los callejones sin salida de los barrios cerrados y protegidos y, en particu lar, a los m ercados. No existe ninguna fortifi­ cación, con la única excepción del m uro de tierra construido a p resu rad am en te p o r al-M ustacin p ara p ro teg er la orilla oriental en el 865, d u ran te el año en el que se defiende del asedio de las tro p as de su rival al-M uctazz.

S am arra («se alegra quien la ve») fue fundada p o r al-M uctasim en 836 com o una segunda B agdad, con el fin de hacer fren te al p roblem a de la seguridad p e r­ sonal del m onarca (tras la g u erra civil y la insurrección de B agdad) y ren o v ar el prestigio dinástico. T iene las m ism as características q u e B agdad y una evolución sim ilar: su em plazam iento parece b astan te mal escogido ya que carece de agua potable y, prev iam en te, no existía en él m ás qu e algunos pueblos y conventos cristianos; no ofrece pues las mism as ventajas de situación q u e B agdad. Se tra ta , de una «fundación» absoluta: en un principio se construyó un palacio aislado, el Q atu l (en este caso se tra ta de un o c tó g o n o ), seguido po r un segundo palacio, colosal, en el que al-M uctasim se instala en 838 y en torno al cual se disponen la m ezquita aljam a y algunas zonas ap arceladas. E n tre 859 y 861 al-M utaw akkil construye una segunda ciudad, la D ja^ariy y a, con su palacio y su m ezquita (lla­ m ada de A bu D ulaf, que q u ed ó p o r acab ar en el m om ento del asesinato del califa en el 861), provista asim ism o de varios com plejos palaciegos (B alkuw ara, el ‘cas­ tillo del N ovio’) construidos para los príncipes. E l plano de S am arra no revela la existencia de ningún program a defensivo: falta de fortificaciones, escasos canales, y presencia de en o rm es com plejos palaciegos, con inm ensas avenidas una de las cuales tiene más de 7 km. Según el m odelo ju rásán í, los palacios están separados de la calle po r un canal cruzado por p u en tes y se e n cu en tran gigantescos h ip ó d ro ­ m os, p arq u es de caza y pabellones residenciales situados sobre la ribera occiden­ tal irrigada. No p uede discernirse el em p lazam ien to de los m ercados sobre el pla­ no, que revela, a n te to d o , la gigantesca distribución orto g o n al de las arterias p ri­ vadas. Si bien existió una zona p ara los com erciantes, los p ro v e e d o re s del califa y de la jássa, la ciudad ap arece an te to d o com o un cen tro m ilitar y adm inistrativo que distribuye, a lo largo de m ás de 35 km , residencias y cu arteles, h abitados sim ultáneam ente sin que ello im plique que B agdad haya sido ab an d o n ad a en fa­ vor de la nueva capital: se tra ta de la capital de una dinastía vigorosa, deportiva

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y g u errera, que desconfía de sus tro p as y de las posibles conjuras, en la que resi­ dirán siete califas d u ra n te 50 años. E n esta ciu d ad , en o rm em en te larga, la seg re­ gación de los grupos étnicos en ro lad o s en el ejército evita la fusión y el co n tacto con la población civil y m an tien e las oposiciones so b re las que se basa la seguri­ dad personal del califa. P or o tra p a rte la m ism a inm ensidad de la ciudad garantiza el d isponer de tiem po suficiente p ara h u ir en el caso de que se produjese un golpe arm ado: hace falta un día e n te ro p ara cru zar la capital a pie.

S am arra y, m ás ta rd e , la B agdad o rien tal después del 892 exageran la te n d e n ­ cia a lo colosal y lo grandioso de las p rim eras fundaciones de al-M ansúr: la in sta­ lación extensiva y la ocupación del te rre n o se aproxim an a lo absurdo. En Sam a- rra (6.800 h a), el califa y los notables com pran escrupulosam ente un suelo poco costoso: el espacio está libre, vacío, inm enso y, en am bas capitales, el uso del ladrillo cru d o lim ita, afo rtu n a d a m e n te , los gastos q u e, pese a ello, resultan e n o r­ mes. Salvo en el caso de los paneles estucados y p intados al fresco, la decoración p uede desplazarse fácilm ente: m árm ol, m osaico, cedro y teca. Se llegan a d es­ m o n tar los p aram en to s y los arcos p a ra p o d er tra sp o rta r los ladrillos cocidos, que son muy costosos ya que el com bustible escasea, d ejan d o con ello al descubierto los cascotes de ladrillo crudo que son ráp id am en te erosionados por las inu n d acio ­ nes y p o r el viento. C on to d o , los gastos se en cu en tran a la altu ra de las grandes em presas: la ciudad red o n d a costó e n tre 18 y 100 m illones de dirham s según las distintas fuentes, el palacio de las P léyades le costará a al-M uctadid 400.000 d in a­ res y el del príncipe búyí M ucizz al-D aw la un m illón. La prodigalidad de al-M u- taw akkil im presiona a los histo riad o res m usulm anes: según al-Y acq ú b t, el canal inacabado de la D jacfariyya costó, p o r lo m enos, un m illón y m edio de dinares. En am bas ciudades, la extensión del espacio co nstruido po r adición de nuevos barrios pone de relieve el carácter perso n al y auto crático de las fundaciones: n u n ­ ca se decide a b a n d o n a r los antiguos palacios y b arrios. El califa m anifiesta una total confianza en su d estin o , reforzada po r las predicciones favorables de los as­ trólogos, a las qu e se ad ap ta n los arq u itecto s, los cuales se lim itan a ejec u tar la voluntad del califa incluso cuando es e x trav ag an te desde un p u n to de vista técni­ co: tal es el caso de S am arra que carece de agua y de p u en tes cóm odos, está expuesta a las crecidas y alejada de las g ran d es rutas im periales. D e hecho, S am a­ rra, una vez ha sido a b an d o n ad a p o r la co rte y po r el ejército , no conocerá la prosp erid ad de B agdad d u ra n te la ausencia del príncipe y se re tra e rá a una zona m inúscula s itia d a cerca de la gran m ezquita de al-M utaw akkil.

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Focos de aculturación

Las capitales cabbásíes, ciudades en las que se ha afincado la já ssa , viven fun­ d am en talm en te de la fiscalidad im perial. E n el m om ento de la fundación de B ag­ d ad , cada tío del califa recibe una paga de un millón de dirham s, la fam ilia se re p a rte 10 m illones y cada uno de los 700 com pañeros o b tien e una pensión de 500 dirham s m ensuales. U na geografía co m p artim en tad a distribuye los co n tin g en ­ tes beduinos del ejército en barrios tribales y los regim ientos ju rásán íes (q u e ta m ­ bién son árabes) son rep artid o s en función de su ciudad o región de origen (Jwa- rizm , R ayy, M arw , Q áb ú l, B u jára) ju n to a los palacios y parcelas distribuidos a

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los p arien tes y jefes de los seguidores cabbásíes. La am pliación de la ciudad, en la que se m ultiplican los m ercados, atra e la inm igración de gentes p erten ecien tes a las clases bajas, sobre to d o iranios que se han arab izad o ráp id am en te y que se instalan asim ism o en los barrios en función de los vínculos de solidaridad: es el caso de los artesan o s de al-A hw áz (las gentes de T u star, especialistas del tejido de la seda y del algodón). Ju n to a la élite adm inistrativa, m ilitar y religiosa, B ag­ dad y S am arra ven cóm o se desarrolla la cá m m a y un pueblo tu rb u len to , sólo en p arte productivo (tejedores, albañiles, escultores de la m ad era, ladrilleros y alfa­ rero s), en p arte inactivo o activo de m odo irregular (cargadores, b a rq u ero s, g u a r­ daespaldas, m aceros y los num erosos lad ro n es), p reo cu p ad o p o r los conflictos p o ­ lítico-religiosos y por el patriotism o m unicipal. P ro fu n d am en te islam izado y tam ­ bién arab izad o , este pueblo se co m p ro m ete, sin tem o r, con el sistem a: son los «desnudos» que resisten d u ran te 14 m eses, arm ad o s sólo con bastones, fren te a las tropas de T áh ir en 812-813, cuando surge el conflicto en tre los califas al-A m in y aI-M a3m ún.

La gran ciudad rep resen ta un papel q u e, sin d u d a, es esencial en el fenóm eno de la aculturación: si bien B agdad sigue siendo una ciudad cristiana, con su p a­ triarcado n estoriano y sus conventos e iglesias n estorianas, jacobitas y m elquitas, así com o la capital del judaism o, con sus escuelas talm údicas y la presencia, en la co rte, del exilarca, por o tra p arte la solidaridad de los barrios cristaliza en to r­ no a las m ezquitas dedicadas a los m ártires, aquellas que g uardan las tum bas de los im anes shicíes, en K azim ayn, y las de los d o cto res perseguidos po r la inquisi­ ción m uctazilí, situadas en to rn o al m ausoleo de Ibn H anbal. La cultura astro ló ­ gica, astronóm ica y m édica florece en palacios, o b serv ato rio s, hospitales públicos y en la Casa de la Sabiduría, fundada p o r al-M a^mün con el fin de reunir en ella la sum a de todos los conocim ientos de la antigüedad griega, pero a ella se yuxta­ pone — sin que ello im plique que no se produzcan fenóm enos de interacción y de circulación de ideas y p e rs o n a s— un Islam p o p u lar, vigoroso y a ten to a los d eb ate s ideológicos, fácilm ente in to leran te y siem pre agitado p o r los conflictos en tre las escuelas. El shicismo aparece en B agdad a p artir del año 780 y p ro n to em pieza, im pulsada por los hanbalíes, una auténtica resistencia p u ritan a contra la inm oralidad de los poderosos.

S am arra y Bagdad son los p rototipos de la vida co rtesan a, dedicada al lujo y a los placeres que provocan la revuelta de los barrios puritan o s y constituyen un m odelo p ara las provincias: el estilo arquitectónico y decorativo elab o rad o por los arquitectos califales se im pone en la capital del E gipto túlúní. La gran m ezqui­ ta de S am arra, construida en 849-852 y la de A bü D ü laf (859-861), am bas inm en­ sas (100 m po r 160 y 104 m po r 155, respectivam ente) se p resen tan com o a u té n ­ ticas fortalezas en m edio de am plios espacios libres: m uros gruesos, planta re d o n ­ da de las torres situadas en los ángulos y de los co n trafu ertes que ap arecen a lo largo de las fachadas, alm inares enorm es. V olverem os a en co n trar en la m ezquita de Ibn T ulún (879), que tiene una planta distinta (en este caso cu ad rad a), la te n ­ dencia al gigantism o, la construcción de ladrillo en grandes pilares rectangulares, la posición del alm inar en el eje del m ihrab y, sobre to d o , la superposición de placas de yeso d ecorado con rosetas e inscripciones epigráficas que sugiere un traslado de los artistas. Del mism o m odo la cocina bagdadí, la etiq u eta y la com ­ postura y la m úsica llegarán a al-A ndalus de la m ano del liberto Z iryáb, el «Pe-

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tronio andalusí», antiguo esclavo d e al-M ahdi, cocinero, bailarín y m aestro de buenos m odos. Son, desde luego, las g randes ciudades, las que crean el m odelo del «hom bre h o nrado» m usulm án, el adtb. Sus am plios conocim ientos que le p e r­ m iten brillar en la conversación y q u e se ajustan a las reglas del b uen gusto son los que cabe esp e ra r que su rjan , en m uy b u en a p a rte , de la form ación que se exige al secretario , al kátib.

El enciclopedism o árab e codifica, en efecto, una erudición colosal, ecléctica y algo h eteró clita; refleja las tertu lias en las q u e se charla y recita poesía y en las qu e se utiliza una term inología p e d a n te y considerable. E m plea una m em oria in­ finita, reforzada p o r p rocedim ientos m neinotécnicos, y desarrolla una cultura his­ tórica, biográfica, genealógica y geográfica q u e cristaliza en an écd o tas, q u e p u e ­ den utilizarse fácilm ente com o ejem plos m orales, y en descripciones m aravillosas de presentación agradable: to d o ello coincide bastan te exactam ente con los sab e­ res que se exigen al secretario. Si bien éste d e b e , adem ás, te n e r una form ación de ju rista (im puestos, estatu to s territo riales y estatu to s «gubernam entales»), co­ no cer la caligrafía y la retó rica ad m in istrativ a, es su cultura general o su m u n d o ­ logía lo que le perm itirá p ro g resar en su carrera: se tra ta de un conjunto de cono­ cim ientos que ab arcan la p oesía, la cocina, la m úsica, la astro n o m ía, e tc ., todo al servicio del a d a d , o sea, el buen gusto. Y d ad o que la capital había reu n id o y som etido a las norm as del Islam y del arabism o las adquisiciones culturales de Irán y del helenism o, el m anual de la cultura m u n d an a hará confluir la etiq u eta de los espejos de príncipes persas y el sab er aristotélico, conocido fu n d am en tal­ m ente a través de las traducciones siriacas del seudo-A ristóteles. R esp o n d e asi­ m ism o a las críticas irónicas de los secretario s iranios y forja un hum anism o o ri­ ginal que está de acu erd o con las tradiciones árabes.

D ebido al sincretism o qu e em pieza a actu a r en O rie n te , las ciudades serán los catalizadores fundam entales del saber. A este resp ecto , la creación de la «Casa de la Sabiduría» en B agdad po r al-M a3m ün, en 832, constituye una fecha básica p ara la historia del p ensam iento h u m an o , pues m arca el en cu en tro de la filosofía y de la ciencia helénicas con la cu ltu ra árab o -iran ia e hindú. Los m usulm anes recibieron con avidez y resp eto a los grandes au to res griegos: la traducción de P latón, A ristóteles y tam bién la de H ip ó crates, G alen o , D ioscórides, P tolom eo, E uclides, A rq u ím ed es, H eró n de A lejan d ría o Filón de Bizancio constituyeron un acicate para los doctores que reflexionaban sobre la revelación coránica o, de m anera m ás sim ple, sobre las virtualidades de la lengua, el em pirism o de la m e­ dicina o la observación astronóm ica. A l-K indí (m . 873) y al-F arábí (m . 950) fu e­