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Develop Unit Tests in Parallel or Before the Implementation Popularized by the development style known as extreme programming, [1] the

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Test Engineer Self-Evaluation

Item 29: Develop Unit Tests in Parallel or Before the Implementation Popularized by the development style known as extreme programming, [1] the

El señor gobernador de Bolívar resumió, en forma patéti- ca -que deja el ánimo perplejo e invita a hondas reflexio- nes-, la situación de su muy extenso e importante departa- mento, centro de grandes explotaciones pecuarias y agrí- colas, impulsadas ellas sólo por el ímpetu desconcertante y plausible de la actividad privada.

“Allá se matan por un burro y por tierra”, dijo en sus declaraciones para la prensa, el alto funcionario del gobier- no. Nada más conciso y elocuente, significativo y peren- torio para definir la situación de un pueblo como esa frase que, seguramente, es fruto de largas reflexiones y de am- plio y bien fundado conocimiento de la tierra que admi- nistra el señor gobernador de Bolívar.

No se matan por la acción tremenda del ron blanco, a pesar de que ese alcohol es inmundo y venenoso; no se matan por celos; no se matan por robar; no se matan por política. “Se matan por un burro o por tierra”, es decir, por un semoviente de costo bajo, y por el anhelo innato de poseer un pedazo de tierra labrantía, o por defender sus linderos.

“Se matan por un burro”, porque en esa región a la que le faltan miles de kilómetros de carretera, el burro des- empeña papel de incomparable significación económica. En él se transportan víveres y se llevan a los mercados los frutos de la tierra; en él se carga el agua, porque grandes zonas de esa comarca prodigiosa, carecen del elemento fundamental para la vida de los seres. A grandes distancias es necesario viajar en la vereda de las sabanas de Bolívar, para obtener un poco de agua, del agua que en ciénagas y

pozos infectos se almacena para las épocas agresivas del estiaje. En el burro se cumplen, en Bolívar, mil trabajos, y da gusto mirar a esas gentes buenas montadas en los pe- queños animales, cruzadas las piernas sobre la nuca de los burros y estimulándoles el paso con una varita delgada, que les pega en las cercanías de la cola. Caminan muy bien los burritos de Bolívar, mansos, eficaces y sufridos, y mo- tivo ellos de riñas, muertes y progreso. Son elemento crea- dor y destructor a la vez; son factor decisivo de la vida bolivarense e instrumento imprescindible de su economía; son nota alegre y hermosa de su paisaje sabanero, fértil en coloridos pastizales y esperanzas.

“Se matan por un burro” porque en Bolívar la gente es miserable o ricachona. No hay ese término medio que existe en otras regiones. El desequilibrio entre los morado- res abruma el espíritu. Son, o muy ricos, o muy pobres los campesinos de Bolívar. En algunas ciudades se sabe que existen gentes que desde atrás vienen acumulando rique- zas, que han hecho fuertes almacenamientos de dinero, y dominan con él extensas comarcas, latifundios casi sin lí- mites en los que pastan miles y miles de cabezas de ganado a campo traviesa, casi que como en los Llanos Orientales. Son gentes que poseen inmuebles en las grandes ciudades, y son accionistas en proporciones cuantiosas de bancos y empresas industriales.

El censo de los ricos de Bolívar desconcertaría a los ricos de Antioquia, Valle, Caldas y Cundinamarca. Los pondría a morirse de envidia; pues, sin alardes, metidos dentro de sus oficios y sin empalagosas demostraciones, los ricos de Bolívar no cuentan las cabezas de ganado por miles sino por diezmiles.

Un hombre de apariencia sencilla, sin humos de gran- deza, sin vanidades, que habla enredado economizando eses -porque son económicos hasta en el idioma-, un hombre al que no se le descubre nada por encima, mantiene una

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cuenta corriente de hasta seis cifras y no se preocupa de- masiado por la declaración de la renta.

Las casas de las haciendas no tienen comodidades ni be- lleza. Esos ricos las gastan en cosas superfluas. Van a sus ranchos a permanecer un rato, a enterarse de las bajas y los nacimientos del ganado, a mirar muy aprisa sus dominios, y la casa es una estación que sirve de sombrío pero no un lugar que pueda habitarse, ni con ese fin se construye.

Contrasta con esos latifundistas sencillos la situación del hombre campesino, pobre, sufrido, bueno y resigna- do. Su vehículo es el burro y, por eso, “se matan por un burro”. Sin ese animalito tan necesario, no podrían llevar el mercado a la casa, ni concurrir a la misa, ni proveerse de agua. En Bolívar no hay acueductos sino burroductos. En las ancas estrechas de los burros viaja el agua de pozos plagados de amibas, hasta las cocinas en las que arde muy escasa leña y se fabrican muy pobres alimentos. Base de la alimentación son el arroz y el ñame, pues no es curioso y es apenas natural que la gente coma muy poca carne. ¿Cómo van a comer carne, a los precios elevados a como hoy es necesario pagarla, y con qué podrían adquirirla? Los jornales allá no dan margen para esos lujos, y es así como se presenta el caso desconcertante de que en la Mesa misma de la ganadería no se coma carne. La de Bolívar es para la exportación. Los ganados de allá viajan a todo el país en busca de mercados favorables. Son los ganados que ceban en Armero, en Tolima, en Caldas, en Cundinamarca, en el Valle, en gran parte de Antioquia y en los dos Santanderes. Se cumple el adagio de que al que Dios le da dientes no le da carne, o el de quien tiene carne carece de dientes; y no debe ser grato para esas gentes pasar por las inmensas dehesas en las que pastan millares de cabezas de ganado y saber que nada se suplirán con ellas. Y no diga- mos de los lomitos ni de las patas, ni de las colas, ni de las piernas; les tocará a ellos para un caldo. Sin embargo, no

se matan por ganado, no roban ganado, no son cuatreros. “Se matan por un burro”, porque en la vida está primero el agua que la carne.

Centenares de kilómetros de tierra están baldíos en el departamento de Bolívar, y la gente “se mata por la tierra”, defiende hasta la muerte el pedazo de ella que le tocó por herencia o en la que derribó montaña con esfuerzo titáni- co, y realizó, tras largos años de abstinencias y sacrificios, mejoras de importancia. El proceso del desmonte, largo, costoso y sin apoyos oficiales de ninguna clase, lo han cumplido estas gentes pobres a costa de sangre y de vida. Pero cuando van a ver el fruto de su tarea larga, carecen de recursos para una explotación en firme, y están exhaus- tos, enfermos, y sin horizontes, y la tierra, allá, como en todo el país, va a parar a manos de los latifundistas vecinos y por unas pocas monedas. No existe el crédito para des- montes; no existe el apoyo oficial para los colonos; no hay quien dé ganados en compañía a los pequeños terrate- nientes. Es que, en una palabra, existe un abandono pleno de los campesinos que crean riqueza entre la selva y que ven perder su patrimonio a la presencia del primer palu- dismo que les da, porque comprar drogas equivale a ven- der hectáreas de tierra.

Tengo al frente de mi máquina de escribir a una mujer amable, distinguida y hermosa. Vino de lejos, de muy le- jos, y en este momento está cerca a los ventanales de mi oficina recibiendo el sol mañanero sobre su piel de raso. Me pidió que le leyera lo que estaba escribiendo, y no lo pudo entender. No es posible -me dijo- que en este país suceda lo que usted está contando. ¿Por qué, Luis Guillermo, no les dan tierra a esos campesinos? ¿Y por qué no se las dan si usted dice qué allá sobran, que hay muchos baldíos?

No pude darle una respuesta satisfactoria. Yo mismo, cuando reflexiono en la situación del país, tan desequilibrada

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y absurda, me he preguntado por qué, a estas horas de la vida colombiana existe ese atroz contraste, esa separación absurda, esa realidad tremenda que coloca a los hombres en extremos tan distantes: entre la opulencia y la miseria, entre el hambre para muchos y la abundancia para muy pocos, y jamás he encontrado una explicación justa o ra- zonable. Tenemos la tierra sobrando y sin uso; tenemos la gente; tenemos las aguas y, sin embargo, la selva sigue qui- tándole jugos a la tierra para mil menesteres agrícolas y pecuarios, y la gente continúa sedienta. Es que no ha habi- do un interés definido por cambiar el sistema, por mante- ner al hombre en el campo, por hacerle grata la vida de las encañadas y de las llanuras. Nuestro país piensa en fun- ción del hombre de los poblados y su preocupación per- manente es empujar el crecimiento de las ciudades y de los pueblos, sin parar mientes en el despilfarro de energías y de dinero, y sin contar, para nada, con los labriegos que son la base fundamental del progreso y el elemento huma- no indispensable para las grandes transformaciones eco- nómicas.

Son anchas y largas las comarcas de la patria que no tienen escuelas, hospitales, agua, luz, higiene, policía, co- rreos, telégrafos, iglesias, caminos, y habitan en ellas mi- llones de familias honestas, laboriosas y sufridas. Pero no les llega ni crédito, ni asistencia moral, ni vigilancia de las autoridades. Viven a merced del azar y matan ¡oh desgra- cia inmensa! por un pedazo de tierra, aquí en donde sobra; o matan ¡oh estigma para la patria! por un pequeño animal sufrido: por un burro.

El Instituto de Colonizaciones debería ya presentarle al país un plan de colonización práctico y sencillo. No planes de centenares de millones de pesos y desarraigando a la gente de sus veredas, de su ambiente y costumbres, sino llevándoles a esos colonos -que están realizando un esfuerzo tremendo- estímulo y ayuda; enseñándoles

cultivos, ayudándoles para cercar sus parcelas y construir sus viviendas; construyéndoles pozos de agua y ayudán- doles a la titulación de la tierra que ocupan y cultivan. No menos de quinientas mil familias de colonos tiene el país; luego la tarea principal, la tarea práctica, sería consolidar esas situaciones, establecer definitivamente a esas gentes y dotarlas de instrumento legal para que puedan recurrir a las fuentes de crédito; mejor dicho, acabar lo que está em- pezado por los colonos y regado por todo el país. Descen- tralizar, en una palabra, la colonización, y darle el apoyo al que ya ha realizado un esfuerzo, al que tenga cumplida una labor y pueda mostrarla. Escoger entre ayudarle al que se ayuda, y buscar gente para ayudarle, es el problema que el Instituto debe resolver. Y si sus rectores meditan con sensatez, escogerán el primer camino, o sea, el de esti- mular al que ya hizo algo, al que está en perspectivas de hacer mucho, al que muestra ánimo de trabajo, a fin de que la gente, en este país atormentado, no siga matándose por unas varas de tierra, o por un burro viejo, o murién- dose de sed.

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El éxodo campesino

La actividad nacional ha encauzado sus energías hacia la solución del problema de la vivienda urbana. Y claro está que las ciudades se encuentran ante un problema de pro- porciones gigantescas, que excita sin tregua la inconformi- dad de las clases trabajadoras. Basta asomarse a los barrios obreros de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, etc., para que una simple ojeada muestre la tremenda realidad que clama por solución inmediata. Pero al lado de ese angus- tioso problema se halla el no menos grave de la vivienda campesina. Quien tenga ocasión de viajar por Boyacá, Nariño, Huila, y en general por el país, advertirá, al paso de su vehículo, la magnitud y gravedad del problema y las implicaciones que produce sobre todas las actividades na- cionales.

El éxodo del campesino obedece a varias causas, entre ellas a la inseguridad y la violencia; pero en mucha parte lo estimula la falta de vivienda higiénica y la esperanza de re- solver ese problema domiciliándose en la ciudad. Claro, como casi toda la fuerza de los recursos se dedica a resol- ver el problema de la vivienda urbana, la ciudad establece contra el campo una competencia imposible de contrarres- tar, y que a su turno vuelve cada día más grave el proble- ma de la vivienda urbana, pues es natural que a medida que se presenta el aumento del éxodo campesino crezca el de las necesidades de viviendas urbanas

De lo dicho resulta sencillo deducir que para evitar el crecimiento anormal de las ciudades es preciso destinar parte de los recursos a la vivienda rural, o hacer un plan especial para cubrir tan imperiosa obligación. El abando- no del campo produce efectos devastadores en la econo- mía, y al mismo tiempo situaciones urbanas sumamente

complejas. No debe perderse de vista que nuestro país acusa fallas importantes en la producción de artículos alimenti- cios, y que cada hombre que abandona el campo provoca un déficit de ellos; y si no se detiene el éxodo, tal falta po- dría alcanzar proporciones muy grandes, que obligaría a importar comida en cuantía superior a la que hasta el pre- sente nos hemos visto obligados.

Tengo cierto que debe emprenderse una campaña ex- tensa e intensa de recuperación del campo, y para lograrla, tarea que será ardua, se requiere la colaboración decidida del gobierno, la industria, el crédito, la Iglesia, y en general de todas las fuerzas económicas, intelectuales y morales del país.

El campo debe mirarse con igual interés al que se dedi- ca a la ciudad, si se quiere llegar a la realidad y el equilibrio. La industria depende del campo en parte harto apreciable de los consumos. Del campo llega, o debería llegar, el sus- tento barato y suficiente para la clase trabajadora de las ciudades, y del campo debe llegar la materia prima indis- pensable para porción apreciable de la industria de trans- formación; luego es allá en donde radica el principal pro- blema, y, por ello, cuanto se lleve a cabo en beneficio de la familia campesina redundará en provecho de la ciudadanía en general.

Muy importante es darle a los colombianos la oportu- nidad de poseer una parcela. Pero entre ese hecho, y el de resolverle a los que ya tienen el problema de poseer una vivienda decente, considero que debería preferirse lo últi- mo. Primero está detener el éxodo hacia las ciudades, des- pués estimular lo más difícil, que es llevar a los ciudadanos al campo.

Son millares las familias campesinas que viven en con- diciones deplorables, en ranchos sucios, sin agua ni luz; luego es por allí por donde debe principiarse la recupera- ción, mediante planes de acueductos rurales, comisiones

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móviles de higiene, mejor asistencia religiosa, y escuelas. Mientras esos aspectos de la vida campesina no merezcan mayor atención, no será posible adelantar una obra grande en la producción de alimentos, ni se detendrá el éxodo alar- mante hacia poblaciones y ciudades, ni se abaratará la vida. Existen, y no se ocultan a mi juicio, estímulos muy importantes para avivar el interés por la agricultura y la ganadería, y bien lo saben los economistas y dirigentes del país. Pero al lado de ellos, si es que estamos en condiciones de llevarlos a la práctica, están como principales la vivien- da campesina, el agua limpia, la asistencia médica, la escue- la y el camino.

El camino es cuestión fundamental. Desde la Colonia ¡qué desgracia! no se construyen caminos vecinales; algo peor, no se atiende al sostenimiento de los que abrieron indios y virreyes.

Las reformas sobre impuesto predial y la centralización de esos recursos, trajeron como consecuencia el total aban- dono de los caminos de montaña, y por hacer autopistas y ampliaciones inútiles en un país pobre, hemos dejado aban- donados a nueve millones de labriegos, que pagan dema- siado caro el transporte de lo que producen o de lo que consumen, y que viven en un aislamiento infame.

Hablamos demasiado sobre el exagerado costo del trans- porte por carretera, pero dejamos de un lado el estudio del transporte a mula o a hombro de mujeres y niños. Para ese problema no tenemos demagogos ni técnicos; para ese problema no cuentan ni los políticos, ni los ministros, ni los gobernadores, ni los alcaldes, y es ahí, precisamente ahí, donde está una de las principales causas de la carestía de la vida y del abandono aterrador de los campos.

¿No habrá llegado el momento de suspender obras suntuarias para dedicarle esos recursos a la vivienda, la hi- giene, la escuela, los acueductos rurales y los caminos de vereda?

El hombre bajocaucano, llamémosle de tal modo, es un espectro que trabaja para sostenerse en pié. ¡Qué ho- rror, Ministerio! Ando cierto que cuando hubo de hacerse medicina rural, no se encontró cosa parecida. Esto es nido y criadero de amibas, anofeles y todas las plagas tropica- les, jamás atacadas y nunca tratadas. A la alimentación de- ficiente súmanse la vivienda desguarnecida y el clima fuer- te, y esto da la sensación de una reunión de fantasmas, provocadora de miedo y lástima.

Los curanderos hacen por acá de las suyas, y han ele- vado el precio de los brebajes tanto como los dueños del monopolio de drogas, pues el mal ejemplo es maleza que cunde. Les venden, para la fecundidad de las hembras, agua del río Cauca, rotulada como agua del arroyo Ayurá, que cruza a Envigado, y fama goza de fecundadora.

Para las enfermedades venéreas les dan hojas de “Parapelo”; la mordedura de serpiente ni siquiera la atien- den con aceite de caparrapí, que en verdad es bueno, sino con hiel de guagua, o mezclada con tripas de culebra; y a las parturientas, ni la cigüeña milagrosa les concede un poco de consuelo, y mueren entre dolores atroces, en pleno y total desamparo.

Si algo hay en el país abandonado a sus propias desgra- cias y flagelos es esta parcela del Bajo Cauca, prodigiosa para todo esfuerzo creador. Visítela, señor Ministro. Salga usted de su oficina un día o dos; deje plantados a tantos intrigantes que lo cercan, y vaya poniéndose en contacto con su tierra y su pueblo. Invite a su excursión, que por otros aspectos produce emociones inefables, a su amigo Barco, y al Ministro de Agricultura, y naveguen por los más abandonados ríos de la patria para que sientan un poco el dolor y las torturas de sus conciudadanos. En hallando aquellas tierras de promisión, cierto ando que cambiará el criterio del gobierno, porque no olvidemos que el primer problema del país es no conocer el país.

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La guerra contra la violencia debe declararse y cum- plirse sin economías, sin miedos ni cobardías, sin tregua ni contemplaciones.

A la guerra de los bandoleros, por varias ocasiones per- donados, debe responderles la guerra por la paz, y si faltan recursos, que se decreten impuestos, pero para que las Fuer- zas Armadas muestren que sí sirven para la defensa de la

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