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6.3 AWE failure semantics

6.3.2 Well-behaved Uploads

Sin embargo, no fue suficiente con refutar a Marción y mostrar que Dios había hablado a través de las Escrituras hebreas. También fue ne- cesario determinar qué libros cristianos podían y debían ser usados en la iglesia para instruir a sus miembros (casi de manera idéntica a como la Biblia hebrea se usaba en la sinagoga para instruir a sus fieles). Como hemos visto, para el tiempo de Marción, en la iglesia ya se había hecho costumbre leer y exponer tanto la Biblia hebrea, como también los escritos de los apóstoles. Ahora, en parte como respuesta al ex- traño canon de Marción, y en parte por la in- evitable necesidad de determinar qué libros de- bían recibir esa autoridad y cuáles no, la iglesia comenzó a desarrollar listas de libros cristianos autorizados.

Este fue un largo proceso. Para ese entonces, los cristianos no tenían un gobierno centralizado, ni alguien que pudiera hacer decisiones por toda

la iglesia. No se había tenido un gran concilio de la iglesia, ni un cuerpo legislativo que defini- era cuáles documentos debían formar parte de la nueva lista de libros sagrados. En ausencia de esos medios de decisión, lentamente se fue de- sarrollando un consenso a través de la consulta y mutua influencia que se dio entre las iglesias. Algunas iglesias utilizaron unos libros, pero no otros. Al cuarto evangelio le tomó más tiempo que a los otros tres para ser totalmente aceptado. Desde fecha muy temprana, la mayoría de las lis- tas incluyeron los cuatro evangelios, el libro de los Hechos y las cartas de Pablo, así como la mayoría de los libros que ahora aparecen hacia el final del Nuevo Testamento. Tomó mucho tiempo llegar a un consenso para incluir la segunda y tercera epístola de Juan, la segunda epístola de Pedro, la de Santiago y la de Judas. A mediados del siglo tercero ya había cierto consenso sobre el canon del Nuevo Testamento, que por lo gen- eral incluía los cuatro evangelios, Hechos, las epístolas de Pablo y algunos otros libros. Pero otras listas también incluían libros que luego la

iglesia rechazaría, no porque fueran malos o es- tuvieran errados, sino porque carecían de la autoridad apostólica (por ejemplo el Pastor de Hermas, un libro sobre visiones e instrucciones que se escribió en Roma a mediados del segundo siglo).

Con el tiempo, el canon actual del Nuevo Testamento se convirtió en una cuestión de con- senso general. Sin embargo, no es sino hasta el año 367 que encontramos la primera lista que concuerda exactamente con la que tenemos hoy, porque incluye todos los libros actuales y ningún otro. Hacia fines de ese siglo, tras bastante va- cilación por algunos detalles, el canon del Nuevo Testamento quedó fijo de forma general y es el canon que seguimos hasta hoy. Es importante señalar que para ese tiempo la iglesia ya contaba con los medios para resolver las controversias (los «concilios ecuménicos», de los que hablare- mos más adelante), y sin embargo no se hizo ningún intento para resolver la cuestión de la lista exacta de los libros del Nuevo Testamento a través de ellos. La frecuente afirmación de que el

concilio de Nicea estableció el canon del Nuevo Testamento, en realidad no tiene fundamento. Las diferencias, que eran bastante pequeñas entre las diversas listas, no fueron motivo para un áspero debate que debiera ser juzgado por un concilio o cualquier otro medio oficial, y se permitió que se resolvieran mediante el lento proceso del desar- rollo de un consenso.

A estas alturas es importante decir algo sobre la popular idea respecto a los llamados «libros prohibidos» del Nuevo Testamento. En el con- texto de las discusiones acerca de la supuesta sa- biduría oculta de los antiguos (o en obras de fic- ción como El código de Da Vinci), se dice que hubo otros evangelios que compitieron con los cuatro actuales para ser admitidos en el Nuevo Testamento y fueron prohibidos (ya fuera porque decían que Jesús fue casado, porque hablaban del aspecto femenino de Dios, o porque incluían una sabiduría antigua que la iglesia rechazaba o quería suprimir). Eso es sencillamente falso. Los «evangelios apócrifos», y otros documentos se- mejantes que no se incluyeron en el Nuevo Testa-

mento, por lo general caen en dos categorías. La primera es que la mayoría de ellos son leyen- das pías que intentan embellecer lo que se dice en los cuatro evangelios canónicos o en Hechos. Además, se escribieron mucho tiempo después de que la lista de los libros del Nuevo Testamento se había formado. Así que había historias sobre Jesús jugando con sus amigos, los hechos de la virgen María, los viajes de Pedro, de Juan y otras parecidas. Algunos de esos libros fueron atribuid- os a uno de los apóstoles, a María u otros per- sonajes del Nuevo Testamento. Estos libros nunca fueron suprimidos o prohibidos. Muchas de las historias que relatan se convirtieron en ley- endas populares que se representaron en las dec- oraciones de las iglesias y en los sermones. Lo cierto es que, sencillamente, nunca tuvieron la misma autoridad de los cuatro evangelios canóni- cos.

La segunda categoría incluye libros que fuer- on escritos para promover una perspectiva par- ticular que la iglesia rechazaba. Probablemente el primero de ellos—que no sobrevivió—fue la

versión de Marción del evangelio de Lucas, de donde eliminó todas las referencias a las Escrit- uras hebreas o al Dios de Israel. Otro libro en esta categoría fue el Evangelio de la Verdad (se- gundo siglo), que escribió Valentino para apoyar sus propias doctrinas. Los grupos que utilizaron esos evangelios habían rechazado todos los otros evangelios. Así que el problema nunca fue si esos evangelios debían o no incluirse en el Nuevo Testamento, más bien fue si debían suplantar a los cuatro del Nuevo Testamento. Aunque hay varios libros en esa categoría, casi todos son bastante posteriores a los cuatro evangelios can- ónicos, y los eruditos están de acuerdo en que principalmente son obras de ficción y no añaden nada a lo que sabemos acerca de Jesús. Tal vez la única excepción sea el Evangelio de Tomás, un documento que se descubrió en el siglo veinte en Egipto y principalmente contiene dichos de Jesús. Muchos de esos dichos están incluidos en los evangelios canónicos, otros son claramente espurios y unos pocos tal vez sean verdaderos dichos de Jesús que de otra manera no cono-

ceríamos. Sin embargo, incluso en este caso no hay indicación alguna de un intento o deseo de incluir ese documento en el Nuevo Testamento como un quinto evangelio; pero tampoco de que fuera «prohibido», porque parece que solamente fue utilizado por una declinante secta de cristi- anos, y la desaparición de ese evangelio sencilla- mente fue el resultado de la desaparición de esa secta.

Los apócrifos del Antiguo