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Item 13: Define Roles and Responsibilities [1]
bulliciosas, hoy callan en el apagamiento de una decaden- cia ineluctable. Y el eco que devuelven parece en tanto la voz de otras edades. Por esas calles desiertas que afelpa ya hierba hirsuta pasaron arrogantes conquistadores, rome- ros misteriosos y extraños trovadores de amor; por ahí cruzó en litera de lujo Da. María de Carvajal, heroica y bella y fiel hasta evocar un no sé qué misterioso y sobre- humano; heroica, bella y fiel como un símbolo anticipado del alma femenina de ese pueblo que fundó su esposo, el muy hidalgo Mariscal; misteriosa, bella y fiel como heroí- na legendaria de un arcano sino. Por ahí cruzó también sugestiva y soñadora la Condesa de Peztagua, calzada con zapatos de oro, cual figura hechicera de un apólogo aladinesco... Ante sus ventanas de celosías españolas se rasgaron guitarras de quejosa melodía árabe. Al volver de esa esquina hacia la callejuela angosta brillaron alguna vez los estoques con parpadeo homicida en las altas horas de las noches coloniales, mientras la pálida señora de ojos negros y esbeltez de corte feudal, presa de amor y de te- mor, invocaba a Dios en trémula plegaría.
Ahí en otro tiempo las dignidades coloniales vivieron a su manera patria una vida caballeresca y heroica aquende los mares. Y las capas y jubones, la espada y el chambergo cruzaron afanosos reproduciendo en el valle interandino las virtudes y pasiones de Asturias y Castilla, de Andalucía y de Vasconia. Aquí también vivió la humanidad esa hora inexplicable del Renacimiento europeo. Ingenio agudo que sin saberlo fue genial; corazones heroicos que miraron al mundo como a un átomo de fácil conquista; almas encen- didas al rojo blanco de pasiones que hoy asustan, con una rodilla en tierra ante las damas y la mano impasible en la empuñadura del estoque ante el rival, prevenido apenas con leve guiño de los ojos. Almas imposibles de entender que partían en dos un corazón sin emoción siquiera y lue- go rezaban ante el cadáver una jaculatoria de póstuma
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piedad religiosa. Que ante el amor de una mujer eran cor- derillos, y leones a las huestes enemigas de su raza; heroi- cos en Lepanto y San Quintín y en los murallones ingen- tes de los Andes; sumisos ante Roma y sumisos al amor. Que vencieron la selva de los continentes, cruzaron mares y ríos, y cordilleras ignotas, sin volver atrás la vista, zapadores insignes, semidioses de la naturaleza; y que tem- blaban, sin embargo, ante la cogulla de los frailes y la su- posición de una sombra. Con ellos vivió la humanidad su álgido período de pasiones: la vida estalló bajo su férrea armadura de aventureros heroicos con trepidaciones de volcán. Amor y fe, gloria y orgullo llegaron entonces al ápice de los frenesíes, dejando para siempre pálida la meji- lla agotada de emociones, sombríos los ojos a fuerza de irradiar fulgores de fiebre. Para el amor de sus damas, El Dorado o la sangre purpurina de sus pechos esa solo ofren- da propiciatoria. Pero en cambio la ternura de sus damas alcanzó el ardor de las hogueras y la fidelidad inconmovi- ble de los sacrificios incólumes, superiores a la muerte, y un coraje asimismo, virtuoso y pasional como las genera- ciones del día apenas lograrían entrever. Su corazón alerta era crisol adamantino con fuego de horno.
Hazañoso en todas sus empresas, un solo vástago de esa raza levantó de su propio peculio la espaciosa catedral que adorna el centro de la urbe, y -genitor feliz- vio a su mismo nieto, elevado ya a egregias dignidades eclesiásticas, consagrarla en su nombre y en el nombre de su raza a Dios.
Y pasaron esas generaciones. La ciudad, la bella urbe madre se fue apagando poco a poco: sus frondosos cacaotales se agostaron, dejando en torno de las áridas pen- dientes desecadas por el fuego canicular de sus soles, y apenas sus mangos de tupido follaje y sus palmas de grácil silueta y susurrantes hojas para hacerla más soñadora tal vez, y consagrar la evocación de su propio pasado. Su
nombre mismo, de arcaico origen y resonancia vocal pri- vilegiada, se extendió, como buscando un refugio, a la co- marca limítrofe.
Y se fue apagando lentamente; la luna nítida, como un sol pálido, la cubre en las noches estivales; sus frondas hogareñas mecen al viento cálido de la llanura copos flore- cidos, y perfuman el ambiente sus limoneros en flor. El eco de las campanas tiembla argentino y misterioso en los zaguanes, en la hornacina de los portones, en el recodo de las callejuelas, como son de otras edades que llamase a las sombras de generaciones muertas. El cielo limpio y la blan- ca ciudad quieta y la planicie dilatada y el caudaloso río allá distante, son los centinelas de aquel pasado arrogante y bullicioso. La vida moderna palpita hoy en otros reco- dos de la cordillera andina: aquí el pasado defiende el últi- mo símbolo de la vida colonial... Y es bella así vista la ciu- dad blanca y silenciosa, donde se oye el susurro de los pal- mares y el paso de los arroyos bajo la luz plenilunar... Es bella así la ciudad madre, la urbium mater de mi raza.
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Elogio de Medellín
Cuando a fines del siglo XIX se instaló el alumbrado pú- blico de luz eléctrica mediante las grandes bombas del arco voltaico que se usaban entonces, todos los antioqueños nos alborozamos hasta los límites dionisíacos del júbilo, creyendo ver en aquel suceso algo maravilloso en sí y algo promisorio también de otra era y otros rumbos de la estirpe.
Por mi parte sé decir que nunca olvidaré la primera vi- sión que tuve de ello en mis años infantiles. El Alto de Medina es la cumbre de una loma que da al frente de Medellín, veinte kilómetros adelante por el viejo camino que conducía a las poblaciones del Norte. Y fue desde esa cima, cuando al caer de una tarde y hacerse gris opaca y fría la leve niebla azul que arropaba la llanura remota, sur- gió a mis ojos como un pardeado de chispazos la plena iluminación de la ciudad, allá lejos. A esa hora de mi vida y en aquella edad de civilización incipiente en nuestro hogar antioqueño, ver surgir ese parque de luz en la apacible lon- tananza del valle fecundo, tenía a mis ojos un no sé qué de prodigio aladinesco.
Y era, en verdad, otro mundo el que nacía. Treinta años antes José María López de Mesa había promulgado el acuer- do inicial sobre alumbrado público medellinense: se en- cenderán sendos faroles en las cuatro esquinas de “la pla- za”, excepto, “naturalmente”, en las noches de luna.
Era un signo y un símbolo de aldea, sin duda. Más no debemos apresuramos en admitirlo así, que otra cosa, y muy altisonante, pensaban los hijos y habitadores de aquel poblado entonces naciente. Epifanio Mejía y Gutiérrez González lo dijeron en estrofas insignes, y tal lo sentían todos corazón adentro: era joya del patriotismo, era la
“tacita de plata” que decían los abuelos, la niña mimada de Pedro Justo Berrío y Manuel Uribe Ángel. Desde Bogotá, como si un destierro oprimiese su espíritu, doña Helena Facio Lince cantaba ingenuamente —¡O témpora!— su excelsitud en 1866: ... “¡Cuán bella eres! Del árabe la men- te/ nada tan bello acertará a soñar”...
Al iniciarse el siglo XX, vestida ya de luz eléctrica y engalanada con los dos diminutos parques, de Berrío y de Bolívar por nombre, y de su paseo tradicional de La Pla- ya, como hoy dicen, era seguramente digna del grande afec- to de sus moradores. Visos tenía de andaluza con sus ca- lles finamente empedradas de guijarros menudos del río, y sus aceras de ladrillo, que el clima conservaba siempre lim- pio y rojo. Daban a ellas esas casas espaciosas de otro tiem- po, con blanquimento de cal en los muros, puertas y ven- tanas, ventanas “arrodilladas”, por supuesto, y enrejadas, para mirar al transeúnte y coquetear un poco hacia la tar- de y prima noche, unas y otras pintadas de verde claro, de gris azulenco, y a veces de rojo o amarillo tenue, con lumi- noso zaguán y patio fronterizo, solado éste de peladillas blancas o de baldosines y cubierto de macetas, azaleas, sobre todo, y profusas enredaderas de arracimadas flores amarillas, rojas o azules; con su segundo patio y baño de piscina, alcobas en fin, y salones de fresca amplitud. Sevi- lla, pues, en re menor... a su manera.
Los que ya nos habíamos hecho “puebleños” en ese constante peregrinar de las familias antioqueñas, íbamos a Medellín por contemplar, un poquitín, si no un mucho, alelados, la catedral de Villa Nueva, las quintas de “La Quebrada Arriba”, el “Palacio” de Amador y el “Edificio Duque” portento de las edades, es decir... de aquella edad medellinense.
A las maravillas materiales tenemos que añadir otras del espíritu. Porque había entonces en Medellín un estado de indecisión entre hacerse núcleo económico o núcleo
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cultural, entre dedicarse al juego de bolsa en el atrio de la catedral vieja -y muy rabiosamente, por cierto- o consa- grarse al estudio con la numerosa y decidida cohorte lite- raria que por aquellos días creaba, sobre bases ya célebres, la literatura regional antioqueña, periodismo inclusive, novela y cuento sobre todo, y hasta ensayos de más altivo vuelo, amén de cierta escuela política de grande enverga- dura, que engendró tres presidentes y una docena de legis- ladores y ministros de estado, nacionalmente ilustres.
Para nosotros los provincianos todo aquello era casi deslumbrador. ¡Cómo lo sería para los propios capitali- nos, enamorados de su pequeña urbe! Y en esto existe curiosa diferencia de sentimientos: Bogotá, Santa Fe de Antioquia, Popayán, Cartagena y Tunja, por ejemplo, son ciudades maternas que inspiran adhesión francamente fi- lial. Medellín, en cambio, fue siempre algo así como la ciu- dad-novia de los antioqueños, hasta el punto de que mu- chos de sus hombres le consagran la vida a honrarla y mejorarla... y a quererla, naturalmente.
Y esto desde cuando era un burgo recatado entre los montes, porque a los principios dejó mucho qué desear, y aun inspiraba no pocas inquietudes. El mismo poblamiento no fue fácil. La emoción paradisíaca de los descubridores que entraron por el sur con Jerónimo Luis Tejelo a la ca- beza, no tuvo arraigo, excepto en uno que otro latifundio, a estilo del de don Gaspar de Rodas en Niquía. Un siglo después se inició la lucha por la insegura colonización del valle. Ensayos primero en el actual siglo de El Poblado, en el efímero pueblo de Aná, posteriormente, hasta que al fin se detuvo a la margen del arroyo Santa Elena, y alrededor de la capilla de San Lorenzo, templo de San José hoy día, allá por 1640.
Mas no con ímpetu de acelerado crecimiento. Cuando mi tatarabuelo don Juan José Larena fue alcalde suyo, un largo siglo después, no pasaba de ser un pueblecito de
refugio para los ya económicamente desamparados pobla- dores de la aristocrática urbe del Tonusco, y mi otro tatara- buelo don José Salvador López de Mesa la rigió como “te- niente gobernador” de Buelta Lorenzana, años adelante, porque aún no alcanzaba a mayor prestigio de jefaturas.
Y el litigio fue arduo en días posteriores. Ciudad de Antioquia, Villa de la Candelaria de Medellín y San Nico- lás de Rionegro se disputaron la jerarquía mayor. De ha- ber sido navegable el Cauca medio, nada hubiera podido vencer a la urbe madre. De haber corrido menos abruptamente el Nare hacia su desembocadura en el Mag- dalena, Rionegro sería hoy la sede capital, por la bondad de su clima y su gentil planicie. Acaso hubo también sorda pugna económica entre el cacao desfalleciente de Antio- quia, el plátano nutricio y la abundante caña de azúcar de Medellín contra la papa y el maíz de Rionegro. Triunfaron a mi ver, los trapiches “paneleros” del Aburrá... y el sorti- legio de su valle, fértil aún en esta época.
Hacia 1826 se decidió la suerte.
Ya para entonces habitaban en sus lares, o por ahí cer- ca, los descendientes de las mejores castas fundadoras y colonizadoras de Antioquia. De ellas, muchas me dieron su sangre como Sánchez de Tamayo, Posada Berdalles, Jaramillo de Andrade, López de Restrepo, Gómez de Ureña, Puerta de Palacios, Álvarez del Pino, y qué sé yo más, y los López de Mesa, en fin, que habían de emparen- tar luego con los Zeas y los Córdobas, los Facio Lince y los Berríos, con los Mejías y los Villegas, con los Cadavides y los Pizanos, los Loteros, Londoños y Latorres, los Arangos y Gutiérrez Isaza, etc., para arraigarme a la totali- dad de la estirpe y confirmarme en mi idea de que todos los antioqueños sin excepción somos primos hermanos.
De todo lo cual se produce en mis recuerdos una con- junción de sangre y suelo, que me resulta inextricable y benévola. Después de cuarenta años de ausencia recorrí
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de nuevo la cornisa cordillerana que va del alto de Medina, o poco menos, al boquerón de Occidente, sobre la carre- tera de Antioquia, y tuve otra visión que me trajo, agitada ya y deslumbrante, aquella de mis años infantiles. Esta vez ya no a lomo de caballería y en penoso ascenso de la falda abrupta, sino plácidamente en automóvil por la carretera del Norte. Oscurecía, y como en la ocasión pasada, el va- lle que se extiende de Envigado a Bello, con Medellín a la cintura, fue opacándose hasta quedar en sombra densa, y entre la sombra encendiéndose, como margaritas de oro, miríadas de luces en todas partes. Y así, a poco más, el valle, ancha artesa geológica, con su río ondulante al fon- do y cerramiento de altos montes en óvalo dilatado de la- deras y planura, fue tapiz de terciopelo negro, y muy os- curo ciertamente, en que la ciudad parecía un tablero cua- driculado de gusanillo o cordoncillo de oro fúlgido, allá en el centro, y de innumerables estrellas más, de luz también dorada, que fingían, a su vez, constelaciones en torno suyo, hasta los remotos confines de la perspectiva ambiente.
¿Panorama o sueño? Panorama y ensueño, justamente. La urbe no era ya aquel pequeño recinto enmarcado por las cuatro farolas de aceite o de petróleo humilde, ni el agrupamiento de unas cuantas habitaciones en torno a la capilla de San Lorenzo: era dilatado lago de luz entre las sombras. Y pensé si cada una de esas lámparas que allí ahora brillaban en la noche y trazaban franjas o cadenetas de oro en el terciopelo oscuro de esa hondonada, mayor de cien kilómetros cuadrados, en unidad funcional urbana con sus aledañas constelaciones de luz, no sería el alma vigilan- te de los mayores que poblaron y sufrieron, que soñaron lo que hoy es y lo hicieron posible con su sangre, con su fe y con sus normas.
La cultura que anhelaron los abuelos es ahora realidad universitaria de altos fines espirituales y orgullosa arqui- tectura creciente; el discreto emporio de mercaderías
foráneas de que fue núcleo para el tráfico y el tránsito de- partamentales de otros días, es hoy el manchesteriano des- pliegue de inmensas fábricas que sustentan la industria nacional fabril y su economía general robustecen.
Y la ciudad en sí, materialmente engrandecida, es otra, sin duda, mas no cancela los dones de la estirpe que le infun- dieron espíritu, y a esa misma estirpe vuelve los ojos con memoria indeficiente para invocar su fe de creadora invicta o tributarle el homenaje de su gratitud inextinguible.