5.4 Availability
5.4.1 Access Control
Tras haber dicho todo lo anterior, también es importante presentar la otra cara de la moneda: la continuidad de la doctrina. En las siguientes pá- ginas será notorio que, al mismo tiempo que las doctrinas evolucionan, también hay cierta con- tinuidad en esa evolución. Las doctrinas no son declaraciones o sugerencias caprichosas que al- guien hace sin razón alguna, ni para tratar de poner al cristianismo «a la moda». Precisamente porque algunas de las doctrinas más importantes del cristianismo se han establecido mediante un proceso de consenso que ha tomado mucho tiempo, esas doctrinas han probado ser resistentes a los fugaces cambios de la moda sin importar qué tan exitosos estos puedan ser en ese mo- mento. Por ejemplo, en el siglo diecinueve algun- os teólogos protestantes liberales hicieron difer- entes intentos para redefinir la particularidad de Jesús en términos que fueran más aceptables a los tiempos modernos. Sin embargo, eso también
cambiaba radicalmente lo que durante mucho tiempo la iglesia había considerado que era esa particularidad. Durante un tiempo, algunos de es- os intentos tuvieron tal éxito que sus proponentes dijeron que la cristología tradicional ya era asunto del pasado. Sin embargo, con el correr del tiempo esas propuestas se han ido desvane- ciendo. Es cierto que hicieron contribuciones im- portantes al entendimiento de la cristología tradi- cional, pero no la reemplazaron.
Quizá la manera más adecuada para entender la continuidad de las doctrinas durante su proceso de desarrollo, sea pensar sobre nosotros mismos y nuestra propia continuidad. Por ejemplo, a través de los casi setenta años que tengo de vida, he cambiado bastante y lo mismo ha ocurrido con to- dos mis amigos. De joven, me gustaba montar a caballo o remar en canoa. Hoy prefiero un buen libro o un viaje cómodo. De niño, era del- gadísimo y mis padres siempre estaban buscando la manera de hacerme aumentar de peso. Hoy, debo estar cuidado lo que como e incluso me gustaría perder algunos kilos. Día a día, casi sin
darme cuenta, he ido cambiando. Algunos de es- os cambios han sido tan dramáticos que casi les puedo poner fecha: cambios de perspectiva, de carrera, de valores. Otros han sido constantes y casi imperceptibles. Por ejemplo, si me veo en el espejo y también en una fotografía de mi ju- ventud, se me hace muy difícil creer que seamos la misma persona. Sin embargo, ¡sigo siendo yo! Hay una cierta continuidad. El joven travieso que fui y arrojaba piedras, todavía existe . . . aunque ya no lanzo piedras a mis amigos, y mis travesur- as han tomado una nueva dirección.
De la misma forma, y aunque sí evolucionan, cuando esa evolución es apropiada, las doctrinas mantienen su identidad. El hecho de que las doc- trinas evolucionen no es razón suficiente para afirmar que su forma anterior fue falsa o que su nueva forma sea una distorsión. Yo no creo ser una distorsión de quien fui antes, ni que ahora sea menos de lo que fui en aquel entonces (¡aunque en el pasado fui menos de lo que soy ahora!). Sencillamente he crecido, madurado, envejecido y he sido formado por las cambiantes circunstan-
cias. De la misma forma, una doctrina puede cre- cer, clarificarse, reflejar las cambiantes circun- stancias y, a pesar de ello, seguir reteniendo su identidad.
Una gran parte de esa continuidad se deriva de la continuidad de la vida de la iglesia misma. La iglesia ha pasado por muchos cambios y ha tomado diversas formas durante el curso de casi veinte siglos de existencia. La iglesia ha sido perseguida, y también, en tiempos menos glor- iosos, ha perseguido a los demás. Al mismo tiempo, o en diferentes ocasiones, la iglesia ha sido una pequeña minoría o una mayoría dom- inante; ha sido un pequeño grupo en medio de una cultura ajena o una fuerza transformadora de la cultura; ha sido un pueblo peregrino o refugio para los extranjeros; ha sido un instrumento de los poderosos o un aliado de los débiles; ha sido una fuerza que ha promovido el cambio o una in- stitución que se ha opuesto a él. A pesar de es- os cambios y sus diversas configuraciones, po- demos seguir viendo la continuidad en la vida de la iglesia. La fe que ahora sostenemos y amamos
nos ha llegado por las luchas de los mártires que murieron por su fe, por monjes anónimos que co- piaron los manuscritos de la Biblia, por madres que enseñaron a sus hijos, por misioneros y pre- dicadores que arriesgaron la vida por ella. Es esa línea ininterrumpida de creyentes—grandes y pequeños, sabios y necios, débiles y fuertes, de personas que creyeron, adoraron, sirvieron, soñaron, dudaron y lucharon dentro de la ig- lesia—que ahora nosotros continuamos y de la que han surgido y evolucionado las doctrinas.
Así pues, de la misma manera en que la iglesia es nuestra (aunque tengamos alguna dificultad con mucho de lo que sucede en ella), las doctrinas también son nuestras (aunque tengamos dificult- ades con algunas de ellas). Y de la misma manera en que tenemos la responsabilidad de hacer nuestra a la iglesia a tal grado que podamos ser- virla y criticarla cuando sea necesario, así tam- bién se nos llama a estudiar sus doctrinas de tal forma que podamos afirmarlas y buscar su re- forma cuando sea necesario.