2.3 Programming MPNoCs
2.3.1 Hardware-Specific Approaches
relaciones de pura fuerza, disfrazadas de m anera hipócrita con pom posos títulos califales, contribuye a c rear co rrien tes con trad icto rias en la opinión pública, re fuerza el shi^sm o m ilenarista q u e predica la esperanza en un reino de justicia y, finalm ente, favorece a los d octores o ulem as (culam áy) q u e están decididos a h a blar en n o m b re de la C om unidad y a opo n erse a los abusos de los m ilitares. Tal vez sea el O ccidente islám ico, en el que se está o p e ra n d o un cam bio m oral y político p ro fu n d o y d u ra d e ro , el que les ofrezca un ejem plo.
La evolución política de la p arte occidental del inm enso im perio m usulm án p resen ta, en efecto, ciertas características particulares. A l-A ndalus y el M agrib occidental y central a p artir de la crisis de m ediados del siglo viii, así com o Ifrlqyá después del 800, se organizan en estados in d ep en d ien tes que prescinden, en la práctica, de la a u to rid ad del califato o rien tal. Si bien la aparición de los em iratos de T a h e rt y de Fez se d eb e, en b u en a p arte, al hecho étnico b e re b e r, la co n stitu ción de los de C órd o b a y Q ayraw án no revela ningún particularism o local indíge na. T o d o sucede en función de una aristocracia dirigente de origen oriental que en cu en tra apoyos o resistencias en los m edios tribales árab es o bereb eres. P or o tra p a rte , incluso en los estados «bereberes» de T a h e rt y de Fez, las dinastías son, respectivam ente, irania y árab e. T am bién eran árab es, o al m enos p re te n dían serlo, los p equeños em ires del principado sálihí de N ákúr. Sólo en las fro n teras aún inciertas de este Islam occidental p odem os e n co n trar jefes políticos, más o m enos in d ep en d ien tes, de origen indígena: es el caso d e los m idraríes b e reb eres de Sidjilm asa o de los «señores» m uladíes (m uw allads) del valle del E b ro . P o r consiguiente, en el o rd en político, procede de O rien te to d o lo que dom ina la segm entación tribal y la disgregación local, si bien hay que in ten tar m edir, en prim er lugar, la influencia ára b e y o rien tal en los com ienzos de estos estados m u sulm anes del O ccidente m ed iterrán eo .
En Occidente, ¿berberización o arabización?
N o conocem os con suficiente precisión las m odalidades exactas de la im plan tación de los elem entos étnicos p ro ced en tes del O rie n te M edio, tan to si se tra ta de árab es com o de clientes arabizados e integrados al ejército y a su organización tribal. E n principio, estos g u errero s no d eb ieran h a b e r recibido tierras sino una soldada, de acuerdo con la je ra rq u ía del diwán al-djund o registro m ilitar. D e hecho, ta n to en Ifríqiyá com o en al-A ndalus, recibieron p ro n to cóocesionés te rri toriales im p o rtan tes y los g o b ern ad o res enviados p o r el califa de D am asco reali zaron ím probos esfuerzos p ara legalizar el re p a rto de las m ism as. No sabem os casi nada sobre las m odalidades de la desposesión de los indígenas, la proporción de tierras que los co nquistadores se ap ro p iaro n de este m odo y el procedim iento por el que fueron distribuidas (sobre base individual o ciánica). P odríam os in te rro g arn o s hasta el ag o tam ien to en to rn o a la aplicación efectiva de las norm as jurídicas, aún mal definidas en aquel m o m en to , q u e h abrían d ebido regir la a p ro piación y el re p a rto de las tierras p o r los con q u istad o res, p ero lo cierto es qu e nunca sabrem os lo que sucedió en realidad. En lo q u e respecta al m odo de ex p lo tación de las pro p ied ad es (diyác) adquiridas de este m odo, p u ed e suponerse que los nuevos poseedores con serv aro n , en un principio, el régim en en vigor en el
EL MUNDO DE LOS CABBÁSÍES 53
m om ento an te rio r a la conquista q u e, al m enos en al-A ndalus, p arece h a b e r m an ten id o , en las g randes p ro p ied ad es de la aristocracia dirig en te, una m ano de ob ra rural que se en co n trab a en una situación jurídica todavía próxim a a la esclavitud de tipo rom ano. No o b sta n te , las conversiones al Islam y el p ropio espíritu de la nueva civilización d eb iero n favorecer la evolución de la condición de estos cam pesinos adscritos hacia form as de co lo n ato ap arcero que resultaran lo m enos d es favorables posible p ara los ex p lo tad o res. Pese a ello, Ibn H aw qal, que escribe poco después de m ediados del siglo x , p ero p arece referirse a la época de los conflictos sociales, políticos y religiosos qu e conoció la parte m usulm ana de la península al final del siglo a n te rio r, señala todavía la existencia de grandes p ro piedades explotadas po r cam pesinos cristianos de condición servil cuyas revueltas siem pre eran de tem er.
T am poco conocem os con seguridad el n ú m ero de árabes o arabizados que se instalaron en O ccidente. Según T albi el efectivo total de los ejércitos orientales afincados en Ifriqiyá asciende a unos 180.000 hom bres. La cifra es, sin d u d a, in ferior p ara la península (¿u n o s 50.000?) y los efectivos orientales que llegaron a al-A ndalus no deben sum arse a los del M agrib, ya que sin duda m uchos venían del n o rte de Á frica y no d irectam en te de O rien te. Sólo p uede hablarse de algunas decenas de m illares de g u e rre ro s, la m ayoría de los cuales debió instalarse de m odo definitivo y q u e, en la m ayor p a rte de los casos, vinieron acom pañados por sus fam ilias. Se c o n cen traro n so b re to d o en Ifriqiyá, en el sur de la península y en la m arca su p erio r (valle del E b ro ), y, de m an era secundaria, al no rte de M a rruecos, en to rn o a T ánger. M ás ta rd e , algunos árab es de al-A ndalus y de Ifriqiyá acudieron p ara p o b lar Fez, q u e había sido fu n d ad a de nuevo p o r la dinastía idrisí. R esulta m enos im p o rtan te ev alu a r el peso dem ográfico inicial de este elem ento á rab e que darse cu en ta de la im p o rtan tísim a función social que desem p eñ ó . Se ha llam ado la atención so b re el hecho de q u e, en Ifriqiyá este elem ento étnico no sólo logró m an ten er su individualidad sin diluirse en la m asa am b ien te, sino que se afirm ó «com o g rupo piloto del cu erp o social al que invadió con su lengua, su religión y los ideales que difundía. P or o tra p arte no p uede du d arse de su fe cundidad física y si, desde el p u n to d e vista biológico, la aparición de g en eracio nes de m uw alladún o m uladíes y de hudjaná (d escendientes de varones árab es y m ujeres indígenas) d ebe considerarse com o resultado de una cierta form a de fu sión, desde el p u n to de vista social se tra ta de una dilatación del elem en to árabe». Estas observaciones son tam bién válidas p ara al-A ndalus, en d o n d e, al m enos d u ra n te dos siglos, los árab es siguieron form an d o un grupo aristocrático activo, distinto del resto de la población y suficientem ente n u m eroso, sobre to d o en las regiones m eridionales, para p o d e r m edirse con v en taja, a fines del siglo ix , con los indígenas islam izados (m uw allads) y con los cristianos m ozárabes rebeldes co n tra su dom inación. En p articu lar, en este últim o país p u ed e pensarse que la organización patrilineal y end ó g am a de los linajes árab es « arreb atad o res de m u jeres» q u e, p o r o tra p a rte , era n d o m in an tes social y p olíticam ente, les p ro p o rcio nó una fu erte ventaja sobre una aristocracia indígena debilitada p o r la d e rro ta , caren te de un sólido so p o rte cultural y cuyas estru ctu ras fam iliares resu ltab an m u cho m ás débiles. E sta ultim a parece h ab erse visto m arginada, elim inada o ab so r bida de m an era progresiva, de tal m odo q u e , después del siglo ix , no se la ve d esem p eñ ar ningún papel.