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Investigate the System's Implementation To Plan for Concurrency Tests

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Test Engineer Self-Evaluation

Item 45: Investigate the System's Implementation To Plan for Concurrency Tests

Señor:

Os escribo de aquí, a donde vine buscando aire más puro, con el objeto preferente de llamar una vez más vuestra atención hacia la situación anormal en que habéis colocado la República, y de haceros algunas indicaciones que estoy seguro aceptaréis, si Dios se ha dignado no acabar de quitaros el poco juicio que vuestros obcecados consejeros os habían dejado.

Cuál es vuestra situación?

Volved atrás la mirada; preguntad a 1854 y, nuevo Baltasar, leeréis, en la historia de Melo, vuestra sentencia propia.

El mundo colombiano, injuriado, provocado, agredido, apurado por vos en su paciencia, se ha alzado contra vos.

Quiénes se han alzado? No los católicos como católicos; no los conservadores como conservadores; no los que os derrotaron en la elección pasada como partidarios del doctor Núñez; no partido o fracción alguna, sino todos los que vencieron a Melo en 1854; todos los que, sin la farsa criminosa del 23 de mayo, habrían vencido a Mosquera en 1867; todos los que, por efecto de cualquiera de vuestras mil rebeliones contra el derecho popular, se sienten heridos y privados de alguno de sus fueros constitucionales.

No son los miembros de sociedades católicas, a quienes los democráticos y los masones dieron a elegir entre la muerte y la apostasía; ni los vencidos de la guerra de tres años, a quienes los

escrutadores privaron del agua y del fuego; ni los liberales a quienes el Congreso venal de este año arrebató sin pudor el triunfo que alcanzaron sobre la trinca oligarca.

No, son todos, menos los vuestros. Y cuáles y cuántos son los vuestros?

Preguntadlo a los que viven del presupuesto; a los infelices a quienes hacéis conducir amarrados a los cuarteles de los pretorianos; a los filósofos que operan en el remington para fundar la moral prudhoniana sobre las cenizas del evangelio; a los que viven del odio que los corroe, porque en el desierto de su negación nada les quedó qué amar; preguntadlo a los parásitos que tiene por única conciencia las raíces con que chupan el sudor del pueblo en el Tesoro; a los caballeros de industria que sólo pueden vivir pescando en el río revuelto de la anarquía... y ellos os dirán cuántos son y cuánto valen.

Mostrad, señor, si os parece que exagero, un sólo buen ciudadano, un ciudadano perfecto, como tal, entre vuestros cómplices.

No lo encontraréis. De vuestro triste ministerio, que no goza respeto alguno ni lo merece, caéis forzosamente en el trance de elegir entre militares perjuros; si no os atrevéis a buscar un hombre entre los que se han prostituido en la prensa por serviros, tenéis que echar mano de Murillo, del corrompido Murillo, o de los Pérez; y si desesperáis en la superficie de ese fango, qué esperanza os quedará para buscar entre la hez de las heces, que es cuanto os queda?

Melo, que era general, cayó después de pasar revista a trece mil y tantos hombres; y cómo os atrevéis a soñar en que venceréis a la República con menos de cinco mil hombres que tenéis en el Cauca, y mil y tantos que tenéis en el Tolima?

Los cinco mil hombres del Cauca tienen nueve mil a frente. Los mil cuatrocientos del Tolima tienen que vencer a cuatro mil. Marcad la fecha en que leáis esta carta, porque yo os aseguro que en ese día no existirán ya esos levísimos apoyos. Y aun cuando fueran fuertes, caerían porque irremisible y necesariamente estáis, señor, de malas.

Vuestra causa que Dios no puede proteger y que en la justicia eterna ha durado, sin duda, lo bastante para castigo nuestro; vuestra causa juzgada y condenada por la conciencia del país, no puede vencer, porque su triunfo sería más que un horror, sería un escándalo.

Sí: yo abrigo la esperanza de que Dios no querrá poner a tan dura prueba a los que buscan “su luz y su camino” en el consejo de la fe, de la moral y del derecho.

El, que ve cuanto mal nos habéis hecho y con cuántas desgracias nos amenazáis, no nos mirará enfurecido, ni airado nos castigará.

Por otra parte, nosotros podemos sufrir un revés y otro revés con seguridad de rehacernos; y vos caeréis sin esperanza a la primera derrota.

Nuestra sangre será fecunda como la sangre de los mártires; y la de vuestros soldados caerá, para secarse, en la arena de un desierto.

Al lado de cada cadáver, al par de cada gota de sangre, en cada ejército, se alzará una maldición contra vuestra ominosa administración y vuestro nombre.

No os da miedo de la historia? Creéis, en vuestra insania, que hayan de escribir vuestra sentencia el “Editor responsable” del Diario, o aquel autor de los Anales que anda hoy por los páramos de Sumapaz?

No. La historia no se vende: si su dignidad y su nobleza la mueven a mirar con cierta blancura las faldas de los Grandes Hombres (cuya estatura crece por sí sola con los años y los siglos) ella, por otra parte, mira con enojo y con severidad creciente, a los pequeños que, vestidos de falsas glorias, llaman disfrazados a sus puertas.

Tanto van creciendo la fama de Cicerón como las manchas de Catilina; cada día en que se ofrecen una nueva corona al gran Bolívar, se arroja una nueva sombra sobre el pacificador Morillo.

La Historia, que os juzgará por los delitos de usurpación, corrupción, prevaricato, rebelión y traición, y que no encontrará una sola circunstancia atenuante en favor vuestro, os condenará al máximum, de decir, a la infamia con vergüenza pública. Y, cuidado! porque en ese tiempo futuro no tendréis pretorianos que os arranquen de la picota!

Dentro de pocas semanas dejaréis de vivir en la casa de Gobierno, y tornaréis a la vuestra; cuánto miedo no os dará veros entonces a solas con vos mismo!

Y esa triste suerte será una fortuna para vos. Porque, atendido el estado de inmoralidad a que os han arrastrado vuestros cómplices (hoy que con insólita precipitación se disputan ya el derecho de ser nombrados sucesores vuestros) tendríais que acabar por parodiar al vencedor de Darío y legar vuestro sucio solio “al más indigno”.

Cuánto habéis perdido! Desde el rango de buen ciudadano habéis bajado voluntariamente al de jefe de cuadrilla, y habéis agregado vuestro nombre a los de los más adocenados tiranuelos!

Y todo por qué? Porque pretendísteis retener y rechazar con la fuerza bruta la oleada invasora e irresistible de la idea; porque pretendísteis sustituir el escrutinio al sufragio; porque esperásteis

imponer silencio con el vano espantajo de vuestra Guardia de suizos; porque creísteis que la reacción constitucional era imposible, y que el silencio de los buenos era el silencio de la esclavitud o de la muerte.

Error! La misma capital de la República, circundada de guerrillas y destinada a caer de improviso en manos de los soldados de la ley, no sirve sino de cárcel. Con qué fuerzas defenderéis a Zipaquirá? Por qué puerta os llegarán noticias, reclutas y dinero? Boyacá está en armas; Santander os es inútil; el Magdalena ha desconocido a vuestro llamado Gobierno; Bolívar, que no es Baena, tomará el camino que le señalen Núñez, Santo Domingo y tantos otros autorizados defensores del derecho; Panamá será naturalmente absorbido por el Remolino revolucionario. Qué os queda? Nada, ni el honor, que nunca tuvo vuestra bandera rebelde.

Pronto, muy pronto, propondréis arreglos.

Aprovechad, os aconsejo, el tiempo que os queda para hacer menos dura y vergonzosa la caída. Ibagué, 1876, agosto 28.

CARTA SEXTA AL CIUDADANO AQUILEO PARRA, ENCARGADO DEL PODER

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