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Focus on the Needs of Your Organization

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Item 34: Focus on the Needs of Your Organization

En 1861 hubo en este estado varis movimientos, liberales, calaveradas bélicas que no llegaron a tener importancia alguna.

Una de esas petipiezas fue representada en no recuerdo cuál pueblo o paraje del Nordeste.

Yo estaba preso como rebelde derrotado (sin batalla, combate ni derrota), cuando un adorable primo mío nos notificó un decreto ejecutivo del doctor Giraldo, o de Don Vélez, o de Luis M. Restrepo, que decía poco más o menos lo siguiente: “1º. Habiéndose levantado en armas so pretesto de guerra una cuadrilla de malhechores en tal paraje; 2º Siendo necesario escarmentar a (es decir, matar a) los rebeldes y a sus cómplices; 3º Siendo, según parece, llegado el caso de casus belli y que alguno de los cuadrilleros hará por lo menos un tiro con bala, cuyo tiro puede privar de la vida (Antioqueña y en guerra, un paraíso!) a alguno – Se decreta: Art. 1º Los rebeldes son cuadrilleros. Art. 2º. Son cómplices, autores, auxiliadores y encubridores del delito posible de asesinato, Camilo A. Echeverri, Oscar de Greiff, Antonio M. Rodríguez (a. Castillo), Ramón Santo Domingo Vila” (el inmortal, inmortalizado por su Excelentísima Núñez en el Magdalena, en el mar, en Cartagena, Colón y Panamá).

Los cadáveres de los cuales responderán 2 ...Ra. Art. 3p Nómbrase Jefe de operaciones sobre el Tal al Exmo. Señor Coronel Don N. Restrepo, o N. Gallo o N. Gómez”, no recuerdo.

En artículos posteriores disponía el decreto que por sí, o por no, fuésemos puestos en manos (en las garras, debió decir) del preboste general, Exmo. Armipotente, horquiele van tanta, viguitendiente, T. Ta. Autor de Gongalo de Oyón y de ciento y tantos asesinatos jurídicos (léase militares, o a lo militar) desde Cartago hasta Silvia y más allá.

Nos llevaron, en efecto, hasta Abejorral, de donde no se atrevieron a pasar, y al cabo de pocas semanas, nos devolvieron al brazo confederalista del Sátrapa Antioqueño, cuyo Tristán, un tal Restrepo, resolvió, por vía de indemnización, escarmiento y ejemplar, fusilar “al Tuerto”.

Había tres muertos en los calabozos, y Dios que para más altos fines al parecer me reservaba, dispuso, providencialmente, que cuando entró el delator a señalar, designar y reconocer al tuerto, (es decir, a mí), yo estaba en el apogeo de una fiebre, y el tuerto Acevedo estaba remendando: el infame “testigo ocular” que nada había visto ni podido ver, dio con el señor Coronel Ballesteros y dijo a los sicarios: “Este fue”.

2 No se explica si los cadáveres deben responder antes o después de que los entierren. Se vislumbra, sí, que deben de

Antes de que pasara medio minuto estaba Ballesteros en capilla, con un Cristo de madera, un Clérigo de carne y huesos, esposas, grillos y dos centinelas de vista, bayoneta arjada y cartucho adentro.

Va otro cuento.

En 1841, destinó la Divina Providencia a un doctor Duque para que abriera la puerta del templo en que fueron exhibidos los cadáveres sangrientos de Vesga, Galindo, Gegal, Torres, Samaniego, Tobón, Salazar (veintidós fueron, yo los vi).

Pues el doctor Duque Pineda (Marinillo, por supuesto) recibió amarrado para con mano, por de contado, a un Negro Cordobista, progresista, oposicionista (larga es la lista de los títulos y apodos de ese entonces....).

Al negro vino cosido un expediente en cuya carátula o portada se leía: “Asesinato”. “Reo, José Mara”.

El sabio Duque P. lo recibió entusiasmado (el Juez, no el reo).

Nombró el presunto mártir a don Juancho Lotero (cuyo nombre no es Juan sino Indelfonso).

El defensor probó que muchos días antes y muchos días después y sin ninguna interrupción había estado José Mara, no en Marinilla, sino en Urrao, no matando gentes sino muriendo de un causón. De Marinilla a Urrao, era entonces más que de Dóver a Polonia, más que de Bogotá a Ibagué.

La coartada quedó cortada; el areopagita absolvió al negro; pero (oh sublime instinto! Oh penetrante olfato godo! Oh sagrada y caliente sed de sangre...!).

La sentencia absolutoria terminaba así: “... no embargante esta absolución, el Alcalde de la cárcel mantendrá en ella al reo (al reo!) supramentado, por si acaso fuese desertor”.

Esta es la de Casafuz: “Vayan matando prisioneros rojos mientras traigo la orden”.

***

Quién no sabe de dónde viene el temeroso y revolante (yo sé francés) monumental nombre de “La quebrada de “El ahorcado?”.

Pedro Molina, sindicado de asesinato, fue aprehendido en Niquía. No había quién lo trajera de Hatoviejo a Medellín.

El alcalde, que además de ser alcalde era noble, y (otro además, Barrientos, lo amarró al rabo de su (del alcalde) mula y partió para Medellín. Al llegar a la quebrada (sería ridículo decir El arroyo, o el arroyuelo,

o la fuente, o el riachuelo) que parte de los límites de la ciudad y el cementerio actual, que separa a los vivos de los muertos, recibió don Barrientos una esquela: “Aborto! Me muero! Vení! No te tardés”.

Y el señor alcalde ahorcó Sur le champ al negro y suspendió el juicio “por ocupación preferente de esta Alcaldía”.

A Pachito Gónima le siguieron cauda por no sé qué descuido que tuvo como colector de Alcabalas, derechos de puestos en el mercado, u otra menudencia igualmente menuda y vil.

El señor Juez, considerando que Pachito era pobre y liberal, sin duda, le echó encima cuantos artículos pudo acumular de los del Código penal de 1837, que regía.

Pasaron meses o años.

Siguiéndole causa igual al Paisano Barrientos (este no es el Ahorcado) y el Juez fallo diciendo: “Atento lo relacionado, y “que Don Barrientos es buen cristiano y cargado de familia; y considerando que para satisfacer la vindica pública parece bastante el haber condenado por el mismo delito a Francisco A. Gónima. Administrando etc”. Se absuelve a don José Antonio, etc”.

Gaitán fue asesinado, no por rebelde, sino por haber ocupado la casa, denunciado a la mujer y asustado a la madre del Dictador Rafael Núñez! y dicen (y yo lo creo posible) que Campo Serrano, cómplice y socio de éste, expidió decretos de amnistía, y se declaró satisfecho después de la muerte del primero.

Rafael María Giraldo dio orden de asesinar a Manuel S. López: el Tocado absolvió al reo: protestó el primero, rompió el Juez (Víctor Molina) el veredicto y lo hico juzgar bajo la presión de las bayonetas, y lo condenó, y lo hizo matar en la plaza pública.

Eso sucedió e 1858, 11 de septiembre.

Ahora en 1886, el Juez Juan José Molina, hermano del Juez asesino, hizo prender y está juzgando como asesinos a Los Cojos Torres, cuyo delito consiste en haber matado, según parece, a don Víctor en la batalla de La Polka, en 1879.

Y hay amnistía!

Y hay independencia bastante en Juan José (señor y doctor y Juez del Estado y parte) y para perseguirlos y tal vez para ahorcarlos...!

Este Juan José hizo que fuese juzgado como asesino el nobilísimo Coronel R. Uribe U.

Y está bregando por hacer ahorcar al General Tolosa que, en defensa de la Constitución, cayó a los pies, es decir, bajo los golpes y en las garras de los cómplices de Núñez y del invicto Marceliano Vélez! Vae Victis!

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