3.2 Application Model
3.2.1 Machines
(carnes cond im en tad as con especies, frutos secos o plantas arom áticas, carnes con alm en d ras, pistachos o gran ad as, arro z y carne azucarados y con leche agria, car ne con h ortalizas, p u erro s, cebollas, guisantes y beren jen as).
N o hay que disim ular q u e, a pesar de algunos relanzam ientos indiscutibles de una econom ía alim entaria q u e, so b re to d o en O rie n te , había sufrido una n o tab le inseguridad d u ra n te m ás de dos siglos, la situación de las poblaciones ru rales se m antuvo en el nivel m ediocre del que hem os h ab lad o al referirnos a la época om eya: el ex p lo tad o r suele ser un p eq u eñ o p ro p ietario o un ap arcero , m enos fre cu en te m en te un esclavo, que se en cu en tra dom in ad o , a la vez, por el rico p ro p ie tario que le pro teg e y p o r las exigencias de la ciudad vecina. E sta últim a, com o en la A n tig ü ed ad , desem peña un papel fundam ental. N o o b stan te, antes de con sid erarlo , conviene echar un vistazo hacia el O este.
M ás desórdenes en el Oeste
E n efecto, el carácter desarticu lad o p o r n atu raleza de la autoridad pública m ultiplicó, en el occidente islám ico, los contrastes locales y la confusión de e sta tutos. Los diccionarios biográficos m encionan, a veces, a sabios que vivían en m edio rural y algunos de ellos disfrutaron de una gran reputación: es el caso de un alfaquí de principios del siglo ix que vivía en el cam po en los alred ed o res de M orón y que inspiraba tal resp eto a los m uftis (‘ju risco n su lto s’), consejeros del cadí de C ó rd o b a, que éstos se abstenían de expresar cu alq u ier opinión en su p re sencia cuando acudía a la capital. E ste p erso n aje, q u e al final de su vida fue cadí de E cija, era de origen b e re b e r y perten ecía a un gru p o tribal efectivam ente ins talado en las proxim idades de M orón en la época de la conquista. Ibn al-F aradi, fuente de estas indicaciones, nos inform a de que este sabio vivía en una q a rya , o sea en un p u eb lo , y no en una gran pro p ied ad . N o hay du d a alguna sobre la existencia de haciendas im p o rtan tes perten ecien tes a la élite residente en las ciu d ades de al-A ndalus y del M agrib, pero no sabem os nad a acerca de la proporción q ue rep resen tab an sobre la to talid ad del suelo cultivado ni tam poco acerca de cóm o era n explotadas. A n tes hem os visto que Ibn H aw qal m encionaba auténticos siervos cristianos en algunas diyác andalusíes, pero esto no parece que co nstituye ra la jregla y es p robable que estos p rocedim ientos de explotación agraria te n d ie ran a evolucionar hacia un regim en dQ colonato p o r ap arcería m enos riguroso. P odem os p reg u n tarn o s, sobre to d o , si el régim en m ás frecu en te no era el de la p ro p ied ad p eq u eñ a o m ed ian a, individual o colectiva, en el m arco de los pueblos.
U no de los textos m ás in teresa n tes sobre el e sta tu to territo rial es el tra ta d o de al-D áw üdi, antes citado, que nos prop o rcio n a algunas precisiones útiles re la ti vas a Sicilia así com o tam b ién , de form a secundaria, so b re al-A ndalus. La m ayor p a rte de las indicaciones que contiene se refieren a grupos de explotadores que en tra n en conflicto con las decisio n es abusivas d e l p o d er c e n tral, el cual, tras h a berles concedido, tierras en iqt&> se las retira p o r razones diversas (de naturaleza político-adm inistrativa) o dispone de ellas de nuevo p o r h ab er sido ab an d o n ad as de m an era tem p o ral com o consecuencia de guerras, ten ien d o q u e e n fren tarse, a continuación, con las reclam aciones de los antiguos poseed o res o de sus h e re d e ros. Se asiste, po r ello, a litigios e n tre el E stad o q u e , com o rep resen tan te de la
EL MUNDO DE LOS CABBÁSÍES 59
com unidad m usulm ana, eje rc e .u n a esp ecie j l e p ro p ied ad em in en te sobre el suelo y los titulares de concesiones co n v ertid as en explotaciones agrícolas que tal vez
110 cultiven p erso n alm e n te (au n q u e en algunos casos c a b e 'su p o n e r q u e lo hicie ro n ) p ero que son asim ilables a colonos m ilitares y no a grandes p ro p ietario s de tierras. El p o d e r, po r ejem plo, q u iere im p o n er talas obligatorias de árb o les, po r necesidades de la flota* a los colonos sicilianos. P ero éstos rehúsan a rg u m en tan d o que sólo están obligados al servicio de g u e rra , al djihád. E l p o d e r in ten ta im po nerles su voluntad) ftor la fuerza, p ero sólo consigue que a b an d o n en las tierras. D el m ism o m odo unos b e re b e re s andalusíes ven cóm o se les im pugna una iqtác, resisten po r las arm as y, finalm ente, son expulsados. E n to d o ello interesa m enos el resultado de estos conflictos qu e la relación de fuerzas que revelan e n tre el p o d er y ciertos grupos de p o seed o res del suelo capaces de reh u sar un cierto nivel de exigencias estatales llegando, en caso de necesidad, a o p o n erse por la fuerza.
E ste nivel jte . exigencias estatales, en .principio lim itado p o r el juism o derech o m usulm án y que no podía, de m odo verosím il, elevarse al infinito, d ad a la om ni- p resencia de los ju ristas, variaba sin d u d a en función de la capacidad de resisten cia de los distintos grupos. Si bien los dhim m íes, a los que se había dejado la posesión de sus tierra s, no podían o p o n erse en gran m edida a la percepción de un jaradj elev ad o , no sucedía lo m ism o con los soldados conquistadores que se h ab ían establecido en iqtá's, ni con las tribus b ereb eres islam izadas del M agrib, provistas de fuertes estru ctu ras tribales o m unicipales. Sin necesidad de hablar de las tribus járidjíes in d ep en d ien tes del em irato de T a h e rt o de las del M agrib occidental, sabem os q u e, en el in terio r m ism o del E stad o aglabí, se había co n ser vado una organización tribal en m uchos lugares relativ am en te alejados de las re giones costeras. A sí, cerca de B ádja, al-Y acqúbi señala la existencia de un te rrito rio ocu p ad o p o r los b ereb eres w azdadja, «de h u m o r in d ep en d ien te, que rehúsan to d a obediencia al príncipe aglabí». Los señores árab es au tónom os de Setif y de B alazm a se enorgullecían de h ab er acab ad o con los kutám a y de haberles « red u cido a un v erd ad ero estad o de servidum bre y vasallaje» po rq u e habían logrado im ponerles, de m an era tem p o ral, el pago de los im puestos coránicos m ientras que estos b ereb eres p re ten d ían , por su p a rte , satisfacerlos e n treg an d o d irectam en te la cantidad c o rresp o n d ien te a los po b res bajo form a de lim osna. P uede verse que los kutám a elevaban en gran m an era el nivel de su resistencia a las exigencias estatales ya que de hecho rehusaban cu alq u ier tipo de fiscalidad.
E stos hechos no afectan sólo al M agrib. E n Sicilia y en al-A ndalus grandes p artes del te rrito rio co nquistado habían sido concedidas a los grupos de conquis tad o res, algunos de los cuales, a la m an era de los kutám a de la P eq u eñ a K abilia, ap rovechaban el alejam iento o la debilidad del p o d er y se sustraían tam bién a to d a obligación fiscal: éste es el caso, siem pre según al-Y acq úbí, de las tribus b e reb eres establecidas en la región valenciana que no reconocían la a u to rid ad de los O m eyas co rdobeses. E n el m o m en to de la gran crisis de fines del siglo ix, la te rrito rio andalusí..escapa a la a u to rid a d de Jos em ires. Pese a ello no p arece q u e las poblaciones hayan caído, de m anera general, bajo la férula de feudalism os .lo cales,q u e las hayan o p rim id o ^ p o r tocias p artes se las ve resis tiendo CQn las arm as a todos los in ten to s de restablecim iento J e la au to rid ad de Jqs em ires, en castillos que se e n c u en tran p o r to d o el país y q u e son refugios situados en lugares elevados o auténticos pueblos fortificados en lugar de castillos