Al igual que Jesús, los primeros cristianos fueron judíos, y no creyeron ser parte de una nueva religión. Estuvieron convencidos de que las buenas nuevas—el evangelio—eran que en
Jesús y su resurrección se habían cumplido las antiguas promesas hechas a Israel. En otras pa- labras, que con ello se cumplía «la esperanza de Israel». Tal como el libro de los Hechos cuenta la historia, al principio los cristianos ni siquiera pensaron que el evangelio fuera un mensaje de esperanza para toda la humanidad. Solamente después de pasar por algunas experiencias ex- traordinarias fue que decidieron que esas buenas nuevas también eran para los gentiles. A pesar de esto, basta con leer las epístolas de Pablo para darse cuenta de que las buenas nuevas para los gentiles consistían en que por la fe ellos también eran invitados a convertirse en hijos y herederos de Abraham. Tal como lo diría Karl Barth en el siglo veinte: que los gentiles podían convertirse en «judíos honorarios».
Como judíos—sin importar que lo fueran por descendencia biológica o por adopción mediante la fe—los cristianos tuvieron una Biblia, la Biblia hebrea. Esta Biblia fue la que leyeron al reunirse para adorar a Dios, para tratar de discernir su vol- untad y el significado de los acontecimientos de
que habían sido testigos: la vida, muerte y re- surrección de Jesús de Nazaret. En el libro de los Hechos tenemos varios ejemplos sobre cómo Pablo—y otros cristianos—utilizó las Escrituras hebreas para decir a los otros judíos en las sinago- gas que Jesús era el cumplimiento de las prome- sas hechas a Abraham, y para invitarlos a creer en él. Así pues, la primera Biblia cristiana fue la Biblia judía. Fue la que usaron para enseñar, la que usaron en las controversias y la que usaron en el culto. Al parecer, ni siquiera soñaron con añadirle otros libros a las Escrituras hebreas.
Sin embargo, conforme la primera generación de testigos fue desapareciendo, los cristianos sin- tieron la necesidad de tener algún medio de in- strucción que preservara las enseñanzas de aquel- los primeros testigos. Ya no bastaba con leer los libros de los profetas o la ley de Moisés en la ig- lesia, también se hacía necesario leer materiales que trataran más directamente sobre Jesús y los deberes y creencias cristianas. De cierta manera las cartas de Pablo trataron de llenar esa necesid- ad. Dado que no podía estar presente en todas
las iglesias que había fundado, entonces les es- cribió. Sus cartas—con la excepción de su nota personal a Filemón—fueron escritas para que se leyeran en voz alta a toda la congregación. Esas cartas fueron para instrucción, admonición, reto, inspiración, algunas veces para recolectar dinero y fueron dirigidas a iglesias específicas con ne- cesidades específicas. Aunque no conocía a la mayoría de los miembros, Pablo incluso se atre- vió a escribir una larga carta a los cristianos en Roma. Al parecer lo hizo preparando el camino para la visita que tenía planeada a esa ciudad, pero el poder y discernimiento de esa carta fue tal que se siguió leyendo en la iglesia mucho tiempo después de la muerte de Pablo. De hecho, el im- pacto de las cartas de Pablo provocó que muchas iglesias las copiaran y las compartieran entre sí, e incluso que las leyeran en los cultos y las usaran paralelamente a la Biblia hebrea como materiales de instrucción. Casi al final del siglo primero, cuando estuvo exiliado en Patmos, Juan «el teó- logo» escribió un libro—Apocalipsis—dirigido a iglesias en la provincia romana de Asia. Pero
muy pronto comenzó a circular entre otras ig- lesias de la región, y con el tiempo fue copiado, vuelto a copiar y leído en todas las iglesias.
Pablo y Juan de Patmos escribieron para oca- siones específicas y, por lo tanto, no escribieron sobre toda la vida y enseñanzas de Jesús. Ellos todavía estaban vivos cuando algunas personas comenzaron a sentir la necesidad de documentos que se pudieran leer en la iglesia. Necesitaban documentos que presentaran toda la vida de Jesús y sus enseñanzas, y que se concretaron en lo que ahora llamamos evangelios. La mayoría de los eruditos están de acuerdo en que el primero fue el de Marcos, al que poco después le siguieron Mateo y Lucas, y al final el evangelio de Juan.
Cuando estos libros se comenzaron a leer en la iglesia, los cristianos no debatieron si eran «Pa- labra de Dios» o no, o si eran inspirados. Al principio, parece que ni siquiera consideraron el asunto de su relativa autoridad en comparación con los libros de la Biblia hebrea. Simplemente los consideraron valiosos para su culto, en espe-
cial para esa parte del culto que principalmente consistía en la lectura y exposición de las Escrit- uras. Más o menos como a la mitad del segundo siglo, el escritor cristiano Justino Mártir dijo que los creyentes se reunían «en el día que común- mente es llamado del sol», y que leían «según el tiempo lo permite, las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas»1. Así pues, y al parecer sin mucho debate, fue en el contexto del culto que las «memorias de los apóstoles»—o tal vez los evangelios, o los evangelios junto con al- gunas de las epístolas—comenzaron a igualarse en autoridad con los profetas.