4.4 Platform Agnostic Framework
4.4.2 Implementing Channel Protocols
del Ju rásán . A p artir de los O m eyas, E gipto p arece privilegiado en la repartición geográfica de los talleres: A jm ím , luego F u stát y, m ás ta rd e , B ansha, D abíq y los tiráz del S a^d , el A lto E g ip to . Las indicaciones qu e nos sum inistran los frag m entos que se han en co n trad o en S am arra y en E gipto establecen la diferencia e n tre una oficina d estin ad a a la producción reserv ad a al califa, tiráz al-jcissa, y o tra de carácter público, tiráz al-cá m m a r q u e, bajo al-A m in, se en cu en tra en Fus tá t, y cuyos p roductos gozaban de una distribución m ás am plia y e ra n , sin d u d a, distribuidos a los funcionarios, a los servidores del califa (en p articular a los p re dicadores oficiales) y a los m ilitares, o incluso vendidos. E sta com ercialización no deja de ser hipotética: se en cu en tra excluida en Tinnis en 1047, po r el testim o nio de Naslr-i Jusráw , p ero podría justificar la gran dispersión de los hallazgos.
Las falsas apariencias del «despegue» com ercial
U na tradición cóm oda p reten d e ver en el im perio cabbásí la edad de o ro del com ercio m usulm án. La unificación política de regiones q u e , hasta la conquista, se en co n trab an sep arad as po r una fro n tera rígida, el d esarro llo u rb an o y la irriga ción m o n etaria, perm itida p o r el botín, el gasto público y el oro del Sudán hacen im aginar «un crisol cronológico y geográfico, un plano de intersección, una in m ensa coyu n tu ra y una cita fabulosa». L a realidad es m ás m odesta y, sobre to d o , resulta cronológicam ente desfasada: el desarrollo com ercial se en cu en tra e s tre ch am en te relacionado con las disponibilidades y necesidades de las clases sociales do m inantes. Se a d ap ta a la sociedad califal de las g randes capitales y excluye todo com ercio de m asa. E ste prim er p u n to deb e q u e d a r claro: el im perio califal verá la desaparición —que d u rará doce siglos, salvo en ciertas reg io n es— del carru aje (cuyo nom bre m ism o, caraba, es hoy de origen turco) y de la ru ed a. E sta falta, en un m undo m o ntañoso y co m p artim en tad o , expresa y refuerza la ausencia de to d o com ercio de p roductos pesados lim itando, en p articu lar, los tran sp o rtes de granos a unidades geográficas restringidas situadas en to m o a un río o ju n to al m ar. E gipto provee al H idjáz desde que cA m r ab re de nuevo el canal q u e une el N ilo con el m ar R ojo pero no p uede e x p o rtar a Siria m ás que cantidades muy reducidas, lim itadas a las pocas toneladas que p uede desplazar una carav an a de cam ellos. La D jazira sum inistra a B agdad y Sicilia a T ú n ez p ero , en co n ju n to , las cantidades que se tran sp o rtan son muy exiguas. El m undo m usulm án co n stitu ye una inm ensa m asa co n tin en tal y, con la excepción del m ar R ojo y del golfo q u e, por o tra p arte, se ab ren a regiones desérticas, los m ares interiores resultan inutilizables p ara las relaciones interregionales. Sólo el É u frates asum e esta fun ción m ientras que la fachada m ed iterrán ea se e n cu en tra d esierta de m an era d u ra d era. E n lo que se refiere al cam ello, éste p u ed e tra n sp o rta r, según el arn és, e n tre 70 y 240 kilos y una caravana com puesta p o r la cifra im presionante de 500 anim ales d esplazará en tre la cu arta p arte y la m itad de la carga de un navio de tam añ o m edio (250 to n elad as).
Por o tra p a rte , la unificación política, au n q u e ráp id a, p erm aneció d u ra n te la r go tiem po incom pleta, so b re to d o en el A sia cen tral q u e, desde la A n tig ü ed ad , m antuvo estrechas relaciones com erciales con la C hina. T am poco p uede decirse que unificación política im plique n ecesariam en te unificación com ercial ya que
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subsisten aduanas in terio res com o el m cfsin de D jed d a, que grava las m ercancías procedentes de E gipto. A sim ism o las acuñaciones m o n etarias resp etan d u ran te largo tiem po las p eculiaridades regionales, los m onom etalism os en plata y oro. Sólo de form a m uy lenta se p ro d u cirá una unificación de la circulación, tal com o lo atestiguan los tesoros, m ientras p erm an ecen áreas com erciales m uy distintas que traducen im p o rtan tes desniveles en los precios: Iraq y la D jazíra p o r una p a r te, Siria y E gipto p o r o tra . La ab u n d an cia m ism a de las em isiones m onetarias no p uede h ab er im pulsado de m an era decisiva la circulación com ercial y la p ro d u c ción. La econom ía del im perio resu lta p erfectam en te rígida al no producirse una revolución técnica —de la que sólo hay indicios en la cerám ica y, de m an era ta r día, en el siglo x , en la industria textil de lu jo — y sólo en una etap a m ucho más tard ía se constituirán nuevos m ercados gracias a la dem ocratización de las se d e rías de la que dan testim onio los d o cum entos judíos de la G enizá en E gipto. La puesta en circulación de m etales preciosos sólo trae consigo un alza de precios. Los datos que se han podido recoger con en o rm e paciencia p erm iten apreciar su en o rm e im portancia: en el siglo vm los precios del grano y del pan se m ultiplican, al m enos, p o r cu atro . El fenóm eno se explica, en p a rte , po r la reducción de las superficies cultivadas acom pañada p o r un pro b ab le crecim iento dem ográfico, p ero d eb e acep tarse el testim onio del pro p io HdrQn al-R ashid: un dirhem de al- M ansúr valía m ás que uno de los d in ares que él acuña 30 años m ás tarde.
P or consiguiente, la conquista m usulm ana sólo contribuye a unificar la clase m ercantil, a particu larizar los tipos de m ercad eres e instituciones com erciales, en p articu lar las form as de cooperación descritas p o r las o bras jurídicas a p a rtir del siglo v m . Ju n to al artesan o p ro d u cto r-d istrib u id o r que vende d irectam en te al cliente, el m undo m usulm án ve d esarro llarse la figura del cam bista, liberado de los lím ites institucionales que en m arcab an su esfera de acción. Se produce un re troceso en la distribución estatal (d esaparición de la an o n a). La gran prop ied ad autárquica y la autosubsistencia cam pesina d esap arecen an te el m ercado libre, e s tim ulado p o r la fiscalidad. El com ercian te se ve, asim ism o, liberado de las obliga ciones tradicionales: obligación de afiliarse a una asociación, d erech o p referen te y m onopolístico de com pra po r p a rte del E stad o o de la corporación. Por o tra p a rte , sigue som etido a la obligación de residencia en factorías en el ex tran jero , se le encargan m isiones de espionaje y está ligado al p o d e r, que lo utiliza com o b an q u ero y recau d ad o r de im puestos. A l igual que en el conjunto del m undo a n tiguo, su rápido enriq u ecim ien to se e n cu en tra regulado po r grandes confiscacio nes, de m odo q u e el com erciante se ve som etido a sangrías brutales: en el año 912 se pone una m ulta de 100.000 d in ares al m ercad er egipcio Sulaym án.
E n el siglo vm surge una jerarq u ía d e n tro de los com erciantes. En la p arte m ás baja de la escala se e n cu en tra el m ercad er itin eran te que recoge las m ercan cías en los centros de producción y las traslad a a los m ercados periódicos. P o r encim a está el «viajero» q u e va a ver la m ercancía en países lejanos llevando co n sigo la c o rresp o n d ien te lista de encargos, un capital en m etálico o en especias que d eb erá com ercializar po r cu en ta de un gran m ercad er del tercer tipo. E ste últim o, el m ercad er «estacionario», el único que tiene d erech o al título re s p e tu o so de tádjir, actúa d esde los lugares m ás im p o rtan tes, a través de encargos y ta m bién con inform aciones q u e circulan p o r cartas y gracias a la cooperación am isto sa e inform al cuyo apogeo se e n c u en tra en el m undo de la G enizá. E n el in terio r
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del grupo de los tádjir, poco num erosos y fabulosam ente ricos com o el egipcio S ulaym án, circulan los p ro d u cto s preciosos y el d in ero fiduciario de los bancos, ó rd en es de pago siem pre al p o rta d o r, ó rd en es de pago de ejecución diferida (suf-
tadjas), pagaderas a la vista p o r los corresponsales del tádjir. Suftadjas y cheques
(.sakkas) circulan am pliam ente alcanzando las m ayores distancias, p e ro el p ré s ta m o con interés resulta raro y se lim ita a graves necesidades extracom erciales. P ro b ab lem en te es considerado inm oral y sólo ap arecerá en los negocios de m an era tardía* en el siglo x n , m ientras q u e la letra d e cam bio no se utiliza en el m undo m usulm án, que conserva su unidad m o n etaria y num ism ática ideal y sólo trab aja con su m oneda de cu en ta , el diñ ar o dirhem «puros», con la que se relacionan todas las m onedas reales.
Las estru ctu ras de la cooperación com ercial se constituyen muy p ro n to . E n las obras de M álik ibn A nas (m . 795), fundador de la escuela jurídica m álikí, y del hanafi al-Shaybáni (m . 803), au to r de un L ibro de las sociedades y de un L i
bro del p résta m o , surgen las form as q u e se in troducirán o reinventarán en Italia
en el siglo x. T en em o s, en prim er lugar, la «sociedad» (sharika) que constituye un capital com ún, lim itado a una sola op eració n , a una m ercancía, a una sum a en efectivo, o, po r el co n trario , ilim itado y universal lo q u e, en este últim o caso, coincide con la solidaridad de un g rupo fam iliar. El c o n tra to im pone a los socios un d eb er de garantía colectiva así com o de rep resen tació n recíproca, que en c u e n tra tam bién su com plem ento y sus raíces en una colaboración am istosa, inform al y patriarcal. E n el p réstam o con participación (qirád, m uqárada), conocido en el H idjáz a p a rtir del siglo vi, el gran com erciante confía un capital o unas m ercan cías a un «viajero» que o b te n d rá com o recom pensa una p arte de los beneficios (un tercio si no se responsabiliza de las pérd id as eventuales), con lo que se le p ag arán su trab ajo y los riesgos personales en que incurra d u ran te el viaje. El p réstam o de m ercancías, prohibido en teoría deb id o a la incertidum bre que pesa sobre la form ación de los precios, se adm ite de hecho en la escuela hanafi. En efecto, la escuela hanafi tien d e, en co n ju n to , a re sp e ta r las antiguas costum bres m ercantiles y al desarrollo de form as jurídicas q u e constituyen subterfugios lega les para reh u ir la prohibición de las prácticas usuarias y q u e son rechazados po r las escuelas jurídicas rivales de los sh á ffte s y m álikíes.
La clase de los co m erciantes, un grupo c e rra d o , poco num eroso y cuyos m iem bros se conocen bien e n tre sí, lleva a cabo la o peración que im plica la pesa da tarea de negociar las m ercancías de sus corresponsales sin solicitar p o r ello com pensación, com isión o beneficio alguno, únicam ente con la seguridad de o b te n e r, en el fu tu ro , una revancha am istosa. E sta ta re a im plica el d eb er de ayudar a los «viajeros», asegurar la expedición, así com o la vigilancia y tran sp o rte de los productos y, sobre to d o , de m an ten er siem pre inform ados a los am igos lejanos acerca del m ovim iento de los precios, de la calidad y cantidades de los bienes disponibles en el m ercado y de las ocasiones qu e ofrecen navios y caravanas ca paces de desplazarlos hasta su destino.
Los m anuales de m ercaderes com o el de al-D im ashqí, escrito en el siglo xi en m edio fátim í, y las cartas de los com erciantes d e El C airo se m uestran de a cu erd o en la co n stan te práctica de la b ú squeda de una inform ación segura, y en la rapidez en las op eracio n es, sin las cuales no p u ed en o b ten erse los altos b e n e ficios a los que aspiran los m ercaderes: en tre el 25 y el 50 po r 100 del precio de
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coste, en el que se incluyen los gastos de adquisición, tran sp o rte y venta. E xclu yen de su esfera de acción y de sus in tereses el com ercio destinado a las m asas, con lo qu e se dibuja la figura del gran com erciante al que sólo le im portan las m ercancías preciosas (piedras de gran valor, especias raras de im portación, teji dos de precio elevado) y, p rin cip alm en te, las m aterias prim as, adem ás del a rte sa nado de transform ación (o rfeb rería, d ro g u ería y farm acia, b o rd ad o de tejidos con hilo de o ro). Se tra ta de un co m ercian te q u e conoce bien las técnicas «capitalis tas» (p restar y to m ar en p ré sta m o , p re s ta r con p articipación), y qu e se interesa fu n d am en talm en te en la reinversión de sus capitales, en el su b arrien d o de los im puestos y en las o p eracio n es inm obiliarias y agrícolas. Se constituye así una aris tocracia m ercantil, que en m odo alguno se en cu en tra prisionera de su función com ercial y está al servicio de un consum o o sten to so , principesco y aristocrático.
El m ercado rey
La fiscalidad estatal m an tien e en todas p artes el m ercado local, cuya edad de o ro fueron los siglos vu y vm y q u e se caracterizó , en el te rre n o m o n etario , po r la abundancia de m oneda fraccionaria, fa ls de co b re onieyas y cabbásíes, especial m ente en B asra. Se tra ta de un m ercado que asom bra a los peregrinos o ccid en ta les: A rculfo, que visita A lejan d ría en el año 670, y B ern ard o el M onje, que ve, an te Santa M aría la L atina de Jeru salén en el año 870, un foro en el que p ara vender hay que pag ar una tasa de dos d in ares al año. En realidad sólo se trata de la e n trad a en la ciudad del m ercado ru ral, bajo el aguijón del im puesto que exige el pago en m etálico y sitúa al p ro d u cto r rural en una posición débil ya que se ve obligado a v en d er a cualq u ier precio. E ste m ercado anim a el cam po sin c re a r salidas p ara las actividades u rb an as ya q u e los cam pesinos d eben conservar sus ganancias y sólo com pran excep cio n alm en te, con lo que el m ercad er tiene escasas o p o rtu n id ad es de in sertarse en él. El M irbad de B asra, el Kunása de K úfa, el m ercado del m artes de B agdad, el del m iércoles en M osul, el del lunes en D am asco son cen tro s to talm en te ab ierto s en principio y existe una com pleta lib ertad p ara instalarse en ellos. A llí, com o en la m ezquita, el p rim ero que llega ocupa el m ejor lugar. No o b sta n te , el zoco se cierra progresivam ente bajo los últim os O m eyas: las plazas qu ed an reservadas y los v endedores pagan un alquiler al «señor del zoco». P ro n to los zocos se especializan y surgen los jáns en los que los fu n d u q s constituyen p eq u eñ as «bolsas», cada una dedicada a un p ro d u cto y m uy p ro n to , a p a rtir del siglo v m , ap arece un m ercado cerrad o y vigilado para los productos de lujo, la qaysariyya o alcaicería (la «casa del César» del m undo an tig u o ), m ientras que el m ercado alim en tario , excluido del cen tro u rb an o , se descentraliza en su w a yq a s, los m ercadillos de barrio.
Si bien la topografía de la ciudad m usulm ana excluye una repartición je rá rq u i ca fija de los zocos, la actividad com ercial se especializa hasta el lím ite. A l igual q ue los cuerpos constituidos p o r los oficios artesan ales, los oficios com erciales, no m uy distintos de los a n terio res, se caracterizan p o r una determ inación m inu ciosa, filológica, del pro d u cto que se vende. E n su libro L a clave de los su eñ o s, al-D inaw ari e n u m era casi 150 actividades com erciales en la B agdad del año 1006, m ientras que la G enizá cita 90 oficios com erciales. El m ercado, vigilado en época
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O m eya po r un wálí en las ciudades principales (L a M eca, M edina, K úfa, B asra, W ásit) y m ás tard e p o r un alm otacén (m u h ta sib ) q u e fija los precios, cobra el diezm o y el alquiler de la plaza utilizada, co n tro la pesos y m edidas y juzga acerca de la h o n rad ez de las transacciones realizadas, es un organism o e n teram en te mo- netarizad o . N o o b sta n te , la ley de la o fe rta y la d em an d a no d eterm in a el precio de las vituallas que, en un principio, es «político» y ha sido calculado po r el «se ñor del zoco» en función de las necesidades de una m asa tu rb u len ta. E sta «tasa ción» de las m ercancías p uede ad q u irir, de m an era p recoz, el aspecto de una in tervención de la a u to rid ad bajo la form a d e un g ran ero público destinado a reg u larizar la carestía. La Sicilia n o rm an d a h e re d a rá , así, en el siglo xn la institución de esta rahba. P or su p a rte , el m ercado rural ob ed ece a o tras reglas, ya q u e los ven d ed o res se ven obligados a v en d er pro d u cto s volum inosos y p ereced ero s a cualquier precio para o b te n e r las can tid ad es en efectivo q u e necesitan para pagar los im puestos. F in alm en te, el m ercado artesan o resulta ev id en tem en te esp ecu lati vo ya que ap u n ta a la calidad, a la originalidad y a la acum ulación de trab ajo en el o b jeto . El precio no viene d e term in ad o po r la productividad ni po r la ley de la o ferta y la dem an d a sino po r la m oda y po r la técnica consum ada del fabrican te, m ás artista q u e artesan o . La historia de los precios se lim ita fatalm en te, p o r una p a rte , a la de las carestías, en una co y u n tu ra uniform em ente favorable al consum idor urb an o y, po r o tra , a la fastuosidad de los ricos o a sus deseos de ostentación.
Rutas lejanas hacia el Este y productos de excepción
El desarrollo de los grandes centros de p o d e r de Iraq y de algunas capitales provinciales refuerza un gran com ercio que resu lta ya antiguo y está d estin ad o a proveer de sum inistros de consum o a una élite refinada y de en o rm es d isponibi lidades financieras. A dem ás de en las capitales califales se en cu en tra en las g ra n des ciudades de Iraq m eridional, K üfa, Basra y W ásit, cuyos com erciantes p a rti cipan, gracias a su en riq u ecim ien to , de los privilegios de la élite, en el F u stát de los T ülúníes, así com o en R ayy, N ishápúr y en las g randes ciudades de la T ranso- xania. Las rutas com erciales se m odelan de acu erd o con la dem an d a de los ce n tros y, en p articu lar, de las capitales de los em ires. Siria perm anece m ucho tiem