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Un joven amigo mío, de vastos recursos pecuniarios e in- telectuales, abandonó hace unos años sus negocios y sus excursiones por las ciencias naturales y las matemáticas, para entregarse en cuerpo y alma, y con una tenacidad de neófito, al estudio de los evangelios. Ha sido esta transfor- mación uno de los pocos buenos resultados de la agita- ción modernista: gentes que apenas habían oído hablar por referencias de San Lucas y San Mateo, han empezado a quebrarse la cabeza pensando en las sutiles razones y fun- damentos que pueden existir para afirmar que unos evan- gelios son auténticos y otro u otros son tenidos por mate- ria apócrifa. Bernard Shaw, que no pierde ripio cuando se trata de cuestiones palpitantes, leyó los evangelios con el objeto de enterarse y renovar en su clara mente la idea que se había formado del Cristo. En el prólogo de un volu- men, aparecido durante la guerra, expuso con su habitual humorismo lo que le había sugerido acerca del Salvador del mundo la lectura cuidadosa y desprevenida de los evan- gelistas. Sólo que los espíritus maleantes, en vez de leer en esas páginas la vida de Cristo, leyeron con una leve sonri- sa entre benévola y picante la “biografía de Bernard Shaw, sacada de los evangelios”. Mi amigo sabe de estos asuntos lo que se puede saber. Lo que él ignora en punto a la au- tenticidad de los textos sagrados no vale la pena de ser es- tudiado.
Días pasados, en un sabroso coloquio de hispanoame- ricanos, surgió de repente el tema de la deslealtad de San Pedro con motivo de algún chiste salaz que dejó escapar inopinadamente uno de los de la reunión. Mi amigo, que
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probablemente buscaba ocasión para hacernos conocer uno de los resultados de su continuo trato con la obra de los evangelistas, dijo: “San Pedro -en mi sentir- ha sido víc- tima de una injusticia, a causa de la interpretación dada al incidente relativo a su deslealtad con el Maestro, ante la pregunta de una simple fámula de la casa de Caifás”. Mi amigo tiró el cigarrillo que estaba fumando, se caló las ga- fas y sacó de entre las profundidades de uno de los bolsi- llos insondables de su gabán un pequeño volumen negro, encuadernado muy fuertemente en marroquí. Lo acarició, antes de abrirlo, como suelen los bibliómanos, y conti- nuó diciendo: “Este incidente, cosa curiosa, es uno de los pocos que aparece narrado menudamente en San Mateo y confirmado, casi con unas mismas palabras, en los otros tres evangelistas. Voy a leerles la versión de San Lucas, y la escojo porque Lucas fue el más letrado de los evangelis- tas. Es, de los cuatro, el que se expresa con más elegancia y el que, en ocasiones, se pone a tocar estilo, como dice Zola, si mal no recuerdo, refiriéndose a Paul de Saint Victor. Voy a traducir directamente del griego y ustedes excusa- rán las vacilaciones que haya en la lectura, porque hay di- ferencia de esa lengua a la nuestra”. Mi amigo se puso a leer: “Y habiéndole prendido se lo llevaron y lo introduje- ron en casa del príncipe de los sacerdotes. Pedro le seguía de lejos, y cuando hubieron prendido fuego en medio de la sala, alrededor del cual se sentaron todos, Pedro tomó puesto entre ellos. Y una criada, que le vio sentado al fue- go, dijo mirándole detenidamente: “Este es de los que esta- ban con él”. Entonces él lo negó, respondiendo: “Mujer, no lo conozco”.
Terminada la lectura, agregó mi amigo: “De este senci- llo incidente, tan natural y tan humano, los lectores de los evangelios han saltado a la conclusión de que San Pedro negó ese día a su Maestro, por deslealtad y por miedo. Lo creen así porque los evangelios añaden que, al cantar el
gallo, San Pedro rompió en sincero y amargo llanto. El cargo de miedo es el menos justificado de cuantos pueden hacérsele a San Pedro. Los evangelios dan testimonio de que el cimiento de la Iglesia obró siempre con mucho va- lor. Después de haber andado sobre las aguas Jesús invitó a sus discípulos a que lo imitasen, y sólo Pedro tuvo el valor de hacer la tentativa. Fue su valor tan grande que, según San Mateo, “descendiendo Pedro del barco andaba sobre las aguas para ir a Jesús”. Cuando las turbas vinie- ron con Judas a prender al Maestro, los otros discípulos se pusieron a prudente distancia y dejaron a los revoltosos que hicieran su gusto. Pedro estaba cerca, y al ver que po- nían las manos sobre su amigo, tiró de la espada y a sabla- zo limpio dejó sin una oreja a uno de los guardias.
“Cuando, apoderados de la persona de Cristo, los de la multitud tomaron la vía a casa de Caifás, Pedro fue el úni- co de los discípulos que se atrevió a seguirlos. Es verdad que los seguía de lejos, “e longinquo”, dice la Vulgata; pero es preciso recordar que esto suponía gran valor; pues los amotinados debían tener todavía muy presente la refriega en que uno de ellos había acabado por perder una oreja. Si Pedro hubiera dejado que el miedo interviniese en la direc- ción de su conducta, no habría ido en seguimiento de su Maestro, en pos de la ofendida turba. Pero hizo más aún; penetró en la casa de Caifás y con la mayor serenidad se sentó alrededor del fuego a esperar, según parece, el resul- tado de la investigación que estaba llevando a término el gran saduceo, y resuelto, sin duda, a defender al Maestro. No es, pues, aceptable explicar la respuesta negativa a las preguntas indiscretas de la criada y de otros circunstantes, por medio del temor. Importa recordar que, inmediatamen- te antes de que la criada se hubiera dirigido a Pedro, el sumo sacerdote le había preguntado a Cristo si él era hijo de Dios. Pedro había sin duda escuchado la respuesta “tú lo dices”. “Mi deducción es, aseguró mi amigo, restituyendo el
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pequeño volumen a los recodos inescrutables de su bolsi- llo, que San Pedro no negó a Cristo por temor, ni por deslealtad, sino por modestia. Creía que era demasiado presumir en un pobre pescador, rudo y de pocas palabras, decirse amigo de un hombre que acababa de designarse a sí mismo, delante de los circunstantes, hijo de Dios”.
“Para llegar a esa conclusión -repuso un sudamericano de la concurrencia,- no es necesario haber leído en varios idiomas antiguos y modernos los cuatro evangelios, ni comparar unas con otras, de modo irreverente, las diver- sas narraciones de los evangelistas. El comercio diario de unos hombres con otros está evidenciando que fue la modestia el móvil de San Pedro. Voy a contar a usted el resultado de una triste y no muy remota experiencia per- sonal.
“Yo soy de San Juan Nepomuceno, en una provincia casi ignota de una República latinoamericana que no hay para qué nombrar. A los nacidos en ese pueblo nos lla- man los que nos quieren bien “nepomucenos”, los otros nos dicen “pomucenitas” y, para mayor escarnio, “pabucenitas”. Tal cual mojicón solía cambiarse entre los estudiantes de la Universidad en la capital de mi país, cuan- do sonaba esta palabra en las conversaciones.
“Hace cuatro años que vivo en Londres. Vine a estu- diar por estudiar y me he encariñado de ese período de la historia que se llama la época bizantina. Atendiendo a las aulas y buscando libros sobre esa época, trabé relaciones con el catedrático de lengua griega en una de las viejas uni- versidades de Inglaterra, poseedor de una clarísima reputa- ción por su saber vasto y documentado y por su bondad inagotable y experta. Se le debe un precioso volumen so- bre ciertos aspectos del arte bizantino mal comprendidos, según él dice, por los modernos. Se ha negado a escribir más libros, diciendo que, en verdad, todo cuanto puede saberse acerca de aquella época está ya puesto en sabios
volúmenes, bien escritos unos, incompletos los de acá, demasiado recargados de detalles insignificantes los de más allá. Quien desee saber algo a fondo, afirma modestamen- te, debe leerse todos esos testimonios y no contentarse con un deshilvanado compendio. Este hombre adorable acostumbraba venir a Londres periódicamente y posaba en un hotel del barrio de Bloomsbury, adonde solía yo ir a verle para olvidar, en largos coloquios sobre cosas pasa- das, las miserias de la vida contemporánea y las exigencias del oficio a que cada cual estaba dedicado. Una noche mien- tras conversábamos y bebíamos vino de Oporto en un rincón del salón de fumar, en aquel silencioso hotel de la metrópoli, entraron hablando recio y en español dos jó- venes que por el acento y por la manera de gesticular reve- laban que venían de San Juan Nepomuceno o de un lugar vecino a los ejidos de mi antigua ciudad natal. En efecto, de allí venían y eran conocidos míos. Me reconocieron y, a la usanza del terruño, y como si estuvieran en un patio del cortijo, me saludaron desde lejos y en voz alta. Me in- corporé para darles la bienvenida, y, en pos de los abrazos y del usual cuestionario sobre la salud y la vida pasada, quisieron saber de mi boca quién era ese caballero con quien conversaba cuando ellos entraron. Vacilé un mo- mento, y acabé por decirles que no le conocía. En ese ins- tante dio la hora un reloj suizo de cuclillo que había en el salón. El pajarraco de madera se asomó a un ventanillo y cantó las nueve de la noche con rápida y penetrante mo- notonía. No lloré como San Pedro, porque, más consciente que el pescador, yo había mentido, como él, por modes- tia, para evitar el ridículo. Los dos “nepomucenos” que acababan de entrar eran aficionados a las letras y se sabían de memoria la lista de los grandes cerebros europeos. En América parece que no se ocupan los intelectuales más que en eso: en aumentar diariamente el acervo de nom- bres de autores extranjeros y de obras que tienen en la
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cabeza. Los recién venidos habrían atinado inmediatamente con la vida y hechos de mi amigo el profesor y se habrían reído de mí donosamente en el interior de sus almas. ¡Que un “pabucenita” cualquiera se dijese amigo del profesor X y estuviera conversando con él en una fonda de Londres! ¡Qué manjar espiritual tan suculento para saborearlo con deleite y muy poco a poco en la esquina de la plaza princi- pal, en San Juan Nepomuceno, a la luz de un crepúsculo tibio, mientras la brisa cargada del penetrante aroma de las selvas vecinas agita en blandos vaivenes las hojas deshe- chas de las palmeras que resaltan vivamente, como som- bras chinescas, sobre el ópalo y el púrpura desvanecido de un cielo que parece el escenario de un misterio de la Edad Media! “Dice Fulano, exclamarían los dos viajeros al resti- tuirse a sus lares, que es amigo del profesor X... Fulano, a quien ustedes conocen. El que nació allí cerca, frente a la casa cural, y vive en Europa, va ya para cuatro años, ha- ciendo que estudia”. El rumor de la carcajada llegó por anticipación a mis oídos y negué a mi maestro. Si hubiera podido reducir a cenizas el cuclillo de madera que cantaba las nueve, habría sentido que ejercía él la venganza que no podía saciar en mis burladores”.
“En efecto -concluyó el teólogo modernizante- la des- lealtad en San Pedro, y, guardando las proporciones, en el bizantino de San Juan Nepomuceno, fue una de las for- mas que suele tener la modestia. Acaso por esto Zaratustra, que desconoció siempre las excelencias de esta virtud in- comparable, dijo una vez: “Mis discípulos son los que me niegan”.
La seriedad
Se reprocha en las esferas diplomáticas europeas y otros medios políticos menos descabalados, la falta de seriedad a las gentes de la América Española. A creer en la seriedad de nuestros censores y en sus compasivas admoniciones, bastaría cubrir nuestras actitudes y nuestros hechos con los atavíos de aquella virtud, para que el porvenir fuese nuestro. Parece, además, que teniendo el porvenir en nues- tras manos, haríamos de él un uso muy discreto. La serie- dad construye caminos de hierro, abre canales, deseca pan- tanos, establece cultivos en escala grandiosa, funda ciuda- des y las administra en pro de las caras austeras y para la mayor ventura de sus habitantes.
Empiezan ya los hispano-americanos que viven en Europa a hacer en todos los tonos y en todos los lugares donde se acogen, la apología de la seriedad.
“Necesitamos ante todo hombres serios”, dicen con aire de haber descubierto un nuevo continente en los ma- res solitarios del pensamiento. Don Fulgencio Tabares ha venido a España con el objeto de educar a su hijo en todas las formas de la seriedad.
“Este chico —me decía don Fulgencio hablando de su hijo— es persona muy seria. Tiene diez y siete años y no conoce lo que son los juegos de niños. Desde que aprendió a leer, y ello fue a los seis años, no tiene más diversión ni entretenimiento que la lectura. Se ha dedi- cado al estudio de las letras clásicas, y según me dicen sus maestros, la filología romántica no tiene ya secretos para él. Aprendió el griego y el latín como jugando. Las len- guas modernas se las ha asimilado en un abrir y cerrar de ojos. Para él lo mismo es leer un libro escrito en alemán que en francés, que en italiano, español o inglés. Se ha absorbido con una asiduidad y orden admirable las lite-
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raturas de todas estas lenguas. No crea usted que devora libros por el sólo placer de leerlos. Nunca se ha acercado a un autor sino por consejo de sus maestros. Todas sus lecturas forman parte de un plan concebido anticipada- mente por las inteligencias primordiales a las cuáles he confiado la formación de la suya. No soy yo juez en estas materias -añadía humildemente don Fulgencio,- y he tenido, por tanto, que someterme en un todo a la discreción de sus maestros, gente seria, bien informada, envejecida en la dirección de la niñez. Lee mi hijo al regocijado Aristófanes en griego, a Plauto, el áspero cen- sor de las costumbres romanas, al acerbo Marcial y a Apuleyo en latín; le son tan familiares en italiano la vena inagotable de Ariosto, el humor licencioso del Berni, la prosa ondulada y abundante de Boccaccio, como entre los modernos la sátira política de Giusti y las narracio- nes desfachatadas de Guadagnoli. Trae muy a menudo a colación un poema de Leopardi en que se describe la lucha de los sapos contra las ratas. No le arredran ni los dialectos; conoce el Descubrimiento de América por Pascarela, y su primer ensayo literario es un análisis de la conjuga- ción en el dialecto que usan éste y otros poetas romañolos. En español lee con tenacidad de benedictino las livianas filosofías rimadas de Juan Ruiz; las obras de Cervantes, de Quevedo, de Moreto y de todos los grandes ingenios hasta Larra y Mesonero Romanos. A los modernos les dedica apenas una mirada de curiosidad porque en su concepto les falta la virtud de ser serios, exceptuando desde luego a los académicos que sólo dejan de serlo en raros momentos de olvido. De la literatura francesa trae siempre entre manos a Rabelais y a Voltaire, no sin com- placerse en el análisis de algunas obras de Moliére, como las Marisabidillas y El médico sin quererlo. Pero lo que más le fascina y lo que sin duda conoce mejor es el teatro de Shakespeare, Las comadres de Windsor, que ha traducido, por encargo de un librero de Barcelona, la Comedia de las
equivocaciones y La domesticación de las ariscas que a él le parece el mejor estudio del alma femenina. Me ha hablado algu- na vez de autores ingleses del siglo XVIII que es preciso leer para enterarse pero que a él le resultan extraordina- riamente libres de lenguaje, o demasiado amargos en sus críticas de la sociedad a que pertenecieron o no pudie- ron pertenecer”.
Al acabar este resumen inmetódico de las literaturas, don Fulgencio fijó la mirada en el espacio como buscando nuevas constelaciones en el firmamento de la poesía y puso la mano abierta ante los ojos de su oyente para que no le quitase la palabra. Su interlocutor no tenía semejante propósito. Ha- bía notado que se le había olvidado la literatura alemana en esa excursión aeronáutica, pero no estaba en su ánimo re- frescarle la memoria. Acaso don Fulgencio y su oyente no conocían esa comarca de las letras modernas y el discurso se quedó manco por culpa de ese ligero vacío en la educación literaria de las personas que intervenían en el diálogo. Sin embargo, don Fulgencio parecía recordar someramente que un hombre llamado Jean Paul, un tal Wieland, y, desde luego Heine, confortaban la inteligencia de su hijo y afirmaban en él donosamente sus propensiones a la seriedad.
—Es un hombre que no se ha reído nunca,— acabó diciendo don Fulgencio.
—Me parece un caso de extraordinario dominio de sí mismo, — me atreví a observar con la mayor circunspec- ción. — Creo, además— le dije a don Fulgencio — que esa incapacidad de reír es una limitación de las funciones ele- mentales de nuestra inteligencia. Para leer a Rabelais o a Heine sin que se agiten convulsivamente de vez en cuando los ór- ganos de la risa, se necesita que el lector ande desprovisto del órgano con que se ejercita esa función. Los progresos del espíritu humano, sea dicho con la venia del Condorcet, están graduados por tres grandes sucesos: el día en que el hombre libertó sus manos y aprendió a andar en dos pies;
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el día en que, en presencia de un contraste inesperado, sin- tió que se le contraían los músculos de la risa; y el año o el siglo en que Cervantes o Shakespeare, casi a un mismo tiem- po, formularon su concepto irónico y bondadoso de la vida y descubrieron ese nuevo modo de observar al hombre y a la naturaleza que ha pasado a la historia de las literaturas como con el nombre de sentido del humor. Nada es más humano que reír. Cualquier animal, los cuadrúpedos me- nos inteligentes, el hombre primitivo, se contagian de triste- za fácilmente y sufren con el dolor de sus semejantes. Es privilegio exclusivo de la inteligencia humana, del entendi- miento que ha pasado los límites de lo rudimental, apreciar el fundamento de la alegría en sus semejantes, reír con ellos, y participar de su regocijo. Es muy fácil ser serio: lo es la roca inmóvil y el académico hirsuto. No ríe el asno, no sabe el salvaje qué cosa es la sonrisa. Para sonreír como Renan, la